opinión*
Sembrando Vida: virtudes y riesgos de un programa visionario (Artículo)
Territorios Indómitos por Raúl Benet
Foto: Presidencia

Por Raúl Benet

Durante décadas hemos visto fracasar programas destinados al sector rural. Tan solo en el sexenio de Peña Nieto se destinaron casi dos billones de pesos al campo, que en su mayor parte fueron a parar a los bolsillos de inversionistas agro industriales, a vendedores de veneno, o a corporaciones que detentan la propiedad global sobre las semillas. Los subsidios que llegaron a la gente se utilizaron de manera clientelar y partidista y con un enfoque de asistencialismo social destinado a mantener la pobreza en límites tolerables, lo cual por cierto no se logró.

Por el lado del sector forestal, el dinero de los subsidios se usó en gran medida para financiar programas de reforestación o conservacionismo demagógicos, equivocados y fallidos, pero que por mucho tiempo redituaron en términos de clientela política y negocio privado. Dentro de las pocas excepciones estuvieron los programas para promover el manejo forestal comunitario, que tuvieron buenos resultados, pero que fueron dejados prácticamente sin recursos por los gobiernos de Calderón y Peña Nieto.

El resultado de esos programas asistencialistas es el abandono generalizado del campo, el fortalecimiento de una economía de subsistencia basada en el subsidio, y una pobreza acuciante y creciente. Por el lado ambiental, estos programas han provocado directamente la pérdida de millones de hectáreas de bosques y selvas, la contaminación de los suelos y los acuíferos, el grave deterioro de los ecosistemas y la consecuente pérdida de biodiversidad. También han contribuido significativamente a la emisión de gases de efecto de invernadero que provocan el cambio climático.

Desde el punto de vista social, los programas destinados al sector rural han golpeado sistemáticamente los derechos y la cultura de las comunidades indígenas y campesinas, al haber promovido y facilitado el despojo de tierra para los monocultivos y la ganadería agroindustrial, erosionado la agro biodiversidad indígena, provocado la migración de los jóvenes y el abandono del campo, y en consecuencia haber generado un rompimiento entre la cultura ancestral y las nuevas generaciones.

El programa Sembrando Vida busca revertir esta situación mediante un modelo drásticamente diferente, incluso opuesto al modelo agroindustrial dominante. Entre sus rasgos más sobresalientes está el hecho de que Sembrando Vida tiene una lógica de arraigo al territorio, mediante el establecimiento de un medio de vida basado en el manejo responsable de la tierra, que resulte atractivo para los jóvenes como una alternativa económicamente viable a mediano y largo plazo.

Destaca también la intención de recuperar prácticas basadas en el conocimiento tradicional, como el uso de semillas no transgénicas, la labranza mínima o el fomento de una milpa biodiversa. Busca además incorporar nuevas prácticas responsables con el agua, el suelo y demás componentes del ecosistema, como el uso de bio fertilizantes o el modelo de milpa asociada a especies forestales y frutales producidas localmente por la comunidad, e instrumentar todo el concepto de los territorios bioculturales, que implica una concertación interinstitucional y social en torno al territorio, a diferencia del nocivo enfoque sectorial que se ha aplicado hasta la fecha, en el que cada dependencia jala por lados opuestos y contradictorios. Un objetivo fundamental de Sembrando Vida es promover la autonomía alimentaria a través de la agricultura familiar de pequeña escala, lo cual es en sí mismo un planteamiento inobjetable.

Se parte también de que la mejor manera de hacer que el uso del suelo tenga una contribución positiva para enfrentar el cambio climático es mediante un buen manejo del suelo, y por tanto el incorporar un millón de hectáreas a un manejo agro forestal, sin duda contribuirá de manera positiva a reducir emisiones de carbono, lo cual incluso se pretende acreditar en un sistema de pago de bonos por captura de carbono o por emisiones evitadas.

En cuanto a los riesgos del programa, es necesario mencionar los relacionados con la lógica política y sus tiempos. Esta lógica requiere que se tengan vastos resultados y muchos beneficiarios en un periodo menor a seis años. El gobierno de López Obrador se propuso instaurar el proyecto en un millón de hectáreas, comenzando con quinientas mil en el primer año. La historia nos muestra que las metas excesivamente ambiciosas impuestas por ritmos políticos conllevan el riesgo de implementar los programas sin el debido cuidado, y con consecuencias opuestas a los objetivos que se perseguían.

En sus primeras semanas de implementación se alcanzaron resultados impresionantes, a decir de las autoridades responsables. Javier May Rodríguez, subsecretario de Desarrollo Rural y responsable del programa, amablemente me concedió una entrevista para Aristegui Noticias. Nos informa que en tan sólo en cinco meses se logró rebasar la meta de superficie prevista para este año, habiéndose incorporado al programa 575 mil hectáreas que según sus palabras, casi en su totalidad se encontraban abandonadas después de décadas de una política neoliberal de abandono al campo. Se realizaron más de cinco mil asambleas y se estableció un número muy importante de Comunidades de Aprendizaje Campesino, todo lo cual es muy esperanzador.

El programa cuenta en campo con 2300 técnicos, cada uno de los cuales acompaña a cien ‘sembradores’ (es decir, beneficiarios del programa). También incorpora ya a 14 mil jóvenes que cuentan con una beca del programa ‘Jóvenes construyendo el Futuro’, que apoyan a los técnicos y acompañan a los sembradores. Se pretende que en unos meses esta cifra llegue a 24 mil. En cuanto al número de personas que se han incorporado al programa en carácter de sembradores, van a la fecha 226 mil, de los cuales a decir del subsecretario, entre 30 y 40 % son mujeres. Se espera que en este año se llegue a 266 mil sembradores, que sumados a los becarios y a los técnicos de campo alcanza la impresionante cifra de trescientas mil personas trabajando en la agricultura campesina. Hasta el año pasado, muchos de estos jóvenes se encontraban dispersos, y esencialmente desempleados o ganando menos de doscientos pesos por jornal. Cada sembrador recibirá cinco mil pesos mensuales durante todo el sexenio, además de la planta, la capacitación y asesoría, así como apoyo para la fabricación de los bio fertilizantes, buscando que en ese tiempo se logre consolidar su parcela para que de ahí en adelante sea autosuficiente.

 

Estos avances me parecen muy importantes, pero también me preocupan, pues en aras de alcanzar metas se pueden estar generando problemas que se podrían evitar. Al menos en varios de los casos que pude constatar en Campeche, Yucatán y Quintana Roo, en los trabajos de deslinde y preparación del suelo para el establecimiento de las parcelas se derribó selva y acahuales con vegetación arbórea de altura y diámetro mayores a lo establecido en las reglas de operación. Esto ocurrió tanto en parcelas que habían sido agrícolas hace décadas (acahuales antiguos), como en bosques y selvas aledaños que se derribaron para alcanzar la superficie establecida en el programa, de dos hectáreas y media por productor. También en algunos casos se utilizó el sistema de roza – tumba y quema, que yo no cuestiono, pues en algunas regiones, particularmente en la cultura maya, es una práctica que forma parte del ecosistema que permite reintegrar al suelo la fertilidad presente en la vegetación. Sin embargo, el programa Sembrando Vida se había planteado que no se prepararía el suelo mediante el uso del fuego.

Aquí vale la pena una reflexión sobre el posible impacto del programa Sembrando Vida en los incendios que afectaron al país durante la primera quincena del mes de mayo pasado. Se considera históricamente que casi el 30 % de los incendios forestales proviene de quemas agrícolas, y otro tanto de quemas relacionadas con la actividad ganadera. Una parte sustancial de esos incendios deriva de un mal manejo del fuego en las quemas agrícolas destinadas a la preparación de los suelos.

Es muy probable que algunos de los incendios que vimos fueran provocados por los participantes en el programa Sembrando Vida, sin embargo es un hecho que en este año hubo menos incendios que los anteriores, cuando no había Sembrando Vida, y que los incendios ocurrieron indistintamente tanto en estados donde se instrumentó el programa, como en estados donde no se ha instrumentado, por lo que considero equivocado asignarle a priori al programa una responsabilidad principal en esa situación. Considero que la principal causa de los incendios es debida el cambio climático global, que genera temporadas de calor cada vez más intensas y más secas, por lo que de seguir como vamos, es previsible que cada año tengamos más incendios, más calor y menos agua disponible para enfrentar la sequía.

Los técnicos y autoridades responsables de Sembrando Vida tienen instrucciones de no incluir en el programa a parcelas que se hayan limpiado mediante el uso del fuego, y mucho menos parcelas que se hayan establecido derribando selva o bosque, pero al menos en algunos casos sí se incluyeron en el programa. Considero que habría que tomar medidas efectivas para evitar que se convierta en un problema grave de cambio de uso de suelo, deforestación y emisión de CO2 a la atmósfera. Es difícil establecer la magnitud de este impacto, porque el programa carece de un sistema monitoreo sistemático y suficientemente sensible, con indicadores de desempeño y de impacto, para dar cuenta de este fenómeno, sistema que es urgente establecer.

Además, si se pretende acreditar el carbono adicional o las emisiones evitadas en los mercados de carbono, sería indispensable que de antemano se contara con una línea base o un nivel de referencia, y un sistema de monitoreo, reporte y verificación colegiado, apropiado para dar cuenta de las pérdidas y ganancias de carbono asociadas al programa desde el principio y a lo largo del tiempo.

Muchas personas con las que he platicado comparten mi preocupación sobre si el programa tiene una visión sólida sobre el destino de las frutas, la madera y otros productos que se pretende cosechar. De los cinco mil pesos mensuales que tocan a cada beneficiario, se establecerá un fondo común que se usará en parte para el posterior establecimiento de proyectos para la adición de valor y comercialización de los productos. Sin embargo, el tema de lo que ocurrirá con la producción de frutales dentro de cinco o seis años, y con los maderables más allá de diez años, parece un tanto azaroso por el momento, ya que al menos en algunos casos pareciera que se está sembrando planta en los viveros más por gusto, por feeling o por tanteo, que por un verdadero programa de largo plazo. Considero que ese es otro tema que debiera revisarse de antemano, ya que una vez que las variedades estén en los viveros será demasiado tarde.

Aquí vale una aclaración sobre la producción de árboles frutales y maderables. Es reiterada la pregunta sobre el origen de los árboles: si el programa no tiene más que seis meses de iniciado y se requieren cerca de mil millones de árboles de al menos un año de edad ¿no se estarán metiendo árboles de donde sea, independientemente de su idoneidad? Parece que no es así, pues este año se está en la etapa de siembra de los árboles en viveros, y la plantación en campo se realizará hasta el siguiente año, así que al menos en una proporción importante los árboles serán producidos especialmente para el programa. Lo que se está sembrando en campo este año es principalmente la milpa, y sí, parece muy impresionante el avance del programa.

Ante la pregunta de si existe un sistema o estructura para la participación social en el análisis del programa en su conjunto, algo así como un consejo colegiado con participación social, la respuesta que obtuve es que no existe nada parecido, pero que la contraloría social se ejerce a través de las miles de asambleas y Comunidades de Aprendizaje Campesino que se reúnen varias veces al mes en cada núcleo agrario para analizar los avances del programa. Considero que el programa se enriquecería mucho si contara con una estructura colegiada para el análisis de la política pública en su conjunto, con participación de académicos y sociedad civil, además de los productores y las instancias de gobierno.

Otro cuestionamiento reiterado al programa es el haber barrido con organizaciones de nivel intermedio o de base, y particularmente el omitir la asamblea ejidal o comunal como interlocutor directo. El programa ha instaurado un sistema mediante el que los recursos se depositan directamente al productor mediante una tarjeta bancaria. Esta política puede estar erosionando décadas de organización campesina local y regional, lo que puede ser visto como una pérdida significativa de capital social, además del grave deterioro de estructuras y prácticas de gobernanza ancestrales. Ante este señalamiento, las autoridades responden que la organización se está dando a través de las Comunidades de Aprendizaje Campesino señaladas más arriba, y que muchas de las organizaciones que en el pasado recibían los recursos no hacían el mejor uso de estos, lo cual es completamente cierto. Es importante que las Comunidades de Aprendizaje realmente cuenten con la metodología y un serio diseño para convertirse en tales, y no quedarse en comités de proyecto como los de Solidaridad y tantos otros, que se concibieron como grupos de apoyo partidista y electoral.

En conclusión, considero que el programa Sembrando Vida es uno de los pocos programas de gobierno destinados al sector rural que se plantea seria y sensatamente la participación de los jóvenes y las mujeres para la recuperación productiva del campo con responsabilidad social, ambiental y cultural.

Raúl Benet

Asesor independiente en medio ambiente y territorio. Biólogo por la Facultad de Ciencias UNAM. Asociado del programa LEAD Colegio de México. Estudios de Doctorado en Desarrollo Rural UAM Xochimilco y de Ecología por la UNAM. Fue Coordinador de política pública en el Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible, Director Ejecutivo de Greenpeace México, Director de Campañas e Incidencia en Oxfam México, Miembro de la delegación política de Oxfam Internacional, Coordinador de la Campaña Global de Acción Climática en América Latina.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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