El laboratorio periodístico de Jon Lee Anderson
El periodista estadounidense, acucioso investigador de la realidad árabe y latinoamericana, es de los reporteros más reconocidos del planeta.
Entrevista Jon Lee Anderson
(El periodismo se ha democratizado/Redacción AN).

Jon Lee Anderson (California, 1957) vive con la palabra “viaje” bajo el hombro. En casa siempre tiene una maleta a medio hacer, lista para salir a donde sea requerido.  A estas alturas ya aprendió e ir con lo indispensable: un saco –por si tiene que entrevistar a algún presidente-, unas libretas amarillas, pluma, algo de ropa y un puñado de piedras de playa.

“No son amuletos, pero cuando cubrí distintas guerras, entre 2001 y 2008, siempre encontré las piedrillas en mis bolsillos, provienen de la playa cercana a casa en Inglaterra. Me las regaló mi hija”. No recuerda si el guardaba o si era la pequeña quien las depositaba en el equipaje. “Empecé a sentir que eran de buena suerte y tendían el lazo afectivo con la casa”. Entre sus títulos destacan: Che Guevara: Una vida revolucionaria, La caída de Bagdad y recientemente, Crónicas de un país que ya no existe. Libia, de Gadafi al colapso (Sexto Piso).

¿Cuál fue su primer trabajo relacionado con el periodismo?

El primero fue un periodiquito de barrio en Taiwán. No duró mucho y mi madre me motivó a hacerlo para evitar que me peleara con los chicos de la calle o que buscara culebras en la selva. De manera más formal, mis primeras crónicas las publiqué en Lima Times, donde ya publiqué con mi nombre. Ahí obtuve gran confianza y aprendí la carpintería del oficio pero la noción de la crónica se me dio casi de manera atávica. La redacción de notas o boletines escuetos, me cuesta mucho trabajo.

¿Hay algo con lo que siempre viaje?

No tengo amuletos, pero antes entre 2001 y 2008, cuando iba a la guerra, siempre encontraba en mis bolsillos unas piedritas de la playa cercana a donde vivimos en Inglaterra que me había regalado una de mis hijas. Al darme cuenta de ello sentí que eran de buena suerte y que eran un lazo afectivo con la casa. No sé si ella siempre los metía o yo nunca los sacaba pero a veces los encontraba en un estuche y otras en una chaqueta. Esa es mi forma superstición. Tiendo a dejar en casa una maleta semi empacada por si tengo que salir de inmediato. Ahora viajo con menos cosas, voy a lo básico: llevo un saco por si tengo que entrevistar a un presidente, lo demás es ropa casual; libros y unas libretas amarillas.

¿Hace esquemas o dibujos de las crónicas o reportajes?

Hago muchos garabatos. Listas de pendientes que voy borrando y dibujos casi jeroglíficos.

¿Tiene un método fijo de trabajo o cambia en función del reportaje?

Hay cosas que no cambian. Es necesario de armar un esquema de logística para acercarme al personaje o al lugar. La mayoría de mis reportajes implican semanas, a veces meses o años, no es un trabajo de todos los días. Suelo manejar tres o cuatro historias pendientes. Pero el método reportaje se impone solo. Algunos son más logísticos. Cuando reporteé en la República de África Central, no tuve que hacer mucha planificación porque un buen amigo que me ayudó a llegar al sitio. En general hablo con colegas, activistas, con las embajadas; depende del lugar y mi intuición. Si me voy a acercar una persona de poder tiendo enquistarme en su ámbito y no apartarme de esa burbuja hasta que obtengo el acceso. Después hago viajes posteriores para hablar con los adversarios. Grabo pero no me gusta transcribir, es mejor tomar apuntes a mano porque asimilas lo esencial; hago esquemas de las escenas que me interesa destacar, pero la narrativa de cada historia de la se construye mientras la escribo.

Sus crónicas o reportajes se basan en escenas….

Es verdad, me gusta encontrar escenas a la hora de escribir. Ahora estoy editando un perfil del presidente Marteli, de Haití, todo un personaje. En los últimos dos meses he ido tres veces a la isla. En la primera, una amiga me llevó a la ceremonia de apertura de un puente, después Marteli ofreció un concierto, él es músico, y nos puso en el estrado con él. En total estuve siete horas a su lado viendo como alternaba el concierto con el mitin político. Mientras estaba ahí descubrí que esa sería mi escena inicial.

¿El poder responde a idiosincrasias?

Hasta cierto punto sí, aunque hay maneras compartidas. El ejercicio del poder lo impone el Estado de derecho. Si Trump no estuviera restringido por las leyes, no dudo que en caso de llegar al poder,  pondría a migrantes en trenes para deportarlos, pero en realidad sabe que no puede llegar a tanto, por eso le basta con la retórica.  En África tiendes a ver el ejercicio de poder de una manera más descarnada, en muchos países no hay oposición o un Estado de derecho. Lo que pasa en Reino Unido no sucede en Malí. Lo sectario, la religión son elementos que imponen la práctica del poder.

¿En Latinoamérica?

Está en una fase volátil y de un transe interino. Todavía no se define, si bien hay alternancia, excepto en Cuba,  todavía hay perfiles autocráticos. Las alternancias tienen rasgos nacionalistas o populistas, encarnados por personajes que no tienen carnet democrático. Incluso las sociedades mismas aceptan al caudillo o redentor, algunas carecen de madurez política porque son democracias principiantes.  Hay países con una fuerte tradición autoritaria, Paraguay, Honduras o Venezuela; mientras que en otros países la democracia está bien lograda, pienso en Chile o Uruguay. Algunos más son contradictorios como México o Colombia, ambas repúblicas que funcionan en el concierto internacional pero a la misma vez están viciadas por patologías propias. La gran cruzada de México todavía es la consolidación del Estado de Derecho, es un país que ahora está en un momento oscuro pero confío en las fibras humanísticas y pragmáticas, que le ayudaran a salir adelante.

¿Qué lectura hace del restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos?

Es un paso histórico y positivo. Ahora pueden ser rivales amistosos, en lugar de enemigos declarados. Esto agrega un componente de positivismo a la región porque los demás países estaban llevados a esa contienda, tenían que tomar bando. El mayor reto es para Cuba, no para los estadunidenses. ¿Podrán conservar los cubanos, su cultura? ¿Hasta dónde permitirán la inversión extranjera? ¿Podrán evitar convertirse en favelas? Vamos a ver.

¿Se ha democratizado el periodismo? ¿Qué opina de plataformas como wikileaks y del llamado periodismo ciudadano?

Sin duda se ha democratizado. Ahora cualquiera me puede increpar por twitter. Antes tenían que mandar una carta al medio. Los chicos de hoy son más despiertos, se inquietan por lo efímero del presente y buscan una vida más real.

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