El papel calcante de la violencia contra periodistas
La actual violencia contra los periodistas de México, comparada con la sufrida por los periodistas colombianos durante cuatro décadas, demuestra que la realidad suele ser más imaginativa que la propia ficción.
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Por Germán Rey

Durante varios años, especialmente entre 1986 y el 2004, Colombia ocupó los primeros lugares en el ranking de periodistas asesinados en el mundo junto con Sierra Leona, Afganistán, Irak y Sudán. Unos años después México integra ese listado.

En el caso colombiano los victimarios fueron principalmente narcotraficantes, paramilitares, guerrillas, algunos agentes del Estado, bandas delincuenciales y políticos corruptos. Una alianza ha sido completamente letal: la que conecta políticos, corrupción y delincuentes. Los periodistas se convierten muy rápidamente en enemigos porque revelan públicamente una asociación que conforma una suerte de telaraña del crimen. Por eso las investigaciones periodísticas los alteran y reaccionan frente a ellas con un catálogo del delito que incluye amenazas, estigmatizaciones, demandas, clausura de la pauta publicitaria y creciendo en gravedad, torturas, secuestros y asesinatos.

Por su parte, los asesinatos de periodistas en México y en general el incremento de la violencia en ese país han sorprendido a los colombianos. Pero sobre todo ha sobresaltado la enorme crueldad de sus victimarios, la magnitud y sevicia de la acometida de los delincuentes así como la presunta participación de policías, actores armados ilegales y autoridades. El director del Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia sobre la violencia contra periodistas, Germán Rey, hace una comparación entre las realidades de México y Colombia, en este texto especial para CONNECTAS y que se puede consultar aquí.

Cuando se contrastan las noticias que llegan de México sobre la violencia contra los periodistas frente a las realidades y los análisis de lo acontecido en Colombia en las últimas cuatro décadas, parece que estamos frente a los efectos de un papel calcante. Hay por supuesto diferencias en los actores, las dinámicas locales, las respuestas del Estado y hasta las propias reacciones del gremio de la información, pero son pavorosas y reveladoras las similitudes. Como si las figuras que aparecen en el espejo actual de la realidad mexicana estuvieran ya dibujadas en el retrovisor de los años de infamia de los acontecimientos colombianos.

He aquí la primera figura que revela el calco: hay una geografía del terror que se va conformando a partir de los crímenes contra periodistas. En uno y otro país secuestran, torturan y disparan, como si todo formara parte de un patrón criminal que se repite de manera incesante. En Colombia, el Valle de Cauca y Antioquia han sido dos de las regiones más asoladas. Las dos tienen razones para ser peligrosas: han sido centro de poderosos carteles del narcotráfico, son circuitos de paso de las remesas de cocaína y han tenido fuerte presencia de guerrillas, paramilitares y bandas delincuenciales (bacrim).

Durante los años estudiados en “La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2010)”, el Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica que se acaba de publicar, se confirmó que el mayor porcentaje de periodistas asesinados en Colombia lo han puesto los pequeños medios locales y muy especialmente las pequeñas emisoras de radio. Pero otra similitud es aún más escalofriante: las amenazas han partido de los mismos victimarios, aunque la realidad colombiana es más compleja y diversa, por la existencia del conflicto armado interno. Sin embargo, un dato estremecedor en los dos países es la presencia de autoridades locales, fuerzas de policía, militares y políticos, en las amenazas e inclusive la determinación intelectual y material de los crímenes. En un Informe de la organización Artículo 19 se asevera que durante el 2014 el mayor número de amenazas contra periodistas en México las hicieron funcionarios públicos.

En el índice global de impunidad de 2014 del CPJ (Committee to protect Journalist), México ocupa el 7 lugar en el mundo y Colombia el 8°, una terrible vecindad. Matar a un periodista no tiene implicaciones para sus perpetradores y es un eficaz sistema para promover el miedo, la autocensura y el silenciamiento. Un mensaje fatal para la democracia y la convivencia de una sociedad.

Aún en medio del desastre que significa el asesinato de periodistas por los violentos hay signos de esperanza. Lo que enseña la realidad colombiana, en donde los índices de criminalidad han descendido –aunque persisten amenazas, bloqueos del oficio y prácticas de autocensura- es que no hay posibilidades de superación del problema si se le observa desligado de los proyectos más integrales de la sociedad. Y que es necesario fortalecer la valoración social de la tarea del periodista, los mecanismos estatales y sociales de alerta y protección, los procesos de asociación y solidaridad, los procedimientos de investigación, de justicia y de reparación, los proyectos de formación y mejoramiento de la labor periodística, la promoción nacional e internacional del debate sobre la situación vivida por los periodistas y el mejoramiento de las condiciones laborales de quienes están comprometidos con la salvaguarda y el desarrollo del derecho a la información de la sociedad.

Consulte los casos que ilustran cada uno de los puntos desarrollados en este escrito.
Esta nota fue realizada por Germán Rey y es republicado en CONNECTAS gracias a un acuerdo para distribución de contenidos.

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