La Candelaria y el calendario | Artículo de Carlos Galindo Leal
La fiesta de La Candelaria tuvo su origen en el siglo XIV, dentro del archipiélago de las Islas Canarias, cuyo nombre proviene de los canes y no de pajaritos.
- Redacción AN / ES

Cada 2 de febrero esperamos con ansia uno de los platillos más antiguos y queridos de nuestra tradición: los tamales, del náhuatl tamalli, que significa “envuelto”. ¿Pero qué celebramos? Como marca la costumbre, quienes sacaron el niño —o los niños— en la Rosca de Reyes del 6 de enero, deben cumplir y compartir tamales, para que todos nos sacrifiquemos gustosos en esta gran tradición.
Este día se conmemora el Día de la Purificación de la Virgen María, conocida como la Virgen de la Candelaria y la presentación de Jesús en el Templo a los 40 días de nacido. El número 40 aparece de forma recurrente en la Biblia como símbolo de prueba y purificación.
El nombre de la Candelaria proviene de candela, la vela, símbolo de la luz de la fe. Por ello, la imagen de la Virgen suele representarse sosteniendo una vela y al niño Jesús.
La fiesta de La Candelaria tuvo su origen en el siglo XIV, en la isla de Tenerife, dentro del archipiélago de las Islas Canarias, cuyo nombre proviene de los canes (perros) y no de los pajaritos amarillos. Esta festividad cristiana sustituyó al antiguo festival romano de la Purificación, conocido como Februa, del cual deriva el nombre del mes de febrero. Dicho festival se celebraba desde el siglo VII a.C., al final del antiguo año romano de 10 meses e incluía rituales de limpieza, renovación y purificación, y procesiones con antorchas, previos al inicio del nuevo año en marzo.
El calendario y los pueblos antiguos de México
Como parte de la celebración, muchas personas llevan a la iglesia figuras del Niño Dios para ser bendecidas. En numerosas comunidades rurales también se presentan velas y semillas, que representan la luz de Cristo y el deseo de buenas cosechas. Se ofrecen las mejores semillas de maíz —blanco y pozolero—, frijol, habas, así como romero y flores, colocadas en canastas como símbolo de gratitud y esperanza. Esta tradición ancestral marca el inicio del ciclo agrícola con la preparación de las semillas.
Sin embargo, la fecha correspondía al 12 de febrero, es decir, 10 días después. Cuando en 1582 se adoptó el calendario gregoriano, se eliminaron 10 días del calendario juliano. Algunas festividades se ajustaron a la nueva cuenta del tiempo y otras conservaron su fecha original. Por ejemplo, el 12 de diciembre, Día de la Virgen de Guadalupe, correspondería en realidad al 21 o 22 de diciembre, coincidiendo con el solsticio de invierno. De manera similar, el 2 de febrero, Día de la Purificación, debería ubicarse el 12 de febrero.
Diversos autores han propuesto que el 12 de febrero marcaba el inicio del año mexica, correspondiente al comienzo de Atlcahualo, la primera veintena del xiuhpohualli, el calendario solar de 365 días.
Además, los pueblos mesoamericanos utilizaban un calendario ritual de 260 días, conocido como tzolk’in entre los mayas y tonalpohualli entre los mexicas, estructurado en trecenas de 13 días. El 12 de febrero se sitúa a 52 días, o cuatro trecenas, del 21 de diciembre, fecha del solsticio de invierno, un momento clave en la observación del ciclo solar.
El número 52 tenía un profundo significado simbólico en Mesoamérica. Este número, divide el año solar en siete segmentos (364 / 52 = 7). Además, cada 52 años coincidían el calendario ritual de 260 días y el calendario solar de 365 días, dando lugar a la ceremonia del Fuego Nuevo entre los mexicas.
El Monte Tláloc y el paisaje sagrado
Durante este periodo del año, el tlatoani Moctezuma Xocoyotzin, o sus representantes, realizaban peregrinaciones al tetzacualco —“lugar cercado de piedras”— del Monte Tláloc, donde se llevaban a cabo rituales para pedir lluvias y activar el ciclo agrícola. También se realizaban peregrinaciones en el cuarto mes del calendario, Huey Tozoztli.
El Monte Tláloc, con sus 4,120 metros de altitud, se localiza al oriente de la Ciudad de México y forma parte de la Sierra Nevada, junto con el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl, el Papayo y el Telapón. Esta cadena montañosa funciona como un verdadero calendario de horizonte para la Cuenca de México y el Valle de Puebla.
En la cima del monte se encuentra el sitio arqueológico más alto de México, posiblemente construido durante el periodo preclásico (600–400 a.C.) y con influencias posteriores teotihuacanas, toltecas y mexicas.
Durante el periodo posclásico, la Triple Alianza —Texcoco, Tlacopan (Tacuba) y Tenochtitlan— tomó posesión del templo dedicado al culto de Tláloc. Se trata de un tetzacualco de forma rectangular, con muros de tres metros de altura y 2.40 metros de ancho, orientado de norte a sur. Una calzada de 150 metros de largo y cinco metros de ancho sirve de entrada monumental, flanqueada por grandes muros. La calzada no está dispuesta perpendicular al rectángulo sino que está orientada de manera oblicua, con un ángulo de 101° 42’.
Cuando miramos desde la monumental calzada hacia el occidente encontramos su alineación alrededor de los Cerros del Tepeyacac y Zacahuitzco (actualmente conocido como Cerro de los Gachupines) cercanos a la Basílica de Guadalupe, a una distancia de 45 kilómetros del Monte Tlaloc. Estos cerros en la Cuenca fueron espacios sagrados y de peregrinación, donde se rendía culto a Tonantzin a la llegada de los españoles.
Cuando miramos hacia el oriente, entre los días 7 y 12 de febrero suceden dos fenómenos espectaculares. El Sol aparece detrás del majestuoso Citlaltépetl (Pico de Orizaba) y en medio queda alineada la Matlalcueyetl, “la de la falda azul”, conocida hoy como La Malinche.
El segundo fenómeno se conoce actualmente como la “montaña fantasma”, ya que la sombra proyectada por el Sol detrás del Monte Tláloc se extiende hacia el occidente como una gran flecha. Una representación de este efecto, observada desde el Popocatépetl, fue plasmada por Gerardo Murillo, el Dr. Atl (1875–1964), en su pintura La sombra del Popo (1942).}
Por todo lo anterior, comer tamales en la Candelaria no es solo consecuencia de haber obtenido al niño de la Rosca. Es un acto que conecta calendarios, paisajes y creencias antiguas. La fecha permanece inscrita en el paisaje sagrado, recordándonos que esta celebración, con profundas raíces indígenas, ha acompañado a los pueblos de México durante siglos.




