“La crisis de la izquierda en América Latina”, artículo de Carlos Herrera de la Fuente
"Hoy nos enfrentamos en varios países (Argentina, Brasil, Venezuela) al avance decisivo de la derecha en distintas formas...".
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Por Carlos Herrera de la Fuente

Todo apunta a que la izquierda ha entrado al final de un ciclo político en América Latina. Ello no quiere decir que las organizaciones, partidos y gobiernos de izquierda de la región vayan a desaparecer. Es posible que algunas de esas agrupaciones o un gobierno en particular se consoliden. Pero pensado en su conjunto, el fenómeno de fortalecimiento de las movilizaciones y acciones políticas contra el neoliberalismo muestra claros signos de deterioro ante el avance conjunto de las oligarquías latinoamericanas, las diversas versiones de la derecha en alianza con los medios de comunicación y el descarado intervencionismo estadounidense (ratificado por la revelación hecha por Wikileaks de que el golpista Michel Temer es un informante de la CIA).

Tampoco se está diciendo que se aproxima el fin de la izquierda latinoamericana como expresión de crítica y descontento social. Muchas veces se ha anunciado el fin de las expresiones contestatarias sin que este “sueño”, propio de la derecha, se haya hecho realidad. En verdad, el ciclo inaugurado en 1998 con el triunfo chavista en las elecciones venezolanas fue una demostración genuina de la recuperación de la izquierda regional después de la caída del llamado “socialismo real” a nivel mundial y de la noche neoliberal que ya asolaba el subcontinente.

Hoy nos enfrentamos en varios países (Argentina, Brasil, Venezuela) al avance decisivo de la derecha en distintas formas, ya sea como nuevo gobierno (Argentina), como vil usurpación o “golpe civil de Estado” (Brasil; practicado anteriormente, en el 2007, en Honduras, contra Manuel Celaya) o como franca desestabilización política y económica en todos los frentes (Venezuela). Esto ha llevado a ciertos analistas como Heinz Dieterich (AN, 28 de abril de 2016) a plantear que, por ejemplo, en el caso de Venezuela, se ha llegado al momento de una retirada táctica o de una solución negociada para acumular fuerzas, pues de lo contrario se perderá todo lo conseguido hasta el momento. El mismo Dieterich comenta que ése es precisamente el modus operandi que Cuba está practicando frente a Washington para sobrevivir.

En vez de lamentarse por esta cadena de acontecimientos, resulta indispensable entender cómo se ha llegado a este escenario y proponer una evaluación general de lo que ha significado este ciclo de 17 años en América Latina. No se trata de condenar toda esta experiencia política desde un izquierdismo radical que se burla de cualquier intento “reformista” por alterar el curso de la historia, sino de entenderla en sus aportes y límites históricos, para así, desde una visión hegeliana y marxista, considerar su especificidad, sus límites y posibilidades hacia el futuro.

1. Los logros
El primer aporte indudable de las movilizaciones, agrupaciones políticas y gobiernos de izquierda surgidos durante este periodo es de índole ideológica. Hoy en día resulta muy fácil sostener la idea de que el socialismo no se cayó con el Muro de Berlín ni con el bloque soviético. Lo cierto es que al momento de la desaparición del llamado “socialismo real”, la izquierda mundial fue severamente golpeada en todos los sentidos y se mostró incapaz de encontrar la brújula política durante mucho tiempo.

El primer movimiento que rompió esa inercia fue el encabezado por la rebelión zapatista de 1994. A diferencia de su propuesta actual, abiertamente anticapitalista, en sus orígenes el zapatismo no tuvo necesidad de retomar el lenguaje de los partidos socialistas ni comunistas. Con una astucia sorprendente fue capaz de articular una crítica al sistema de explotación vigente, desde un discurso fresco e innovador. Gracias a ello, pudo llamar la atención sobre ciertos puntos centrales que, hasta la fecha, no ha dejado de resaltar: el rechazo al modelo económico neoliberal, la relevancia de los pueblos indígenas como sujetos políticos de transformación histórica y el llamado a la construcción de una democracia radical desde la sociedad civil.
No obstante, el zapatismo partió desde el principio de una certeza inamovible: los zapatistas no luchaban para tomar el poder institucional, ni para hacer alianzas con partidos políticos que los llevaran a él, sino para construir desde abajo nuevas formas de organización popular. Por ello mismo, los zapatistas, a pesar de su gran influencia en el pensamiento político mexicano y latinoamericano, no tuvieron ningún impacto real en los gobiernos estatales o federales de la nación (sí, en cambio, en su zona regional de presencia).

A diferencia de ellos, los líderes más relevantes de la izquierda en América Latina a lo largo de lo que va del siglo XXI se propusieron la toma institucional del poder por vías pacíficas y democráticas (Hugo Chávez descartó la vía militar como opción después del golpe fallido de 1992). Aunado a ello, comenzaron a reivindicar el socialismo como el camino para la superación de la violencia económica y política del modelo neoliberal (el caso del PSUV en Venezuela, el Frente Sandinista en Nicaragua y el MAS en Bolivia).

Bajo esta misma lógica, lograron instaurar una dinámica democrática que sólo los neoliberales más trasnochados han tenido el descaro de negar. La realización constante de referéndums y plebiscitos, varios de ellos con resultados negativos para los dirigentes políticos (el referéndum para la reforma constitucional en diciembre de 2007 en Venezuela; el referéndum para el cuarto mandato de Evo Morales en febrero de 2016), han demostrado la posibilidad de establecer vías de comunicación más activas y directas entre el Estado y su ciudadanía.

Los supuestos “ataques” a la libertad de expresión y los mal llamados “presos políticos” son el resultado de verdaderos intentos fallidos por derrocar a los gobiernos elegidos democráticamente. Sólo basta recordar el caso de la televisora RCTV en Venezuela que apoyó directamente el golpe de Estado de 2002 y a la que se le retiró la concesión 5 años después, y el caso de Leopoldo López, político venezolano de ultraderecha que encabezó el plan golpista, denominado “La salida”, contra el presidente Nicolás Maduro.

Ciertamente, no todos los gobiernos de la región han seguido una misma línea ideológica ni tenido los mismos alcances. Como lo señala Atilio Borón (Cf. América Latina en la geopolítica del imperialismo, UNAM, 2014): “Mientras los gobiernos de Argentina, Brasil, Uruguay y Chile creen que la solución a las injusticias y aberraciones del mundo actual se encuentra en el interior de los límites fijados por la sociedad capitalista, Quito, Caracas y La Paz consideran que tal cosa es imposible dentro del capitalismo y tratan de escapar de la ‘jaula de hierro’ del sistema, avanzando en dirección a un socialismo de nuevo tipo.”

Éstos últimos no se han limitado solamente a aplicar políticas “asistencialistas”, sino que han pasado por complejos procesos políticos que los han llevado a realizar Asambleas Constituyentes y a redactar nuevas Cartas Magnas. En ellas se han asentado importantes logros históricos, como en el caso de Bolivia, cuya constitución reconoce la interculturalidad del Estado así como el derecho a la autonomía y al autogobierno de los pueblos indígenas; o bien la de Ecuador, cuya noción rectora es la del Sumak kawsay (“buen vivir”), un término de la cultura quechua que introduce en el constitucionalismo contemporáneo la idea de la naturaleza como sujeto de derecho en correspondencia con los reclamos ecológicos de la época. Estos logros no podrán ser revertidos por un simple cambio de régimen, justo porque, a pesar de las dificultades para ejercerlos y de los límites burocráticos para su aplicación, conforman un marco institucional que requiere de un consenso mayor para ser reformado.

Una medida sumamente importante en términos comunicativos fue la creación de la empresa multiestatal Telesur, con sede central en Caracas, pero con participación accionaria de los gobiernos de Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua, Uruguay y Venezuela (y, hasta hace poco, Argentina). Ésta ha fungido como un contrapeso a las cadenas nacionales e internacionales que tácita o explícitamente se oponen a cualquier crítica a las políticas neoliberales.

Finalmente, en el terreno económico, es necesario señalar varios puntos fundamentales: nacionalización de recursos naturales estratégicos, combate decidido a la pobreza, diversificación de lazos económicos con el exterior (para disminuir la dependencia hacia EU), distanciamiento de los organismos financieros internacionales y creación del multiestatal Banco del Sur (un organismo de financiamiento sudamericano originalmente promovido por Néstor Kirchner).

2. Los límites
El principal límite de los proyectos de transformación económica y política de izquierda que se han implementado en distintas naciones de América Latina en el siglo XXI deriva directamente de las condiciones históricas en las que les tocó aplicarse: economías capitalistas dependientes con un desarrollo económico mediano o bajo. Ello impidió que los proyectos hacia el socialismo o, por lo menos, hacia economías más justas pudieran evolucionar de manera óptima.

En primer lugar, en los países con mejor desarrollo económico (aunque igualmente dependientes) como Brasil o Argentina, los líderes antineoliberales se vieron obligados a negociar con las oligarquía autóctonas para posibilitar el funcionamiento de su gobierno. Esto ocasionó que las políticas económicas a impulsar se redujeran principalmente al ámbito del manejo presupuestal y fiscal, así como a otras formas de apoyo al empleo y a los salarios. Es lo que muchos críticos de izquierda han denunciado como “asistencialismo”.

Tal como lo comenta Guillermo Almeyra (“Fin de un ciclo”, La Jornada, 9 de agosto de 2015), mientras estos países gozaron de un periodo de altos precios de las materias primas que suelen exportar (petróleo, soya, granos, productos agrícolas y ganaderos) pudieron impulsar dichas políticas y mantener contenta a la derecha. Cuando éste se acabó, los ánimos de la reacción se descontrolaron y comenzaron a exigir un cambio de rumbo (el cual no es difícil de implementar porque sólo se trata de modificar la política económica de los anteriores gobiernos, precisamente como ya lo hace Macri y pronto lo realizará el golpista Temer).

En el caso de los países donde la radicalidad política permitió llegar más lejos (Venezuela, Bolivia y Ecuador), el escaso desarrollo de la economía interna y la extrema dependencia de la economía estadounidense obligó a financiar la casi totalidad de las necesidades nacionales por medio de la exportación de petróleo y gas. Si bien Bolivia fue la única de las tres naciones que se propuso el desarrollo de una nueva industria (la de carbonato de litio, con apoyo de capital alemán), lo cierto es que todas siguen dependiendo de economías extractivista y agrícolas (el segunda producto de exportación de Ecuador son las bananas).

La grave situación económica de Venezuela no es el resultado natural de un “manejo irresponsable” de la finanzas públicas, como dice la derecha, sino de la conjugación de dos factores: en primer lugar, la caída de los precios del petróleo, ocasionada por el crecimiento exponencial de la producción estadounidense (gracias al fracking), la cual pasó de 6,000 millones de barriles al día en 2008 a 11,600 millones en 2014 (Razones de la caída de los precios del petróleo, Rodrigo Chávez Fierro; 24 de septiembre de 2015, Bi-National Energy Comittee); en segundo lugar, el boicot económico organizado por empresas nacionales y transnacionales para alterar la distribución de sus productos y desestabilizar al gobierno bolivariano, entre las que se encuentra, principalmente, Alimentos Polar, Cargill Venezuela, Convelac, Johnson & Johnson, Medical, Nestlé, Inlaca, Kimberly Clark, Colgate Palmolive, Procter & Gamble, Manpa y Paveca (El Universal, Venezuela, 01 de mayo de 2016).

Ante este ataque económico y político provocado por enemigos internos y externos, los gobiernos de la región han sido incapaces de responder coordinadamente. Los mecanismos financieros como el Banco del Sur han resultado insuficientes. Mientras la alianza económica regional no avance hacia una integración comercial y productiva solidaria (distinta a la planteada por el Mercosur, de origen neoliberal), la dependencia económica de los productos de exportación y del dominio continental de los EUA harán inviable cualquier proyecto divergente.

Finalmente, no basta tampoco con la alianza intergubernamental. Los gobiernos de izquierda no han sido capaces de establecer un vínculo sólido con las organizaciones obreras y campesinas que los apoyaron en sus orígenes. Para Dilma Rousseff, suspendida de sus funciones por el ilegal impeachment, ésta parece ser la única alternativa. Tanto la Central Única de Trabajadores de Brasil (CUT) como el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) se han negado a reconocer a Temer. Tal vez llegó el momento de apostarle a los trabajadores en lugar de a los empresarios.

3. Arduo camino hacia el futuro
Las condiciones económicas y políticas no son igualmente críticas en todos los países de la región, pero no cabe hacerse ilusiones ante la reagrupación de las fuerzas de la derecha regional y su alineación a los designios norteamericanos. El intervencionismo estadounidense no ha declinado en absoluto. Al contrario, durante la administración de Obama se ha fortalecido.

Resulta necesario entender que las condiciones han cambiado y que es inevitable establecer mecanismos de negociación y pacto con los opositores para no perder todo en esta crisis. En los países donde ha habido cambios y reformas constitucionales de envergadura, la derecha verá obstaculizada su labor regresiva. Eso es algo que no debe perderse de vista, sobre todo en los momentos en los que el radicalismo parezca la única opción. En los países en los que estos grandes cambios no se han dado, la izquierda deberá superar su visión inmediatista y trabajar hacia la consolidación ideológica y práctica, poniendo la mira en las alianzas con los grupos marginados por la dinámica económica y política, así como en los actores productivos centrales (obreros y campesinos), los cuales le permitirán regresar fortalecida al poder.

De cara al futuro, el elemento central será la integración regional bajo un parámetro no economicista; es decir, el énfasis tendrá que estar en el desarrollo complementario de las economías nacionales con el único objetivo de superar la dependencia hacia EUA (esto es algo que estaba en la base del movimiento bolivariano encabezado por Chávez). La diversificación de los lazos económicos con otras partes del mundo es buena, pero para América Latina la única alternativa a largo plazo es la construcción de una economía regional autónoma y autosuficiente que no dependa de ciertas materias primas.

El reto es difícil, más aún cuando lo que viene es un contraataque de la derecha subcontinental. Los tiempos de vacas flacas se anuncian. Es necesario tomar previsiones.

*Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es un filósofo, poeta y ensayista. Licenciado en economía por la UNAM y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Ha publicado dos poemarios (Vislumbres de un sueño, 2011 y Presencia en fuga, 2013) y un ensayo de filosofía (Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger, 2015). Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales: El Financiero, De largo aliento, El Presente de Querétaro, etc. Actualmente escribe la columna Excursos en el periódico cultural La Digna Metáfora, donde aborda temas relacionados con la estética y la literatura.



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