‘Hoy, el gran tema de fondo es la repartición de la riqueza’: Juan José Millás
El narrador español y autor de ‘La vida a ratos’, destaca que en mundo falta imaginación política.
(Alfaguara/Redacción AN).

Por Héctor González

Juan José Millás es el protagonista y autor de La vida a ratos (Alfaguara).  No se trata de una autobiografía y sí del diario de los últimos tres años de un personaje que aprende  a convivir con la vejez y todo lo que supone. A veces neurótico, a veces entrañable, así es el testimonio de quien carga sobre sus hombros la nueva obra del narrador español.

Diestro en el arte de alterar la secuencia del tiempo y de hurgar en los pliegues de la realidad, Millás reconoce que vive una época de efervescencia creativa: en los últimos cuatro años ha publicado tres libros y más aún, advierte que no está dispuesto a dejarla escapar. 

En entrevista, el escritor habla sobre sus obsesiones, sus años de formación y resalta que vivimos una época de poca imaginación política.

¿Escribir es resistir?

Sí, para escribir hay que resistir. Hay que se sentarse todos los días y aunque no salga nada debes estar ahí. Superar el desánimo, los momentos negros. Desde ese punto de vista sí es un acto de resistencia que compensa mucho.

Resistir pese a uno mismo porque ahí están los fantasmas y las obsesiones.

Se dice que uno siempre escribe el mismo libro. Uno viene a la vida con dos o tres obsesiones primordiales y cuatro o cinco adyacentes. Aparecen en cada libro pero desde un punto de vista distinto. Esto es como las grandes cuestiones de la humanidad. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? La filosofía trata de eso, pero de distintas maneras.

Últimamente una de sus obsesiones más recurrentes es la vejez.

La vejez y la muerte. Hay un malentendido respecto a la vida en general y al trayecto que va de la juventud a la vejez. Pensamos que es una flecha de dirección única y no es así. Hay gente que está mejor a los sesenta que a los cuarenta. Al final te mueres, pero en el camino hay retrocesos. Un día me invitaron a dar la charla inaugural al congreso de una asociación de escritores jóvenes. Fui y les pedí que se imaginaran un grupo similar pero de autores viejos. Rieron. Les dije que su asociación me parecía igual de disparatada. La primera obligación de un escritor joven es tener adentro a un viejo y viceversa.

¿A qué edad dio esa charla? ¿Cuánto tiempo le tomó entender eso?

Di esa charla cuanto tendría unos cincuenta años. La flecha que va de la infancia a la vejez no va en línea recta. En sus diarios, John Cheever empieza diciendo que en la madurez hay misterio y confusión. Yo sostengo que el diario de un adolescente podría empezar igual. Después de la madurez se reeditan algunos de la juventud, del mismo modo que un adolescente puede ser un viejo prematuro. Una vez un crítico quiso publicar un libro con mis artículos y me advirtió que los ordenaría de manera cronológica porque le parecía el orden menos arbitrario. Yo no estoy tan seguro. Estamos convencidos de que las cosas suceden una a otra, pero eso es una ilusión.

Aunque su novela más reciente es un diario y ese es un objeto cronológico.

Sí, aunque mi diario está dividido en semanas no por fechas. El orden cronológico es una convención y en el fondo guarda falsedades. Hay culturas en las que no existe el ayer ni el mañana.

¿Podríamos equiparar esto con la idea del progreso? Solemos entenderlo como algo que siempre va para adelante.

Hay que distinguir entre progreso y progresión. La vida es muy confusa y no es cronológica. En este diario me he hecho cargo de esa confusión.

En los últimos años ha mantenido un ritmo de casi un libro por año. ¿A qué se debe esta pulsión?

Hay rachas en las que uno necesita escribir más. Ahora estoy en una etapa de mucha actividad creativa y no pienso dejarla escapar.

¿Tiene que ver con la proximidad de la muerte?

Es posible. Hasta cierta edad la muerte es algo que le pasa a los de más, pero llega un momento en el que entiendes que los días están contados. Cuando tienes conciencia de eso, el tiempo tiene más valor. El escritor húngaro Imre Kertész dice que en la muerte en la juventud es un asunto melodramático; en la mediana edad es algo filosófico; y en la vejez, es algo burocrático, es decir hay que resolverlo. Quizá la escritura sea una forma de resolverla bien y de dejar todo claro. Estoy tratando de dejar las cosas ordenadas y este diario es un retrato bastante fidedigno de mi mismo.

En el libro se muestra como alguien hipocondríaco.

Mira, yo no creo ser hipocondríaco, pero a la gente le gusta que lo sea. Así que procuro no decepcionar. Tal vez mi médico diga lo contrario, pero yo diría que no lo soy.

Es parte del personaje que uno crea y de la autoparodia que usted mismo hace.

Quería romper con varias convenciones de los diarios. Ya hablamos del orden, pero además quería ironizar sobre el género. Normalmente los diaristas se toman muy en serio y mi libro tiene una carga irónica muy fuerte.

Ironiza entre otras cosas, sobre los talleres de escritura. ¿Sirven?

A una persona que quiere ser pintora o pianista, y se inscribe en una escuela para aprender difícilmente le preguntaría esto. ¿Por qué no aceptamos que la escritura se puede aprender? No nacemos sabiéndolo. Solemos pensar que la escritura es un don y se le tiene mitificada.

¿Pero se aprende leyendo o con clases?

Es imposible ser escritor si no se es un lector patológico, pero también se vale que alguien comparta la forma en que ha resulto los dilemas del oficio.

¿Usted cómo aprendió?

Hay muchas formas de aprender y yo lo hice solo, leyendo y escribiendo que es lo fundamental. En mi época no había talleres.

¿Nadie le dio un consejo?

Nunca tuve contacto con escritores, todavía no lo tengo. Mis grandes amigos no se dedican a la literatura. A partir de los quince años, leer era lo único que daba sentido a mi vida. No soy una persona muy sociable y lo digo como un defecto, no como una virtud. A un escritor le viene bien la soledad.

¿Por eso crea realidades alternas o paralelas en sus libros?

Claro, con frecuencia los escritores han sido niños solitarios que se han salvado imaginando el mundo. Cuando cultivas la imaginación se convierte en una segunda naturaleza y en un refugio.

¿A España le falta imaginación política?

Tenemos una racha muy mala de políticos mediocres, pero no es un problema únicamente español. Si miras al mundo no encontrarás alguno que valga la pena. Quizá el último interesante fue el uruguayo Mujica. En épocas anteriores siempre había alguno que salvara el paisaje, ahora no hay uno solo. Y España sí tiene un problema de imaginación política y de falta de talento, quizá porque nuestros políticos son incultos. No leen.

Aunque bueno, esta inestabilidad deja ver que la democracia funciona…

Claro, funciona pero en cuatro años hacen estropicios tremendos. Ahí tienes a Argentina y es un país democrático. Nuestros dirigentes no tienen sentido de la realidad. El mundo está cambiando y en los próximos veinte años cambiará más que en los cien anteriores. El otro día leía una noticia según la cual el ochenta por ciento de los trabajos de 2030 todavía no existen. La gente no sabe en qué va a trabajar y ni siquiera se está preparando. Los políticos no se dan cuenta del cambio de paradigma y siguen hablando con una serie de clichés de los siglos XIX y XX.

Ya ni sabemos dónde está la izquierda y dónde la derecha.

Uno de los errores de nuestra época es seguir pensando que el mundo se explica desde esos esquemas. Bien a bien nadie sabe qué quiere decir ser de izquierda. Los medios de producción están dispersos. Hoy, el gran tema de fondo es el reparto de la riqueza. Sabemos que no habrá trabajo para todos. Quizá la mayoría muera sin haber trabajado. Necesitamos pensar en eso. ¿De qué van a vivir? Sin duda habrá riqueza, ya la hay de hecho, el problema es que está mal repartida. No podemos vivir en un mundo donde el diez por ciento de la población tiene el noventa por ciento de la riqueza. Pero nos distraemos con otras cosas. Y no se trata de quitarle el yate de a Jeff Bezos o a Slim, sino de tener sistemas impositivos más justos.

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