opinión*
La ciudad de los trolleys: el turismo en Amsterdam
A renglón seguido por José Carlos G. Aguiar
Foto: José Carlos G. Aguiar

Las dos primeras semanas de agosto son de las más bonitas en Amsterdam. Buena parte de los habitantes de la ciudad, los amsterdammers, se van de vacaciones y las calles se quedan casi vacías en el verano. Algunos negocios cierran y la ciudad entra en un letargo estival. Aquellos que se quedan, son afortunados de poder disfrutar de la luz hasta tarde en la noche, mientras que la ciudad parece un oasis de tranquilidad urbana. Pero en el centro de la ciudad pasa algo muy distinto. En las calles van ríos de gente; los tranvías están llenos de ‘trolleys’, las maletas con rueditas; en los museos, tiendas, cafés y restaurantes hay colas de gente durante horas.

A lo mejor los turistas no se dan cuenta, pero de verdad que ya no cabe más gente en el centro. En 2016 visitaron Amsterdam 7,3 millones de turistas que duermen al menos dos noches en la ciudad, y para este año se espera que el turismo crezca al menos otro 10%. Es decir, habrá todavía más gente en la ciudad.

Turismo de masas

Es obvio que el turismo es parte esencial del comercio y mercado laboral en Ámsterdam, como en tantas capitales europeas. Londres, París, Roma y Berlín son la grandes ciudades del turismo en Europa, pero todas son extensas metrópolis y tienen poblaciones mucho más numerosas. París cuenta con 11 millones de habitantes y recibe unos 34 millones de turistas al año. En comparación, Ámsterdam tiene 800 mil habitantes, y recibe más de 7 millones de turistas. Es decir, proporcionalmente Ámsterdam tiene 3 veces más turistas que París: mientras que por cada parisino hay 3 turistas al año, en Amsterdam hay 9.

En los últimos años, y en buena parte debido a la saturación del centro histórico de Ámsterdam, el gobierno municipal ha desarrollado diferentes planes para esparcir los turistas por otras zonas residenciales. Coincidiendo con el fenómeno del Airb&b, donde la gente puede rentar una habitación o su casa a visitantes, las áreas residenciales donde nunca antes se paraba un turista, ahora son parte del recorrido que los turistas hacen durante su estancia.

‘La ciudad está llenísima’

El crecimiento del turismo curiosamente ha generado nuevas formas de interacción social entre los amsterdammers. Por ejemplo, quejarse del turismo se ha convertido en un nuevo tema de conversación. Es como hablar del tiempo o de la estupidez de Donald Trump: todo mundo lo hace, quejarse de la cantidad de gente en el centro: ‘het is héél erg druk in de stad’ (la ciudad está llenísima), dice la gente mientras tuerce la cara. La queja por excelencia es, no es ninguna sorpresa, que los turistas invaden las ciclopistas. Que si los españoles, chinos o brasileños se atraviesan sin fijarse. Que porqué no lo hacen: si atravesaran sin ver en Nueva York, ya los hubieran atropellado. Para los visitantes no siempre es clara la diferencia entre una calle y la banqueta, o que el color rojo de la ciclopista indica, junto con el ícono de una bicicleta que está impresa sobre el asfalto, que ese carril es en efecto sólo para bicicletas.

Sobre todo, la gente se queja de que los turistas andan en bicicleta. Forman un peligro para el orden público. Bloquean las ciclopistas; se paran en medio de la calle; cierran el paso; andan muy lento… Hay algo en la cultura urbana de Ámsterdam que no es auto evidente y que los visitantes no pueden ver, en particular sobre cómo usar el espacio púbico.

¿La Venecia del norte?

Viajar y conocer sociedades nuevas es una experiencia que todo mundo debería tener, ya que puede abrir nuestra cabeza y corazón a formas diferentes de pensar y vivir. Y con suerte, viajar nos puede hacer más abiertos y tolerantes. Pero a pesar de que el turismo se ha convertido desde la década de 1950 en una industria vital para el crecimiento de cualquier economía, el turista no se ha integrado todavía al tejido urbano y su presencia sigue siendo amenazante. En Ámsterdam, la gente tiene miedo de que la ciudad se convierta en una nueva Venecia, y eso no es nada bueno.

Venecia se ha convertido en Europa en un ícono del desastre en que el turismo masivo puede convertirse. No hay nada en Venecia fuera del turismo. La vida de la ciudad ha prácticamente desaparecido, y aunque millones de personas visitan y admiran la ciudad, cada vez menos gente quiere vivir en ella. Venecia cuenta apenas 50 mil habitantes, que trabajan para atender los 28 millones de turistas que recibe al año.

A mediados de julio circuló por las redes sociales el video de una mujer que era arrojada por las escaleras de un departamento en Amsterdam. En las imágenes se observa cómo un hombre agarra a la mujer por los brazos y la empuja con fuerza por las escaleras; la mujer se va de boca por los escalones hasta tocar el piso. El hombre rentaba su departamento por Airb&b, y supuestamente hubo una discusión porque las huéspedes no habrían dejado la casa a tiempo. Luego de estar en observación en un hospital, la mujer regresó al día siguiente a Sudáfrica con una lesión leve en la espalda. También levantó una demanda en contra del agresor, el cual seguramente será llevado a justicia.

El caso levantó revuelo en Amsterdam. En las redes, se expresó mucha conmoción por la violencia, y porque era además en contra de una mujer de color. Representantes de Airb&b hicieron de inmediato público su rechazo ante la violencia utilizada, y expresaron permanecer en contacto con la víctima. La violencia, que siempre es bruta y sin sentido, también dice algo sobre la vulnerabilidad de los turistas. De alguna manera absurda e injustificable, el caso expone la tensión que existe entre los habitantes y los turistas que visitan sus ciudades.

¿Son los turistas la nueva minoría de las ciudades? ¿Cuántos hoteles se pueden abrir en una zona sin que pierda su vida de barrio?

* A todos los lectores que hacen el favor de leer esta columna, les aviso que me voy de vacaciones, y que estoy de vuelta en este espacio la segunda semana de septiembre.

José Carlos G. Aguiar

Doctor en ciencias sociales. Antropólogo mexicano especializado en estudios urbanos, ilegalidad, legitimidad política, seguridad, propiedad intelectual, economías callejeras y la Santa Muerte. Profesor e investigador de la Universidad de Leiden, Países Bajos. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, CONACyT. Cumbianchero por convicción, ciclista antes de la era hipster, y fotógrafo por amor a la estética callejera.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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