‘Avándaro fue un hito social, cultural y musical’: Federico Rubli #Letrasynotas
Editorial Trilce publica ‘Yo estuve en Avándaro’, volumen que reúne el testimonio del investigador y las fotografías de Graciela Iturbide.
(Trilce/Redacción AN).

El 11 de septiembre de 1971, Federico Rubli en compañía de un grupo de amigos, tomó la carretera a Toluca. Su destino era el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro. Boletos en mano –costaban 25 pesos-, iban prestos para ver a Peace & Love, Three Souls in my Mind, Tinta Blanca, La Revolución de Emiliano Zapata y varias bandas más, en un festival sin precedente en México.

Su testimonio, Yo estuve en Avándaro se convirtió en uno de los relatos más ilustrativos de lo que sucedió aquella noche. Más de cuarenta años después, editorial Trilce reedita el volumen en una bella edición que reúne además las fotografías de Graciela Iturbide.

Rubli habla de Avándaro con perspectiva más que con nostalgia. Acaso, se emociona cuando recuerda la presentación de Peace & Love, para él, la mejor presentación de la jornada.

¿Por qué volver a Avándaro?

Avándaro fue un hito social, cultural y musical. Entre 1967 y 1968 el rock mexicano venía empujando muy fuerte. Por primera vez, los grupos empezaron a componer canciones propias. Bandas de Tijuana, Reynosa o Monterrey articularon lo que alguien bautizó como el movimiento de la onda chicana. Fue importante porque representó el primer esfuerzo por crear un rock con una idiosincrasia mexicana. Recibió apoyo de disqueras, radio y foros. Su fuerza creció a tal punto que el paso lógico era organizar un festival tipo Woodstock.

Algunos críticos dicen que sepultó al rock mexicano de la época.

Sin duda, fue el pináculo de la onda chicana. Actuaron once de las mejores bandas mexicanas del momento, prácticamente todos interpretando música original. Pero a la vez fue la abrupta caída a una etapa oscura para el rock mexicano; siguió la censura y la represión para los músicos. Duró prácticamente hasta principios de los ochenta, momento en que salimos del letargo. Fue lamentable porque artistas de la onda chicana eran muy buenos, pero se perdieron en medio de la represión o migraron a Estados Unidos. Yo era muy joven cuando sucedió Avándaro y no tenía las herramientas para reflexionar sobre lo sucedido. Veinte años después me sorprendía que siguiera siendo un tema tabú. Cuarenta años después la gente se sigue escandalizando por lo que sucedió.

En el libro usted plantea una hipótesis política alrededor del desprestigio al festival.

El gobierno vio en el festival una ventana de oportunidad para cancelar de una vez por todas, este tipo de reuniones juveniles. Recordemos que era la época del gobierno férreo y autoritario del PRI. Desde los sesenta ya lo espantaba la movilización juvenil. El festival se dio durante la presidencia de Luis Echeverría, entonces Mario Moya Palencia era secretario de gobernación. La lógica era que Moya Palencia fuera el candidato a la presidencia y estaba trabajando en ello. Sin embargo, en el Estado de México quien pesaba era Carlos Hank González. Mi hipótesis es que desde Gobernación orquestaron una campaña para desprestigiar a Hank porque sentían que hacía sombra política, a pesar de que al tener padres extranjeros no era elegible para la presidencia. Hay una anécdota ilustrativa, un día después del festival, el 13 de septiembre al final del acto conmemorativo de los Niños Héroes dice: “estos son los verdaderos niños héroes, no los degenerados que estuvieron en Avándaro”.

La resaca del 68 e incluso del Halconazo, eran una sombra sobre el ambiente…

Sí, el Jueves de Corpus fue apenas tres meses antes del festival. Pero es curioso porque en Avándaro el elemento político no estuvo presente. La conexión entre rock y movimientos estudiantiles no es tan directa en México.

¿Por qué?

Es algo complejo. En primera instancia, diría que por miedo. Viví el Jueves de Corpus, pero no tenía tanta idea de lo que representó la represión. Aun así, había cierto temor. Durante el festival de Avándaro a eso de las dos o tres de la mañana recuerdo, se desplazaron los cascos verdes y se pensó en una posible represión. Además, no teníamos tanta conciencia. La única alusión política directa la hizo Three Souls in My Mind, banda encargada de cerrar. Su última canción fue ‘Street Fighting Man’, de los Rolling Stones y claramente se la dedicó a los caídos del 68 y del Halconazo.

¿Ha cambiado esta relación? En 1994, con el levantamiento zapatista en CU se organizaron varios conciertos, pero más allá de eso la militancia del rock es cauta en México.

Sí, aquellas manifestaciones del 94 no se enraizaron en el movimiento político. Ahora hay más apertura y libertad de expresión, pero el miedo sigue existiendo. Sin duda hay letras combativas, pero no como para hablar de un movimiento contestatario. Al margen de ello y centrándome en lo musical, a partir de la onda chicana México generó un rock de mucha calidad y competitivo.

Aunque después de Avándaro si vivimos un rezago en la evolución del rock, digamos en comparación a lo sucedido en Argentina.

Sí, el rezago es consecuencia desafortunada de Avándaro. De no haber vivido la represión posterior la historia del rock mexicano habría sido distinta. Podríamos hablar de los setenta como una década perdida y aquí sí habría que reconocer la labor de Alex Lora con El Tri, ellos siguieron contra viento y marea.

Cuándo piensa en Avándaro, ¿cuál es la primera imagen que le viene a la mente?

Un mar de gente. No hay cifras oficiales, pero calculo unas trescientas mil personas. Se esperaban a lo mucho quince mil. El festival surgió como una carrera de automóviles que no se realizó, porque los jóvenes estaban más interesados en las bandas de música. Recuerdo las filas interminables. Los conciertos empezaron a las ocho de la noche con los Dug Dugs, la imagen todavía me enchina la piel. Fue una convivencia donde más allá de clases sociales todos compartíamos todo. Una noche antes había llovido muy fuerte y en medio del lodazal todos estábamos en comunión. Los reportes que consulté en la Dirección Federal de Seguridad señalaban un saldo prácticamente blanco. Se consumió mariguana y alcohol, pero no hubo intoxicados. La música fue otra cosa porque el sonido fue muy deficiente.

¿Cuál fue el mejor grupo sobre el escenario?

La de mayor trascendencia fue la presentación de Peace & Love, un grupo muy bueno de Tijuana. Ellos encendieron a la multitud, pero ocasionaron también la represión. Mientras cantaban “We got the power”, incitaron a la gente a cantar en español “Tenemos el poder”. Supongo que esto sembró el pánico entre los agentes de gobernación infiltrados. Imagínate, trescientos mil personas gritando espantan a cualquiera. Después de este hecho se canceló la transmisión de radio del festival.

¿El festival rebasó a los organizadores?

Hubo algo de desorganización porque no había precedente. Los organizadores esperaban entre seis mil y quince mil personas. Muchísima gente se desplazó sin boleto y tuvieron que dejarlos pasar, hubiera sido una provocación no hacerlo. Los alimentos y las bebidas no fueron suficientes. No había existido algo igual. El antecedente inmediato era el concurso de grupos de rock organizado en Chapultepec, conocido como el Festival del Naranjazo, porque a los grupos muy malos los bajaban a naranjazos. Cada semana se presentaban cinco o seis bandas, y al final, la banda ganadora fue Tinta Blanca, presente en Avándaro. Javier Bátiz se presentó en la Alameda ante quizá ocho mil personas, pero no tenía nada que ver con el festival.

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