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El Niño pone a prueba la seguridad alimentaria de América Latina | Especial Connectas

Con inundaciones, sequías e incendios, el fenómeno de El Niño podría afectar este año a América Latina como nunca antes en la historia. ¿Qué tan en riesgo está la seguridad alimentaria del subcontinente? ¿Qué pueden hacer los gobiernos para evitarlo?

  • Redacción AN / VMG
04 Sep, 2026 13:57
El Niño pone a prueba la seguridad alimentaria de América Latina | Especial Connectas

Por Fabiola Chambi | CONNECTAS*

“Estamos tristes, totalmente desesperados, hemos perdido llamas, alpacas, ovejas, hasta ahora ni siquiera hemos podido contabilizar (…) Con eso nos solventamos, hacemos estudiar a nuestros hijos y vendemos nuestros productos a la ciudad”. La última nevada fuerte que René Luna recordaba lo sorprendió hace casi 25 años, pero nunca como esta vez. Un manto blanco cubrió el paisaje y cientos de animales quedaron sepultados en su municipio del centro de Bolivia, ahora declarado zona de desastre. 

Esa situación, según los expertos, es una consecuencia del fenómeno conocido científicamente como El Niño-Oscilación del Sur (ENSO), que en Latinoamérica ocasiona extremas temperaturas o falta de precipitaciones en plena época de lluvias,  lo que conlleva también pérdidas de cultivos en localidades rurales donde los productores ven, con impotencia, cómo se desploma su esfuerzo de meses o incluso años. 

La sostenibilidad de las familias latinoamericanas depende del arduo trabajo en el campo, los sistemas de distribución y el acceso. Pero lamentablemente esa cadena cada vez es más vulnerable debido a eventos climáticos que la alteran y agravan la situación de algunas subregiones.

Cinco organismos internacionales indicaron en el informe “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026”que “el 25,8% de la población mundial (alrededor de 2.100 millones de personas) padeció inseguridad alimentaria moderada o grave en 2025, lo que significa que, en ocasiones, esas personas se vieron obligadas a optar por consumir alimentos de menor calidad o en menor cantidad”. Paradójicamente, los datos revelaron una disminución del hambre por tercer año consecutivo, lo que significa que las mejoras son posibles, pero siguen siendo frágiles y desiguales. 

Lena Savelli, directora regional del Programa Mundial de Alimentos (WFP), explica a CONNECTAS que para entender este fenómeno en relación con la seguridad alimentaria hay que tomar en cuenta tres factores: uno, las condiciones del campo; dos, los precios y la disponibilidad en el mercado, y tres, el poder adquisitivo y las dietas de las familias. Por tanto, en este contexto, las comunidades rurales y los pequeños productores son los primeros que van a sentir la vulnerabilidad. “Lo que vamos a ver probablemente dentro de los próximos meses, es que las sequías o las lluvias extremas (…) van a reducir rendimientos de cultivos clave como el maíz, los frijoles, el arroz, e incluso el cacao y el café, que van a encoger sus ofertas y subir los precios en los mercados y tiendas (…) Entonces, esto significa comer más caro y con menos variedad, especialmente para quienes ya tienen ingresos bajos. Las familias pueden ver que la canasta básica de su hogar se encarece y las compras se vuelven más difíciles”.

Sin embargo, Latinoamérica y el Caribe enfrentan una paradoja, dice Savellli: “Es una región exportadora, pero a la vez tiene el costo más alto del mundo para una dieta saludable. Como casi 5 dólares, 4 dólares con 91 centavos exactamente para cada persona al día. Y las personas en esta región no tienen esos ingresos para poder alimentar a sus familias, millones no pueden permitirse comer bien. Por eso, tenemos una doble carga de hambre, pero también tenemos obesidad que impacta la economía”.

De acuerdo con el monitoreo realizado por la WFP, varios países ya han declarado emergencias y se prevé que El Niño se intensifique durante el segundo semestre del año. Por ejemplo, en El Salvador la Asociación de Pequeños y Medianos Productores Agropecuarios informó que 6,9 millones de quintales de maíz, frijol y sorgo,  el 100% de la siembra de agosto y septiembre, estarían en riesgo a consecuencia de la sequía.

Para Jhenifer Mojica, experta en temas agrícolas y exembajadora de Colombia ante la FAO, “las agriculturas familiares campesinas, de pueblos indígenas y de comunidades locales, son los grandes surtidores de alimentos, pero no hay mucha conciencia sobre la manera en cómo dependemos de ellos. El 80% de la seguridad alimentaria de nuestros países depende de estas pequeñas producciones”.

“Un productor solo difícilmente puede afrontarlo y lo que vamos a ver es una cantidad enorme de pérdidas, como ya la estamos viendo. Por ejemplo, aquí en los incendios forestales del Tolima, una región netamente agrícola donde se está sembrando café, cacao, frutas y verduras. Una cosecha para una familia campesina no es solamente una cosecha, es la pérdida de su patrimonio familiar”, añade Mojica.

El Niño sube las alertas

Este fenómeno comprende tres fases: El Niño, cuando las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial tienen un calentamiento anómalo que ocurre en promedio cada dos a siete años y suele durar de nueve a 12 meses. La Niña, cuando esas aguas se enfrían más de lo normal. Y una tercera fase caracterizada por la transición entre ambos, con temperaturas promedio o en sus valores habituales, y una duración de uno a seis meses.

Para Christian Domínguez, investigadora del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, este fenómeno ha existido siempre porque es parte de una variabilidad natural y con el tiempo ha sufrido modificaciones cada vez más intensas. “Cuando tenemos más de un grado caliente es cuando decimos que es un Niño muy fuerte. Sin embargo, específicamente para este año, se prevé que va a evolucionar a un Niño muy intenso, alcanzando su pico aproximadamente en noviembre, diciembre y enero. Entonces, estamos viendo cómo este fenómeno nos va a impactar o va a ser muy variable dependiendo de dónde estemos”.

Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM) las zonas de riesgo climático serán el Corredor Seco Centroamericano (franja que atraviesa Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala), el Caribe y el norte de Sudamérica, que enfrentarán especialmente sequías, déficit hídrico y olas de calor. Mientras tanto, la Costa del Pacífico de Ecuador y Perú podrá verse afectada por lluvias extremas e inundaciones. Y el sudeste de Sudamérica tendrá precipitaciones superiores al promedio y tormentas severas.  

La meteoróloga explica que gran parte de los países desarrolla una actividad agropecuaria baja en riego y tecnología. “Somos susceptibles a cualquier ambiente adverso (…) Por ejemplo, cuando tenemos una sequía muy prolongada, los primeros impactos se ven en las cosechas porque una planta que está expuesta al sol continuamente y no recibe lluvia, se va a morir y eso tiene que ver directamente con la seguridad agroalimentaria”.


Los eventos climáticos más intensos registrados hasta el momento, según la OMM tuvieron lugar en 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016, y provocaron impactos contundentes en los sistemas globales y en la economía mundial. El organismo aclara que para considerar un Niño fuerte o muy fuerte deberían registrarse anomalías superiores a 2,5 grados centígrados durante dos o tres periodos consecutivos. 

Un futuro difícil

Muchos gobiernos avanzan en acciones rápidas para atender las emergencias, pero aún falta un camino importante para alcanzar una prevención eficiente. En este sentido, la directora regional del WFP plantea abordar las causas estructurales. “No solamente se trata de producir más, tenemos que enfrentar los retos como la desigualdad persistente, la baja movilidad social o la capacidad de mejorar la condición socioeconómica y las dietas poco nutritivas. Varios países de la región todavía tienen retos de desnutrición infantil, tasas bastante elevadas, y necesitamos fortalecer los sistemas alimentarios locales para asegurarnos también de que la producción llegue a los mercados”, asegura Savelli.

Algunas buenas experiencias se destacan en el Corredor Seco de Centroamérica, donde están implementando alertas sobre cuándo sembrar o no, y mensajes prácticos de prevención. Otra alternativa son los seguros climáticos para proteger a las personas, empresas y gobiernos frente a las pérdidas económicas causadas por eventos meteorológicos.

En esta misma línea, Jhenifer Mojica plantea que el Estado, pero  también los gremios y el sector privado participen activamente. “Esto nos genera una necesidad de que los campesinos y en general las comunidades aprendan a tener una mayor resiliencia, generen cada vez mayores capacidades para afrontar estas situaciones de crisis y que puedan también salvaguardar inicialmente sus medios de vida. En materia de agricultura es urgente generar un proceso de acción anticipatoria, es decir, que a los productores, allá en las zonas rurales, les llegue de manera directa y en tiempo real la información climatológica (…) Así se puede tomar decisiones sobre cultivos temporeros, buscar soluciones de manejo más adecuado del agua y proteger las coberturas de los suelos”.

Los riesgos también están relacionados con el acceso a los servicios básicos, la salud (debido a la proliferación de mosquitos), las afectaciones en la infraestructura, el transporte y los empleos. Según el informe “El Niño 2026-2027 y el mundo del trabajo en América Latina y el Caribe de la OIT, los trabajadores informales, rurales y aquellos que desempeñan sus labores al aire libre son algunos de los más expuestos. Por eso, “el Niño 2026-2027 es, ante todo, una prueba de la resiliencia institucional de América Latina en un momento de acumulación de shocks externos”.

Con el avance de la tecnología, las predicciones meteorológicas pueden anticiparse incluso tres meses, aunque no en un punto exacto. Sin embargo, como explica Christian Domínguez, en los hechos “esta información no llega a los tomadores de decisiones”. Por eso insiste en que hace falta desarrollar más políticas públicas, en coordinación con los expertos en áreas de la ciencia para responder anticipadamente. 

Como añade Domínguez: “También debemos tomar en cuenta que el cambio climático está exacerbando los fenómenos que ya conocíamos como las sequías, las lluvias intensas o las olas de calor, incluso las olas gélidas, pero eso ya existía desde hace mucho tiempo, solamente que nosotros modificamos nuestro entorno, nuestro ambiente, la atmósfera y tenemos consecuencias y repercusiones. Ahora, ¿cómo convivir con esto? Tenemos que saber adaptarnos y responder a estos eventos por medio de sistemas de alerta temprana”.

A 4.500 metros sobre el nivel del mar, en su pequeña comunidad, René Luna aún se lamenta por su ganado perdido. Espera ayuda de las autoridades y piensa en cómo podrán recuperarse en los próximos meses, aunque no sabe si a largo plazo estarán preparados para fenómenos extremos que puedan volver a poner en riesgo su forma de vida.

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* Cada semana, la plataforma latinoamericana de periodismo CONNECTAS publica análisis sobre hechos de coyuntura de las Américas. Si le interesa leer más información como esta puede ingresar a este enlace.