Hawking según Hawking
El científico más famoso del mundo presenta sus memorias. El relato lo revela como un hombre bromista y apasionado del universo.
Hawking según Hawking
Sus memorias. (Foto: Cátedra).

“Nací el 8 de enero de 1942, exactamente trescientos años después de la muerte de Galileo. Calculo que aquel día nacieron unos doscientos mil niños más, no sé si alguno de ellos más adelante se interesó por la astronomía”, escribe Stephen Hawking, no sin cierta modestia.

Sin temor al error, es posible asegurar que no existe científico vivo más famoso que él. Sus apariciones son igual de aplaudidas en series como The Big Bang Theory que en congresos de astronomía. Suma a su carácter de celebridad, su padecimiento de esclerosis lateral amiotrófica que desde principios de la década de los setenta lo tiene postrado en una silla de ruedas.

Por todo esto y más, las memorias del físico británico despiertan el interés de académicos y publico en general.

Hijo de un médico especialista en enfermedades tropicales, Hawking nunca fue un estudiante de altas calificaciones. Aprendió a leer a los ocho años y siempre rondaba el vigésimo puesto en la lista de aprovechamiento escolar. Su inclinación y gusto por las matemáticas tampoco fue bien visto por su padre, quien pensaba que su campo laboral se limitaría a la academia; hubiera preferido que su vástago fuera médico o de menos biólogo.

Sus esfuerzos no hicieron eco y el joven siguió por la brecha de los números solo que inclinado hacia la física y en particular a la cosmología. “Uno de los temas de los que hablábamos era el origen del universo, y si era necesario un dios para crearlo y hacerlo funcionar”, cuenta al recordar su adolescencia.

Escrita en primera persona, la autobiografía mantienen un tono lúdico. No hay autocompasión. “Mi discapacidad no ha sido un obstáculo serio en mi trabajo científico. De hecho, en cierto sentido supongo que ha sido una ventaja: no he tenido que dar clase”.

Poco o nada, le importaron los pronósticos de que a lo mucho viviría cuarenta años. Nunca ha cesado en su labor de investigación, aun ahora a los 72 años, esboza teorías dignas de atención.

En este sentido, se agradece el intención no siempre bien lograda, de hacer accesibles sus tesis sobre el universo. Asume que hasta ahora una de sus mayores contribuciones data de 1970, cuando concluyó que los agujeros negros poseen una atracción gravitatoria tan intensa que nada escapa de ellos y que además tienen temperatura, y por tanto emiten radiación.

Usa el humor como un recurso a su favor y es capaz de bromear incluso de su voz. La perdió después de una traquetomía pero consiguió emitir sonidos gracias a un programa que maneja desde sus lentes y que responde al movimiento de la mejilla. “No voy a cambiarlo”, advierte.

En ciertos, sectores académicos Hawking es más respetado como divulgador que como científico. No le perdonan la escritura de títulos eminentemente masivos, como La breve historia del tiempo, en 1982. Hay a quienes su categoría de rockstar les molesta y lo tildan de poco serio. Al margen de todo ello sus memorias, nos muestran de manera fugaz y concisa a uno de los hombres de ciencia más emblemáticos de los últimos tiempos.

 * Stephen Hawking. Breve historia de mi vida. Crítica. Traducción de Ana Galbenzu. 2014. 148 pp.



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