Venganza y pérdida en la nueva novela Antonio Ramos Revillas
El narrador regiomontano, publica,‘Los últimos hijos’, una novela sobre el peso de la muerte y la venganza.
(Foto: Redacción AN/Almadía).

Irene y Alberto son un matrimonio joven que vive en la ciudad de Monterrey. Su perfecta y estable vida se trastoca cuando el embarazo que tanta ilusión les hace se interrumpe y pierden al hijo que vendría a completar su felicidad. Pero las tragedias nunca llegan solas, y una banda de ladrones entra al domicilio de la dolida pareja. En un desesperado, ciego intento por traer equilibrio a sus vidas, los protagonistas se convertirán de víctimas a victimarios y despojarán a los ladrones de una posesión tan preciada, que les trastocará la existencia. Acto seguido emprenderán una huida por carreteras del norte del país. En Los últimos hijos (Almadía), Antonio Ramos Revillas (Monterrey, 1977), desarrolla una novela inquietante sobre la venganza y la violencia interna, aquella que nos transforma.

¿Qué detona Los últimos hijos?

Fue un proceso por etapas. Un amigo me contó de un robo a su casa, esto fue hace siete años; después leí un reportaje sobre los bebés “reborn”, niños que haces a tu imagen y semejanza. Ambos elementos los relacioné con el tema de la paternidad. No la ejerzo pero varias personas me presionan para que sea padre. Así, hasta que llegué a la historia de una pareja a la que roban.

Es una novela sobre la violencia pero interna, y la forma en que se convierte en una carga.

Sí, hablo de un personaje doblegado por la venganza. Según la cronología que hice de la novela, la pareja pierde al hijo y entra en un estado de adormecimiento, un dolor tan grande que no tienes forma de manejarlo y por eso entran en una rutina casi vegetativa. El robo vuelve a poner en acción a los personajes y a recordarles que hay una venganza por ejercer aunque no saben contra quién. Creo que es natural en los seres humanos sentir que la vida nos debe algo. Desde esa sensación construí la novela.

Aunque al final reniegan de lo que hacen.

La contradicción es humana. En la primera parte hay mucho coraje y deseo de venganza; apenas lo cumplen padecen una incredulidad por lo que hicieron. Se cuestionan si valía la pena hacerlo.

La violencia del narcotráfico aparece de manera tangencial. ¿Por qué?

En el centro del país piensan que en el norte vivimos entre balaceras y no es así. Hay una mercadotecnia del narcotráfico pero en Monterrey la gente ya se acostumbro a ver la violencia como un ruido lejano. Creo que esto se empieza a trasladar al Distrito Federal y será algo muy caótico. Al trabajar la violencia interna pude aproximarme a la muerte desde una exploración del alma humana.

¿El ser humano es violento por naturaleza?

Yo creo que sí. El ser humano tiene todas las cosas que nos ocupamos en negar. Somos seres tristes, violentos, dubitativos, pero también seres que amamos y disfrutamos la diversión. Quería mostrar este tipo de contradicciones.

Hay algo de roadmovie en la novela.

Me gusta mucho el desierto y siempre que puedo agarro la carretera. Vivo en Apodaca que está como a cinco minutos de la nada y disfruto conducir.

¿Es inspirador el desierto?

Sí, encuentro una especie de paz, es un espacio idóneo para hablar conmigo mismo.

¿Qué le debe esta novela al cine?

Quería que siempre ocurrieran cosas. Hay acciones, los personajes están en constante avance. Se conjuntaron muchas cosas. De niño leía dos cosas: la revista Alarma porque mi abuela la compraba y la Biblia porque mi familia es evangélica. Por eso hay muchos símbolos bíblicos: el ángel de la muerte, los diez mandamientos, la historia de David y Betzabé. Mi educación primigenia está en todo ello.

Recientemente Eduardo Antonio Parra editó una antología sobre literatura norteña. Salvo casos como Daniel Sada o Jesús Gardea, la mayoría tienen un buen manejo de la acción.

No lo había pensado así, pero sí es verdad que los narradores norteños contamos la historia con más rapidez y contundencia. Nosotros vamos más con la fabulación, en tanto que en el centro de privilegia la experimentación literaria. Ahí es donde se nota el cambio de velocidad.

¿Lo atribuye a la cercanía con Estados Unidos?

Sí, pero también a la lejanía de la tradición literaria mexicana. Sí leíamos a Rulfo y a Rosario Castellanos, pero creamos nuestras propias lecturas y en ocasiones éstas no provenían del centro, sino de la frontera. También porque estábamos con la mira en reforzar la identidad norteña.

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