‘Casa caracol’, una película de Jean-Marc Rousseau sobre la pérdida y la reinvención
El realizador sostiene que hace falta despegarse del cliché cuando se aborda la crisis de violencia en el país.

Por Héctor González

Se calcula que en México hay 40 mil desaparecidos. Alrededor de cada caso hay una historia. A pesar de vivir en Francia, Jean-Marc Rousseau es un atento seguidor de la realidad nacional. Su ópera prima Casa caracol, bien se puede leer como un ejercicio por construir una narrativa fresca para aproximarse a las víctimas de la desaparición forzada.

Tras la desaparición de su esposo, Sofía (Rosalía García) deja la ciudad y se va a Xilitla, el surrealista poblado de San Luis Potosí. Ahí conoce a Nico (José Carriedo) y a los habitantes del hostal Casa Caracol. Ahí, la protagonista comienza a reencontrarse y a retomar las riendas de su vida, hasta que un nuevo suceso trastoca todo.

En Casa caracol hablas de la reconstrucción personal a partir de la pérdida, ¿por qué te interesa el tema?

Me interesaba recrear la sensación de intriga que envuelve a los lugares bellos y alejados como es el caso de Xilitla. Por otro lado, quería contar una historia de reconstrucción. A partir de una pérdida, un personaje emprende un viaje que lo lleva a reinventarse. Junté ambos elementos e ideas para generar una narrativa.

¿De qué manera Xilitla marcó el rumbo de la película?

Nací en San Luis Potosí, es decir muy cerca de Xilitla. He ido varias veces y siempre me ha llamado la atención. Gracias a las estructuras que construyó Edward James atrae a una población muy particular. Por si fuera poco, un amigo se volvió administrador del hostal Casa caracol y me dio acceso al lugar. Una vez que tuve acceso al sitio me pareció importante mostrar un paraíso que se descompone a partir de las acciones de los individuos.

Se descompone, pero a la vez obliga a Sofía a reinventarse.

Sofía llega ahí buscando reconstruirse y poco a poco lo va logrando. Asume que su error es que no decide. Reconoce la necesidad de retomar las riendas de su vida después de la pérdida de su marido, pero de pronto se topa con un evento más fuerte que incluso su búsqueda existencial. Ahí se convierte en una superviviente a pesar, de ir contra sus propios principios.

Ahí la película adquiere una dimensión social. Sobrevivir tras la desaparición o la pérdida de un familiar es la realidad de muchos mexicanos.

Sí, es una realidad latente en México. Nosotros filmamos en noviembre de 2014, recién había pasado lo de Ayotzinapa y estuvimos influenciados por la atmósfera de desolación generada por la desaparición de los 43. A fin de cuentas, en nuestra historia hay desapariciones, un asesinato y corrupción. La película nos permitió hablar de algo grande a partir de una historia pequeña.

¿Planteaste Casa caracol, como un intento de abordar de manera diferente el tema de las víctimas?

Queríamos hablar de eso, pero a partir de la historia de Sofía y de los eventos en un pequeño pueblo.

Pueblo chico, infierno grande…

Claro, una microsociedad puede ser representativa de un conjunto más amplio. El estado de un país también es consecuencia de cómo son sus individuos. Si un país es corrupto es porque sus habitantes también lo son.  

¿Cómo evitaste que un escenario surrealista como Xilitla se comiera la historia?

Ante lo seductor del lugar, eso era un peligro. No queríamos caer en el estetismo. En el guion reducimos escenas descriptivas y durante el rodaje intentamos incluir una acción en todas las tomas. Por último, en la edición cortamos pasajes donde el lugar tenía demasiado protagonismo.

¿Qué perspectiva te da vivir en Francia al hablar de temas como la desaparición forzada?

No sabría decirlo. Cuando vengo a la ciudad de México siento que no me se mover y quería transmitir esa sensación en la película. A su vez, mientras estoy en Francia trato de no quedarme con las malas noticias acerca de acá. Aún así mira la historia que terminé contando. El país está inmerso en una dinámica donde la violencia es algo cotidiano.

Y donde es fácil caer en el cliché.

Me gusta pensar que privilegio los sentimientos sobre el cliché y la espectacularidad. Prefiero crear algo a partir de una sensación, no del amarillismo. Sin embargo, en una u otra medida, todos los artistas mexicanos terminamos cayendo en los lugares comunes de la violencia y el narcotráfico.

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