‘Mi novela no es complaciente con la sociedad mexicana’: Enrique Serna
En ‘La doble vida de Jesús’ el escritor reflexiona sobre la repercusión de los miedos individuales en lo colectivo.
(Foto: H. González/Alfaguara).

Ubicada en el sexenio calderonista, La doble vida de Jesús revela los entretelones de la política partidista. ‘Jesús Pastrana’, en un político honesto que quiere acabar con la mafia que gobierna en su estado. No obstante, esconde un pasado relacionado con su identidad sexual. Con matices irónicos, Enrique Serna ofrece una historia actual. Su crítica no deja títere con cabeza, es inclemente con la clase política, pero también con la sociedad que se vuelve su cómplice.

Más que una novela sobre el narco, es una novela política…
Sí, los capos del narcotráfico son solo un telón de fondo que no pude soslayar porque se han convertido en un elemento importante de la vida social. Diría que está a medio camino entre la novela política y la policiaca. Parto de la psicosis que vivimos por la inseguridad, cuestión que conozco de primera mano porque he vivido desde hace bastante tiempo en Cuernavaca, una de las ciudades más afectadas por la delincuencia.

El caso de Javier Sicilia, la presencia de líderes de cárteles y la violencia en Cuernavaca fueron entonces los detonantes de la historia.
Lo que detonó mi novela es algo que me alarma más que la psicosis de inseguridad: es ver que mucha gente ya se ha acostumbrado a ella y se ha resignado. Cuando una sociedad acepta con normalidad este estado de cosas se condena a que se perpetúen las mafias narcopolíticas. Por eso me interesaba contar la historia de un funcionario honesto al que se le cierran los caminos de la política para obtener una candidatura en Cuernavaca y decide encabezar un movimiento social para librar a su ciudad de la mafia que la gobierna. En el fondo es una novela sobre los estragos de la cobardía y la necesidad de sobreponerse a ellos en lo social y personal.

‘Pastrana’ si bien es un funcionario honesto, es presa de un miedo por su sexualidad reprimida.
Mi personaje tiene una contradicción. ‘Pastrana’ es un místico de la ley, cree que solamente el restablecimiento del Estado de Derecho puede librarnos de esta pesadilla, pero al mismo tiempo es un transgresor a través de su vida sexual. Desde la adolescencia viene arrastrando una culpa porque en la escuela no se atrevió a defender a un compañero que era víctima de un bullying por ser el gay de la clase. Aparte fue una cobardía doble porque estaba enamorado de él. Mi novela lo presenta a los cuarenta y tantos años, cuando trata de rectificar su vida y vivir el verdadero destino para el que estaba preparado desde su juventud temprana.

En estos términos de miedo y psicosis, ¿cuál es su opinión sobre las manifestaciones sociales que hemos visto a raíz de la desaparición de los normalistas?
Las manifestaciones sociales son necesarias y qué bueno que haya en este momento una insurgencia social importante. Ojalá que tenga la fuerza y continuidad para llevar a cambios verdaderos y erradicar de manera más enérgica la corrupción. A mí lo que me interesa no es hacer denuncia periodística sino explorar cómo las cobardías personales repercuten en la indolencia social.

Su obra en general se mueve alrededor de la marginalidad, de la sexualidad reprimida, ¿por qué?
La experiencia de la marginalidad sexual es formativa. Obliga a los individuos a nadar a contracorriente y a reafirmarse en contra de la moral dominante. Me parece que puede templar el carácter de las personas para permitirles sobreponerse a una situación de postración e indolencia colectiva como la que estamos viviendo. Se necesita más valor para que un hombre salga a talonear vestido de mujer que para agarrar una ametralladora y secuestrar a alguien. Esa valentía me parece necesaria en el México actual. Por otro lado quería contraponer la moral social con la familiar porque en México tendemos a condenar más enérgicamente las infracciones familiares que las públicas, lo cual me parece nocivo y nefasto. Lo vimos hace poco con Villanueva, el jefe de la bancada panista. Su partido le perdonó que cobrara ‘moches’ para autorizar presupuestos de obras públicas, y en cambio lo destituyó cuando se descubrió que estaba en una fiesta bailando con unas teiboleras, cuando lo primero era más grave. El PAN ejemplifica la doble moral mexicana.

En este sentido, la crítica social y política atraviesa por la sociedad mexicana.
Claro, la sociedad mexicana es corresponsable de esto por su indolencia, apatía y conformismo; por haber elegido como presidente a Peña Nieto creyendo que solamente un partido corrupto como el PRI podía pactar con el crimen organizado. Este tipo de conductas son las que nos han llevado a esto, por eso mi novela no es complaciente con los sectores de la sociedad mexicana que son cómplices de la dictadura delincuencial que vivimos.

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