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El Cucurrucucú vs los #MeTooHombresVampiro | Artículo
Buscasendas por Témoris Grecko

Por Témoris Grecko

Imagínate que al morir, llevan tu nombre por aquí y por allá presentándote como todo lo contrario de lo que fuiste en vida, de lo que pensabas, de lo que sentías, de lo que te sacaba a la calle a protestar. Por ejemplo, que luchaste siempre por las causas de las mujeres y de la infancia, y de pronto te señalan como un enemigo del feminismo y una amenaza para las niñas y los niños.

Estaría como para retorcerte de coraje, en tu tumba.

Pero podría ser todavía peor. Imagínate que los machos vampiro, aquellos que creen que reivindicarse políticamente es exhibir fotos de desnudos de las chicas que los amaron, los auténticos enemigos de las mujeres, de la niñez y de todos en general, se lanzan por las redes con los colmillos desenvainados, te enarbolan como bandera para justificar su misoginia, porque según ellos, a pesar de que tú asumiste con valentía la plena responsabilidad de tu decisión de suicidarte, acusan y culpan de tu supuesto “asesinato” al gran movimiento de profunda transformación social que hasta el final defendiste, y con eso van por ahí linchando y exigiendo represalias. E imagínate que alguien, además, desde el fondo de su malignidad, y ya que no te puedes defender, te difama como “mártir del patriarcado”.

Ahí sí, sería para dejar de retorcerte, salir del cementerio con ajos y balas de plata y lanzarte a perseguirlos estaca en mano.

Pero, ¡qué lata! ¿No?

O sea, ya estás muerto, hoy se cumple un mes. ¿Por qué insisten, de un lado, en ensuciar tu honor, y del otro, en falsificarte como mentirosa reivindicación? ¿Qué no entienden eso de “descanse en paz”?

Yo no sé si te curaste en vida, querido Armando Vega-Gil, o si –como sospecho- lo que encontramos sólo es el producto natural de tu ser y tu talante, pero como si supieras que te iban a seguir machacando y quisieras que nos encargáramos nosotros de espantarte los monstruos, nos dejaste todo lo que necesitamos, los ajos, las estacas y las balas de plata, para proteger tu memoria.

En el arsenal literario de lo que fuiste y sigues siendo, en la abundancia y riqueza de tu trabajo como músico, escritor, fotógrafo, cineasta y activista, permanecerás.

Tu carta de despedida es el arma antisecreta que emplearemos.

En momentos en que te lo quieren negar todo, en que eligen no mostrar ni un mínimo de cortesía, generosidad y respeto, en el que han tomado la opción de deshumanizarse, hay gente incapaz de entender la profundidad de tus últimos mensajes, la ausencia de odio en ellos, la victoria del amor e incluso –a pesar de que fuiste enfático en rechazar la acusación-, la voluntad de cuidar a la persona que te acusó, de defender la importancia de que las mujeres denuncien a los violentos y de reivindicar el valor de este movimiento feminista en lucha contra la injusticia y la impunidad.

Una de las ironías de tu muerte es que la acusación se refiere a hechos supuestamente ocurridos hace mucho tiempo (cuando tenías 50 años, según la referencia: entre 2005 y 2006), narrados por alguien que cuenta que fue cambiando de opinión al respecto de lo que recuerda, y que podría –como nos ocurre a todos- no conservar con exactitud los detalles y las sensaciones, pues tenía 13 años en esa época. Lo cual no descalifica su versión. Por eso, en tu texto, expresaste que hubieras estado dispuesto a hablar con ella, en las condiciones en las que se sintiera cómoda y respaldada (acompañada de pruebas, testigos, asesores, feministas, como escribiste). Eso no sería posible ahora porque el golpe a una de las cosas que más estimabas y eran necesarias para continuar con tu trabajo, con tu activismo, con tu vida, era tu credibilidad, y la exposición pública la dinamitó.

Después de tu muerte, aparecieron dos acusaciones similares: alrededor de los 13 o 15 años de edad, una mujer interpretó tu actitud como de “tirarme el perro”, y su mamá la alejó de ti, “hace más de 20 años”; otra recuerda que le escribiste que te gustaría morderle las piernas.

Toda la gente con la que he comentado lo anterior, incluidas mujeres que convivieron de cerca contigo cuando tenían 13 a 15 años, y una que ahora tiene 17 y era tu alumna hasta hace unas semanas, encuentran imposible creer que hayas tenido inclinaciones de ese tipo.

Nadie ha dicho –hace falta que quede claro- que le hayas puesto un dedo encima a alguien.

Ya que el asunto se hizo público y tú te fuiste, sólo nos queda desear que ojalá hubieran existido los mecanismos y la voluntad de hablar sobre lo que pasó –como te hubiera gustado hacerlo-, con las garantías necesarias para que ellas se supieran protegidas –creo que saben que no eras ningún monstruo-, entender cómo lo percibieron y de qué manera podrías ayudar a reparar el posible daño, y que quienes hemos estado atentos tuviéramos certezas no sólo sobre qué ocurrió, sino también sobre cómo se puede construir, admitiendo errores y reconociendo diferencias de interpretación, una base para llegar a lo mejor a partir de lo peor.

Los mecanismos, pues parece que no los tenemos aún, tristemente. Y no nos diste ni un chancecito de buscarlos.

Eras un tipo sensible y amoroso. Acaso –para una época en la que inesperadamente se levanta como Frankenstein un nuevo puritanismo sexual- demasiado amoroso, porque, sabes, hoy hay que tener mucho cuidado, y la proximidad física vuelve a ser tabú. No sólo la proximidad violenta de los depredadores: también la proximidad suave, afectiva y solidaria de los que somos amorosos.

Y eras demasiado sensible: esto lo tenemos claro muchos que hoy estamos encabronados contigo. A partir de esa sensibilidad crecieron cuentos para niños y rolas para guacarróquers, bellas imágenes (a pesar de que descubriste tu pasión y talento por la fotografía apenas en 2016, cuando Einnar te acompañó a comprar tu primer equipo y luces), poemas y acciones callejeras. Varias de nuestras amigas que hicieron viajes contigo, cuentan que a donde iban, buscabas una tienda de ukuleles y las obligabas a visitarla a diario, hasta conseguirte uno: tu show “Armando Vega-Gil y su Ukulele Loco” estaba dedicado a la niñez y a muchas y muchos los hiciste reír hasta caer al suelo.

“Mi querido Armando Vega Gil, hace tiempo dudabas que valiera la pena seguir adelante en un mundo tan violento”, tuiteó Lydia Cacho, el día de tu marcha. “Fuiste solidario con nuestras causas de niñas y niños. Hace una semana me escribiste que ya era tiempo de que #MeTooMx tomara fuerza. Te abrazo en este doloroso vacío”.

Esa sensibilidad, que era tan bella, al mismo tiempo te traía jodido, y sufrías por lo que les pasaba a tus amigas y amigos, a los indígenas y a las trabajadoras domésticas, a los kurdos y los africanos, a gente en situación vulnerable de la que nunca había oído antes y que estaba a diez mil kilómetros de distancia. Las noticias del periódico te hacían llorar.

También el estado del mundo, que se nos deshace en las manos frente a quienes apenas empiezan a habitarlo, las niñas, los niños… tu pequeño Andrés… el chiquito que era –y sigue siendo- tu más inmensa alegría y también el origen de tus preocupaciones y miedos más angustiantes.

Ese día pasaba normalmente… a todas y todos los que tuvimos contacto contigo en las 17 horas anteriores –el lapso que transcurrió entre la publicación de la denuncia y tu muerte- nos dejaste con la boca abierta. Estabas consternado, sobre todo por tu hijo, pero nadie sintió que estuvieras al borde del abismo. Resolviste, te la aplicaste y nos la aplicaste. Tu decisión tiene que ser respetada y aunque no la respetemos, pues ya qué, ¿no? Eso no nos quita el encabronamiento. Y la pregunta de ¿en qué dragones de San Jorge estabas pensando, carnalito?

¡Pero no pinches mames!

“Lo que menos deseo es que mi hijo se vea afectado por la falsa acusación que se me hace”, escribiste. Vale. “Sólo quiero dejar limpio el camino que transite mi hijo en el futuro”. Muy bien, pero… ¿no había otra manera? Desgraciadamente, así como hay monstruos ahora que siguen insultándote, ya no hay manera de impedir que la denuncia –veraz o no- continúe su ruta destructiva, e inevitablemente Andrés va a ser objeto de bullying.

Nosotros haremos todo lo que esté a nuestro alcance para combatir la difamación y la mentira, pero si tú hubieras seguido aquí, Andrés podría verte a la cara, tomar tu rostro, mirar dentro de tus ojos y comprobar que no hay más que bondad.

Podría checarlo él mismo. Una y otra vez, al paso de los años. Porque una de las terribles fallas que revela tu decisión es que en estos tiempos, ya no se comprueba, no se verifica.

Con burda ligereza, algunos han promovido un vacuo debate sobre tu suicidio en términos de “salud mental”, de “depresión”. Como si tuvieran en sus manos un diagnóstico profesional. Me hacen pensar que, a pesar de que dijiste “no se culpe a nadie de mi muerte”, sienten algo así como culpabilidad (crecimos en una sociedad católica, al fin y al cabo, somos sus creaturas) y tratan de sacudírsela llamándote deprimido. Explican que uno no se suicida por un evento, que hay una cadena que lo precede. Como si el impulso fatal no requiriera de un disparador. Pienso en el actor Pablo Lyle, que el mes pasado le dio un puñetazo a un hombre mayor y lo mató. Sólo faltaba que lo cuestionara por tener 63 años (como Armando) y por estar desnutrido.

Te sentiste acorralado. Empujado a una esquina fatal: “Mi vida está detenida, no hay salida”. Te viste encerrado en una prisión de la época WiFi: “Sé que en redes no tengo manera de abogar por mí, cualquier cosa que diga será usada en mi contra”.

Todas y todos tendríamos que estar ocupados, ahora, en repensar lo que estamos haciendo. Es conocido el caso de la adolescente que fue destrozada en redes, empleando fotos de ella desnuda, y se suicidó. Es uno de tantos, tantísimos casos en que la virtualidad se materializa de manera trágica. Las redes parecen ayudarnos pero también arrojan consecuencias terribles. Como las que se desprenden de su uso descontrolado, aunque sea para las mejores causas.

En la Edad Media, las mujeres eran acusadas de brujas, anónimamente; juzgadas y sentenciadas por jueces ocultos; y ejecutadas por verdugos con capucha.

Puedo sospechar que sus descendientes no se sentirían muy cómodos, hoy, con esta fiebre de anonimato.

Aunque es necesario aclarar que las denuncias sin nombre son un recurso legítimo. En condiciones de opresión violenta, como las que viven las mujeres, son necesarias para abrir el camino a la justicia. Han sido empleadas con cuidado y eficacia en varios momentos.

No podemos olvidar, sin embargo, que también han sido usadas demasiadas veces en la historia, por parte de la injusticia, para destruir a los débiles.

Es claro por qué se recurre a ellas el día de hoy: son la respuesta natural a una situación insoportable, y tú lo entendiste así, Armando. Si las instituciones judiciales en México fueron creadas para garantizar la impunidad de quienes pueden pagarlas –pagarlas porque en este país la justicia tiene precio-, en el caso de las mujeres el ensañamiento es brutal. La misoginia no se queda en golpizas, violaciones y feminicidios. Actúa cada día en el hogar, en la escuela, la calle y el trabajo.

¿Por qué hay sorpresa cuando las víctimas, ante la ausencia de la justicia, se la hacen por propia mano? Esto ha ocurrido muchas veces en la historia. Los menos sorprendidos deberían ser quienes negaron y siguen negando la justicia y se benefician de ello. “Que las mujeres alcen la voz para que este mundo podrido cambie”, escribiste. “Es un derecho inalienable el de la denuncia, sobre todo para las mujeres”.

Anotaste esto minutos antes de quitarte la vida, atormentado por una denuncia presentada en tu contra, por una mujer. Y dejaste dicho que ella tenía todo el derecho, aunque se equivocara. No respondiste con odio sino con comprensión, solidaridad y coherencia.

A pesar de que también eras un acusado sin garantías. Si se va a recurrir a la denuncia sin nombre, quien busca la justicia debe compensar el desequilibrio mediante la provisión de garantías: las reglas deben ser muy claras, elaboradas bajo sólidos criterios legales y ser aplicadas estrictamente por profesionales, de cuya imparcialidad podamos tener certeza plena.

Estabas conscientes de que tales garantías no serían para ti. Las personas que manejan la cuenta @metoomusicosmx y se pusieron a cargo de certificar la validez de las denuncias, para que fueran “confidenciales” y no “anónimas”, también guardaban el anonimato y además, de entrada, se manifestaron a favor de quien hacía la denuncia.

Está claro que hace falta todo un sistema judicial que no se puede improvisar, el que deberíamos tener desde hace años, décadas, siglos. Es terrible que nos adentremos en el siglo XXI y no contemos con nada parecido. Y es grave, además, la respuesta de las instituciones a nivel local y federal: casi inexistente, salvo algunos comentarios vagos y aislados (con la excepción de la fiscalía michoacana, que se comprometió a procesar las acusaciones hechas en su jurisdicción).

Sin embargo, a partir de los resultados iniciales de este movimiento de denuncia de las violencias machistas, es de esperar ejercicios de valoración de los aciertos y los errores (con sus consecuencias), de reflexión, diagnóstico, propuesta, corrección y avance. Ya se han hecho algunos esfuerzos que espero que sigan avanzando.

Las consecuencias no van sólo sobre los primeros que las padecen, con justicia o sin ella: van también sobre los movimientos -el actual del #MeToo y los de los feminismos a largo plazo-, sobre su seriedad y credibilidad. Los #MeTooHombresVampiro y otros que los atacan con los insultos más desproporcionados, esgrimen nuevos argumentos, los que han encontrado en las últimas semanas. Si esto es una lucha para convencer a la sociedad, hay sectores que se están impermeabilizando, endureciendo, que quedarán lejos de poder ser persuadidos por las razones y las evidencias. Hay acusaciones que están dirigidas a cuestionar, incluso, la propia legitimidad de una lucha justa, indispensable, urgente e histórica.

Ya se han hecho renuncias graves. Periodistas han dejado ver que abandonan el rigor profesional, procedimientos básicos como la verificación o el contraste de testimonios. Personas defensoras de los derechos humanos se han comprometido a pasar por encima del derecho humano de la presunción de inocencia. Una forma de leer tu decisión fatal es que también fue un sacrificio. Sin el disparador de tu suicidio, con toda probabilidad todavía estarías vivo. Pero tú querías que este movimiento continuara. Como dice otro amigo común (que también ha recibido acusaciones que rechaza y que no por ser menores han tenido poco impacto en su vida): prefiero las cosas como están hoy que como estaban antes (del #MeToo), cuando se imponían la autocensura y la mordaza. Tú también pensabas así. Pero ¿qué ocurre si falta autocrítica, si no se corrigen las fallas y se sigue conduciendo de frente contra los vehículos que vienen en sentido contrario?

Me impresiona la sangre fría de algunas personas cercanas a nosotros que han dicho que, si caen inocentes, serán “bajas colaterales” de esta revolución. Así, con vocación de George Bush, lo sostienen. Es la determinación de abandonar compañeros en aras de la causa. Con tu muerte, el feminismo ha perdido a un ardoroso militante. Es lo mismo: a sus ojos, eres una baja colateral.

Y hay quienes tratan de negarnos el derecho a hablar, a hombres y a mujeres que disentimos de algunas de las posturas más resonantes del momento. Hay numerosas maneras de entender el feminismo. Muchos lo vemos como el movimiento social más importante de nuestro tiempo, el que debe estremecer las más antiguas y rígidas estructuras, y quieren que lo veamos desde la barrera, como espectadores sin cerebro. Lo apreciamos como un movimiento que reivindica la tolerancia y la inclusión, y combate los discursos de odio, porque está llamado a transformar no sólo la forma en que unas y otros nos relacionamos, sino también la manera en que todos nos relacionamos con el planeta, con el mismísimo universo. Es la madre de todas las causas, la que puede organizarnos para sobrevivir. La que puede probar que es posible organizarse socialmente -y buscar justicia- sin repetir las actitudes violentas del patriarcado.

Yo creo que asumirías tu supuesta condición de baja colateral, si estuvieras convencido –como lo estabas- de que al final tendremos un mundo mejor para todas y todos. ¿Y si no es así? ¿Y si este movimiento no demuestra ser tan reflexivo como ha sido relampagueante, y lo que produce es una reacción social negativa que no sólo descarrile el #MeToo, sino que les dé un golpe de largo plazo a los feminismos?

Los #MeTooHombresVampiro serían felices. Y otros nos preguntaríamos de qué sirvieron las bajas colaterales, todos esos sacrificios, tu sacrificio…

Hay un tipo que anda con el choro de que fue tu amigo. Usa el seudónimo “Dante”. Si es el que ha sido denunciado como creador de la cuenta @metoohombresmx, puedo decir que aparecer en los eventos donde tú estás, y pegarse para estar cerca cuando se hacen las fotos, no es ser amigo de nadie, sólo un oportunista (y, por cierto, el año pasado le ofreció su apoyo a Ricardo Alemán y pidió en Twitter el asesinato de AMLO… un fenómeno así trata de convencer de que era tu cuate).

Se inventó el cuento de la supuesta amistad, en todo caso, y con esa “justificación”, ha estado ensuciando tu nombre. No tengo dudas de que lo que él dijo hacer “en tu nombre”, con otros que se juntaron bajo la porquería de su sombra, sería lo más deprimente para ti, si pudieras verlo.

Argumentaron que lo tuyo fue un “asesinato”. No uno directo: estiran y estiran las cosas para hacer creer que tu decisión fue provocada por alguien más. Como si no te hubieras preocupado por dejar una carta muy clara, sin resquicios para culpar a nadie.

Si “Dante” en realidad hubiera sido tu amigo, se ocuparía de cuidar tu memoria. En lugar de eso, él y sus secuaces decidieron manipularla para mentir con ella y lanzar ataques contra tuiteras. Para convocar a desconocidos a cometer actos violentos contra mujeres. Machismo puro y duro, de manual.

En una situación parecida, si fuera otro el muerto, estarías al lado de las mujeres, combatiendo a los #MeTooHombresVampiro (y escribirías una canción cotorrísima, para tocarla con la Tella).

Ésa es una lucha cucurruquesca que tenemos que dar todas y todos, porque los #MeTooHombresVampiro no son sólo Dante y sus chafimurcielagachos (¡con perdón de los murciélagos!), sino un enorme sistema de encarcelamiento intelectual y emocional, que nos ha tenido aprisionados desde que empezamos a bajar de los árboles a recorrer la estepa, y desde antes todavía.

Nos han dicho, extrañadísimo Armando, que no deberíamos recordarte en tu ternura porque incluso las personas más dulces pueden haber hecho las peores cosas.

Es el argumento más destructivo que he escuchado. He recorrido el mundo y he escuchado mucho. Y es, repito, el argumento más destructivo que he escuchado.

Quienes lo sostienen, deberían preguntarse qué están haciendo con la esperanza de la humanidad, cuál es su verdadera visión de la vida.

Si el amor que tanto dimos no es punto a favor, entonces ¿cuál es? Si estamos descalificados a priori, ¿qué posibilidad tenemos de librarnos de este pecado original que nos imponen?

Fuiste un amoroso, pero no les vale, porque hubo amorosos que dañaron.

Así, todas y todos somos culpables -de crímenes que nadie sabe- hasta que demostremos lo contrario.

Quienes buscan culpables los encuentran salvo en sí mismos. Yo no quiero vivir en un mundo donde esas personas impongan su triste concepción.

No lo aceptaremos.

Seguiremos amando, contra las órdenes de quienes han escogido dejar de reconocer el amor.

Te seguiremos Armando amando.

Témoris Grecko

Témoris Grecko es un periodista independiente que ha realizado reportajes en 91 países de todos los continentes y completado tres vueltas al mundo. Ha publicado cuatro libros, con temas como la guerra en Siria, una insurrección en Irán, el racismo y el sida en África y la ultraderecha en México. Acaba de estrenar la película "Mirar Morir. El Ejército en la noche de Iguala", está escribiendo un libro sobre el mismo tema y trabaja en un documental sobre censura y violencia contra periodistas en México. www.temoris.org

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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