Los empresarios, el mercado y la democracia (Artículo)
"Con el anuncio adelantado de la 'Cuarta transformación', es necesario limitar el poder de los empresarios", escribe Carlos Herrera de la Fuente.
Foto: Cuartoscuro/ Galo Cañas

Por Carlos Herrera de la Fuente*

¿Qué es la democracia?  Si retomamos la definición clásica, derivada del análisis etimológico de la palabra, obtendremos la respuesta común: el “poder del pueblo” (en realidad, de los demoi, que eran las circunscripciones administrativas en las que se dividía la antigua Atenas).

Si, en cambio, atendemos al significado real y práctico de lo que observamos diariamente en las sociedades “democráticas” contemporáneas, la respuesta es muy distinta: el poder de los grandes empresarios y del mercado.

Hoy en día, la democracia es algo que tiene que ver con todo menos con el pueblo. En verdad, tiene que ver con el poder económico y los grupos de interés que se forman alrededor de él y lo protegen.

La “democracia liberal”, por la que los Vargas Llosa y los Krauze del mundo se rasgan las vestiduras, es una forma de defensa irrestricta de los monopolios transnacionales que definen el rumbo y la dinámica del mercado (porque, ¡oh, triste revelación!, ni siquiera existe un mercado libre). Pero ¿quién eligió a esos monopolios? ¿Quién votó para que los empresarios o el mercado definieran el rumbo de la economía o la política mundial? Porque el alcance de dichos grupos de poder económico es realmente transnacional.

Los defensores de este tipo de “democracia” dirán que, planteadas desde esta perspectiva, las cosas están mal enfocadas; que no se trata de que los empresarios o el mercado rijan los destinos de las sociedades, sino de que las sociedades garanticen la “libertad” empresarial para el buen funcionamiento de las economías contemporáneas y del mercado internacional, pero, en realidad, eso es otra forma de decir que la sociedad en su conjunto tiene que estar al servicio de esos grupos porque sólo así se puede garantizar el “correcto” funcionamiento de la economía global y nacional.

Una especie de chantaje (en realidad, uno descarado): o se respeta la libertad de acción y movimiento de esos grupos de poder o todo se hace mal y lo que se proponga y haga estará destinado al fracaso. No hay otra opción. Pero, insistimos, ¿quién eligió a los empresarios para jugar ese papel fundamental en la sociedad?

Supongamos por un momento que es cierto, que necesitamos del mercado y de los empresarios como se necesita del aire para respirar. De hecho, un periodista sumamente mediocre, pero muy persistente en los medios masivos de comunicación, comparaba a los mercados financieros con las condiciones climáticas, las cuales, aun cuando sean abominables, tienen que ser consideradas para poder actuar de manera eficaz.

En pocas palabras: los mercados financieros son fenómenos naturales que nada ni nadie puede cambiar. Muy bien. Supongamos esto. Y supongamos también que gracias a los empresarios y a los poderosos grupos económicos existentes puede haber grandes inversiones que generen empleos bien remunerados (digo, estamos soñando), y que esos empleos bien remunerados generen un efecto multiplicador que se traduzca en una mayor demanda y, por lo tanto, en un mayor impulso a la producción y al desarrollo, etc.

Muy bien, pero ¿quién eligió a esos empresarios? Se podrá decir lo que se quiera a favor del mercado y de los grupos empresariales; se podrá decir que son los agentes del desarrollo y del cambio, los verdaderos impulsores del progreso en la sociedad, los que garantizan el empleo y la seguridad de los trabajadores en el mundo… Se podrá decir misa. Pero, en los hechos, todo esto no tiene nada que ver con la democracia ni con el derecho y la capacidad de un pueblo o una nación específica para determinar su propio destino, más allá de que se le quiera imponer una ruta definida o un camino inmodificable.

Los empresarios podrán ser la última maravilla del mundo, pero en ningún lugar está establecido que un pueblo tenga que subordinar todos sus intereses a los de ellos, ni que la
sociedad tenga que funcionar directamente al ritmo que ellos le imponen. De hecho, para que una sociedad pueda constituirse en agente soberano de su destino tiene que sacudirse el yugo de los intereses particulares que obstaculizan su libre funcionamiento.

Se trata, entonces, de definir, qué libertad se privilegia: la del minúsculo grupo de empresarios monopólicos que rigen los destinos de la economía contemporánea o la de la mayoría absoluta de individuos que conforman la población. Ése es el dilema.

¿Cuál es el interés de los empresarios? ¿Crear empleos? ¿Ayudar a la sociedad a salir de su “atraso” económico? ¿Construir ejemplos de éxito y prosperidad para la población? No: multiplicar sus ganancias privadas por todos los medios posibles, sean legales e ilegales. Porque por lo menos sería de esperarse que ningún lector creyera que un empresario es sólo aquél que viste traje y corbata y está presente en todos los actos institucionales; aquél que cumple a cabalidad con la ley y respeta los límites impuestos por la sociedad.

Bastaría con hacer un repaso superficial de cada una de las biografías de los más “exitosos” empresarios mexicanos para darse cuenta del cúmulo de ilícitos que hay detrás de sus carreras económicas, del cúmulo de fraudes, de actos de corrupción y complicidades con el poder político.

En este sentido, el Chapo Guzmán es tan empresario como Carlos Slim o Emilio Azcárraga. Los grandes empresarios mexicanos beneficiados facciosamente por el neoliberalismo durante décadas son un poder fáctico, un grupo de presión como en su día lo fueron (y, en parte, aún lo son) la iglesia y el ejército. Ambos representan intereses particulares, aunque en el discurso se presenten como los portavoces del interés común de la nación.

Por ello, en el siglo XIX, fue necesaria la Reforma, para evitar que el poder económico y político de la iglesia se impusiera sobre el conjunto de los intereses nacionales; por eso, en el siglo XX, como resultado de la Revolución, fue necesario institucionalizar al ejército para evitar golpes de Estado y asonadas militares. Ahora, con el anuncio adelantado de la “Cuarta transformación”, es necesario limitar el poder de los empresarios y dejar en claro que no son ellos, aunque se exhiban como los adalides del progreso y del bienestar, los que pueden determinar el rumbo de las cuestiones económicas y políticas del país.

La nación entera no tiene por qué servirles, sino al contrario. Y, por supuesto, como en el siglo XIX y en el XX, habrá siempre defensores de esos intereses particulares. Habrá siempre quien diga, como ese mediocre periodista, que tanto la iglesia, como el ejército y las grandes empresas monopólicas son fenómenos naturales inmodificables, insuperables, que hay que tomar en cuenta para poder actuar políticamente, ya que de lo contrario se estará destinado al fracaso. Pero así no se cambia la historia. La historia sólo se cambia si, aunque sea uno sólo, está dispuesto a enfrentarse a esos poderes fácticos y a establecer una nueva forma de acción.

Ahora bien, hay quien está dispuesto a criticar a los empresarios y al llamado “capitalismo de cuates”, pero jamás al mercado. El mercado es, para el neoliberal puro de mente estrechísima, un principio sacrosanto más intocable que el de la santísima trinidad. El mercado representa el espacio de la libertad absoluta y de la competencia descarnada. ¡Eso sí que no se puede tocar! Pero el mercado no es más que la expresión del fracaso de los seres humanos para ponerse de acuerdo en el modo en el que deben regir la economía. Es la expresión máxima de la derrota de la soberanía del pueblo y de su sometimiento (su esclavitud) a las decisiones de los intereses particulares que compiten salvajemente entre ellos. Es la más pura antidemocracia.

No hay por qué dudar al respecto: si existe la democracia, todo debe estar sometido a la consideración del pueblo, no solamente los personajes que lo representan, sino también sus decisiones y el rumbo mismo de la economía.

Para hacerse efectiva, la democracia tiene que avanzar sobre los aspectos económicos y arrancárselos de las manos a los grupos monopólicos y a los poderes fácticos que construyen una realidad conforme a sus intereses. Debemos democratizar la economía. Es necesario acabar con la dictadura del mercado. Lo de la consulta sobre el NAIM fue sólo un primer paso. No nos conformemos con tan poco.

*Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es economista, filósofo, ensayista y poeta. Licenciado en economía y maestro de filosofía por la UNAM; doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Es autor de los poemarios Vislumbres de un sueño (2011) y Presencia en fuga (2013), así como de los ensayos Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger (2015) y El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos (2017). Es profesor de la materia Teoría Crítica en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales.








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