opinión
“De sus reformas, de Iguala, del país. Hablemos claro”, artículo de Miguel Pulido
Alegatos por Miguel Pulido
Foto: Moisés Pablo/ Cuartoscuro

Sr. Presidente,

Hablemos claro. Acordemos que sólo los regímenes autoritarios imponen olvido y niegan el derecho a recordar la tragedia. Las democracias necesitan de la memoria, en especial de los hechos más dolorosos, para sanar, reparar y seguir.

Convengamos también que el país atraviesa situaciones difíciles, que durante décadas hemos acumulado serios rezagos y que las sociedades modernas enfrentan enormes desafíos de talla global. La realidad es compleja y delicada.

¿Por qué es importante aclarar esto? Porque Usted insiste en minimizar lo sucedido en Iguala y en reducir la vida nacional a las que han sido llamadas “reformas estructurales”. Sus dos apariciones más importantes de fechas recientes (ocurridas la semana pasada) dan cuenta de ello. Primero, con su exhorto a que Iguala no quede marcada por la tragedia y días más tarde al insistir desde Houston en que el eje modernizador del país son sus reformas.

Por ello encuentro pertinente hablar de estos temas. Pero en serio.

Hace tres años medios extranjeros divulgaron la idea de que Usted era un reformador con el liderazgo necesario para mover a México (lo que sea eso signifique). En el fervor por usar palabras simples para describir asuntos sumamente complejos, algunos fueron al extremo de decir que Usted estaba salvando a México (“Saving Mexico”).

Aferrado a la idea de que legislar es gobernar, Usted ha hecho de las reformas el factor omnipresente de sus discursos. Cuando la prensa internacional coqueteaba con la imagen de su gobierno, publicó (en el Financial Times) que la agenda de México está completa gracias a 11 “reformas estructurales” que harán que el país sea más abierto, productivo y competitivo. El mismo argumento esgrimió el año pasado en sus visitas de Estado al Reino Unido y a Francia, y la semana pasada en Houston, Texas.

Pero hay un sesgo en sus reformas. Tiene poco que decir de dos de las tres que tanto Usted como su partido político se comprometieron a aprobar antes de diciembre de 2012. Cuando las anunciaron las llamaron con mucha euforia las reformas de una Presidencia Democrática. Pasada la mitad de su sexenio, una de ellas está en el olvido y la otra languidece entre borracha y moribunda. Le recuerdo cuáles son: la creación de una comisión nacional anticorrupción; y la creación de un órgano ciudadano que regule el gasto en publicidad oficial.

Considero ocioso citarle cifras y estadísticas sobre corrupción. Lo mismo que abundar en el gravísimo conflicto de interés en el que incurrieron Usted y el secretario de Hacienda en la compra de sus casas. A pesar de ello (o quizá por lo mismo), Usted decidió nombrar en la Función Pública a Virgilio Andrade (quien carece de las distancias política y personal elementales para el encargo) y le pidió encabezar una investigación. Una acción sin fundamento legal ya que la Constitución prohíbe tales medidas en contra del Presidente de la República. ¿El resultado de todo? Usted lo sabe, la pérdida irreversible de legitimidad de su gobierno en el plano nacional e internacional.

Volviendo a la reforma en materia de corrupción, su gobierno envió al Congreso una iniciativa con una deficiencia técnica extraordinaria. Después, su partido político obstaculizó sistemáticamente las discusiones. A tropiezos y con heridas de muerte, avanzó una abigarrada reforma constitucional que no ha servido para nada, pues aún requiere la aprobación de una cascada de leyes secundarias. Lo que es un hecho es que incluso de aprobarse pronto, al menos dos tercios de su gobierno habrán transcurrido sin las reformas de combate a la corrupción.

Esa pasividad, suya y de su partido, debe ser expresión de su idiosincrasia. Usted ha insistido en que la corrupción es un asunto cultural. Sólo ha abandonado esa frivolidad para cambiarla por otra, diciendo que es un asunto de condición humana. Es demasiado Señor Presidente. Cuando es cuestionado sobre uno de los problemas más crítico de nuestra sociedad e instituciones su respuesta puede ser resumida en 3 palabras: no se responsabiliza.

La otra gran reforma prometida, y sobre la que no ha hecho ni el intento de simular, es la de publicidad oficial. No sólo las televisoras han puesto de rodillas a su gobierno y al Congreso en temas como el apagón analógico, el negocio con ellas es obsceno. En los dos primeros años, Usted gastó más de 10 mil millones de pesos en promocionar, principalmente, sus reformas. Ningún presidente había gastado nunca tanto (ni en términos absolutos, ni relativos). Qué importa que haya necesidades más apremiantes que el gasto en propaganda.

Dos empresas –Televisa y TV Azteca– obtienen más de una cuarta parte del dinero público en publicidad oficial (el 27% del total). Y, aunque la Constitución prohíbe expresamente (artículo 134), la propaganda personalizada, Usted ha aparecido en ella una y otra vez. En suma, se preocupa poco por respetar el marco legal y tiende a abusar del presupuesto público por razones personales. En este tema, mejor no tener ninguna expectativa de reforma.

En su gobierno, temas fundamentales como el campo, están en el olvido. Pasados más de dos años desde el anuncio de lo que llamó la Reforma Profunda, sólo hay cambios cosméticos. Pero sepa que en este país los pequeños productores aportan el 40% de los alimentos, generan el 74 % del empleo formal rural y lo hacen prácticamente sin apoyo. La evidencia (FAO, Banco Mundial, Coneval, ASF) es abrumadora y coincide en que el gasto en el sector no sólo no nos hace más competitivos, nos hace un país injusto y desigual.

Comprenderá la importancia del asunto en un país en el que el 70% de los 4 millones de productores tienen predios iguales o menores a 5 hectáreas. Sin embargo, en este tema, su gobierno no ha tenido capacidad reformadora. Señor Presidente, cuando son para apoyar a inmensas mayorías que lo necesitan e implican reasignar el presupuesto afectando a una élite corrupta (en este caso de agroindustriales), su gobierno anuncia reformas que nunca llegan.

Para justificar la reforma fiscal, en diversas ocasiones Usted ha referido que México es el país con menos recaudación en la OCDE. Sería mezquino negar que hay avances en la materia. Ahora, sobre finanzas públicas nuestro país tiene otras desigualdades y contradicciones. Por ejemplo, según el mismo organismo los sueldos de los altos funcionarios son tres veces más dispares en México que el promedio de la OCDE. Una sociedad más justa no sólo requiere un Estado capaz de recaudar, empieza por tener gobiernos más profesionales y republicanos y menos una casta de privilegiados. Ese tema, de profunda transformación democrática, no le ha merecido a su gobierno siquiera un intento de reforma.

Y ahora tenemos esta crisis de seguridad que su gobierno trató de atender con una nueva narrativa. Pero este es un asunto que no se resuelve con juegos de palabras. El análisis más reciente de Alejandro Hope, con datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública y el INEGI sobre homicidios, anticipa que su sexenio tendrá  9,000 muertes más que el de Felipe Calderón. Casi con certeza será el más violento de la historia. No, Señor Presidente, esta crisis no inició durante su gobierno. Le fue heredada. Pero es verdad que en su gobierno no han logrado cambiar la forma en la que estamos enfrentando la violencia.

Tomemos el ejemplo de la capacidad del Estado para afectar los intereses financieros de la delincuencia organizada. En la glosa que siguió a su tercer informe de gobierno, Usted afirmó que la reforma financiera permitió que se bloquearan 407 millones de pesos y 5 millones de dólares de dudosa procedencia, y que se logró el aseguramiento de 260 millones de pesos y 115 mil dólares. Señor Presidente, esos resultados no sólo son magros, son una confesión de incompetencia.

Permítame poner sus cifras en contexto. El Departamento del Tesoro (de Estados Unidos) calcula que el narcotráfico mexicano (no incluye corrupción, peculado y otras formas de delincuencia organizada) puede alcanzar ingresos anuales de 40 billones de dólares. Los dólares “bloqueados” y asegurados (por inteligencia financiera) por su gobierno son una diezmilésima parte (el .012%) de los ingresos de los cárteles. Si agregamos el resto de capitales lavados ilegalmente, sus números son absolutamente insignificantes. Señor Presidente, en teste tema no hay margen de duda: su reforma no sirvió para nada.

No me malinterprete. No soy tan inocente como para pensar que Usted solo podría resolver este problema. Lo que señalo es que México está en extrema necesidad de profundas reformas en tres rubros: corrupción; violencia; y crimen organizado. Entre otras cosas, implicarían sacrificar buena parte de la élite política, cambiar el modelo electoral basado en el dinero (incluso ilegal), romper las alianzas con los poderes de facto y un reconocimiento público de todos los partidos políticos de que ninguno (¡ninguno!) es inocente. Pero parece que Usted, Señor Presidente, carece de autoridad moral y visión para liderar esas reformas.

Aclaremos ahora ciertos aspectos sobre Iguala.

¿De dónde saca el coraje para sugerir normalizar, superar o trascender lo que ahí sucedió? Pongámosle perspectiva: el mundo se conmocionó por la noticia de policías entregando jóvenes a la delincuencia organizada. “La noche más triste”, tituló el periodista Esteban Illades su crónica sobre los ataques a los normalistas de Ayotzinapa.

El tema es crítico porque implica mucho más. Señor Presidente, lo que pasó en Iguala destapó otras tragedias y mostró que la barbarie anda suelta. Guerrero sigue siendo la región de la brutalidad silenciosa (o ignorada). En ese estado las muertes violentas alcanzan tasas promedio de 63 personas por 100,000 habitantes. Diez veces más que el promedio mundial. Tres veces más que el promedio nacional.

Adam Przeworski -uno de los teóricos más destacados de la democracia- en su concepción minimalista de la misma ha llegado a decir que es un sistema en donde “la gente no se mata una a otra, y el gobierno no mata a la gente”. Ni a ese estándar llegamos. En muy pocos lugares del mundo se asesina tanto y tan brutalmente que pueden encontrarse 38 fosas clandestinas, con más de 87 cuerpos (muchos de ellos calcinados). Tampoco hay demasiadas ciudades que presenten 110 personas desaparecidas en tan sólo tres años (de 2012 a 2014). Estos, son los números que reconoce la PGR en ese municipio.

¿Sabe por qué lo que pasó en Iguala trasciende los calificativos de “lamentable”, “triste” y “desgarrador”? Por la podredumbre estructural que develó. Derivado de los hechos de esa noche, la PGR reconoce tener 104 personas sujetas a proceso. 48 de los detenidos son policías municipales de Iguala y 16 agentes de la corporación de Cocula. Los delincuentes despachando desde las instituciones.

En dichos de su propio gobierno: el poder corruptor del narcotráfico tenía en su estructura a prácticamente todas las personas involucradas en la seguridad pública de 13 municipios (“ponían y quitaban a los jefes de la policía”, detalló Tomás Zerón, responsable de inteligencia criminal en enero de 2015). Pero tremenda organización criminal, con tal capacidad de coordinación y exposición pública, operaba sin que en su gobierno lo supieran. O, si lo sabían, no hicieron nada.

Desde que todo estalló, Usted ha querido reducir el problema a la mentada debilidad de las policías locales. Pero ¡sorpresa! Señor Presidente, la delincuencia organizada es un delito de competencia exclusiva de la Federación. ¿Qué hacían los responsables de investigar a dichos grupos, mientras Iguala –con todo y un cuartel militar ahí metido- se llenaba de muertos, fosas clandestinas y desaparecidos? ¿Y la inteligencia militar? ¿Dónde estaba la SEIDO? ¿Qué hizo el CISEN? ¿Por qué no intervino el Comisionado Nacional de Seguridad?

Señor Presidente, quizá quiere superar hechos y evitar marcas porque hay un México que nosotros vivimos y Usted no.

Entonces ¿cómo estamos?

Acordemos también que ciertos indicadores reflejan avances. La nuestra no es una sociedad derrotada ni reducida a lo que hace o deja de hacer su gobierno. No todos son aspectos lamentables y este no es un mensaje de pesimismo. Es un argumento para discutir con claridad circunstancias complejas. La situación no está para análisis simples.

Permítame volver a las reformas para ser más preciso en esto. Para decir que estamos mejor que nunca, Usted -por ejemplo- usa con recurrencia las cifras históricas de exportación de autos. Lo hace cuando el mundo entero está en revisión de los beneficios del intercambio comercial. Hace un año, Paul Krugman, premio Nobel de economía, nos describió así: “a pesar de las reformas, es decepcionante el despegue del crecimiento económico de México”.

¿Sabe Usted qué nos dejaron 30 años de reformas económicas? Según Krugman: una paradoja. Mucha gente pensó que con ellas en México se “reduciría la desigualdad entre su población, porque exportaría muchos productos y tendría mucha demanda de mano de obra. Pero sucedió todo lo contrario y hubo más desigualdad.” Esto indica, según el propio Krugman, que las exportaciones no necesariamente son buenas herramientas para abatir la desigualdad. Su dato favorito sobre autos exportados -por ejemplo- requiere ser situado en su contexto económico y social.

Esta será la generación con mayor acceso a bienes y servicios, pero también la más violenta y la primera en que la que las personas con empleo formal están debajo de la línea de la pobreza. La población en México es mucho más que consumidores y fuerza laboral atractiva para las inversiones. Somos seres humanos y ciudadanos con derechos, que reclamamos justicia y merecemos gobiernos honestos. Quiero dejar este punto perfectamente claro, así que permítame ser tan cínico como ustedes: las personas muertas no pueden trabajar o comprar. Los gobiernos corruptos no pueden gobernar.

Pues bien, estos son sólo unos ejemplos para ilustrar las complejidades en México. Hay muchos más, pero ya me extendí demasiado. Con todo, le quiero rogar encarecidamente que cuando hable sobre las reformas en México precise que eso sólo da cuenta de sus alianzas políticas y del grupo que lo rodea, no de todo lo que el país necesita y lo que muchos mexicanos queremos.

Y cuando hable de Iguala, no nos incluya en su reflexión. Usted está en su derecho de creer que la peor crisis de violencia criminal-institucional y su brutal expresión en violaciones a derechos humanos son “superables” y no “marcan” a un municipio. El discernimiento de la realidad y la sensibilidad frente a la tragedia son asuntos íntimos. A diferencia de Usted, somos muchos los que no queremos normalizar la barbarie , y no lo haremos en el caso de Iguala.

Y eso, debe quedarle claro ya.

*Fragmentos de este texto habían sido previamente publicados. Porque la validez de sus argumentos sigue vigente, he decidido incluirlos a esta nueva carta pública.

Miguel Pulido

Miguel Pulido es abogado. Ha sido director de Fundar, profesor en la Universidad Iberoamericana y visitante en la Universidad de Yale. Actualmente participa en Antifaz (www.antifaz.org.mx) un proyecto que busca abordar críticamente los asuntos públicos, las élites políticas y las dinámicas de poder.



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