Artemisa o la nueva economía del vacío | Artículo por Mario Luis Fuentes
La conquista del espacio ha dejado de ser un gesto simbólico de supremacía ideológica para convertirse en una extensión funcional de la economía política del capital.
- Mario Luis Fuentes

Por Mario Luis Fuentes
En la mitología griega, Artemisa encarnaba la ambivalencia de lo indómito: protectora de la naturaleza y, al mismo tiempo, fuerza implacable que castigaba la hybris humana. Resulta, por ello, profundamente significativo que la NASA haya elegido su nombre para designar el nuevo ciclo de exploración lunar. Bajo esta nominación, la modernidad tardía parece inscribir su deseo más persistente: expandir los límites de lo apropiable, aun cuando ello implique trasladar al cosmos las lógicas de dominación que han estructurado la historia terrestre.
A diferencia de la carrera espacial del siglo XX -inscrita en el antagonismo ideológico entre el capitalismo estadounidense y el socialismo soviético- el programa Ártemis emerge en un contexto en el que la disputa ya no se articula en torno a visiones del mundo antagónicas, sino en torno a la intensificación de la racionalidad económica como principio ordenador de toda acción. La conquista del espacio ha dejado de ser un gesto simbólico de supremacía ideológica para convertirse en una extensión funcional de la economía política del capital.
Aquí, la crítica debe desplazarse del plano geopolítico clásico hacia el análisis de las nuevas formas de acumulación. No se trata únicamente de Estados compitiendo por prestigio o seguridad estratégica, sino de una compleja red de corporaciones privadas – contratistas aeroespaciales, empresas tecnológicas, consorcios mineros- que encuentran en la Luna un horizonte de valorización futura. La explotación de recursos como el helio-3, la posibilidad de instalar infraestructuras permanentes o el control de rutas logísticas interplanetarias representan ya mucho más que meres escenarios de ciencia ficción y anticipan horizontes plausibles de una economía que busca expandirse más allá de los límites planetarios.
Este desplazamiento implica una mutación profunda en la noción misma del territorio. Tradicionalmente, había sido comprendido como una superficie delimitada sobre la cual se ejerce soberanía. Sin embargo, en el marco de la nueva economía espacial, el territorio se redefine como un campo de posibilidades técnicas y extractivas, independientemente de su localización física. La Luna deja de ser un objeto de contemplación o de especulación científica para convertirse en un espacio potencialmente colonizable, en el sentido más estricto del término: susceptible de apropiación, explotación y control.
Esta transformación no puede entenderse sino como una radicalización de lo que Marx entendió como la tendencia expansiva del capital. La Luna, en este sentido, es el próximo “momento” en la historia de la acumulación.
Sin embargo, esta expansión ocurre en un contexto marcado por la fragilidad del orden jurídico internacional. Los tratados que regulan el uso del espacio -concebidos en un momento en el que la tecnología limitaba las posibilidades de explotación- resultan hoy insuficientes para contener las nuevas dinámicas de apropiación. La ausencia de mecanismos efectivos de gobernanza global abre la puerta a una lógica en la que los actores con mayor capacidad tecnológica y financiera imponen, de facto, las reglas del juego. En este vacío normativo, la Luna se convierte en un espacio de excepción, donde la soberanía no está claramente definida y donde la ley se encuentra subordinada a la capacidad de intervención.
Este escenario plantea interrogantes fundamentales sobre el futuro de las desigualdades. Si la historia de la modernidad puede leerse como una sucesión de procesos de acumulación que han profundizado las asimetrías entre regiones, clases y sujetos, la expansión hacia el espacio exterior amenaza con reproducir -y posiblemente intensificar- estas dinámicas. El acceso a los recursos lunares, la capacidad de establecer bases permanentes o de controlar infraestructuras críticas no estará distribuido de manera equitativa. Por el contrario, se concentrará en aquellos actores, estatales y corporativos, que ya detentan posiciones privilegiadas en el sistema mundial.
Desde esta perspectiva, la misión Ártemis es signo de una transformación más amplia en la configuración del poder global. La disputa por el futuro no se limita a la reorganización de los territorios terrestres, sino que se extiende hacia los cuerpos celestes que se encuentran al alcance de nuestras capacidades técnicas. La Luna se convierte así en un nuevo escenario de conflicto, donde se dirimen no sólo intereses económicos, sino también las formas en que se estructurará el orden mundial en las próximas décadas.
Pero hay, además, una dimensión ontológica en este proceso que no debe ser ignorada. La colonización del espacio implica una redefinición de la relación entre la humanidad y su entorno. Al convertir la Luna en un objeto de explotación, la modernidad tardía reafirma su lógica instrumental: todo aquello que existe puede ser integrado al circuito de la utilidad. En este sentido, la misión Ártemis no sólo expande los límites de la economía, sino que profundiza una determinada forma de habitar el mundo, caracterizada por la reducción de lo otro a mero recurso económico. Frente a este horizonte, la crítica no puede limitarse a denunciar los riesgos o las injusticias potenciales. Es necesario interrogar las condiciones mismas que hacen posible esta expansión: la centralidad de la acumulación como principio organizador, la subordinación de la política a la economía, la ausencia de instituciones globales capaces de regular procesos que desbordan las fronteras nacionales. Sin una transformación de estas condiciones, la conquista del espacio no será sino la continuación, por otros medios, de las lógicas que han producido las crisis contemporáneas.
Así, Artemisa -la diosa que castigaba la desmesura- reaparece como una figura irónica en el imaginario de la exploración espacial. Su nombre, inscrito en la superficie metálica de una nave, nos recuerda que toda expansión conlleva un riesgo: el de olvidar los límites, el de confundir el poder con el derecho, el de transformar el universo en un mero objeto de apropiación. En ese olvido, quizá, se juega el futuro y el sentido mismo de nuestra presencia en el cosmos.
Investigador del PUED-UNAM