Los riesgos del Tren Maya que propuso AMLO (Artículo)
"Los impactos sociales del crecimiento del turismo también deben considerarse cuidadosamente" para evitar consecuencias negativas como "migraciones descontroladas, delincuencia, prostitución y tráfico de drogas", a las que se enfrentan algunos municipios turísticos, escribe Leticia Merino.

Por Leticia Merino

En los proyectos de desarrollo mencionados por el presidente electo se expresa claramente la intención por impulsar procesos de desarrollo en las regiones que viven los mayores rezagos, el sur y sureste del país y la de invertir en temas como la soberanía alimentaria y la soberanía energética, que en las últimas décadas han sido abandonados por la inversión pública y que hoy resultan estratégicos para impulsar un modelo de desarrollo más autónomo e incluyente. Estas intenciones son alentadoras, no obstante, en su implementación es importante aprender tanto de los fracasos de los proyectos de desarrollo impulsados en las dos décadas pasadas, como de los logros de los proyectos comunitarios autónomos.

A partir de estas experiencias destacan riesgos y retos que las estrategias impulsadas por el próximo gobierno habrán de enfrentar y que se refieren a: la sustentabilidad del manejo y uso de los ecosistemas y recursos; las condiciones de profunda desigualdad que privan en esas regiones y que los nuevos proyectos no deben profundizar; y al carácter participativo del diseño, evaluación e implementación de los proyectos, si estos han de responder a las necesidades y perspectivas locales y regionales.

Entre las propuestas que hasta ahora han recibido más atención se encuentra la del Tren Maya que recorrerá 1,500 kilómetros, conectando las ciudades de Mérida, Valladolid, Cancún, Puerto Morelos, Playa del Carmen, Tulum, Sian Ka´an, Mahahual, Chetumal, Calakmul, Escárcega, Candelaria, Balancán y Campeche. Indudablemente la conectividad y comunicación que se logrará con el Tren Maya contribuirá a impulsar las economías peninsulares. Se requerirá adoptar medidas para prevenir la contaminación de los mantos freáticos durante la construcción de la obra y evitar daños a la vegetación, particularmente en la zona de Calakmul.

Cabe reconocer que, aunque innegables, los impactos ambientales (en términos de remoción de la vegetación y de promoción de nuevos asentamientos en áreas forestales conservadas) de una vía férrea son mucho menores que los de una carretera. Preocupan, no obstante, los riesgos que entraña el objetivo de la obra: intensificar el turismo y crear nuevos centros turísticos en la región maya, un área con presencia de ecosistemas insulares, de selva y sabana, cuerpos lagunares costeros y manglares, de importante fragilidad ecológica.

Un primer gran riesgo se da a partir de las características de los suelos de la península, altamente cársticos, pedregosos y con abundantes fracturamientos, que generan una alta conductividad hidráulica y filtraciones de los contaminantes (aguas residuales, agroquímicos, efluentes industriales y materia orgánica) a las aguas superficiales como los cenotes, conectados al agua subterránea, de donde se extrae agua para el uso de las poblaciones. La deforestación común en distintas regiones de la península contribuye a agravar este problema. A estas condiciones se suma el muy deficiente tratamiento de las aguas que generan las actividades agropecuarias, turísticas e industriales en incremento. Esta contaminación acarrea importantes problemas a la salud humana y de los ecosistemas una de cuyas expresiones es la eutroficación de los cuerpos de agua y la costa, que priva a las poblaciones de peces corales y algas del oxígeno necesario y favorece la proliferación de cianobacterias tóxicas.

Un claro ejemplo de las consecuencias del crecimiento turístico sin el necesario cuidado ambiental, es el de Bacalar, hace años un pequeño pueblo y hoy una ciudad en rápido crecimiento. El deterioro y la insuficiencia del alcantarillado y tubería para drenar las aguas pluviales, construidas hace 30 años han ocasionado filtraciones de aguas negras al manto freático, alterando drásticamente la físico-química del agua y la vegetación de la que se llamó la Laguna de los “Siete Colores”.

De ahí que la protección del acuífero es una dimensión fundamental del proyecto de desarrollo turístico que requiere importantes inversiones y participación social. Es necesario tratar las aguas residuales que se descargan al acuífero de acuerdo con reglamentos adecuados, instalar sistemas de alcantarillado y tratamiento previo de las aguas colectadas, antes de ser vertidas en el subsuelo o en el mar. Realizar la infiltración de estas descargas a profundidades mayores de la interface salina. También es muy importante hacer que se respeten sin excepción, las zonas de veda, los reglamentos para los pozos pluviales y las normas para la construcción de pozos de descarga de aguas residuales. Por último es necesario contar con un inventario confiable y actualizado del total de explotación de los acuíferos (a partir de norias, pozos, cenotes y manantiales) registrando los volúmenes de extracción y descarga, buscando su balance con los volúmenes  de recarga.

Por otra parte, el acuífero costero de Quintana Roo es susceptible a la degradación por infiltración salina, que se produce como resultado de una reducción del flujo de agua dulce hacia el mar y que genera el avance tierra adentro de las aguas marinas. Para contener este riesgo es importante controlar el volumen de extracción de agua permisible para reducir a un mínimo los efectos de la intrusión salina.

Los impactos sociales del crecimiento del turismo también deben considerarse cuidadosamente buscando a toda costa evitar un modelo semejante al del desarrollo turístico del Caribe mexicano, caracterizado por su carácter expansivo con gran consumo de espacio, la privatización de bienes naturales y culturales cuyo acceso se restringe a la población local y la gran segregación clasista que aisla los espacios turísticos de su entorno. Un desarrollo a partir de playas privadas en centros a los que los turistas llegan por aire y donde permanecen sin tener contacto con la población local y donde apenas se consumen productos regionales. Un modelo que ha generado “ciudades gemelas”, los grandes hoteles y áreas residenciales de la Riviera Maya que se establecen entre la costa y la carretera, al otro lado de ella se ubican los asentamientos de los trabajadores, en condiciones de pobreza y con acceso precario a servicios públicos. Estos nuevos asentamientos han generado ventas de tierras y despojo de los recursos de las comunidades mayas de Chumpón, Tulum y Felipe Carrillo Puerto.

El deterioro afecta también al patrimonio cultural, generando procesos de aculturación, y cambios en los modos de vida; abandono de las actividades tradicionales basadas en el uso de los recursos naturales y que pasan a ser sustituidas por el sub-empleo y la informalidad. Cambios en los sistemas de valores, ruptura de la comunalidad, deterioro de las relaciones familiares. Estos procesos se expresan en la incidencia de suicidios entre los jóvenes quintanaroenses, particularmente en el municipio de Felipe Carrillo Puerto.

Por último cabe mencionar los efectos del encarecimiento del suelo y del costo de la vida, las migraciones descontroladas, delincuencia, prostitución y tráfico de drogas que enfrentan los municipios turísticos del Caribe.

Existen en el país experiencias notables de turismo comunitario y respetuoso del entorno natural, que pueden servir de orientación para la construcción de modelos de turismo alternativo en la región maya. Experiencias con años de operación entre las que destacan: la de la cooperativa Tozepan Tatanizke en la Sierra Norte de Puebla; la de las comunidades de la Sierra de Juárez y del Sistema Comunitario para la Biodiversidad en la Sierra Sur de Oaxaca; la resistencia al gran turismo de los pobladores de Cabo Pulmo, en Baja California Sur; los proyectos de las comunidades de las Lagunas de Montebello, Reforma Agraria, Las Nubes y Lacanja, en Chiapas. Estas construcciones sociales se basan en la participación comunitaria, la producción y consumo de productos locales muchas veces orgánicos o agroecológicos, en la generación de empleos, incluyendo a las mujeres y los jóvenes, en el fortalecimiento del control comunitario de los territorios, la recreación de las identidades comunitarias y culturales y el respeto a la dignidad de los pueblos y las personas que en ellos viven.

El llamado a la cuarta transformación del país representa una oportunidad y una obligación de construir un futuro distinto a las condiciones de pobreza, desigualdad y desaliento a las que el modelo de desarrollo vigente ha conducido a México.








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