Réplica a José Woldenberg y su artículo sobre “¡Putoo!”
Apunta que el grito "está mayormente vinculado con una reacción primaria en nuestro comportamiento", pero coincide en señalar al hecho como una falsa libertad de expresión.
PTO

Marco García, lector de Aristegui Noticias, replicó algunos de los argumentos vertidos en la columna de José Woldenberg –Vergüenza nos debería dar– publicada el jueves en el diario Reforma y retomada en este medio.

Se reproduce la opinión:

Estimada Redacción:

No dejé de sorprenderme al terminar de leer el artículo del Dr. Woldenberg, particularmente que alguien con sus credenciales haga público un análisis, aunque intermitentemente legítimo,  por lo demás profundamente desarticulado. En este artículo el ex presidente del ahora INE sitúa el grito de puto en los estadios cariocas, por parte de la afición mexicana a la misma altura de temas como: la violencia hacia los niños como recurso pedagógico, la posibilidad de que las mujeres ocupen cargos públicos y desde luego, la tristemente extensa agresividad contra la comunidad homosexual.

Esto no quiere decir que en algún momento estos temas no compartan un origen más claro que la búsqueda de agredir o discriminar, sin embargo, este hecho -absuelto recientemente por la FIFA- sucede y ha sucedido precisamente como un fenómeno de masas al margen de un contexto perfectamente establecido y que utiliza la noción de “PUTO” desde una lógica netamente deconstructiva, que supone el uso de los conceptos desde su significado histórico y el de las acumulaciones metafóricas que hasta ese punto se hayan alojado en él; y que por añadidura está estrictamente sujeto a las paradojas que le confiere la misma retórica a la que se subordina.

En ese sentido, distingo que el tema está mayormente vinculado con  una reacción primaria en nuestro comportamiento, que igual sucede en la individualidad; que se torna recursivo y que supone holgura y rechazo a la propia realidad para finalmente reacomodarla y hacerla más digerible enmascarándola de algarabía, donde el verdadero riesgo está en quedarse en ese lugar una y otra vez sin avanzar  a un momento distinto donde  aflore la verdadera naturaleza del mexicano.

Woldenberg pasa por alto estos razonamientos y  casi de automático califica el hecho como un espejo de lo que somos como individuos, sociedad y nación; terreno donde Carlos Fuentes, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Roger Bartra y un larga lista, han hecho propuestas mucho más amplias que lejos de intentar descubrir el código genético de la esencia del mexicano aportan elementos por demás exquisitos que describen las varias caras del poliedro que es nuestra identidad.

Adicionalmente, despreciar el principio que los físicos conocen como  “de Heisenberg” (debido a mi corta memoria no dispongo de su homo-localización en las ciencias sociales) que entre otras cosas afirma que el observador en sí mismo modifica la realidad al observarla y que el lugar donde se sitúe conferirá matices diferentes al fenómeno observado; evita razonar que, por ejemplo, para los suizos el reclamo de la FIFA es más que legítimo, mientras que para la  gran mayoría de la América Latina encontrará el asunto como una gracejada.

No obstante, el juicio del autor no carece de verdad al señalar el hecho como una falsa libertad de expresión. En efecto, no se puede alojar este asunto bajo uno de los bienes más preciados de la humanidad como lo es la libertad, ni colocarla bajo la ilusoria idiosincrasia del irreverente humor mexicano y menos aún podemos caer en la tentadora idea de comparar este efecto con otras acciones explícitamente hechas para discriminar y humillar, por la sencilla razón de que ese es su objeto principal: discriminar y humillar; tal como lanzarle un plátano a un jugador comparándole  -fuera de todo contexto Darwiniano-  con un chango.

Finalmente, particular atención merecen los desaforados cometarios de las personas que reaccionaron al artículo detractando la gestión del Dr. Woldenberg como presidente del desaparecido IFE a manera de descalificar sus opiniones y calidad moral ante el tema;  tachándolo de ratero y de -por supuesto- PUTO.  Este efecto viene a confirmar la premisa de que tanto en lo individual como en lo colectivo reaccionamos de manera primaria, estructurando nuestras ideas más como un mecanismo de defensa  que como un genuino recurso intelectual, y por extensión de la manera en que construimos la realidad, careciendo de criterios que den orden a nuestro entorno y prioridad a lo prioritario en un sistema de valor altamente permeado por la irresponsabilidad de nuestros actos o por lo menos la ignorancia de ellos.

Muchas gracias y buen día.





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