"Queremos preservar el futuro de los mares": Pescadores (Parte III) - Aristegui Noticias
“Queremos preservar el futuro de los mares”: Pescadores (Parte III)
Los expertos calculan que cuando la comunidad comenzó a explotar el callo de hacha en La Ensenada de La Paz había alrededor de 10 millones de ejemplares y obtenían mil 500 pesos diarios. No obstante, ahora ganan mil 600 a la semana.

Por: Enrique Alvarado, Alejandro Melgoza y Andrés M. Estrada

Este trabajo forma parte de un proyecto de periodismo científico impulsado por dataMares (datamares.org), que tiene como objetivo lograr una mayor transparencia, difusión y comprensión de información clave para la toma de decisiones relativas al uso sustentable y la conservación del capital natural del país. La colaboración estrecha entre periodistas y científicos de diversos grupos, en especial el Programa Marino del Golfo de California (PMGC), es un eje central de este proyecto*.

(La Paz, BCS).- “Es una hermosura lo que hay abajo, Hubert”, decía el señor Méndez a su hijo al salir de bucear de las aguas paceñas cargando cientos de almejas catarinas. A bordo de la panga el niño de 12 años lo escuchaba mientras las “desconchaba” para luego venderlas a los comerciantes en las playas. Así transcurrían los días de Hubert cuando su padre lo castigaba por obtener malas calificaciones en la escuela. En aquel tiempo, siendo un niño, salir en una embarcación hacia el mar cristalino era más un gusto que un escarmiento. Observar ese paraíso y recibir su propia paga a esa edad lo atrapó.

Al final de cada día quedaba fascinado con los relatos de su padre y los pescadores. Meses después decidió su destino: se sumergió en el paraíso que escondía la ensenada de La Paz, Baja California Sur, un sitio de poco oleaje donde cada otoño y primavera arriban aves playeras para alimentarse, según la Red Hemisférica de Reserva de Aves Playeras (RHRAP). A un lado se encuentra El Manglito, un barrio en el que viven desde hace décadas familias pescadoras. Ahí nació Hubert en una humilde casa.

Desde que su cuerpo moreno se entregó al Golfo de California ya no pudo salir de esa adicción por mirar un sinfín de colores, peces, crustáceos y conchas. “Había almeja catarina de una talla enorme. Me creció esa inquietud de lo que había debajo”, recuerda el ahora pescador. Esa misma sensación conquistó a su primo Martín, quien comenzó con 10 años a pescar callo de hacha. Ninguno tuvo una oportunidad sólida de estudiar. “Es la dificultad que tenemos como pescadores”, apunta.

En los setentas ambos escuchaban a los adultos de la comunidad decir que ambas especies marinas nunca se acabarían. Sin embargo, la factura vino años después: los millones de almejas y callos de hacha descendieron a miles debido a la demanda de consumidores, según Noroeste Sustentable (NOS). También empezó a padecer descargas de desechos sólidos, derrame ocasional de aceites y gasolina, así como construcciones aledañas a raíz del crecimiento poblacional, describe la RHRAP. La decadencia se acercaba.

Los expertos calculan que cuando la comunidad comenzó a explotar el callo de hacha en La Ensenada de La Paz había alrededor de 10 millones de ejemplares y obtenían mil 500 pesos diarios. No obstante, ahora ganan mil 600 a la semana. Sin importar la reducción de sus percepciones dicen que están en la búsqueda de dejar una “huellita” para que las próximas generaciones “no cometan el error de nosotros de acabar con las pesquerías y andar batallando”.

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A diferencia de sus antepasados, Hubert y Martín decidieron ponerle fin a la depredación y congregar a su comunidad. Por ahora se avocan en contagiar al barrio desde los más niños hasta los ancianos, pero quieren hacer llegar este modelo sustentable hasta otros litorales del país.  “Queremos preservar el futuro de las próximas generaciones. El gobierno tiene que enfocarse en nosotros de otra manera, no equiparnos para seguir depredando, sino que se ponga las pilas de hacer acuacultura y repoblamiento”, demandan los pescadores.

De acuerdo con la base de datos estandarizada por dataMares -la cual fue elaborada con documentos federales y locales de Conapesca–, sólo el 15% de la producción pesquera a nivel nacional corresponde a acuacultura y cultivo, frente a un 85% de extracción mediante diferentes artes de pesca.

Las comunidades pesqueras aclaran que, para alcanzar un modelo sustentable en los 11 mil 500 kilómetros de litoral en el país, es necesario que colaboren organizaciones, pescadores y autoridades, cuyos esfuerzos en la materia no se han visibilizado, de acuerdo con las evaluaciones de la Auditoría Superior de la Federación (ASF). La Conapesca no dispuso en 2014 de productos acuícolas y pesqueros “en un marco de sustentabilidad”, mientras que la Inapesca en este año no contribuyó al “fortalecimiento de la sustentabilidad mediante la investigación”.

Necesitamos actuar

Hace casi cuatro décadas los pequeños compradores llegaron a la ensenada de La Paz a comprar 100 piezas de almejas diarias, luego 200 y hasta 300. Con el tiempo se convirtieron en kilos, pues la demanda de los consumidores se elevó hasta toneladas. “El problema fue el colapso cuando vinieron los grandes compradores”, señala Martín.

Ambos recuerdan que no había vigilancia de las autoridades, se pescaba con o sin permiso. “En ese tiempo no había vigilancia checando las embarcaciones, pescaba lo que quisiera y no había una zona de arribo, podías andar sin permiso”, explica Hubert de 40 años. “Hace unos 10 o 15 años no respetaba tallas ni nada. Fue el motivo por el cual se acabó La Ensenada de la Paz y la bahía”, continúa.

Fue hace casi un lustro cuando Martín y Hubert, coordinadores del proyecto en El Manglito, se plantearon junto con la comunidad la necesidad de regenerar el mar. En muchas familias hubo discusiones por la reducción de sus percepciones. Fue el caso de la esposa de Hubert, quien le reclamó: “Vamos a batallar mucho, si entras ahí y ganas tan poco, ¿qué vamos a hacer?”, le comentó por los gastos escolares de sus hijas.

De la mano de NOS, concluyeron que “necesitaban hacer algo al respecto. Si lo aprovechamos adecuadamente va a ser un futuro no sólo para mí sino para la comunidad. Estamos tratando de rescatar la comunidad de El Manglito”. Por ello hoy son más de 60 mil callos que han monitoreado y al recolectarse ya son sustentables.

“Ese es nuestro futuro como pescadores. Si no las rescatamos, el futuro del sector pesquero y el pescador se van a extinguir. Queremos que los pescadores sigan existiendo”, cuenta Martín, quien platica que ahora lo hacen a la inversa: salen en sus pangas con semillas de callo de hacha para sembrarla en el fondo y devolver al mar lo que le quitaron. “No es tarde para rescatar, pero debemos trabajar con organizaciones y autoridades”.

Estero de El Manglito, uno de los pocos barrios de pescadores que quedan en La Paz, Baja California Sur.

¿Cómo organizar una comunidad sustentable?

En medio de la noche, un sujeto delgado, tez morena y bigote desarreglado, se paseaba de manera sigilosa por El Manglito, un lugar rodeado de enormes casas con patios que dan hacia el mar y carentes de alumbrado público. Iba de un lado a otro hasta que se detuvo para mirar a la lejanía a un par de jóvenes que cargaban algo de manera sospechosa. Tras percatarse que no llevaban nada dejó de mirarlos. Le dicen “El Negro” y es un vigilante del área. Su tarea es resguardar el callo de hacha para preservarlo. Es su policía comunitaria.

En la ensenada paceña, la almeja catarina se agotó por la sobreexplotación hace poco más de cuatro décadas y el callo fue después. Alejandro Robles director de NOS, recuerda que cuando llegó ya nadie “pelaba” esta especie y de los 80 pescadores de la zona sólo 10 sacaban lo poco que quedaba y con eso se mantenían. El resto iba a otras costas.

Hace cinco años, su organización comenzó a trabajar con la comunidad para restaurar las especies y generar un proyecto sustentable. Lo básico era dejar de pescar, pero para esto se tenían que generar alternativas a quienes dependían de ésta. Lo primero fue la comunicación para lograr largos acuerdos de prohibición. Si veían a un infractor, la tarea era sacarlo y poner sanciones.

Al principio del proyecto un grupo de pescadores sacó algunos kilos. La comunidad alertó a la Conapesca para detenerlos. Les quitaron el producto, el visor y las aletas. En teoría procedía una multa, pero al ser muy elevada por 50 mil pesos decidieron perdonarlos con la advertencia de que la próxima vez sería un castigo.

Tiempo después, una persona reincidió y la pararon. En ese caso la mesa directiva de los pobladores discutió la sanción: exiliarlo o castigarlo. Al final se acordó que se quedara seis meses sin empleo. Luego le hicieron una oferta: trabajar un mes de voluntario y le condonaban tres meses. El pescador aceptó.

Pero ese no sólo fue su castigo, la comunidad lo comenzó a rechazar, pues según relatan, pudo haber terminado con el proyecto: “Todo se hubiera ido a la basura”. Al sentirse así, decidió redactar una carta de perdón y pidió a los 109 miembros que la firmaran. Ahora, es uno de los mejores vigilantes.

Para Martín, el proyecto representa el futuro, la enseñanza y un modelo de organización. Le gustaría que fuera un ejemplo para llevar el mensaje a otras comunidades con el fin de que se organicen las pesquerías.

“Un proceso de crear estructuras que generen funciones que permitan que la sustentabilidad se manifieste. Yo puedo decir, si este año los pescadores abren la pesca, ellos pueden pescar de manera sustentable, aunque la ensenada no esté restablecida. Pero ya tienen los principios de la sustentabilidad, y no se la van a acabar, porque ya los creaste, y bueno la van a llevar eventualmente y llegarán a los 60 millones (de callo de hacha)”, dice Robles.

Mural pintado en las instalaciones de Noroeste Sustentable por niños del Manglito.

Evaluación sustentable al gobierno

Para sostener una actividad económica de la cual dependen comunidades en los 11 mil 500 kilómetros de litoral y recomponer el impacto al medio ambiente, el reto de las autoridades involucradas, el sector pesquero y las propias comunidades es desarrollar modelos de pesca sustentable que sincronicen ambas visiones.

Hasta el momento, “no hemos sido capaces de desarrollar una agenda que nos permita consumir los productos pesqueros que nos ofrece el mar en las temporadas que nos lo ofrece”, indica Abraham Huerta Maldonado, investigador de la Secretaría de Pesca (Sepesca) de Baja California. El especialista explica que las políticas públicas deberían estar enfocadas en esas particularidades que permitan el aprovechamiento y el cuidado de los mares.

Rafael Ortiz, director del programa de pesquerías para el Golfo de California en Evironmental Defense Fund (EDF) de México, sostiene que para lograr que una pesquería con buen manejo sea sustentable, se deben cuidar tres vertientes con resultados positivos y evidentes: el aspecto social, económico y biológico. Es decir, “que el recurso esté pescado de una manera que se puede sustentar en el tiempo, que haya buena gobernanza y una buena distribución de los recursos” donde los pescadores se sientan a gusto con su entorno y satisfechos con las ganancias.

En la construcción de modelos de pesca sustentable, para Ortiz la mejor forma es diseñarlo desde las bases, ya que “los pescadores normalmente tienen las mejores soluciones para lograr la pesca sustentable”. De acuerdo con el especialista, el sistema pesquero da mejores resultados cuando los productores mejoran en sintonía con comercializadores, plantas procesadoras, académicos y organizaciones de la sociedad civil.

En el puerto de Guaymas, Sonora, las embarcaciones camaroneras de la empresa Dely, se diferencian de toda la flotilla. La compañía que encabeza Irma Garrido, hace tiempo que se preocupa por pescar con responsabilidad, por eso colaboran con el gobierno y organizaciones de la sociedad civil. Gracias a la experiencia pesquera de su esposo combinada con estudios académicos, cuenta Irma, importaron tecnología para mejorar sus procesos y establecer protocolos de trabajo. Así lo respalda la marca de camarón sustentable que desarrollaron.

Jorge Torre, director de Comunidad y Biodiversidad (COBI) A.C. señala la dificultad de pedir a las comunidades que hagan pesca sustentable cuando no ven un impacto social. Sin embargo, en su trabajo con las organizaciones pesqueras ha visto “cooperativas que son bien organizadas, legales, con mercados” donde ya pueden hablar de conservación e invertir.

En el mismo puerto de Guaymas se ubica la Sociedad Cooperativa 29 de Agosto, que desde hace cuatro generaciones sobrevive pescando con la piola y el anzuelo, artes de pesca amigables con el medio ambiente por ser muy selectivas. El presidente Andrés Grajeda Coronado cuenta que iniciaron un proceso de certificación de pesquería que, a pesar de requerir inversión y un periodo de casi dos años para recolectar datos sobre tipos de capturas, horarios, trayectos, dónde, cuándo y cómo las realizan, ya cuenta con la asesoría de COBI, además del apoyo del gobierno estatal y del Instituto Nacional de Pesca (Inapesca).

Para Robles la sustentabilidad no descansa en las artes de pesca utilizadas, en las capturas generadas y tampoco en el máximo rendimiento sostenible, sino en “la capacidad de organizarse como sector”. De esta forma, explica, es posible conocer el entorno y cómo la interacción con él está afectando el espectro social, económico y ambiental.

Con la tarea de recomponer el sector pesquero, la investigadora Virginia López Torres de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), campus Ensenada, lanza una sentencia: “No podemos acabar con ella, al contrario debemos potenciar la pesca, desarrollar la pesca, tenemos inclusive que construir a partir de la pesca”.

Hubert Méndez y Martín Méndez, pescadores que participan en un proyecto de regeneración y pesca sustentable en La Paz, Baja California Sur.
El reclamo de La Ensenada

El día se terminaba y los últimos rasguños solares pintaban de naranja una hilera de complejos turísticos. En una estrecha playa escondida de la bahía paceña, Hubert y Martín caminaban con la tarde cayendo mientras reflexionaban sobre el oficio del mar y su futuro en él.

Han vivido los suficiente para ver La Ensenada en distintas etapas: cuando no estaba intervenida, sobreexplotada y ahora que la comunidad está regenerando el callo de hacha. Están orgullosos de ser pescadores, muy enamorados, no pueden desligarse de una actividad que ha sido su vida. Se aventuran a decir que, si existiera mar en el más allá, volverían a ser pescadores.

En la capital sudcaliforniana, los barrios El Manglito y El Esterito son prácticamente los últimos rastros de la pesca. Martín asegura que, si el mar tuviera voz reclamaría “por lo injusto que fuimos con La Ensenada, la sangramos y le sacamos hasta no poder (…) sí nos haría ese reclamo de lo injustos que fuimos como seres humanos y pescadores”.

Hubert, quien lo acompaña en su lento andar, narra que cuando pescaba mediante buceo, sacaba todo lo que se le atravesaba, sin importar si eran caracoles o almejas, incluso tiraba especies juveniles que no daban la talla. Luego del trabajo en La Ensenada, su visión cambió. Hoy ser buen pescador para ellos significa respetar las tallas de capturas y las vedas, ser cuidadosos con el mar y regenerarlo. Con la siembra de callo de hacha, creen que “ya le estamos dando la vida que se requiere de vuelta”.

Martín y Hubert piensan en el futuro de los mares y no quieren que el daño causado a la pequeña ensenada se repita en otras costas. Por eso desean trabajar para que el modelo de pesca sustentable que ellos aplicaron, pueda adaptarse en otras regiones. “Lo que estamos haciendo nosotros es algo que queremos llevarlo a otras comunidades, organizándose se puede hacer funcionar en la pesquería. Si nos ponemos las pilas esto va a funcionar”, explica Martín.

“Si lo sabemos manejar adecuadamente va a estar por siempre ahí”. Es la voz de Hubert mientras narra de manera bonachona que ya tienen disponibles un par de embarcaciones para que en la siguiente cosecha, los niños se sumerjan al corazón de La Ensenada paceña y palpen su pulso para preservarlo y “no cometan el error de nosotros de acabar con las pesquerías y andar batallando”.

Noroeste Sustentable: Pescadores participan en las labores de inspección y vigilancia para restaurar la ensenada de La Paz, Baja California Sur.

*Al cierre de edición el presidente de la república, Enrique Peña Nieto; el comisionado nacional de Pesca, Mario Aguilar; el senador de la comisión de Pesca, Ernesto Ruffo; el titular de la Inapesca, Pablo Arenas; y la directora de la OIT oficina para México y Cuba, Gerardina González, no respondieron a la petición de entrevista.

*Reportaje, fotografía y video: Enrique Alvarado, Alejandro Melgoza y Andrés M. Estrada

Diseño: Luis Miguel Cruz Ceballos

Editora de video: Cynthia Horcasitas

Coordinadora de proyecto: Raquel López-Sagástegui

Directora del Programa Marino del Golfo de California: Catalina López-Sagástegui 






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