Marcelo Schuster y el vuelo metamórfico del coleóptero
En su nuevo libro, el filósofo argentino —desde este lado del mundo, o sea, desde una perspectiva americana— hace una reflexión poético-filosófica sobre los conceptos desheredados del pensamiento, el insecto, la momia, el espeleísta, el cautivo.

Por José David Cano

La tranquilidad y pasividad que flotaba en el aire, nos hizo tomar las cosas con calma. Se suponía que estábamos ahí para charlar de su nuevo libro, Coleópteros —una reflexión poético-filosófica sobre los conceptos desheredados del pensamiento, el insecto, la momia, el espeleísta, el cautivo—, pero, entre un comentario y otro, nuestra conversación con el filósofo Marcelo Schuster derivó (y empezó) por un tema que tenía previsto abordar hasta el final…

Marcelo repitió mi pregunta: “¿La gente le tiene miedo a pensar, o sólo le tiene miedo a la filosofía?”

Dicho esto, guardó silencio y miró un punto indeterminado, pensativo.

Era sábado. El clima artificial del lugar —estábamos en la cafetería de una librería— hacía más llevadera la tarde. En la calle, la gente caminaba con paso apresurado, buscando refugio del calor aún abrasador.

Marcelo regresó a la charla. Esbozó una sonrisa:

Le tiene miedo a pensar —me dijo, todavía con la sonrisa en su rostro—. Lo que pasa es que la filosofía tuvo la astucia, en la antigüedad, de dar con ese gesto único de un pensar corrosivo, un pensar que es inconforme… ¡inherentemente inconforme! De ese pensamiento socrático (del no saber), y cuestionar las supuestas creencias de los discursos que se autorizan, y que, sin embargo, no conocen dónde y cuál es el criterio de su autoridad. Finalmente, en este caso, filosofar y pensar no es algo muy diferente… O sea, son lo mismo en el sentido de que la filosofía, quizá, es la que mejor encarna ese riesgo, digámoslo así, antropológico, este riesgo corpóreo, sensible, de que el pensamiento te pueda desnudar al límite de la “intemperie”, como lo señalo en mi libro…

—A veces da la impresión de que la gente (así, en general) sí está interesada en la filosofía… ¡más de lo que uno cree!

—Desde luego. Pero hay que partir de que la filosofía implica adquirir y adentrarse en zonas de complejidad intelectual, que no es la complejidad intelectual de la ciencia; que no tiene estos discursos, digamos, autoregulados de la ciencia. Al contrario. Son discursos abiertos, porosos, inconformes, autocríticos, que siempre están desbordados, y que tienen que saber qué hacer con esos desbordes (a pesar de que éstos, los desbordes, desvían en todo momento el curso del pensar).

“A nivel subjetivo, es como entrar a esa zona porosa de la conciencia o del inconsciente o del cuerpo. ¡Imagínate! La filosofía, entonces, es pensamiento-cuerpo, pensamiento-sujeto, pensamiento-acción, pensamiento-lenguaje. Todo esto, nos va llevando a una serie de experiencias límite del pensar. En ese sentido, me parece que una cosa es filosofar bajo ciertas cláusulas, donde el riesgo se va a aminorar, y otra, en cambio, es filosofar cuando uno se atreve, digamos, a ir por todo, ir hacia adelante, sin miedo a no tener ningún supuesto o aceptar que los puede perder en el camino. Pero esto siempre es gozo, siempre es límite, siempre es vértigo… Y, bueno, todo eso provoca tensiones y paradojas que van en contraparte de un sentido común… Eso es lo que a veces la gente ve en la filosofía.”

—De lo que se trata, en todo caso, es de librarnos de ese miedo que provoca esta palabra, ¿no?

—Por supuesto. Y esto me pasó también con alumnos y con experiencias pedagógicas… Mira, tenemos que superar la autocensura, esa creencia de que no podemos pensar de manera compleja. Una vez que superemos nuestra propia autocensura, que nos liberaremos de ella, entonces aceptaremos recibir la palabra. Y este punto es importante. Yo creo que la palabra misma tienen gran poder… Vamos a decirlo así: ella misma es libertaria, ella misma te está invitando, desde lo poético, a pensar, está haciendo el esfuerzo de no quedar en la pura aridez… Me refiero a traer a pensar toda una serie de figuras que, de alguna manera, pueden ser muy cercanas a cualquier experiencia inmediata, y a la vez está extraída de forma inmediata para ser llevada al pensamiento complejo…

—Bueno, hoy todavía se sigue insistiendo en que debemos encontrarle una “utilidad” a ella, a la filosofía…

—Pero es que la filosofía tiene muchas tareas… Por ejemplo, la tarea de un destino para hacer una tradición, que implica recuperar la complejidad de un pensamiento que hay que seguir manteniendo vivo. Ahora bien, algo es cierto: cuando está en una tarea del pensar tan compleja, ajustando cuentas con lo contemporáneo y la tradición (que lo contemporáneo también retoma y relee), la filosofía se encierra, porque el lenguaje que ella misma produce es muy técnico y a veces demasiado complejo; implica demasiadas competencias intelectuales que todo el tiempo están… cómo decirlo, yendo más allá de una normalización educativa. Por eso, la acción filosófica suele estar fuera de la vida de las personas y, sobre todo, fuera de las aulas…

—Es ahí cuando la filosofía se ve como algo elitista, ¿no?…

—Así es. Cuando uno se encuentra con un texto filosófico, uno se pregunta si tiene las competencias adecuadas para empezar a leerlo. En gran parte de los casos, a la mitad del texto se dan cuenta que no… Al final, es cierto: es un grupo muy reducido, de una población intelectual, el que tiene las capacidades intelectuales y epistémicas para comprender verdaderamente dos o tres lecturas; y, además, poder hacer con esas lecturas una clase, un artículo, asistir a un coloquio o discutir con otro filósofo… Claro, hablo de la filosofía que mucha gente conoce como pura y dura. Esa filosofía es muy elitista, tiene un elitismo innato, inherente, y sin embargo es la que plantea las preguntas por la emancipación política, por la liberación política…

Precisamente en Coleópteros —libro que ha sido publicado por Ediciones Sin Nombre—, Marcelo Schuster se adentra a un pensamiento complejo, pero, también, único y personal. Lo hace desde el pensamiento americano, no el europeo u occidental que la historia nos hereda, aunque proviene de él para adentrarse en algo que él mismo señala desde el inicio: hacer filosofía “desde este lado del mundo”.

Como lo apuntan los editores en la contraportada: “Quien conozca los libros anteriores de Marcelo Schuster sabrá que más allá de la voluntad de un estilo personal que encarne una manera de reflexionar, él es un filósofo puro y duro, aspecto que cambia en Coleópteros, pero no porque pierda pureza o se ablande sino porque abarca algo diferente: deja de preocuparse por el ser en el mundo para ocuparse de su estar.”

En este sentido, el propio Marcelo en un momento dado de la charla fue muy claro: “Escribo libros sobre lo que para mí tiene que ser el pensamiento, lo hago de manera legible. Es un viaje, así que no sé dónde entra y dónde sale. Eso implica mucho más esfuerzo por parte de los lectores, y todavía más complejidad de soledad por parte de quien escribe.”

Dialogar y romper con la tradición

Nacido en Buenos Aires en 1973, y doctor en filosofía por la UNAM, el escritor y filósofo Marcelo Schuster ha publicado hasta ahora cinco grandes libros: Contorsión. Spinoza en la frontera (2008), Fósil. La llamada de Emmanuel Lévinas (2013), Cortocircuito. El ojo Bergson (2014), Diaporama. La imagen dialéctica (2014), y Coleópteros. El sobrevuelo de la filosofía, su nuevo trabajo que ya circula en librerías.

Entre la filosofía moderna y contemporánea, en estos libros Marcelo Schuster ha explorado el problema de la escritura, los cuerpos y los afectos, el tiempo, el espacio y los circuitos, la historia y las imágenes estéticas.

Precisamente en su nuevo libro, Marcelo nos invita a seguir el vuelo metamórfico del coleóptero. Este viaje filosófico (y poético), parece desdoblarse en dos niveles: el del espacio-tiempo que despide el crepúsculo para aventurarse hacia la nocturnidad a la espera de la aurora; y el del lenguaje (y de la lengua propia) que acuña nuevas figuras del pensamiento o las anuda en el recambio conceptual de un coleóptero, sea que lo llamemos momia, espeleísta, cautivo.

Y, sobre todo —como él mismo lo ha dicho—, Coleópteros se propone reinventar la contemporaneidad; o más bien, lo que entendemos por arkhé, por estrato, por huella.

Pero no sólo eso. Veamos lo que dice, a manera de prólogo, el también filósofo Carlos Herrera de la Fuente: “¿De qué versa Coleópteros? Tal vez le parezca extraña la respuesta a un lector apresurado del libro, pero no habría que dudar al momento de decir que Coleópteros es una descripción, una evaluación y una crítica de nuestra época, así como una reflexión sobre las alternativas éticas y políticas de nuestro porvenir. Esto es algo, claro, que muchos autores han intentado desde distintos enfoque en múltiples ocasiones. Lo sorprendente de Coleópteros es la forma en la que acomete esta tarea y la perspectiva que inaugura. En menos de cien páginas, el libro esboza una imagen de nuestra situación histórica contemporánea…”

Marcelo cuenta en el libro cómo se fue gestando justamente este nuevo trabajo, y porqué se diferencia de los anteriores:

Coleópteros es mi primer libro americano. No sólo por la impronta poética de Alejo Carpentier, por la pregunta de cómo pensar, por primera vez, los conceptos desheredados (el insecto, la momia, el espeleísta, el cautivo), sino también por la experiencia singular, perspectivística, de una filosofía desde este lado del mundo. Corría el año de 2013 y tres acontecimientos fueron constelando una escritura futura. En la Casa de Francia de la Ciudad de México, invitado a dialogar con el público, a la hora del crepúsculo, hacía un llamado a la venida de las luciérnagas, pero sólo llegaba un trapero —un indigente—, un infiltrado que me increpaba sin que nadie se diera cuenta. Más tarde, en territorio totonaca, en la hora más oscura, aunque artificialmente más enceguecedora, hacía un tour, por el parque, por la pirámide, por la feria, en medio de un operativo de guerra, bajo la presunción de un estado de sitio (no declarado). Norteamérica mezclaba la guerra (el fetichismo de las armas) con el consuelo del entretenimiento. Finalmente, en una madrugada, en el aeropuerto de La Habana, me vi rodeado de un centenar de enfermos en sillas de ruedas que regresaban a Venezuela, tras recibir un tratamiento médico en la isla. Fue entonces cuando me pregunté: ¿qué quedará del socialismo en su transición democrática?, ¿cómo recuperar el último grito emancipatorio en el momento en que parece extinguirse el motor fundacional de todo un continente? «Cuba» se convertía, para mí, en el nombre vacío —en la seña camuflada— de una promesa, en una aurora por venir.”

Así que Coleóptero está divido en tres actos, por decirlo de alguna manera: “Crepúsculo”, “Nocturnidad” y “Aurora”. Y, a su vez, éstos están divididos —como un poema musical— en movimientos de una sinfonía con inflexiones, y que como tal, entonces, se anota llena de conceptos.

Coleópteros dice de un vuelo —también de un sobrevuelo— del crepúsculo a la aurora, pasando por la nocturnidad, algo que tiene que ver con el predominio más de la oscuridad que de la luz. (A final de cuentas, es el transito del momento en el que el sol se está poniendo, empieza a ceder la luz, pasamos a un ámbito de oscuridad, para después regresar a la aurora.)

Eso sí: el recorrido se hace a partir de un sinfín de imágenes que van cambiando; en este caso, los insectos (la luciérnaga, predominantemente) van sirviendo de guía para demostrar las distintas metamorfosis a las que están sujetos, digamos, los pensamientos, las ideas, los conceptos. Todo esto nos va llevando a un espacio de nocturnidad, que está simbolizado de manera fundamental con la caverna. Y, posteriormente, el regreso: salir de la caverna hacia el momento de la aurora, que, podría decirse, es la promesa de un nuevo comienzo.

Pero, ¿por qué coleópteros?, le pregunté a Marcelo en cierto momento de nuestra charla.

Él no lo pensó mucho: “Porque la palabra misma ya es un enigma. Cuando uno dice coleóptero, la gente no entiende bien de qué está uno hablando, qué quiere decir la palabra; es confusa. En el libro, de hecho, no hay una definición del término. No se define nunca. Así que el término hay que irlo descubriendo a partir de la relación que el lector tendrá con la lectura.”

—Sin embargo, a partir de este concepto empieza aparecer esta cuestión de que la escritura, o el pensamiento, está en vuelo. Y, al mismo tiempo que está en vuelo, hay algo que le retiene, que le retrae…

—Por supuesto. Entonces, eso se convierte en una relación problemática. Porque el pensamiento va hacia adelante y va hacia atrás todo el tiempo. Es decir, no es un pensamiento lineal, no lo puedes leer linealmente, sino que uno mismo como lector tendrá que entender que la lectura te obligará a retroceder permanentemente, porque algo de la textualidad de lo que se está pensando ahí te está retrayendo, te está reteniendo… Te está diciendo, en esa retención, que algo del vuelo (o sea, de la escritura) no está ahí jugado cuando uno lo lee, está en otra parte. ¿Dónde está? Bueno, hay que ir a buscarlo, está cifrado. O sea, el pensamiento en parte está cifrado. Y, al estar cifrado, hay que ver qué me deja como lector, qué me deja desde la escritura misma, para ir buscando esos restos, esos pedazos, esos vestigios, que se van soltando de la escritura. Porque eso que se va soltando, finalmente, es la tarea filosófica.

—En el libro hace hincapié en la herencia y la desherencia, en la herencia y lo desheredado…

—Así es, hay que jugar con estas dos cuestiones: la herencia y la desherencia, la herencia y lo desheredado. Por un lado, lo inevitable de la herencia, y, por otra parte, esta cuestión donde necesitamos trabajar, hurgar, en aquello que no está ahí como algo dado. En esta relación problemática, es en lo que trato de pensar un poco en este texto. Especialmente, y ante todo, en este texto. Es aquí, en él, donde me tengo que reconocer como heredero de una serie de problemas que me vienen de otro lugar, de otros textos y otras preocupaciones; pero es aquí, también, donde tenemos que pensar en lo insuficiente en que han sido tratados y lo cercano que son en mi propio ambiente…

—¿A qué se refiere, exactamente?

—Bueno, en cómo estos problemas se convierten en muy cercanos para mí, y sin embargo los leo en un pensamiento muy lejano… Mira, mi formación filosófica y académica es básicamente europea. De alguna manera mi pensamiento implicó generar un diálogo con esa tradición, pero también un diálogo disruptivo. A partir de ahí es cuando surgen cuestiones como, ¿fueron suficientemente pensadas estas preocupaciones, o habría que ver cómo pensarlas en esta desherencia?

“Me refiero a esa desherencia en donde nunca estos (otros) autores van a dar con ello, porque no hay un experiencia de esto, no hay una experiencia de esos conceptos, mientras que quizá yo desde aquí pueda tenerla (sobre todo, por esta relación tan cercana que tengo con ellos), y, a partir de eso, ver de qué forma puedo traerlo al pensamiento; entendiendo que son lo que llamo en el texto «conceptos desheredados»: hablo del insecto, pero también juego entre el insecto y el insectum. Del mismo modo, hablo de la momia, del hombre de las cavernas, y luego de los cautivos… de los diferentes tipos de cautivos: uno es el visitante, otro es el testigo, y uno más es el camuflado. Por ejemplo, en el caso del cautivo, es algo que yo siento que sí es más originario de la literatura latinoamericana; es un gran tópico latino el tema, mientras las otras cuestiones han sido más pensadas por autores que son muy difíciles de clasificar en Europa. Porque, ¿cómo clasificar a un autor como Georges Bataille, un autor tan complejo que lo mismo era un filósofo, un escritor, un literato, un ensayista, un sociólogo?…”

En efecto: en Coleópteros, Marcelo sigue la huella (dialoga, discute, se apoya) de gente como Bataille, Georges Didi-Huberman, Walter Benjamin, pero también en Carpentier, Juan José Saer, incluso el Che Guevara, por solo mencionar algunos.

—Así que, de alguna manera —me dijo, al final de nuestra conversación, Marcelo Schuster—, todos ellos me están dando un poco letra para recuperar y retomar una serie de problemáticas. Era, y es, importante pensar tópicos que la filosofía europea no había pensado como tal, o que había pensado muy incipientemente, y hacer de eso un gesto del pensamiento, un gesto de la escritura-pensamiento… Yo siento que hay que comenzar a pensar en esta desherencia, por decirlo alguna forma, desde esta perspectiva, desde este perspectivismo, que implica mirar desde aquí.



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