“La literatura ha sido un medio para expiar y quemar lo que voy arrastrando”: Ligia Urroz
A partir de un caso de abuso sexual perpetrado por un cura, la escritora nicaragüense presenta 'Por mi gran culpa', una novela que explora los límites de la condición humana.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
A finales del siglo XIX, la joven Josefa Urroz fue abusada por un obispo y quedó embarazada. Durante décadas, el hecho no solo fue un secreto familiar, también generó una sensación de culpa que apenas hasta hace poco ha comenzado a disolverse.
“Ya entrada en la madurez caí en cuenta de que me parecía atroz cargar con esa sensación”, explica la escritora Ligia Urroz (Managua, 1968). Con el objetivo no solo de denunciar aquel episodio, sino además de expiarlo, comenzó a escribir Por mi gran culpa (Hachette), una novela que parte de un hecho real para proponer una serie de reflexiones de índole universal.
Con Por mi gran culpa vuelves a explorar temas familiares a través de la literatura. ¿Qué te aporta revisar la historia de su familia como material de escritura?
Yo soy una exiliada de la guerra, como lo muestra mi novela Somoza. Por mi sangre corren temas como el exilio, la guerra, la necesidad de empezar de nuevo. La noticia que detona Por mi gran culpa me la dio mi abuela cuando yo tenía 13 o 15 años, me habló que de mi trastarabuela Josefa Urroz quedó embarazada de un cura. Mi abuela me dijo que estábamos condenados hasta no sé cuántas generaciones porque es un pecado terrible y lo tenemos que expiar. A mí me parecía atroz cargar con esa culpa, pero asumí que me tendría que portar perfecto porque hay una especie de big brother que me mira todo el tiempo. Ahora, en la madurez de mi vida, ya me cuestiono cómo era posible que yo tuviera miedo por quemarme en el infierno por algo que no hice. A partir de eso escribí la novela y todavía me sorprende que en algún momento de mi vida tuviera ese horrible temor.
¿Te liberas de ese temor con la escritura o por una relación distinta con el dogma religioso?
Por ambas cosas. La relación con el dogma cambió. Nací en una familia muy católica donde todo se hacía perfectamente. Yo no podía pensar o hacer nada que no se alineara “a lo bueno”. Conformé maduré comencé a cuestionar y entendí que no podía vivir con, como digo en la novela, este costal de piedras que arrastramos. Entre mis cuestionamientos al dogma y la escritura, la verdad es que la novela me sirvió para expiar esa culpa.
En este sentido, si bien estamos ante una historia familiar también narras un episodio de abuso por parte de la Iglesia católica que se remonta a más de hace cien años. ¿Qué reflexión te supuso entender que estos abusos vienen de siglos atrás?
Fue muy fuerte descubrir que un obispo, con toda su figura de poder, embarazó a una muchacha en la España del siglo XIX. Por eso quise propiciar una reflexión sobre la pedofilia, el abuso sexual y el abuso por parte del clero. Sé que la literatura no debe ser panfletaria, pero en este caso me parecía importante que los personajes hablaran de ello. Creo incluso, que es importante la denuncia. No puede ser que pasen años o siglos y que el abuso se siga replicando, como ocurrió en mi familia. Es una cuestión muy dura y tenemos que hablar de ello.
¿Cómo fue recibido en tu familia el hecho de que tú decidieras hablar de esto a través de un libro?
Para mí abuela fue un tema duro. Le costaba contarlo. Mí papá ya lo hablaba más, pero cuando decidí escribir sobre esto mi mamá me dijo que era valiente, ella antes era más conservadora, pero ahora es más abierta, tiene nieta y nietos, y no le gustaría que vivieran algo similar. Por otro lado, debo decirte que me han contactado parientes desconocidos. Una lectora me escribió desde Países Bajos para comentarme que está casada con un Urroz y que sabía del tema del cura. Le tuve que aclarar la novela es ficción, solo está basada en un hecho real.
¿En qué momento tomas conciencia de que este hecho real se transforma en ficción?
Nada más es real el hecho de que la trastarabuela fue embarazada por un cura que por ende se convirtió en el trastarabuelo. Para contar el hecho necesitaba meter todo en la olla de la ficción, pues era otra época, estamos hablando de 1870. Me interesaba mucho que la gente que ha pasado por una experiencia similar se sintiera acompañada y encontrara un guiño de esperanza.
Es interesante cómo se transforma un hecho traumático y que marca a una familia, en una historia con un guiño de esperanza.
En principio vemos un viaje terrible: a Josefa la viola un señor, pero un señor que por otro lado no puede ser construido como alguien totalmente malo. Necesitaba mostrar a un tipo seductor y con el poder de la palabra, algo similar a lo que fue Marcial Maciel, solo así podía explorar el sentimiento de culpa que sentía Josefa al principio, aunque después asume su condición de víctima. La novela habla de la condición humana y tenía que, a través de los personajes, mostrar lo que había ocurrido. Quería que el lector se diera cuenta de la barbarie, pero sin ser panfletaria.
Creo que eso lo consigues con el oficio y la utilización de recursos importantes como la música.
El tema de la música es súper importante en mi familia. Mi trastarabuela Josefa viajó a Nicaragua y por medio de la música, la literatura y la poesía, mantuvo su relación con España. Dio clases de música y tuvo a un niño llamado Luis Felipe, quien sale en la novela y se convierte en el mejor violoncelista de Centroamérica. Todo esto es real. A su vez, este joven se casa con una guitarrista de Guatemala y tienen 11 hijos músicos, entre los que se encontraba mi bisabuelo. Entre todos ellos forman la Orquesta Urroz que tocaba en bodas. Más adelante, quien fuera mi abuelo, fue director y primer violín de la Orquesta Sinfónica de Nicaragua. Como ves la música y yo traigo una banda sonora todo el día.
¿A qué te gustaría que sonara esta novela?
Creo que suena a Mozart, a Bach, pero también al primer bolero que se escribió en Cuba. En Spotify hay un playlist inspirado en la novela, se llama “Por mi gran culpa”.
¿Cambió tu idea de la culpa cuando terminaste la novela?
Totalmente. Josefa tenía una culpa interiorizada, creía que si hubiera sido una mujer fea a lo mejor el obispo no se habría fijado en ella. Al final entiende que no son así las cosas. Creo que todos cargamos un montón de culpas, y quería hablar de cómo muchas de ellas las llevamos sobre nuestra espalda, sin deberla ni temerla.
¿De qué culpas te liberó a escribir esta historia?
La novela está basada en la primera culpa y que nace cuando Eva le da una manzana a Adán. La mujer carga con la culpa del pecado original, cuando en realidad la mujer tenía hambre de conocimiento. Quería poner sobre la mesa una reflexión sobre todos los estigmas que traemos y la novela me ayudó un montón a sacar todo esto.
Otro estigma que pesa sobre tu familia es el del apellido Somoza.
Sí, por supuesto. Imagínate que mi familia era amiga del dictador y salimos de Nicaragua cuando yo tenía 11 años. Ese estigma lo estuve cargando y arrastrando hasta que escribí Somoza, de modo que para mí la literatura ha sido un medio para expiar y quemar lo que voy arrastrando.
¿Sientes la necesidad de reivindicar a tu familia a través de tus libros?
No lo sé, cuando mi padre leyó Somoza me dijo que sí, había sido su amigo y que no sentía que tuviera nada que esconder. No me reprochó nada y me animó a publicarla. Mi mamá lloró un montón, me dijo que estaba recordando escenas de guerra, muerte y destrucción, pero la verdad es que esa es nuestra vida. Mi hermana en cambio me comentó que vivió la guerra como un juego porque estaba con mis padres y conmigo todo el tiempo. Cada quien vivió la historia de una manera diferente. Con Por mi gran culpa fue muy distinto porque el porque el terreno estaba allanado y ya la verdad es que todo el mundo estuvo muy contento de leerla.






