‘Sigo siendo anarquista’: Guillermo Sheridan
El escritor reúne sus artículos periodísticos en ‘Paseos por la calle de la amargura y otros rumbos mexicanos’.
(Debate/Redacción AN).

Desde hace más de treinta años Guillermo Sheridan se ha dedicado a ser un agudo observador de la realidad nacional. A través de sus crónicas y artículos periodísticos, el narrador expone con una importante dosis de humor el absurdo del día a día en la política y la sociedad en su conjunto. Paseos por la calle de la amargura (Debate), reúne varios de sus artículos publicados en Letras Libres y El Universal. Bajo su mirada sobresale lo mismo el sinsentido de quienes llevan las riendas del país que la reflexión literaria o histórica.

Sin huir de la polémica y la provocación, Sheridan añora la presencia de una izquierda inteligente. “Los últimos izquierdistas decentes que recuerdo son Heberto Castillo, Daniel Cosío Villegas, Cuauhtémoc Cárdenas”, afirma en entrevista.

Así que vamos por la calle de la amargura.

Titulé al libro Paseos por la calle de la amargura por así es como lo veo. Es una frase que me gusta y además es una de las pocas registradas en el diccionario de la Academia de la Lengua como frase hecha.  Hay calles mejores, más equilibradas y mejor administradas. Habrá quien diga lo contrario y piense que vamos por la calle de la esperanza, al menos rumbo a ella.

¿En qué momento entramos a esta calle?

Me cuesta trabajo de responder pero si me obligas diría que la razón de nuestros problemas es el desprecio a la ley y el consecuente auge de la impunidad. No hemos sido capaces de desarrollar una noción mínimamente funcional del “bien común”. La propensión a la violencia en México es brutal, hay que ver los niveles de violencia intrafamiliar: el 70% de las mujeres en la Ciudad de México han sido maltratadas en sus propias casas. Según la OCDE en la mitad de las secundarias de todo el país se practican el bullyin y el abuso. Siempre que hablo de esto me acuerdo de esa abominable canción que dice: “Mi palabra es la ley”. Ya sé que la frase es la perorata de un borracho y así hay que entenderla, pero no deja de reflejar una especie de convicción que palpita. Hay gente que en verdad se lo cree. La ley es la palabra de todos y no hemos logrado comprenderlo.

Dedica un espacio de su libro a los años que los capitalinos estuvimos gobernados por López Obrador. Tal parece que este apartado tendrá segunda parte.

Obviamente tendrá segunda parte. Ahí incluí algunos de mis artículos escritos alrededor de los dieciocho años que López Obrador lleva como protagonista de la vida política.

No es precisamente optimista ante esta eventual posibilidad.

Una serie de gestos y situaciones me orillan al pesimismo. No me gusta la idea de que López Obrador se alzara con la bandera de una supuesta representatividad de la izquierda. No me gusta la idea de un Estado cada vez más fuerte e involucrado en la economía. No me gusta el corporativismo. Por supuesto, me puede preguntar ahora si me gusta la corrupción y la impunidad. No, tampoco me gusta. Me agradaría, en cambio, ver que los mexicanos somos más inteligentes que nuestros problemas. Desde luego, espero equivocarme  y que en efecto el reino de dios llegue a la Tierra, y predomine la paz y el amor. Me preocupa que en el proyecto de López Obrador, orbiten ideas antagónicas y contrastantes. Supongo, sin embargo, que hay que guardar una expectativa de que todo irá bien.

La primera frase del artículo que abre el libro dice: “aborrezco a los políticos mexicanos”. ¿La sostiene?

Desde luego que los aborrezco profundamente, como también aborrezco a los ricachones o a la gente que mezcla la religión con la política. Aborrezco que no seamos capaces de controlar este instinto depredador que habita entre quienes gobiernan nuestro país. Veo una indiferencia absoluta ante la responsabilidad que tenemos todos para elevar el nivel de vida de la gente.

¿Como sociedad somos responsables de los políticos que tenemos?

No soy un sociólogo, ni un científico social, pero desde luego no creo que ninguno entre nosotros sea inocente. Todos en mayor o menor grado hemos tolerado que la impunidad se convierta en un hábito y que la corrupción sea una segunda naturaleza. En mayor o menor medida, por nuestra indiferencia o conveniencia, difícilmente habrá quien se atreva a lanzar la primera piedra.

Cierto que no es un sociólogo, pero sí es un cronista del comportamiento del mexicano.

Sí, desde hace algunos años amigos periodistas me pusieron a trabajar y tengo casi cuarenta años escribiendo sobre las cosas que veo o me inquietan.

El último espacio del libro lo dedica al caso Ayotzinapa y concluye que en el tema estamos casi como empezamos.

Es una historia tan brutal, dolorosa y penosa. No me extraña que se convierta en la representación de los dilemas que castigan a los mexicanos. A través de artículos que quizá no sean políticamente correctos, me atreví a hacer mía una pregunta no solo legítima sino permitente. “¿Qué estaban haciendo ahí estos muchachos?” Usted sabe, por sentido común, que cualquier investigación sobre un crimen y más cuando es tan atroz, implica una pregunta esencial: ¿por qué estaba ahí la víctima? Pasan los años y creo que aún no tenemos respuesta. Insisto, los padres se preguntaron ¿Quién los envío? La formuló don Epifanio hasta que le dijeron que dejara de hacerla. Mis conclusiones al respecto están en el libro.

No son conclusiones satisfactorias.

Me parece abominable que se usara a los jóvenes para causas políticas.

Este año además de las elecciones se cumplen cincuenta años del movimiento del 68, generación a la que usted pertenece.

Es paradójico, no deja de ser una especie de movimiento cíclico, no solo por la redondez del cincuentenario, sino también porque en 1968, lucha en la que participé circunstancialmente, mi generación aspiraba a que la democracia fuera un instrumento real y eficiente para manifestar las convicciones. Más tarde vino la apertura democrática y poco a poco las cosas se movieron. Hubo una transición y lo que ya sabemos. Lo curioso es que cincuenta años después, hay muchos ideólogos que me temo son algunos de los ideólogos que giran alrededor de López Obrador, para los que esa democracia no solo es disfuncional, sino que es autoritaria. Cincuenta años después me parece inquietante que haya quienes piensen que la democracia es un obstáculo. En fin, espero que cuando se cumplan los cien años del 68 no tengamos que recordar lo sucedido en 2018.

¿Qué sobrevive en usted del espíritu del 68?

Sigo siendo anarquista. Sigo leyendo a Bakunin mientras escucho las misas de Mozart, lo cual me produce una contradicción insoportable. Fuera de bromas, mi obligación desde el 68 en adelante es pensar y escribir asumiendo los riesgos de errar; y sin descartar la posibilidad de tener razón a veces. Mis textos periodísticos nacen de una reacción ciudadana de alguien que se siente agraviado.

¿Qué es ser anarquista hoy?

Lo resumo: esencialmente nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo necesario. Es una idea o mejor dicho un delirio que me conmueve profundamente. Una vez aceptado eso, creo que una izquierda inteligente en México podría contribuir a impedir a que los políticos hagan del país lo que actualmente hacen; a que los empresarios se entreguen a la usura. En fin. Desde luego que pensar que esto se remedia creando un Estado cada vez más fuerte, es un error.

¿Para usted dónde está la izquierda inteligente?

¡Qué pregunta! No sé. Los últimos izquierdistas decentes que recuerdo son Heberto Castillo, Daniel Cosío Villegas, Cuauhtémoc Cárdenas. Después de eso la cantidad de ruido y estática que reproducen los ideólogos es espeluznante. Hay gente de izquierda a la que leo y respeto aunque esté en desacuerdo con ellos, pero que me parecen inteligentes y propositivas, pienso en Rolando Cordera o Sergio Aguayo. Resulta difícil pensar que los izquierdistas de todos los colores e intensidades que orbitan alrededor del gran sol de López Obrador, hagan una propuesta política seria y funcional, entre otras cosas porque se oponen a los intereses de otros de los satélites que lo rodean.

¿El humor hace más llevadera la realidad?

Se dice que el sentido del humor es el único sentido que queda. Hay que practicarlo como ironía, diatriba o ejercicio de calistenia. No es que yo me burle de la realidad, la realidad se burla de nosotros. No satirizo a los políticos, ellos nos satirizan a nosotros.

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