Un libro sobre los trilobites, para "hacerles justicia": Maia F. Miret
"Si juntas un tema medianamente interesante y un buen divulgador puedes contagiarle casi a cualquiera el interés", dice la autora de 'Trilobites'.
- Redacción AN

Por Diego Martínez Huerta
“Son muy lindos, para empezar”.
‘Trilobites‘, publicado por editorial Océano, es el más reciente libro de la escritora Maia F. Miret.
“En general sólo vemos sus caparazones (y no sus patas o sus antenas, que rarísima vez se conservan) parecen una cosa a medio camino entre el mundo natural y el diseño, y de hecho es común ver joyería hecha con trilobites. Además se conocen más de 20 mil especies, y como eran tremendamente abundantes y vivían en el mar, en condiciones que facilitan la fosilización, se han conservado mejor que casi cualquier otro animal de la prehistoria; esto quiere decir que podemos saber muchas cosas sobre ellos y establecer comparaciones entre lo que podemos deducir de sus entornos, sus costumbres y sus ciclos de vida y los de otros animales, incluidos los humanos”.
Maia explicó que “no existía hasta ahora un libro para niños dedicado exclusivamente a los trilobites; a veces los vemos en los libros sobre dinosaurios, o sobre seres prehistóricos o el origen de la vida, pero siempre que aparecen lo hacen de forma muy escueta, apenas una mención, y me parecía que había que hacerles justicia, por su belleza, por su importancia científica”.
En entrevista para Aristegui Noticias la autora confesó que todos los días tiene un trilobite favorito distinto, porque “algunos eran muy lisos y compactos, otros estaban llenos de espinas y de texturas, muchos tenían ojos muy grandes o cuerpos muy alargados o muy redondos”.
“En algunos la cabeza se prolongaba en una especie de escudo lleno de agujeritos, que hay quien especula (parece que sin tanto fundamento) que sería como coladera, para alimentarse en las profundidades fangosas del mar, en otros los ojos están situados en tallos largos que les dan un poco el aspecto de un caracol. Pero creo que a fin de cuentas mi favorito es el más común y corriente de todos, una especie que se llama Elrathia kingii y que es bastante fácil de encontrar. Me parece que aunque no tiene ningún rasgo extraordinario es un excelente ejemplo de las cualidades trilobíticas”.
Maia comentó que si pudiera ser uno de ellos, elegiría ser “uno de los espectaculares trilobites rusos del Ordovícico. Están entre los ejemplares más hermosos y mejor conservados del mundo, y también entre los más caros… la verdad es que hay demasiado de dónde elegir”.
Publicar ‘Trilobites’ fue un proceso de dos años. Comenzó “desde que pensé que los trilobites serían un buen tema para desarrollar un proyecto para niños, hasta que el libro estuvo terminado. La investigación tomó un año, y el desarrollo, otro. Extraño mucho la etapa de la investigación; la verdad es que me divertí mucho y fue una suerte poder dedicar buena parte de mis días a leer sobre trilobites y a ver imágenes y fósiles reales. Por suerte en redes sociales hay varias comunidades de científicos y de amantes de los trilobites en los que sigo participando”.
Maia explicó que “durante casi todo el proceso el libro decía que los trilobites, como suelen hacer los artrópodos, seguramente ponían huevos, pero que no se habían encontrado huevos fosilizados que nos permitieran tener la certeza de que era así. Cuando el libro estaba por irse a imprenta se publicó un artículo muy importante que reportaba justamente ¡que se habían encontrado huevos fosilizados! De inmediato cambié esa línea, y resultó muy satisfactorio. No sólo es una de las primeras publicaciones en el mundo en las que se menciona este hecho sino que significó ver la ciencia en acción. Fue genial”.
Al preguntarle si es difícil acercar ciencia a niños y jóvenes a través de la literatura, dijo que “no me parece que sea difícil; si te pones a buscar en la librería, o en la televisión, o en las ofertas culturales de las ciudades grandes y medianas verás que hay materiales e iniciativas muy buenas. Si juntas un tema medianamente interesante y un buen divulgador puedes contagiarle casi a cualquiera el interés por casi cualquier tema (sólo tienes que pasar cinco minutos conmigo o con cualquier otro nerd como yo para salir con un montón de ideas en la cabeza)”.
Maia abundó sobre los niños y los libros: “a veces no tenemos claro para qué queremos acercarlos y por dónde empezar, si lo que buscamos es únicamente entregarles datos curiosos o formar vocaciones o una mentalidad crítica, enseñarles ciencia como se hace en los libros de texto o por el contrario proponerles lecturas recreativas con las que se establece una relación distinta, si sólo podemos hablar de las cosas de las que tenemos certeza absoluta o si hay lugar para la especulación. Es un tema interminable”.
“Otro problema es que no tenemos muchos divulgadores profesionales y con frecuencia le exigimos a los científicos que, además de todo lo que hacen, trabajen en la comunicación social de la ciencia. También hay que tener en cuenta que no todos los niños y los jóvenes amantes de la ciencia van a convertirse en científicos, y los que tienen vocación deben sortear muchos obstáculos distintos a la falta de interés”, concluyó.

