La provocadora poesía de Balam Rodrigo
El sello Los bastardos de la uva publica el poemario ‘Sobras reunidas’.

Si la poesía no nos cuestiona o provoca, de poco sirve. La estética es mucho, pero no es todo; al poeta le toca mostrarnos nuevas formas de decir las cosas o de ver el mundo. Por eso es tan difícil portar con decoro semejante membrete.

La escritura de Balam Rodrigo (Chiapas, 1974) hace de la página un auténtico ring de boxeo. Su libro Sobras reunidas (Los bastardos de la uva), responde a distintas formas de pararse en el cuadrilátero.

Poesías exhibe a un autor combativo que sin pose alguna encuentra en la autocrítica y la burla mordaz de los clichés sus golpes más efectivos. Propone las categorías “poeta místico”, “narcopoeta”, “poeta declamador”, “poeta experimental”, “poeta marginal”, “poeta mundial”, “poeta bohemio”…

Y quien esté libre de culpa que arroje la primera piedra. Páginas posteriores, incluso el propio Balam Rodrigo terminará inmerso en alguna de sus clasificaciones. Y páginas posteriores, también, llevará su escritura a bordear por los límites de la ciencia ficción.

Si algo atrapa al reseñista del poemario es la ductilidad o plasticidad del chiapaneco. En Pensamientos exhibe más cautela. No es nueva la analogía entre escritura y gastronomía, pero convierte sus versos en una inmersa taquería. “El escritor es un taquero/ de los signos,/ un enrollador de las sílabas en tacos/ para que coman/ los convidados del tiempo”.

Un nuevo giro de tuerca se leerá más adelante en Sobras, donde regresa a la ruta del riesgo. Estira sus versos al máximo en plena coincidencia con un discurso erótico y arriesgado. Lo narrativo de su poesía no resta impacto a las imágenes sugeridas.

Enfilados a la segunda mitad de la contienda-lectura, encontramos Pensamientos inútiles, apartado donde Balam Rodrigo luce agresivo y violento. Sus líneas se tiñen de rojo y hablan de lo que vemos todos los días en diarios y medios electrónicos.

La recta final, por fortuna, es más pícara e irónica. El ingenio de Poesías útiles no sacrifica un ápice del sentido crítico. El escritor esgrime un ágil y certero intercambio de golpes que sacude y finalmente obliga a bajar la guardia.

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