opinión*
AMLO: Voluntad de poder (Artículo de Héctor Tajonar)
por Héctor Tajonar
Foto: Ilse Trujillo/ Cuartoscuro

Por Héctor Tajonar
Especial para Aristegui Noticias

Durante los cinco meses transcurridos como mandatario electo, Andrés Manuel López Obrador ha expresado sin ambages y manifestado con hechos contundentes la manera en que ejercerá el poder presidencial a partir del 1 de diciembre. El accidentado proceso que culminó con la organización de una “consulta ciudadana” como método para decidir si continuaba o no la construcción del nuevo aeropuerto es la prueba más elocuente del carácter -no sólo del estilo personal- del gobierno entrante. Ahí están plasmados la esencia y el motor de la llamada Cuarta Transformación.

Acaso sin saberlo, el próximo presidente de México es un ejemplo vivo de lo que Nietzsche llamó la voluntad de poder, que el pensador alemán consideraba la principal potencia del hombre: la ambición de cumplir sus deseos, la demostración de fuerza para enfrentar al mundo y ocupar el lugar al que aspira y cree merecer. Todas esas manifestaciones de la voluntad de poder constituyen un elemento fundamental en la personalidad de AMLO, quien manifiesta una obsesión y un embelesamiento ante el poder, así como un furor irrefrenable por ejercerlo.

Más allá del resultado de la “consulta” -que tendrá consecuencias adversas para la economía y el desarrollo del país- hemos visto que la intención fundamental para realizarla fue, ante todo, la reafirmación del poder del presidente electo frente a los grupos de presión empresarial: “Se acabó el contratismo voraz, la corrupción y el influyentismo. Lo que yo les diría a esos contratistas y a esos funcionarios corruptos es que se vayan (pausa) acostumbrando (risas), que vayan haciendo un ejercicio mental, todo un proceso de readaptación. Esta es una muestra: no se permitieron presiones de nadie. Aquí queda de manifiesto que desde ahora hay una división clara, entre poder económico y poder político. No va a ser un gobierno al servicio de una minoría, es el gobierno del pueblo y siempre va a prevalecer el interés general, lo que convenga a la nación. Les guste o no les guste.”

Suena bien, pero a su discurso lo rebaten los hechos y las decisiones que él mismo ha tomado. Que se haya abatido la corrupción está por verse, la “consulta” representó una burla a la ley y una ofensa a la inteligencia de los ciudadanos, y haber optado por Santa Lucía en lugar de Texcoco no fue lo más conveniente para la nación, además de haberse tratado de una imposición de la voluntad de AMLO no de una decisión del “pueblo sabio”.   

Después del mensaje intimidatorio al gran capital, López Obrador remató: “¿Quién manda? ¿No es el pueblo? ¿No son los ciudadanos? ¿No es eso la democracia? ¡Ese es el cambio!”. 

En efecto, ello expresa su visión del “cambio de régimen” que se espera de la “Cuarta Transformación”, conceptos que deben definirse y acreditarse en los hechos.

Lo más grave y riesgoso de lo que hemos presenciado es lo concerniente a la democracia participativa. Obviamente, lo que vimos no fue un ejercicio de democracia deliberativa sino un remedo de ella, lo cual podría ocasionar una profunda e intolerable regresión en el desarrollo político del país.  

Si lo que López Obrador entiende por democracia participativa es eso, está (con todo respeto) totalmente equivocado; pero si lo que está haciendo es utilizar ese concepto con fines de manipulación estaríamos ante lo que podría convertirse en una dictadura plebiscitaria, para usar la expresión del jurista alemán Carl Schmidt, cuyos postulados embonan perfectamente con regímenes autoritarios y/o populistas de la América Latina contemporánea.

La lección es clara: No se puede saltar de una oligarquía pseudodemocrática a un sistema participativo y deliberativo sin haber alcanzado antes una madurez en el ejercicio y el respeto a la normatividad de la democracia representativa, con una auténtica separación de poderes y un Estado de derecho merecedor de ese nombre. La democracia exige transparencia, confianza y tolerancia. Sin todos esos requisitos, la democracia participativa suele convertirse en una simulación y en un instrumento de manipulación al servicio de líderes que se convierten en déspotas y buscan perpetuarse en el poder como Fidel Castro en Cuba, Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador o Daniel Ortega en Nicaragua.

Esperemos que esto no ocurra con Andrés Manuel López Obrador que tiene el mandato de los 30 millones de mexicanos que votaron por él y la responsabilidad de gobernar con sensatez en beneficio de la nación entera. Él llama a “no tenerle miedo a la democracia”, pero ello debiera de estar precedido por un respeto al concepto de democracia y a una utilización rigurosa, no tergiversada, de su significado. La perversión de la democracia degenera en demagogia y la corrupción del lenguaje es una de las primeras manifestaciones de esa decadencia.

El presidente electo se ha comprometido a gobernar democráticamente y ha prometido expresamente que no implantará una dictadura. Debe honrar su palabra y así habremos de exigírselo los ciudadanos.

Su rotunda victoria en las urnas no es un cheque en blanco en favor del voluntarismo y la arbitrariedad. En cuatro semanas asumirá el Supremo Poder Ejecutivo, el reto es ejercerlo con responsabilidad y prudencia para merecer la autoridad que representa, así como para lograr credibilidad y legitimidad. Su anhelo de llegar a ser un buen presidente depende de los resultados positivos de su mandato en materia de combate a la pobreza y la desigualdad, a la corrupción e impunidad y a la violencia e inseguridad, además del logro de una educación de calidad y del respeto a los derechos humanos. Todo ello exige la construcción de un auténtico Estado de derecho que permita y estimule el crecimiento económico incluyente.

Las grandes expectativas que generó la victoria de López Obrador empiezan a menguar. Sería una enorme decepción y una desgracia para el país pasar de una democracia representativa de fachada a una democracia participativa de pacotilla. Ni el próximo presidente de México ni los ciudadanos podemos permitir que eso ocurra.

Héctor Tajonar

Durante cuatro décadas ha combinado la investigación y el pensamiento analítico con la creatividad en las áreas de comunicación, política y cultura. Tiene una maestría en Política de la Universidad de Oxford, ha sido investigador del Centro de Estudios México-Estados Unidos en la Universidad de California en San Diego y colaborador de la revista Proceso.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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