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Cambio de piel: una presidenta indígena para México
A renglón seguido por José Carlos G. Aguiar
Foto: Adolfo Vladimir/ Cuartoscuro

Por José Carlos G. Aguiar

El pasado domingo en San Cristóbal de las Casas, al recibir el apoyo unánime de 1,400 representantes de 58 pueblos indígenas, y otros 250 miembros del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), la mujer nahua María de Jesús Patricio fue elegida como portavoz del Congreso Nacional Indígena (CNI) y candidata para las elecciones presidenciales de 2018. De esta manera, Marichuy, como la llama comúnmente la gente, se podría convertir en la primera candidata ciudadana indígena a la presidencia de México. Ha sido elegida por un mecanismo democrático que no existe en ningún partido politico mexicano. De hecho, la elección de Marichuy sólo se puede comparar con las candidaturas en las democracias más consolidadas, como en Europa occidental, donde los ciudadanos eligen directamente a sus representantes.

Marichuy y el CNI quieren dejar patente que la elección directa es el único mecanismo legítimo para gobernar, y que en México es posible nombrar candidatos ciudadanos de forma abierta, transparente. Ella, como la representante del congreso indígena y el EZLN, ha escogido ‘pelear por la vida’. Marichuy asegura que la tierra, el territorio, los árboles, y el agua ‘se los están acabando’ las transnacionales y empresas mexicanas que construyen minas, carreteras, desarrollos turísticos e inmobiliarios: la ‘modernidad’ y el ‘desarrollo’ significa en la práctica el exterminio de las poblaciones indígenas y los recursos naturales de los territorios donde viven.

Vida en lugar de muerte

En un país donde los crímenes de lesa humanidad se han convertido en cosa de todos los días, al descubrirse cuerpos mutilados, fosas clandestinas, desaparecidos, exterminio de periodistas y activistas, así como crímenes impunes y desfalcos multimillonarios al estado, es urgente terminar con la cultura de la muerte. La muerte y la destrucción se han convertido en la política del gobierno federal mexicano, bajo auspicio de Washington, la participación empresas internacionales, y la complicidad de la sociedad mexicana en su conjunto que todavía cierra los ojos al desastre humanitario en que se ha convertido México. Es evidente que la política de la muerte beneficia la acumulación y movilización de capitales, en particular los de las élites, despojando a cada vez más grupos de su dignidad humana y derechos civiles.

Por eso que la pelea por la vida tiene hoy tanto sentido en México. Porque el nivel de corrupción y cinismo es hiperbólico, y no hay ya adjetivos para calificar el colapso del Estado mexicano con la ‘guerra contra las drogas’ iniciada por Felipe Calderón. Porque en lugar de la ejecución de ‘capos’, la adquisición de nuevas armas y la militarización de la seguridad pública, México debió de haber invertido en la vida: la prevención del delito; la impartición de justicia; oportunidades de desarrollo para jóvenes y desempleados; el acceso a la salud y la transformación de la relación entre estado y sociedad.

En su lugar, tenemos casi 200 mil muertos en México, un número indeterminado de desaparecidos y desplazados, la implosion de las instituciones políticas, y el trauma colectivo del miedo y la muerte que acecha a cualquiera, en cualquier momento. Muchos mexicanos todavía quieren creer que no les va a pasar lo que sucede con periodistas, líderes comunitarios, activistas, mujeres, minorías sexuales; que las víctimas de la violencia y la impunidad son las responsables: ‘les tocó’ o ‘se lo buscaron’.

Diversidad y frentes amplios

Marichuy nació hace 54 años en Tuxpan, Jalisco, donde siempre ha residido y es una líder comunitaria. Ella trabaja de primera mano con la vida, y sabe cómo protegerla y promoverla; por décadas se ha especializado en la herbolaria y el cuidado de la salud. Marichuy se ha movilizado políticamente en contra de la colonización de las poblaciones indigenas y la destrucción de sus recursos naturales en México. Está al frente de la Casa de Salud Calli tecolhuacateca tochan, donde atiende enfermos vulnerables y promueve el conocimiento de la herbolaria. También ha colaborado con universidades y ha recibido múltiples reconocimientos por su labor en la preservación de conocimientos indigenas en el campo de la medicina.

Durante su discurso luego del nombramiento para presentarse como candidata ciudadana, Marichuy sostuvo que su lucha no es por los votos, el poder, ni ganar las eleciones, sino por generar conciencia sobre las condiciones de vida de los indígenas. Su interés es hacer visible que la colonización de las poblaciones indígenas no es parte del pasado, sino que sigue teniendo lugar hoy en día en México, negándoles su dignidad y derechos.

Marichuy es una representante legítima de quienes la apoyan; su vida es también la vida de millones de indígenas en México viviendo en alta, sino extrema precariedad y marginalización. Por eso, una candidata ciudadana como Marichuy tiene la oportunidad de aglutinar colectivos amplios y diversos, incluyendo explícitamente mujeres, jóvenes, sectores afines con la justicia social, minorías religiosas y sexuales. La diversidad en la composición del electorado de Marichuy tendrá mucho que ver con la capacidad de poner la vida, la justicia y la ciudadanía al centro del debate público. Marichuy puede promover el voto y transformar el poder depredador que tiene a México atrapado en una espiral de barbarie.

La experiencia indígena

Una vez en campaña, Marichuy de seguro va a enfrentar la misma discriminación que vive una mujer indígena, y probablemente los partidos políticos sostendrán que por su origen indígena y género no puede gobernar. Como no es de la ‘élite política’, no puede detentar la autoridad del gobierno. Pero se equivocan. Hoy en día hay cientos de municipios y comunidades en estados como Chiapas, Oaxaca, Michoacán y Guerrero gobernados por concejos o que cuentan con cuerpos de seguridad comunitarios. Aunque los resultados de estas experiencias no se pueden resumir en un par de palabras, la participación ciudadana sigue siendo la base, el primer paso en la construcción de una sociedad democrática.

En el México neocolonial explotado por los mirreyes, lords, ladies, dinastías de políticos y partidos arribistas, la candidatura ciudadana de Marichuy representa un parteaguas en el panorama político para las elecciones del 2018. No la tendrá fácil. Pero de frente al colapso del estado y la crisis humanitaria de México, la lucha de Marichuy por la vida y la justicia es indispensable como nunca antes.

José Carlos G. Aguiar

Doctor en ciencias sociales. Antropólogo mexicano especializado en estudios urbanos, ilegalidad, legitimidad política, seguridad, propiedad intelectual, economías callejeras y la Santa Muerte. Profesor e investigador de la Universidad de Leiden, Países Bajos. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, CONACyT. Cumbianchero por convicción, ciclista antes de la era hipster, y fotógrafo por amor a la estética callejera.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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