opinión
Fidel, signo, símbolo, marca, artículo de Julio Moguel
por Redacción AN
Fidel Castro (Foto: Ntmx)

FIDEL

Todos los grandes hombres son bêtes; todos los hombres representativos, o representativos de multitudes. Es un castigo que Dios les inflige.

Charles Baudelaire

Julio Moguel

I

Debe ser muy cómodo llamarse Fidel, a menos que los apellidos que sigan a estas cinco letras sean, consecutivamente, Castro y Ruz. Porque cargarlo, como lo cargó el de la Isla, debe generar una especie de vértigo sobrehumano. ¿Cómo verse en el espejo e identificarse con esa imagen que todo mundo ha visto y reconoce, en sus variadas formas por el correr del tiempo, desde hace más de 60 años? (El asalto al cuartel Moncada se llevó a cabo el 26 de julio de 1953). ¿Cómo despertar una y otra vez, cada día desde los 63 años transcurridos a partir de ese asalto aventurero, diciéndose, sin que para ello sea necesario pronunciar una sola palabra: “Yo soy Fidel Castro Ruz”?

El nombre –este específico nombre– se separó en un momento dado de su dueño y se convirtió en signo, símbolo, marca. Poder autonomizado que ya no le perteneció a su portador, sino a muchos. ¿Muchos? Para ser más precisos: a millones, y de diferentes épocas, que viven o han vivido dentro y fuera de Cuba.

Pero en este caso no sólo el nombre. También la imagen. Porque, ¿quién no reconoce de un solo golpe de ojo, en foto, afiche, pintura, dibujo, video, televisión o cine al magnífico barbudo que este viernes 25 de noviembre dijo el adiós definitivo? Seguramente hay algunas áreas del mundo en las que la imagen referida no alcance a reconocerse o a identificarse de inmediato, pero podemos apostar que estas áreas son apenas unos cuantos lunares en el monstruoso cuerpo planetario.

Grave problema entonces debió ser llamarse y tener la imagen inimitable de Fidel Castro Ruz. Y no, por supuesto, para el mundo que lo mira o lo miraba, sino para quien, portando imagen y nombre, se observaba en el espejo y decía (seguramente sin decirlo o sin hablarlo): “Yo soy él: el del cuartel Moncada; el que se remontó a la Sierra Maestra para hacer una revolución social y derrocar a Batista; el primer jefe de Estado de América Latina que habló y delineó una perspectiva de gobierno socialista; el que retó a muchos poderosos de la Tierra e incendió varios llanos y sierras con las armas guerreras de su pueblo; el que confrontó durante décadas al terrible Imperio mayor de Norteamérica (marcando sus dominios a sólo unos cuántos kilómetros del monstruo); el que…”, etcéteras y más etcéteras, en una lista de circunstancias y de eventos en los que no sólo privan las líneas de su heroicidad –y las heroicidades de su pueblo–, sino también las de grandes y pequeños tropiezos y fracasos, menores y mayores, que cualquier persona informada puede en su momento revisar y ponderar.

Enorme o, más bien dicho, gigantesca carga fue entonces la de portar en vida el nombre y la imagen de Fidel Castro Ruz. Con un agregado que vale la pena establecer: él decidió llevarla consecuentemente a cuestas, alargando en sus máximas posibilidades de duración la vida: su vida, pues limitó ya en su biografía temporal con los 90 años de edad. (El 13 de agosto de 2016 se cerró el círculo de esa década).

II

No tuve el honor de conocer a Fidel en forma personal, aunque estuve a punto de hacerlo en un par de ocasiones. Pero no me hizo falta para identificar algunas de las claves de su fuerza, imantación, longevidad. Porque sí conocí –conozco y me he reunido con él en algunas ocasiones– al comandante Ramiro Valdés (participante en la revolución desde la odisea del Granma), quien sigue a pie juntillas, sin dudarlo, las enseñanzas de aquél (¿o será que ambos se completaban y complementaban?). Vivacidad sin límites; capacidad de escucha; rechazo implacable al ocio improductivo; entrega total a “la causa”; fidelidad estricta. Pero más aún, y es eso lo que quiero resaltar: cuando uno está frente a él da la impresión de que sólo tiene que extender el brazo para bajar una estrella. Sin que ello marque ningún rasgo de prepotencia o de altivez.

Queriendo colmar mis ansias de novillero, pedí un día al comandante Valdés que me permitiera escribir su historia, o parte de su historia. Acaso una biografía. Pero él me miró desde esos ojos activos de marinero y rápidamente me dijo, palabras más palabras menos, con suma caballerosidad: “Julio, no es este el momento; mi luz, si tengo, corre en el flujo de luz que ahora y siempre proyecta nuestro comandante Fidel”. No tuve más que decir.

Redacción AN

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