“Trump: fascismo y liberalismo”, artículo de Carlos Herrera de la Fuente
"Las amenazas pueden hacerse realidad. Y de eso no cabe la menor duda...".
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Foto: Reuters

Por Carlos Herrera de la Fuente*

Uno de los efectos más llamativos de las campañas políticas de Donald Trump (primero por la candidatura del Partido Republicano y, ahora, por la presidencia de EUA) es el rechazo unánime que sus posturas racistas, machistas, xenófobas y autoritarias han logrado despertar en los más diversos sectores del espectro político internacional (tomando en cuenta que lo que se juega en la campaña presidencial norteamericana atañe, en verdad, al mundo entero).

Desde políticos conservadores y liberales tradicionales, hasta críticos del neoliberalismo y opositores socialistas, han expresado, de una u otra manera, el peligro que representaría la llegada de un personaje como Trump a la presidencia de la nación más poderosa (y peligrosa) del mundo.

Nadie ha quedado indiferente ante las amenazas que el magnate estadounidense ha proferido contra los migrantes mexicanos, o bien de origen árabe o musulmán. Y esto tiene una razón histórica innegable: en más de una ocasión, las amenazas de personajes públicos con posibilidad de llegar al poder se han hecho efectivas una vez que han logrado ese objetivo político inmediato. Las amenazas pueden hacerse realidad. Y de eso no cabe la menor duda.

Las diferencias, sin embargo, comienzan a surgir cuando se intenta establecer el significado del fenómeno político ultraconservador y reaccionario que se aglutina alrededor de la figura de Donald Trump. ¿Se trata tan sólo de un “peligro común a todas las democracias”, las cuales son incapaces de impedir que cualquiera de sus ciudadanos, independientemente de su formación ideológica, participe en los procesos políticos y se haga del apoyo de un sector importante del electorado, aun cuando éste sea francamente retrógrado; o bien, como se ha ido elaborando en distintas reflexiones de críticos y analistas, la presencia cada vez más importante de estos grupos reaccionarios y de sus representantes en la vida pública de Estados Unidos no es sino el resultado de una crisis política y social más profunda, de la cual ellos son apenas los síntomas visibles?

Lo cierto es que este fenómeno (que, por ejemplo, ya había tomado una forma más estructurada, aunque menos efectiva, en el famoso Tea Party, surgido en el año 2009) ha ido acompañado de otro no menos interesante y sorprendente: la emergencia decidida de personajes que, abiertamente, se declaran socialistas y proponen un cambio importante en la política económica estadounidense, así como en el papel que la potencia mundial juega en el escenario internacional. Éste fue el caso de Bernie Sanders y su grupo de campaña en la lucha por la candidatura demócrata que, al final, no fructificó. Más allá de ello, el caso de Bernie Sanders no deja de tener paralelismos con lo que ha sucedido en Europa occidental en esta última década.

A la par que los grupos extremistas de derecha se hacen más fuertes y visibles en distintas naciones del viejo continente como reacción a la creciente migración proveniente de los países árabes y africanos, surgen también partidos, organizaciones y personajes que vuelven a convocar la vieja tradición socialista como parte constitutiva de su programa político. En esta ocasión, no pensemos sólo en partidos políticos como Podemos (España) o Die Linke (Alemania), sino también en importantes figuras como Jeremy Corbyn, líder del Partido Laborista inglés desde 2015.

La emergencia del fascismo está ligada al fortalecimiento del socialismo en amplios sectores de la sociedad. Es más, se puede afirmar que es una reacción histórica contra él; una reacción que deriva de una crisis económica y política común, pero que ambos asumen de manera diferenciada. Esto no es algo nuevo. Sucedió en Europa durante los años veinte y treinta del siglo pasado. Simplemente pensemos en el levantamiento espartaquista alemán del 1° de enero de 1919, al cual le siguió, con apenas 4 días de diferencia, la fundación del Partido Obrero Alemán (el antecedente directo del Partido Nacionalsocialista, fundado al año siguiente); o bien en la instauración de la Segunda República Española el 14 abril de 1931, contra la cual se fundaron, en octubre de ese mismo año, las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (el antecedente de la Falange Española, creada en 1933).

La ultraderecha surge siempre en los momentos en los que la política liberal tradicional es incapaz de lidiar con las crisis económicas y políticas que ella misma creó, abriéndose la posibilidad de una organización de izquierda que proponga una superación de los problemas fuera de las reglas establecidas por el sistema vigente (esto es, por el régimen capitalista). Para evitar que esto suceda, el fascismo actúa aliándose con los grupos oprimidos perjudicados por las crisis, pero manipulando sus protestas y su conciencia con la finalidad de que, en lugar de criticar al mismo sistema que los perjudica, identifiquen a un chivo expiatorio al cual echar todas las culpas (los judíos, los negros, los mexicanos, los árabes, etc.).

No es casual que el fascismo haya surgido históricamente reivindicando su alianza con los obreros (Partido Obrero Alemán, Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista), aunque en la realidad sus regímenes autoritarios sólo se fortalecieron gracias al apoyo decidido de las oligarquías económicas nacionales, a las cuales beneficiaron y consolidaron. Si bien Donald Trump no hace uso de ninguna retórica obrera (es un empresario multimillonario y sabe guardar las distancias), es consciente de que su retórica antimexicana está dirigida a los trabajadores y campesinos estadounidenses perjudicados por las crisis económicas provocadas por el neoliberalismo.

Como lo señaló acertadamente Michael Moore en su blog hace un mes, gran parte de la base electoral de Trump que lo podría hacer triunfar (a pesar de las pifias que han perjudicado severamente su campaña) se agrupa en los estados del norte de Estados Unidos (especialmente en Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin), región conocida en inglés como el Upper Midwest. La industria de esta zona ha sido severamente dañada por los efectos del TLCAN y la competencia económica con otras regiones del mundo (particularmente con China), lo cual ha derivado en altas tasas de desempleo. Casualmente, fue en uno de los estados más importante de esa región, en Michigan, donde Bernie Sanders obtuvo uno de los mejores resultados en su campaña por la candidatura demócrata. La diferencia es que, mientras él ponía el acento crítico en el apoyo irrestricto de los gobiernos a las empresas transnacionales y a los grupos financieros sobre los intereses de los trabajadores, Trump ha manipulado el asunto para presentarlo como un problema derivado de la migración mexicana y las inversiones estadounidenses en nuestro país. Entre estas dos posturas hay un abismo.

Casi nadie puede negar que el Tratado de Libre Comercio y las políticas económicas neoliberales han sido perjudiciales para las clases trabajadoras de los tres países involucrados. Por supuesto, las empresas estadounidenses y canadienses han resultado mayormente beneficiadas en su conjunto de lo que han sido las mexicanas. Pero los grandes perdedores han sido, sin duda, los trabajadores (obreros y campesinos) de las tres naciones.

La razón de esto no es muy difícil de explicar: para el neoliberalismo y su defensa irrestricta del libre comercio, lo importante son los negocios, no los trabajadores. Cuando se trata de quitar obstáculos a las empresas para que éstas operen sin ninguna traba, lo primero que se hace es reducir los derechos laborales y exponer a los trabajadores a la competencia voraz del mercado transnacional. De esta manera, si a una empresa, digamos, estadounidense le resultan demasiado onerosos los salarios y las prestaciones que debe otorgar a los obreros de su nación, prefiere “migrar”, digamos, a México, donde los obreros reciben salarios de miseria y, además, gracias a las reformas de la Ley Federal del Trabajo, sus derechos y prestaciones son casi nulos. Así, pierden los obreros estadounidenses, que quedan desempleados, y los mexicanos, sometidos a una sobreexplotación desmedida.

Por todo esto, cuando un neoliberal recalcitrante como Enrique Krauze (El País, 26 de julio de 2015) dice que de llegar Trump a la presidencia de Estados Unidos, México estaría al borde de una nueva guerra con el país vecino, sólo que ahora de índole comercial y económica, no militar, y señala como punto grave el posible abandono del TLCAN por parte de la potencia del norte, lo primero que habría preguntar es lo siguiente: ¿no ha sido hasta ahora el TLCAN la principal arma de guerra comercial de EUA contra nuestra nación? Porque gracias a ese tratado y a las reformas neoliberales internas que lo acompañaron lo que tenemos en nuestro país es un campo destruido, una industria nacional desestructurada, una migración creciente, una multiplicación de los espacios dedicados al cultivo y trasiego de drogas, desempleo y (cuando los hay) empleos de pésima calidad, etc. El TCLAN fue, desde hace más de veinte años, la declaración formal de la guerra comercial de EUA contra México.

El problema, entonces, no es que Trump critique el TLCAN u otros tratados comerciales y políticas económicas. Eso también lo hizo Bernie Sanders en su campaña por la candidatura demócrata. El problema es cómo lo hace y qué objetivo político persigue. Ahí se encuentra la diferencia radical entre una posición crítica del sistema y otra que lo único que quiere es continuarlo bajo medios más autoritarios y despóticos.

En los hechos, Trump no pretende abandonar el TLCAN (no le convendría de ninguna manera), sino renegociarlo para que las empresas estadounidenses (incluidas las suyas, por supuesto) sean aún más beneficiado por él. Por eso moviliza la frustración de los sujetos afectados por el funcionamiento de la economía y la dirige contra otro grupo nacional (los mexicanos), con la finalidad de que el problema se presente como una cuestión de confrontación étnica que le permita tener una amplia base de apoyo para impulsar la renegociación (en lugar de preocuparse por profundizar en las causas reales del desempleo y la precarización del trabajo).

En el fondo, lo que quiere Trump es lo mismo que todo fascista: continuar las políticas comerciales y económicas liberales de una manera más agresiva, cínica y descarnada en beneficio de su propia comunidad nacional (o lo que, en términos racistas, se entiende por ella. En este caso, la conformada por los WASP: los anglosajones blancos y protestantes). Hitler no se peleó nunca con las grandes empresas transnacionales (y muy liberales) que lo apoyaron (IBM, Porsche, Kodak, Siemens, Hugo Boss, Ford, etc.). Hitler se benefició también del comercio internacional.

La crítica al (neo)liberalismo y a los tratados de libre comercio no tiene por qué confundirse, bajo ninguna circunstancia, con una especie de simpatía hacia el pensamiento y las posturas de un fanático impresentable como Donald Trump. Al contrario, la crítica al neoliberalismo y a sus políticas económicas es necesaria para desnudar las falacias de un sistema que (más allá de sus máscaras) es, desde su fundamento liberal, egoísta, racista, excluyente y despótico.

El liberalismo quiere continuar los jugosos negocios de unos cuantos con una sonrisa en la cara; el fascista con el garrote en la mano. El demócrata socialista, por su lado, quiere algo más simple y sencillo: que la riqueza económica, por primera vez, corresponda a la gente que trabaja y la produce.

*Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es un filósofo, poeta y ensayista mexicano. En el año 2012 obtuvo el grado de doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Ha publicado dos poemarios (Vislumbres de un sueño, 2011 y Presencia en fuga, 2013) y un ensayo de filosofía (Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger, 2015). Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales: El Financiero, De largo aliento, El Presente de Querétaro, etc. Actualmente escribe la columna Excursos en el periódico cultural La Digna Metáfora, donde aborda temas relacionados con la estética y la literatura.

**Esta columna fue escrita antes de conocerse la visita de Trump a México.



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