“Elba Esther Gordillo: Amores y desamores”: artículo de Jorge Castañeda
En julio de 2011, el ex canciller Jorge G. Castañeda, escribió un artículo en el diario Reforma, en el que acalaró sus relaciones con la lideresa del SNTE, Elba Esther Gordillo.
Elba Esther Gordillo: amores y desamores
Jorge G. Castañeda, ex canciller; Elba Esther Gordillo, lideresa del SNTE (Cuartoscuro/ Archivo)

El domingo 10 de julio de 2011,  el ex canciller, Jorge G. Castañeda, publicó un artículo escrito por titulado “Elba Esther Gordillo: Amores y desamores”, en el diario Reforma.

En el texto, Castañeda  habla de importantes encuentros y desencuentros con  la lideresa del SNTE, Elba Esther Gordillo.

Aquí se reproduce el texto íntegro, en el que Castañeda marca un distanciamiento con Gordillo.

Elba Esther Gordillo: amores y desamores

Elba Esther Gordillo ejerce la política sin estrategia, sin cuartel y sin garantías, afirma el ex canciller

Jorge G. Castañeda/ Reforma

10 julio 2011

Conocí a Elba hace 17 años, a principios de 1994. Desde entonces he mantenido con ella una amistad con los altos y bajos propios de cualquier relación entre personas de poder (el de ella de verdad y constante, el mío magro y efímero), que se ha reflejado en varios espejos: el personal, el político en general y el político-personal. La multiplicidad de los espejos corresponde al personaje: multifacética. Elba es, para los que la tratan de cerca, amiga, sindicalista, maestra y aliada o adversaria política. De estas varias aristas tratan estas líneas.

Conmigo ha sido una amiga solidaria, además de casera durante más de un lustro, cobrando una renta debajo del mercado pero suficiente para mantener las formas. En los momentos difíciles ha estado siempre presente, y hemos sido testigos comunes de encuentros y desencuentros con amistades o conocidos comunes. Sus ausencias, desapariciones prolongadas, reclamos sentidos y pequeños artilugios han llegado a desesperarme, pero jamás a provocar más que irritaciones pasajeras. Entiendo, sin embargo, que el círculo de sus amistades sea estrecho: no todos miran de lado o cierran los ojos ante repetidos plantones, tardanzas, pretextos y descortesías, por menores que terminen siendo.

e resumido mis opiniones sobre el personaje público en un libro reciente, Mañana o pasado: El misterio de los mexicanos(Aguilar, 2011), y reproduzco aquí el breve pasaje dedicado a Elba:

“De hecho, el sindicato más grande de Latinoamérica representó un pilar del sistema corporativista del PRI y luego un bastión de apoyo al nuevo régimen democrático panista electo en el año 2000. Lo dirige, como todo México sabe, una de las mujeres más sorprendentes, controvertidas y temidas en México, Elba Esther Gordillo, La maestra. Elba Esther escaló los peldaños del sindicato de maestros en los años setenta y ochenta, y se convirtió en la colaboradora más cercana y compañera del líder casi vitalicio, Carlos Jonguitud Barrios, a quien luego contribuyó a defenestrar en 1989. El entonces presidente Salinas de Gortari, al proponerse una limpieza cosmética de algunos de los sindicatos del sector público, la apoyó en ese esfuerzo. Ha dirigido el sindicato con mano de hierro y terciopelo desde entonces, en la gran tradición de otros líderes mexicanos (y estadounidenses y franceses e italianos y españoles). Gordillo fue una priista convencida y aguerrida; fue electa secretaria general en 2002 y diputada y senadora en varias ocasiones. Pero en 2003, cuando dirigía la bancada priista en la Cámara de Diputados y se alió con Fox para apoyar una reforma fiscal, fue expulsada del grupo parlamentario y del partido entero por el equivalente de alta traición.

“Elba, como le dicen sus amigos, formó su propio partido compuesto sobre todo por maestros. Obtuvo casi el 4 por ciento de los votos en 2006 y su respaldo a Felipe Calderón resultó decisivo. Fue recompensada con el nombramiento de su yerno como subsecretario de Educación Básica y de otros colaboradores cercanos en el ISSSTE, la Lotería Nacional y en algunos puestos menores. Después de la de Cuauhtémoc Cárdenas en 1987, ella ha orquestado la única escisión significativa del PRI, con ideas modernizadoras y orientadas hacia la democracia en el frente político, pero con una agenda educativa estrecha y en ocasiones contraproducente, y con una reputación de corrupción y excesos que la persigue. En la mayoría de las encuestas aparece como una de las figuras más impopulares del país.

“Elba Esther Gordillo es excepcionalmente seductora como política y excepcionalmente leal como amiga. Representa el epítome tanto de la debilidad como de la vigencia de la creatividad política mexicana, gracias a la vez a su terrible reputación y a sus ideas sorprendentemente modernizadoras y democráticas. Concentra todos los rasgos del carácter mexicano que hemos discutido y todas las realidades sociales que se han descrito. Cada mes, la Secretaría de Hacienda retiene las cuotas sindicales de 1.2 millones de maestros antes de transferir sus sueldos a los gobiernos estatales, quienes se encargan de pagarles. Ese dinero es depositado directamente en la cuenta de la dirección del sindicato, que responde ante el Comité Ejecutivo Nacional, que a su vez responde solamente ante… Gordillo. Según algunos cálculos –el gobierno se rehúsa a publicar cifras exactas– esto representa aproximadamente 10 millones de dólares al mes, o un poco más de 100 millones de dólares al año: su caja chica. La administra con magnanimidad exquisita y cabeza fría. Y echa mano de ella en ocasiones para sus propios gastos, que no son pocos: varias casas y penthouses en la Ciudad de México y sus alrededores, una supuesta casa de lujo en San Diego, bolsas de mano que las mujeres de Park Avenue matarían por tener, y uno, dos o tres jets privados (comprados o rentados por el sindicato) dependiendo de sus necesidades en ese momento.

“La mayoría de los mexicanos la responsabiliza injustamente por el patético estado de la educación en México. Así estaban las cosas antes de que ella llegara, y ningún secretario de educación ha tratado seriamente de derrocarla. Al mismo tiempo, ella es el único punto de apoyo de la palanca en el que un Arquímedes educativo podría apoyarse para transformar la espantosa mediocridad de la educación en México. Ella puede embrujar a cualquier interlocutor y exasperar a sus amigos más cercanos con su informalidad, su estilo caótico de trabajo y su increíble impuntualidad. Al término de la jornada, si se juntan sus impuntualidades sumarían varias horas, mucho más allá de los extremos mexicanos. Puede ser cariñosa y dulce con sus nietos y con ‘sus maestros’, pero de una arrogancia feroz con sus subordinados e inmisericorde con sus adversarios.

“Gordillo se halla en el atardecer de su pertinencia y poder, y probablemente será recordada más por sus vicios y por el daño que hizo que por el pluralismo y la modernidad que trajo al sindicato, o por sus esporádicos pero innegables esfuerzos por lograr reformas económicas y políticas indispensables para el país. Si la sumisión ante los monopolios debe ser desterrada para que el país progrese, quizás el sindicato de maestros y Elba Esther Gordillo tendrían que figurar entre los primeros de la lista, seguidos por muchos otros, entre líderes sindicales, magnates y burócratas partidistas. Nadie puede aquilatar la increíble falta de respeto por la ley que profesan los maestros del país sin concluir que si la sociedad en su conjunto hace lo mismo es en parte responsabilidad de aquellos y por tanto en parte de ella. Ha dirigido al sindicato durante dos décadas: las fallas y culpas de éste, con sus aciertos, le corresponden”.

*****

Asimismo, he plasmado en tres pequeños libros –¿Y México por qué no?          (FCE, 2008) con Manuel Rodríguez Woog; Un futuro para México        (Punto de lectura, 2009) y Regreso al futuro (Punto de lectura, 2010) con Héctor Aguilar Camín– mis opiniones sobre el papel de Elba Esther en la educación y el sindicalismo mexicanos. No tiene sentido reproducir aquí esas opiniones, de alguna manera resumidas en el texto citado. También he tenido la oportunidad de discutir estos temas con distintos grupos a lo largo y ancho de la República, durante los últimos dos años.

En principio conozco el punto de vista de Elba al respecto. A propósito de los libros con Aguilar Camín, los discutimos con ella en el programa de Foro TV en abril de este año, y, sobre todo, desde agosto del 2010, pudimos los autores realizar una veintena de reuniones en un igual número de ciudades con miembros y dirigentes del SNTE, solo posibles, obviamente, con la anuencia de su líder. Leíamos allí, tal cual, lo que habíamos escrito en los libros de marras, y provocábamos primero rechazo e indignación, para luego, gracias a un par de horas de debate, terminar conviniendo que mucho de lo que los maestros respondían es cierto, y mucho de lo que nosotros criticamos lo era también.

Sobre el pasaje de mi libro dedicado a ella, se lo hice llegar en tres formatos diferentes, meses antes de la publicación en México; a mi pregunta por BlackBerry Messenger de si lo había leído y le había gustado, Elba respondió afirmativamente; agregó “se ve que me quieres”, comentario que puede tomarse como irónico o sin mayor jiribilla. El hecho es que el conjunto de mis definiciones sobre su persona y su liderazgo educativo y sindical han sido motivo de aceptación –con mayor o menor entusiasmo– de su parte y sin perjudicar o poner en riesgo una relación de casi 20 años.

Lo que siempre ha resultado más difícil, para mí por lo menos, es hacer política con Elba. Difícil no: casi imposible. En las primeras etapas, en el Grupo San Ángel y hasta la elección de Fox en el 2000, como poco estaba en juego, las cosas fluían, aunque con un par de síndromes peculiares: la comprensible pero contraproducente tendencia de Elba para invocar siempre “los tiempos” como razón para aplicar en la política la táctica sindical por excelencia, esto es, llevar toda negociación hasta el último minuto, hasta el borde de la ruptura, para pactar con el mejor postor al último momento. Y el corolario de esta propensión: mantener todas las opciones abiertas durante el mayor lapso posible. La negociación sindical, que Elba conoce y ejerce a la perfección, carece casi por principio de estrategia: no se construye, no se planifica, no se prolonga en el tiempo con largos preparativos. Consiste en obtener lo máximo a cambio de lo mínimo, con un solo interés en mente: el bienestar de los representados: los maestros de México. Con toda razón y con todo éxito.

Para muchos maestros, México es un país con cada vez más pobres, con una clase media más pequeña y con docentes laborando en condiciones cada vez más adversas. Pero en realidad, si nos atenemos a los números, el millón y pico de maestros del SNTE forman ya parte de esa inmensa clase media de la que tanto hemos hablado. Se lo deben en buena medida a Elba. En mayo la revista Nexos incluyó un artículo de Sylvia Ortega que reproduce una encuesta realizada en 2010 entre maestros. El 80 por ciento tiene casa propia; 63 por ciento, un automóvil; 80 por ciento, un celular; el 74 por ciento, computadora en su casa; un 81 por ciento, internet. Estos datos corresponden a una clase media urbana con un nivel de educación superior al promedio mexicano: 75 por ciento dice tener un título de una institución de educación superior dedicada a la formación pedagógica (qué tanto sirven las normales es harina de otro costal). Quizás el dato más interesante de todos es su autocalificación: un asombroso 83 por ciento se autocalifica como “clase media”. En el caso de los maestros, tanto por su nivel educativo superior como por las realidades socioeconómicas descritas, el dato es más sustantivo que aspiracional. Son cifras impresionantes para quienes siguen creyendo en el México rural, pobre, analfabeta, enfermo y premoderno de la época de oro de la educación cardenista.

Pero la contrapartida de la habilidad sindical de Elba es la radical ausencia de estrategia política, o si se prefiere, la incapacidad también radical de poner el enorme poder sindical al servicio de una causa, más allá de la personal. En política se construye, se planifica, se preparan las cosas con larga anticipación; en política democrática y provista de sentido, existe una brújula, que es un programa, una agenda, una idea. De todo esto Elba ha carecido siempre. No por falta de inteligencia, sensibilidad o compromiso, sino porque le gana, como es lógico, su vocación sindical.

 

*****

La consecuencia de este predominio aplastante de la táctica sindical sobre la estrategia política fue para mí, en todo caso, la imposibilidad de jamás haber podido forjar y sostener una alianza política con Elba. Renuncié a la Secretaría de Relaciones Exteriores a comienzos de 2003 para buscar ser candidato a la Presidencia, y porque Vicente Fox decidió no ofrecerme otra cartera. La natural era la SEP. Al respecto, Elba fue transparente conmigo en dos aspectos, pero no en un tercero. Me insistió en que debía permanecer en la Cancillería, alegando que Fox me necesitaba (lo que era cierto), que ella no apoyaría en ese momento mi esfuerzo proselitista (también fue cierto), que no podía apoyarme como candidato a la SEP (en efecto, no me apoyó), pero no me dijo lo que a la postre resultó evidente. Fui objeto de un veto suyo, por razones comprensibles: prefería a titulares más anuentes a sus deseos que yo. La prueba: hoy, el entonces secretario de Educación es jefe de la bancada de Nueva Alianza en la Cámara de Diputados, y hasta hace poco, su jefe era Jorge Kahwagi. Ahora su jefe es la hija menor de Elba. Éste fue mi primer desencuentro político con ella, que sin embargo rápidamente quedó atrás.

El segundo fue más complicado, y dejó más secuelas. Hacia finales del año 2005, tres evidencias me habían quedado claras. En primer término, no habría una candidatura sin partido a la Presidencia, ya que la Suprema Corte de Justicia había resuelto no revisar la constitucionalidad de su prohibición. Dos, la dirección en funciones del Partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina resolvió postular a Patricia Mercado a la Presidencia, y no había dios que los convenciera de otra opción. Y tres, Dante Delgado, dueño de Convergencia, optó por la alianza con AMLO y el PRD, a decir verdad con bastante provecho posterior. De tal suerte que el único camino a la boleta para mí consistía en convencer a quien tenía la sartén por el mango: Elba.

Celebramos largas discusiones a finales de aquel año, primero solos, después con sus operadores: Mónica Arriola Gordillo, Alberto Cinta y Miguel Ángel Jiménez. Surgió una opción interesante: Nacho Irys, el dirigente de la llamada fracción campesina del partido socialdemócrata, estaba dispuesto a “darle un golpe de Estado” a Beto Begné y a Mercado; una vez tomada la dirección propondría una candidatura conjunta con Nueva Alianza (que contaba con el llamado registro condicionado) si Elba me postulaba a mí. Empezamos a negociar: diputaciones, recursos y, principalmente, el apoyo de Elba y el SNTE para que Irys pudiera conquistar el partido.

Todo era miel sobre hojuelas, aunque el tiempo apremiaba, ya que el cambio de dirección en el PASC debía darse pronto para permitir el ulterior registro de una candidatura presidencial dentro de los plazos previstos por el Cofipe. Cuál fue mi sorpresa cuando en plena negociación, durante el proceso de lucha interna en el PASC, me entero por la radio que Nueva Alianza acababa de designar a Roberto Campa como su candidato a la Presidencia. Nunca me dio Elba una explicación, ni se la pedí, pero con el tiempo construí dos hipótesis de lo que había pasado.

Vicente Fox me lo aclaró con mucha vehemencia desde enero de 2005: consideraba que mi empeño en ser candidato, de resultar exitoso, perjudicaría al PAN, ya que cualquier porcentaje de votos que obtuviera en las encuestas y en las urnas sería en detrimento del candidato del partido. Yo no compartía esa opinión, pero hasta la fecha sigo convencido de que la primera razón por la que Elba desistió de la maniobra que habíamos urdido fue la oposición de Fox.

La segunda se vería algunos meses más tarde. Como hoy se sabe, Elba buscó una negociación con el PAN y a la vez con AMLO para ver con quién podía lograr mejores posiciones para… sus agremiados: la preeminencia sindical de nuevo. Ese trato lo llevaría hasta el mero final de la contienda, cuando optó por el famoso “Dame uno de tres”: pedir un voto por Nueva Alianza, y dejar en libertad a sus seguidores a votar por quien quisieran para la Presidencia, pero no por el PRI o el PRD. Para esa jugada, resultaba indispensable un candidato presidencial que se mostrara dispuesto a ello, y para ella yo no lo era. La negociación redundó en grandes beneficios para el SNTE. Como la propia Elba lo reveló hace unos días, a cambio de apoyar al PAN, pudo ocupar cargos decisivos para el magisterio: la Subsecretaría de Educación Básica, el ISSSTE (que ya tenía) y una salida decorosa para el candidato de algún modo sacrificado: Roberto Campa.

Al principio, la nueva sorpresa de Elba me provocó una profunda ira; pero pronto di vuelta a la página sabiendo que así era la política con ella: sin cuartel, sin estrategia, sin garantías. Ya después del día de la elección –estuve varias horas con Elba el 6 de julio mientras hacía sus llamadas a gobernadores, jefes estatales del Panal y dirigentes seccionales del SNTE– resolvimos dejar atrás los diferendos del momento y trabajar para lograr un objetivo que suponía yo, ahora sí, común: que Felipe Calderón me designara secretario de Educación. Para ello necesitaba del apoyo de Elba, pero también del levantamiento de varios vetos poderosos que junto con Elba pude disipar.

En septiembre tuve la oportunidad de plantearle claramente al entonces Presidente electo mi deseo de ocupar dicho cargo; tomó nota, como se dice, y no volví a saber de él, ni antes ni después del 1o. de diciembre, aunque me había pedido apoyo para el litigio postelectoral en el frente internacional y se lo había brindado. Lo vi una vez en todo el sexenio, durante 15 minutos el 20 de diciembre del 2006. Pero no por ello dejé de enterarme de lo que había sucedido con Elba a propósito de mi designación.

ientras esperaba que me la pasaran en una llamada telefónica el 8 de noviembre del 2006, más o menos a las 12:30 hora de México, escuché a Elba contarle, probablemente a Miguel Ángel Yunes, que ante las intenciones de Felipe Calderón de nombrar a Juan Carlos Romero Hicks a la SEP, se sintió obligada a oponerse. Sucedió lo mismo con Juan Molinar. Pero ya ante la propuesta de Josefina Vázquez Mota, a quien ahora desdeña, no le quedó más remedio que apechugar: “al fin, es mujer y debemos apoyarla”. Más allá de las inclinaciones de Calderón, mi suerte estaba echada. Elba insistió durante un par de semanas, sobre todo a través de filtraciones a la prensa, que sus dos candidatos a la SEP éramos Esteban Moctezuma y yo, pero en todo caso, lo hizo sin gran entusiasmo.

***

El último capítulo de la historia sucede en 2011, de enero hasta la fecha. Por un lado, como la propia Elba lo ha repetido, se propone buscar una opción ciudadana o independiente para el Panal para 2012. Sus razones son sólidas: si no logra aumentar de manera significativa la presencia de Nueva Alianza en las encuestas, su poder de negociación será el mismo que seis años antes: cuatro puntos porcentuales y el aparato del SNTE. También le atrae la idea de la coalición con el PRI y Peña Nieto, sin por ello volver al partido donde nació. Pero sabe que su margen de maniobra es reducido: sin candidato propio, vale los mismos cuatro puntos, y con la actual ventaja de Peña Nieto en las encuestas, ese porcentaje no pesa tanto.

Tampoco le disgusta la posibilidad de Ernesto Cordero por el PAN: le tiene respeto y afecto, a diferencia de Alonso Lujambio y de Santiago Creel; sin hablar, como el albañil, de Vázquez Mota. Su verdadera ilusión, sin embargo, su plan A, es Marcelo Ebrard. Para ello, Elba contempla varias vías. La ideal consistiría en su postulación por toda la izquierda unida, a la que se sumaría el Panal. A estas alturas parece difícil. La segunda alternativa consistiría en una división de la izquierda, con Ebrard por el PRD y AMLO por Morena: idea más descabellada que la primera. Y la última, la que nunca muere, es Ebrard con el puro Panal, como candidato ciudadano: hasta Elba la ve cuesta arriba.

¿Cuándo va a optar entre estas opciones? Obvio: lo más tarde posible y en función de la oferta óptima para el sindicato. Afortunadamente, en esta ocasión yo estoy curado de espantos. Elba ha insinuado, sugerido o telegrafiado en varias conversaciones públicas y privadas que, junto con Ebrard, yo figuraría en su escenario óptimo de posibilidades. No carece de razón, salvo que si el jefe de Gobierno del Distrito Federal posee sus razones para declinar tal invitación, yo también las tengo.

Una candidatura ciudadana con el registro del partido de Elba enfrentaría tal reto de credibilidad y de opiniones negativas de entrada que sólo bajo circunstancias muy particulares pudieran ser superadas. Se necesitaría prepararla desde ayer: recursos, encuestas, grupos de enfoque, “placeo”, programa, grupo de integrantes distinguidos de la sociedad civil para arroparla, evaluación desde ahora de alternativas para el final del camino. Todo esto se antoja contra natura para Elba: implica una estrategia, una decisión inicial que se mantenga contra viento y marea, obliga a cerrarse a otras opciones y optar por una desde el principio, no al término del periplo. Exige una sana distancia de su parte: que el candidato o la candidata ciudadana de su partido no sea su candidato o candidata. En una palabra, requiere que Elba Esther Gordillo deje de ser Elba Esther Gordillo. Ni siquiera una mujer tan inteligente y hábil como ella es capaz de esto.

Como ella lo sabe mejor que nadie, ha recurrido en las últimas semanas a uno de sus ardides preferidos. Le encanta, y lo ejecuta a la perfección. Descubre, detecta o inventa un agravio: algo terrible, ofensivo, impropio de amigos y aliadas, que le causa un dolor casi insoportable: un chisme, una declaración, el nombramiento de un enemigo, el despido de un amigo, un recorte de presupuesto, el rechazo a una invitación nobody can refuse , un negocio realizado en sus dominios sin su autorización (¡aguas, Miguel Ángel!). Construye luego su respuesta a la presunta ofensa: “como me hicieron x, no puedo menos que responder con y”. Quien no discierna la verdadera secuencia de los sucesos sólo puede reclamarse a sí mismo su ingenuidad: primero vino la decisión de la ruptura o el cambio repentino de postura, enseguida el supuesto agravio orquestado ex post.

La táctica es racional. Proviene de la tradición sindical. Sólo se pueden efectuar los tremendos virajes de Elba, dignos de Mil Cumbres o La Rumorosa, si se cuenta con una explicación a la vez internalizada y verbalizable. Ella la tiene. Pero no tiene algo, que a pesar del cariño entre nosotros a lo largo de los años, no puedo dejar de subrayar.

La maestra ha concentrado más poder que nadie en este país fuera del Estado, pero protegido por él. Tiene sólo dos parangones: Carlos Slim y Televisa (que no son, ni mucho menos, simétricos). Elba ha construido un enorme poder político a partir del sindicato, que le ha traído enormes beneficios a sus “accionistas”: la pertenencia de los maestros a la clase media mexicana. Slim y los Azcárraga han hecho lo mismo, para gran beneficio de sus accionistas (en buena medida ellos mismos) y, a pesar de la sabiduría convencional, a favor de los usuarios.

Pero Elba no sabe qué hacer con el poder que ha acumulado, más que usarlo para favorecer a sus agremiados. Aunque ha apoyado algunas reformas políticas y económicas importantes y ajenas a su gremio (con Fox y Calderón), su legado político será inevitablemente minúsculo, justamente por su predilección sindical y falta de sustancia política. Pertenece a ese pequeño y notable grupo de mexicanos que se han farreado con un capital político descomunal, dejando poco a cambio, en tiempos recientes: Carlos Salinas, Cuauhtémoc Cárdenas, Marcos y Vicente Fox. Es un grupo selecto, sin duda. Pertenecer a él debe ser el orgullo de Elba, y su lamento.





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