Ella Fitzgerald: el centenario de la voz cristalina, milagrosa
Junto a la divina Sarah Vaughan y la volcánica Billie Holiday, es una de las reinas incuestionables del jazz. Reconocida como la Primera Dama de la Canción, este martes 25 de abril cumpliría 100 años.
Foto: Michael Ochs Archives / Redferns

Por José David Cano

Vamos a ser directos: a cien años de su nacimiento y a dos décadas de su muerte, la vigencia de Ella Fitzgerald permanece incólume.

Junto a la divina Sarah Vaughan y la volcánica Billie Holiday, Ella es una de las reinas incuestionables del jazz. Para muchos, de hecho, es sencillamente la mejor cantante de este género que haya conocido el mundo.

Razones no faltan.

No sólo su voz sigue siendo una de las mejores voces oídas jamás, y su manera de usarla una de las más perfectas puesta en juego alguna vez por una cantante popular —sí, el jazz es música popular—, sino porque dejó tras de sí un legado musical sumamente atractivo, bello, también frondoso —más de 200 álbumes. Y además, claro, cantó un puñado de las mejores canciones que se compusieron en Estados Unidos (en una época en la que allí se componían muchas de las mejores canciones del mundo), recogidas en su hoy celebre serie «songbook». Ira Gershwin, uno de los más importantes compositores estadounidenses, lo dejó en claro por entonces: “No sabía que tan buenas eran nuestras canciones hasta que escuché a Ella Fitzgerald cantarlas”. Así nomás.

Con una trayectoria que se extendió durante seis décadas, Ella se situó por encima de muchos de sus contemporáneos, y grabó con gran parte de la pléyade del jazz: Duke Ellington, Count Basie o Louis Armstrong. Hasta la década de los setenta, cuando problemas físicos comenzaron a afectar su técnica perfecta, esta mujer fuerte y despreocupada parecía emerger como una fuerza creadora inmutable y de infinito potencial. Y es que, entre su primera grabación con la orquesta del baterista Chick Webb en junio de 1935 y la última en 1992, Ella Fitzgerald fue una voz prodigiosa y diáfana que iluminó el siglo XX.

El baile por el canto

Ella Fitzgerald nació el 25 de abril de 1917, en Newport News, Virginia. “No conocí a mi padre” era la frase que sintetizaba el más persistente y precoz de sus dolores.

Hija de William Fitzgerald y Temperance Fitzgerald, la pareja se había separado cuando Ella había cumplido un año de edad. Con su madre y el nuevo padrastro, un inmigrante portugués llamado Joseph Da Silva, la familia se trasladó a Yonkers (Nueva York).

Ahí creció en un ambiente de pobreza, pero con la ilusión y el sueño de ser bailarina. La música también estaba en su vida: sentía atracción por Louis Armstrong, Bing Crosby y las Boswell Sisters, en particular por la cantante principal, Connee Boswell: “Mi madre trajo a casa uno de sus discos, y me enamoré de ella”, recordó muchos años después. “Traté de sonar como ella, de imitar su estilo”.

Sin embargo, las cosas no iban a ser tan sencillas para Ella: en 1932 su madre moriría repentinamente en un accidente de tránsito, y tuvo que vivir con una tía en Harlem. Fueron tiempos duros y complicados para Ella —huía de su casa, faltaba a clases, incluso vivió algún tiempo en un orfanato—, los cuales trataba de olvidar por medio del baile. De hecho, este deseo de convertirse en bailarina la motivó a entrar a un concurso de aficionados del Teatro Apollo (Nueva York). Era el 21 de noviembre de 1934.

Su participación, sin embargo, no salió como lo esperaba: “Había dos hermanitos que bailaron de forma insuperable. Cuando yo hice lo mío, temblaba de los nervios. Una persona del público se rió. Y entonces, el maestro de ceremonias me dijo: ‘Haz algo’. Atiné a cantar dos temas”, recordaría Ella. Interpretando al estilo de su querida Connee Boswell, cantó “Judy”; y, tras los elogios recibidos, interpretó “The object of my affection”.

Ella ganó los 25 dólares del primer premio y su entrada al mundo de la canción. Como contaría después: “Fue el punto de inflexión de mi vida. Arriba, en el escenario, sentí la aceptación y el amor del público. Sabía que quería cantar frente a él el resto de mi vida”. Pero no sólo encontró su vocación: para su fortuna entre el público de aquella noche estaba el saxofonista y líder de orquesta Benny Carter, quien advirtió el talento y la naturalidad de la chica, y la impulsaría en su carrera.

Fue él, Carter, quien la vincularía con el baterista Chick Webb, en cuya orquesta debutó en 1935. Webb no sólo la contrataría como la cantante de su orquesta, también la llevaría a vivir a su casa donde, junto con su esposa, se hizo cargo de su educación y cuidado. En una entrevista Ella recordaba sus años de formación musical: “Podría decir que con Chick aprendí a cantar. Él era el tipo de persona que mostraba compresión y paciencia, pero no me enseñó ningún estilo. Él me dejó hacer lo que yo sentía, me permitió cantar de la manera que sentía que podía cantar… De cierta forma, ahí comenzó a formase la Ella que es hoy.”

La Dama del Swing

Se podría decir que la trayectoria musical de Ella está dividida por tres etapas; la temprana, la inicial, comienza precisamente con la banda de Chick Webb.

Con ellos, Ella hizo sus primeras giras y grabaciones. Así, en 1936 salió a la luz su primera canción, “Love and kisses”, con un éxito moderado; empero, dos años después vería la luz “A-tisket, a-tasket”, una canción infantil (transformada) que se volvería un éxito y que convertiría a Ella en una estrella, en un fenómeno sin antecedentes en el jazz.

Empero, las cosas cambiarían de nuevo un año después: en 1939 Chick Webb, su amigo y protector, moría de manera sorpresiva. Ella tomó las riendas de la agrupación —ahora bautizada como Ella and Her Famous Orchestra— hasta mediados de 1942, cuando la disolvió para centrarse en su propia carrera. (Eso sí: durante esos dos años, Ella no solamente quebró moldes, también deshizo prejuicio: con 22 años, una muchacha negra se ponía al frente de una orquesta compuesta casi en su totalidad por hombres.)
Durante este período, Ella se casó con Ben Kornegay, un trabajador de astillero y pequeño ladrón con antecedentes penales. El matrimonio se divorció dos años después. La cantante tenía 30 cuando se enamoró del bajista Ray Brown mientras estaban de gira con la agrupación de Dizzy Gillespie. Se casaron en 1947, y adoptaron un hijo, Ray Jr.. Víctimas de sus propios horarios de trabajo, se divorciaron en 1953 (pero siguieron siendo amigos, pues volverían a trabajar juntos de manera ocasional).

Paulatinamente a eso, el bebop hacía su aparición de la mano de gente como Charlie Parker y Dizzy Gillespie. En el momento de su irrupción, Fitzgerald era una estrella en el mundo del swing, lo que no le impidió interesarse por esto nuevos lenguajes.

De hecho, su pase de entrada a la revolucionaria escuela de Parker y Gillespie fue el scat, ese juego, esa improvisación fonética inventada para darle más “sabor” a la canción. Aún hoy son pocos los vocalistas de jazz que han alcanzado el dominio mostrado por Ella en ese difícil arte (en el que la voz se dispara como un instrumento solista). Donde otros cantantes habían intentado improvisación similar, nadie antes (de que ella empleara la técnica) había logrado algo tan deslumbrante. Ella, además, tenía la sabiduría de dosificar su scatting y resistirse a la mera pirotecnia.

Ese maestría, ese perfeccionamiento, esa inventiva en el scat, quedaría registrada en versiones de temas como “Flying home”, “Lady be good”, o “How high the moon”, que Ella grabaría entre 1945 y 1947. Versiones que por cierto —sean en vivo o en estudio—, hoy siguen enloqueciendo a medio mundo.

Estos logros, sin embargo, no impidieron que Ella también patinara en la música en más de una ocasión.

Durante estos primeros años —los treinta y cuarenta—, también jugó a ser una estrella del pop y una reina de los Jukeboxes —gracias a temas graciosos como “You’ll have to swing it (Mr. Paganini)” o la propia “A-tisket a-tasket”. Siguiendo los consejos comerciales de productores, en ocasiones Ella no ponía reparos para intentar conectar con las últimas tendencias, lo que la llevaría a tomar dudosas decisiones musicales.

Algo es cierto: aún con el abundante material de buenas canciones que dejó en el sello Decca durante los años que fue su casa (1934-1955), las grabaciones más importantes de Ella vendrías después.

Un cambio de dirección impensable

La segunda etapa de Ella Fitzgerald puede rastrearse a partir de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta; para entonces, el contrato con Decca se había vuelto una traba para sus impulsos creativos.

Y no sólo eso. Por un lado, las ventas de sus discos habían bajado; por el otro, con la revolución musical en las calles, los lugares empezaban a cerrarle puertas. “Me di cuenta, entonces, que había más música que el bop. Fue un momento decisivo en mi vida”, recordaría años después.

Y vaya qué fue un momento decisivo.

La vida de Ella cambiaría cuando Norman Granz, el empresario de la popular serie Jazz At The Philharmonic, la invitó a participar en estas sensacionales jam sessions (a partir de la gira de 1949). Y aún fue más lejos: en 1955 convencería a Ella no sólo dejar Decca, también dejarle a él conducir su carrera musical.

De hecho, Ella fue la primera artista que Granz firmó en su nuevo sello Verve. Su relación se convirtió rápidamente en una de las asociaciones artista-manager más productivas en la historia del jazz. Algo es cierto: la libertad que Granz le brindó para elegir repertorio, y acompañantes, fue fundamental para crear las condiciones que Ella estaba buscando, que dio como resultado una explosión de creatividad, belleza musical y buen gusto.

Fue bajo la supervisión de Granz que Ella empezaría su serie de discos dobles, ¡sus monumentales songbooks!, que repasaban los cancioneros de los gigantes del standard: los álbumes dedicados a Cole Porter, Ira y George Gershwin o Irving Berlin son trabajos definitorios y definitivos en el ámbito del jazz mundial.

Respaldada por varias orquestas de estudio, la serie salió entre 1956 y el 1964, en este orden: Sings the Cole Porter Songbook; Sings the Rodgers & Hart Songbook; Sings the Duke Ellington Songbook; Sings the Irving Berlin Songbook, Sings the George and Ira Gershwin Songbook; Sings the Harold Arlen Songbook; Sings the Jerome Kern Songbook, y Sings the Johnny Mercer Songbook. (Ella añadiría un último disco a la serie, en 1981, editado por Pablo Records y dedicado a uno de los máximos compositores brasileños: Sings the Antonio Carlos Jobim Songbook).

Eso sí: conforme iba publicando discos de la serie, Ella siguió saliendo a giras y siguió grabando otro tipo de proyectos. Si bien es cierto que ya habían colaborado juntos en su etapa de Decca, en esto años de intensa actividad Ella volvió a unirse con Louis Armstrong, la otra gran estrella popular del planeta jazz. El encuentro histórico quedó registrado en el sublime álbum Ella and Louis (1956), al que seguirán Ella and Louis Again y Porgy and Bess (ambos publicados en 1957).

Con el cambio de casa discográfica, en 1966, una nueva etapa también vendría para Ella.

El adiós y la inmortalidad

Con la promesa de darle “un sonido totalmente diferente”, la disquera Capitol intentó meter su música en el mercado global e inmediato. Ella publicó entonces un disco religioso, un álbum de música country y una colección de Navidad. Hablamos de 1966.

Un par de años después, firmó brevemente con Reprise, casi con los mismos resultados: Ella trató de incluir éxitos contemporáneos de los Beatles, Burt Bacharach o Marvin Gaye. Era evidente que el rock no le venían viene a su estilo vocal.

A la par de esto, las comparaciones con las otras dos grandes voces del jazz no dejaban de circular… Frente al apabullante virtuosismo técnico y expresivo de Sarah Vaughan, Ella proponía una voz luminosa y vital, eternamente alegre y pletórica de swing; como el propio Frank Sinatra definirá: cristalina, milagrosa.

Con Billie Holiday, la cosa no era muy distinta. Estilísticamente, era el polo opuesto de su igualmente legendaria camarada. Billie era un alma frágil que transmitía una desgarradora vulnerabilidad al cantar. A Ella, en cambio, no se le daba esta angustia lírica: aun con la letra más dura y triste, se las arreglaba para darle una dulce y melancólica compasión a su entonación. Billie vivía los dramas que cantaban; por el contrario, Ella los veía desde lejos: parecía entender que inevitablemente había maldad en este mundo y perdonaba a todos. Ella encaraba la vida con alegría: su voz comunicaba una profunda tranquilidad y esperanza.

Ella regresaría al jazz a tiempo completo cuando Granz fundó su sello Pablo, en 1973. Ahí grabó cuatro álbumes de dúo con el guitarrista Joe Pass, realizado entre 1973 y 1986. También, no dejarían de publicarse sus discos en vivo: en Berlín, en Japón, en Francia, en Hungría. Gran parte de éstos son de escucha (casi) indispensable.

Fue en esto años, cuando Ella comenzó a tener problemas de la vista complicados por la diabetes, enfermedad que a la postre le quitaría la vida (en junio de 1996).

Aunque su calidad de voz se deterioró lentamente a partir de los años setenta, supo envejecer artísticamente con elegancia: sí, su voz perdió dulzura, pero no claridad de pronunciación, entonación o sentido del ritmo.

Algo es innegable: su timbre (su transparencia, el color casi aniñado) es único. Así que Ella es el jazz, la First Lady of Song, la Queen of Jazz, una cantante magnífica, de voz brillante, dicción perfecta, e increíble capacidad improvisadora.

Lady Ella: cien años después de su nacimiento y 20 de su partida, su voz —seductora y transparente— sigue cautivando al mundo entero.



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