opinión
“¿De quién son los partidos?”, artículo de Antoni Gutiérrez-Rubí
Overview por Antoni Gutiérrez-Rubí
Foto: Bernandino Hernández/ Cuartoscuro

Preguntarse por la propiedad de los partidos políticos es más pertinente que nunca en los momentos en que los líderes de las fuerzas políticas deben tomar grandes decisiones. Es decir, cuando hablamos de la legitimidad suficiente para adoptarlas y resolverlas. En especial, aquellas resoluciones que vinculan (y representan) de manera transcendental a sus militantes y simpatizantes y, en el ámbito institucional, a sus electores. ¿Un partido se puede o se debe administrar como si de una simple propiedad se tratara y que sólo afectara a sus más directos interesados y usuarios? ¿De quién son los partidos? ¿De sus líderes y cuadros? ¿De los militantes, de los simpatizantes? ¿De sus electores? O bien, por el contrario, ¿deberíamos empezar a pensar que los partidos políticos son un bien público, un instrumento de servicio general al principio constitucional de la participación política? En consecuencia, los partidos serían —en este sentido— de la ciudadanía, de la sociedad en su conjunto.

La idea de que las direcciones y los representantes orgánicos sólo son administradoras temporales y transitorias de un bien común y compartido (más que de una simple posesión por la que se le otorga al propietario el derecho a hacer, deshacer, cambiar y modificar a su antojo) es una idea que me parece que nos ayuda a enfocar el debate sobre la representación, la legitimidad y la participación en la vida democrática de nuestras organizaciones. Debería ser de obligado mandato tener nociones fundamentales sobre la historia política de nuestros partidos para estar en condiciones de dirigirlos o liderarlos. Historia para aprender del pasado, y para no hipotecar el futuro.

Este sentido del pudor, de la humildad, de la contención para dirigir un bien público es básica desde una cultura democrática. Obliga a los dirigentes a ser conscientes de que su poder representativo y orgánico es limitado. Por ello, profundizar en ampliar y mejorar la democracia interna de estas organizaciones (y en su toma de decisiones relevantes) es un antídoto por un uso indebido —por excesivo— de la provisionalidad temporal que todo cargo electo conlleva. «Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto; es un hábito», decía Aristóteles.

No, los partidos no son propiedad de sus dirigentes, aunque sí son sus principales responsables. Este equilibrio entre ser responsable pero no tener todo el poder es lo que diferencia a un partido democrático de una organización empresarial, por ejemplo. No, los partidos no son empresas privadas, aunque deban funcionar con eficacia y debieran aprender más de la innovación empresarial más moderna y abierta.

El déficit de democracia interna de los partidos es un tema recurrente desde el principio. Un texto atribuido al filósofo Friedrich Nietzsche refleja muy bien cómo la lucha por el poder en los partidos se lleva, en muchos casos, la democracia interna de los mismos, al confundir autonomía y criterio propio con traiciones o deslealtades: «Cuando un partido se da cuenta de que un afiliado se ha convertido de un adepto incondicional en un adepto con reservas, tolera esto tan poco que, mediante toda clase de provocaciones y agravios, trata de llevarlo a la defección irrevocable y de convertirlo en adversario; pues tiene la sospecha de que la intención de ver en su credo algo de valor relativo que permite un pro y un contra, un sopesar y descartar, sea más peligrosa para él que una oposición frontal».

Nietzsche murió en 1900, es decir en siglo XIX, pero lo que dice —y cómo— refleja percepciones y describe situaciones todavía hoy muy actuales. ¿De quién son los partidos? Y según sea la respuesta, sabremos para qué sirven y a quién se deben.

Antoni Gutiérrez-Rubí

Asesor en comunicación.



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