“Construir un candidato; la derecha y la catástrofe”, artículo de Carlos Herrera de la Fuente
"En México no hay democracia, sino un sistema fraudulento y corrupto de administración del poder por parte de la oligarquía económica y política...".

Por Carlos Herrera de la Fuente*

La derecha en México tiene un único objetivo de cara a las elecciones de 2018: impedir, a toda costa, que las cosas cambien. Su único propósito es que todo permanezca igual y se sigan aplicando las mismas políticas económicas que se han venido aplicando desde hace más de tres décadas. Para ello, sin embargo, tiene que dar primero dos pasos: por un lado, construir un candidato que, sin representar ningún peligro para las altas esferas del poder, genere la apariencia de cambio, y, por el otro, desprestigiar al proyecto que amenaza con modificar el modelo económico imperante.

La primera labor es, tal vez, la más difícil. Principalmente porque las promesas de cambio que trajo consigo la “transición democrática” terminaron en un fiasco absoluto. La llegada de la “oposición” panista al poder sólo sirvió para agudizar los flagelos que ya asediaban al país desde la época del autoritarismo priista: corrupción, inseguridad, crimen, desempleo, violencia, etc. El único cambio que representó la llegada de Vicente Fox a la presidencia fue la sustitución de un rostro por otro. Y nada más. Todo continuó exactamente igual que en las épocas del priismo. Incluso peor. Con el arribo fraudulento de Calderón al poder, las cosas empezaron a tomar un tinte dramático. Y la única oferta de “cambio” que se le ocurrió al grupo del poder (para el cual, en la actualidad, es indiferente que llegue a la presidencia de la república un priista, un panista o un perredista) fue la de un candidato “joven”, creado al amparo de los medios de comunicación oficiales. Y las consecuencias están a la vista de todos.

¿Qué candidato podría ofrecer una apariencia real de cambio? ¿La esposa de uno de los presidentes más criminales de la historia de México? ¿Otro priista? ¿Otro panista? ¿Un perredista sometido a los mismos criterios neoliberales establecidos en el “Pacto por México? En esta ocasión, el poder no tiene nada, ni remotamente nuevo, que ofrecer. Tendrán un candidato, claro, pero en él no residirá la clave de su estrategia. Lo que harán de nuevo, como ya se hizo en las elecciones del 2006, es generar la imagen de un peligro inminente para México si se modifica en lo más mínimo el camino que se ha venido recorriendo desde hace 34 años. Esta estrategia, sin embargo, tiene un serio defecto: ¿Qué más peligroso y catastrófico que la tragedia que vivimos los mexicanos en la actualidad, después de décadas de ser gobernados bajo el yugo de un régimen neoliberal recalcitrante?

Lo que quiere la derecha (entendida como ese amplio frente neoliberal en el que participan políticos, empresarios, periodistas, medios de comunicación, tecnócratas, etc.) es construir la imagen de que la modificación de las políticas económicas que privilegian las privatizaciones, la disminución de la participación del Estado en la economía, la reducción drástica del gasto social, etcétera, llevaría a la destrucción de la democracia, al caos económico y a la quiebra total del país. Es a esa falacia a la que la izquierda tiene que responder puntualmente y sin ambages.

En un uso vergonzoso y ridículo de la crisis que sufre Venezuela (resultado de una desestabilización política y económica planeada por los grupos nacionales e internacionales de poder), la derecha mexicana sostiene que de llegar a la presidencia una propuesta de cambio que cuestionara los lineamientos del modelo económico imperante (representada por el actual presidente de Morena, Andrés Manuel López Obrador), se viviría una situación similar a la del país sudamericano. Pero, ¿en qué sentido es mejor lo que se vive actualmente en México? Empecemos analizando lo que tiene que ver con la dichosa “democracia mexicana”.

¿De cuál democracia se habla? ¿De aquélla en la que la estructura del poder, los medios de comunicación y los empresarios intervienen descaradamente para apoyar un candidato, poniendo en riesgo la validez misma de las elecciones, como ocurrió en 2006? ¿De aquélla en la que los programas sociales, federales y estatales siguen sirviendo como un elemento fundamental para la compra y la manipulación del voto? ¿De aquélla en la que el mismo presidente de la república participa en la inauguración de obras de infraestructura para la promoción de su propio partido, como sucede descaradamente hoy en el Estado de México? ¿O bien de ésa en la que un partido, como el PVEM, aliado convenenciero del PRI, del PAN y de quien se deje, puede violar todas las leyes electorales habidas y por haber sin recibir más que un castigo económico, el cual luego le es incluso reducido o condonado? ¿O tal vez de esa otra en la que los gobernadores son una especie de virreyes que roban, usan a su antojo los mecanismos de justicia, se alían con las mafias y, luego, se van a vivir como divinidades a algún país extranjero? ¿O de aquélla que consume miles de millones de pesos en propaganda inútil e inservible que no beneficia en lo más mínimo a los ciudadanos? ¿De cuál tipo de democracia se habla? Porque en México no hay democracia, sino un sistema fraudulento y corrupto de administración del poder por parte de la oligarquía económica y política. Imposible imaginar un plebiscito que, como en Bolivia, impida una nueva reelección de su presidente Evo Morales.

¿Y qué pasa con la libertad de expresión en México? Que en los hechos es prácticamente inexistente y cuando existe no sirve para cambiar absolutamente nada. En los medios masivos de comunicación, monopolizados por pocas empresas, no hay una sola voz que se salga del discurso aceptable para el poder. Ver, por ejemplo, un programa como “Es la hora de opinar” en Foro Tv, dirigido por Leo Zuckerman, en el que participan Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda, es escuchar un monólogo neoliberal interminable en lo que las únicas divergencias consisten en analizar si el presidente debió de ser más enérgico en ésta o en aquella respuesta a sus críticos, o si es conveniente apresar a los miembros de la CNTE, o bien negociar con ellos. En el fondo, todos opinan lo mismo. Y así sucede en los distintos programas de la televisión y la radio.

Las propuestas críticas e independientes, como la que representaba Carmen Aristegui en MVS, duran poco y son finalmente expulsadas. Quedan algunos medios alternativos, como periódicos, revistas, portales de internet, pero a éstos la estructura del poder no les hace el menor caso. Un escándalo como el de la Casa Blanca, denunciado por el equipo periodístico de Aristegui Noticias, le hubiera costado el cargo al presidente o al primer ministro de cualquier otro país. Pero no en México. En México, la acotada libertad de expresión es tolerada, siempre y cuando no modifique en nada la realidad política del país.

¿Qué decir de la economía? Aquí la catástrofe, a pesar de las cifras macroeconómicas presumidas por el gobierno, es mayúscula (aunque no hay que olvidar que, en lo que va del presente sexenio, el peso se ha devaluado en más de 40%). El desempleo, ocultado por la existencia de un amplio sector informal y por la migración, es mayúsculo desde hace décadas. El campo mexicano está destruido y nuestra dependencia externa de productos básicos, incluido el maíz, es cada día mayor. Carecemos de una soberanía alimenticia con la que podamos hacer frente a crisis futuras. Por su lado, las cadenas industriales mexicanas están desarticuladas y ofrecen salarios de miseria a los obreros que trabajan en ellas. La venta y destrucción de empresas estatales (PEMEX, Luz y Fuerza), antaño orgullo nacional, contribuyen al empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores, al expulsarlos de sus centros laborales y empujarlos a incursionar en el terreno de la delincuencia y el narcotráfico. Según datos del Centro de Análisis Multidisciplinario (CAM) de la Facultad de Economía de la UNAM, el poder adquisitivo en México cayó en un 77.79 % de 1987 a 2014, y se requerirían de 26 años, si se cambiara el modelo económico desde ahora, para lograr recuperarlo. Por otro lado, según Julio Bolvitnik, la pobreza actual en el país rebasa, en cifras reales, el 80% de la población total.

A este escenario económicamente catastrófico, le sigue de cerca el incremento de la inseguridad, la delincuencia y la violencia en el país. Según el Índice de Paz Global 2016 (realizado por el Instituto para la Economía y la Paz), México ocupa el lugar 140 de 163 naciones, muy por debajo de Costa Rica (33), Nicaragua (69), Cuba (85), Haití (89) e incluso El Salvador (111). Al contrario de lo que asegura el gobierno actual, la cantidad de muertes violentas en el país no ha disminuido, sino que se ha incrementado. Prácticamente no existe persona en México que no haya tenido noticias de la muerte, el secuestro o el robo de alguna persona cercana, o que no lo haya experimentado ella misma.

Por si fuera poco, todo este desastre ha estado acompañado por un deterioro radical de la educación y la cultura que pone en riesgo el futuro de nuestros jóvenes. México sigue ocupando los últimos lugares de la OCDE en los rubros de matemáticas, comprensión de lectura y ciencias. Y en lugar de revertir la situación por medio de un apoyo decidido a la educación a través del gasto público y la inversión en infraestructura, el gobierno propone sacrificar el gasto social como medio para enfrentar las circunstancias económicas adversas en el futuro.

Ésta es la situación de México después de 34 años de políticas neoliberales. Una catástrofe absoluta. ¿Cuánto más tenemos que esperar para que las cosas mejoren? ¿Otros 34 años? ¿50? ¿100? Si después de todo este tiempo las cosas no funcionan, la gente trabajadora sigue engrosando diariamente las filas de la pobreza, la inseguridad se incrementa, la educación empeora drásticamente, ¿por qué no desear un cambio? ¿Qué cosa peor que este escenario de terror? ¿Qué peor que este país de cientos de miles de asesinados, secuestrados y desaparecidos por la confabulación entre el poder político y las mafias del crimen organizado? ¿Qué tiranía peor que la oligarquía política, económica y mediática que impide, por la vía del fraude, la manipulación de la pobreza y el control ideológico, la posibilidad de cualquier cambio real?

La derecha no tiene ya ningún argumento. La catástrofe no es un escenario por venir: es nuestra vivencia cotidiana. Una vivencia que ha sido el resultado de décadas de mal gobierno en favor de los más ricos y poderosos. Es hora de acabar con esa pesadilla. El pueblo tiene que abandonar el miedo al cambio.

* Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es un filósofo, poeta y ensayista. Licenciado en economía por la UNAM y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Ha publicado dos poemarios (Vislumbres de un sueño, 2011 y Presencia en fuga, 2013) y un ensayo de filosofía (Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger, 2015). Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales: El Financiero, De largo aliento, El Presente de Querétaro, etc. Actualmente escribe la columna Excursos en el periódico cultural La Digna Metáfora, donde aborda temas relacionados con la estética y la literatura.



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