Héctor de Mauleón desempolva algunos de los secretos de la CDMX
El cronista reúne algunas de sus crónicas en ‘La ciudad oculta 1 y 2’.
(Planeta).

Por Héctor González

Desde hace varios años, Héctor de Mauleón (Ciudad de México, 1963) se ha dedicado a caminar y leer la ciudad de México. Se detiene en los rincones y con un ojo casi detectivesco rastrea aquellas historias olvidadas pero definitivas.

Grandes inundaciones, la construcción del primer cine o la publicación de primer Aviso Oportuno, son apenas algunos de los episodios que reúne en sus nuevos libros La ciudad oculta 1 y 2 (Planeta).

Heredero de la tradición de Guillermo Prieto, Ángel del Campo, Salvador Novo, Carlos Monsiváis y José Joaquín Blanco, de Mauleón encuentra en la capital un territorio tan inabarcable como inexplicable. En paralelo a su veta histórica, por medio de sus columnas en El Universal, el cronista es también, un acucioso narrador del presente oscuro que vivimos.

Pero hoy no es momento de hablar de eso, sino de su homenaje a la ciudad de los palacios. El epígrafe de Italo Calvino con que abre el Tomo 2 es significativo: “De una ciudad no importan sus siete o setenta y siete maravillas, sino la respuesta que te da a una pregunta”. La cita recoge el espíritu con que recorre la CDMX.

Por mucho que nos empeñemos a ensuciar y cubrir el pasado de la ciudad de México, la metrópoli resiste y mantiene sus puertas abiertas para quien se quiera asomar a su interior. Tal vez en dos años, cuando cumpla cinco siglos, nos lamentaremos de todo lo que la hemos lastimado en nombre de la modernidad.

Mientras eso sucede, el cronista nos recuerda que aún en pleno siglo XXI es posible caminar por el Centro y encontrar un rincón del siglo XVI por el cual no ha pasado nada. Nos remonta a cuando las calles eran propiedad del Estado, cuando solamente se usaban para los desfiles que engrandecían al régimen. A la gente le costó conquistarlas, pero en el camino hubo represión y sangre.

De Mauleón, en su recorrido hace un llamado de atención. Desde su fundación la capital ha sido presa de dos calamidades: las inundaciones y los terremotos. Después de que un sismo destruyera Tenochtitlán, el conquistador Hernán Cortés se empeñó en que como emblema de su poderío aquí se reconstruyera. Más adelante, en 1629, en la ciudad llovió treinta y seis horas seguidas. El saldo una tragedia con más de treinta mil muertos debido a que se desbordaron los lagos y el torrente embravecido entró a las calles. La urbe estuvo abandonada hasta 1634 porque el agua no bajaba. Para volverla a habitar fue necesario tirar todo. Por eso no hay testimonios arquitectónicos de los siglos XVI, XVII y de los primeros años del XVIII.

Una de las virtudes de las crónicas de Héctor de Mauleón es que no son meras postales del pasado, todo lo contrario en su mayoría encuentran un agujero por medio del cual se asoma a nuestra época, una época donde los mariachis asesinos o donde un megacorte de agua, son unos eslabones más dentro de la cadena de hechos que nos definen.

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