Libro digital, mutaciones y derechos de autor, un texto de Fernando Zapata
"No llegamos a creer que pudiese encarnarse en algo que, a primera vista, no compartiese sus más esenciales aspectos materiales. En medio de esta inocente confusión, apareció el libro digital": Zapata López
Las mutaciones del libro digital y derechos de autor, un texto de Fernando Zapata
(Fotos: Unesco.org / odai.org)

Se reproduce íntegro el mensaje de Fernando Zapata López director del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), un organismo intergubernamental, bajo los auspicios de la UNESCO, que trabaja en la creación de sociedades lectoras.  El Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor se celebra el 23 de abril. 

Es curioso que, llamados a conmemorar el Día Internacional del Libro, lo primero que salta a la vista es la ambigüedad casi equívoca de la palabra libro, ambigüedad de la que, hasta hace muy poco, ni siquiera éramos conscientes. Cada vez que hacíamos uso de ella, pensábamos en un conglomerado de papel y palabras, una mescolanza indistinta de lo físico y lo anímico, una idea cuyas páginas pasábamos y rayábamos. Incluso cuando la formulación legal de los derechos de autor, que hoy también celebramos, nos llevaba a distinguir entre las distintas ediciones, tiradas, versiones y demás de un mismo libro, no llegamos a creer que pudiese encarnarse en algo que, a primera vista, no compartiese sus más esenciales aspectos materiales. En medio de esta inocente confusión, apareció el libro digital.

No es éste el espacio para relatar la historia de cuantos vocablos hemos inventado para tratar de lidiar con los problemas que nos causó la posibilidad de que un libro ya no fuese, a nuestros ojos, un libro, sino un extraño y mutable objeto virtual, un código que ahora se manifiesta con determinado número de páginas, ahora con otro o sin ellas, a menudo abierto a la reescritura, entretejido con otros innumerables libros hasta el punto en que los límites entre uno y otro se hacen porosos si no invisibles. Basta con decir que, hoy por hoy, hablamos de soporte y contenido, casi como si fuesen materia y forma, cuerpo y alma, dándole cada día más vigor a la bien conocida diferencia entre corpus mechanicum y corpus mysticum. Pero, pese a ser ésta una distinción tan vieja, todavía es mucho lo que nos falta para comprenderla. No sólo me refiero a la urgencia con que debemos ratificar la vigencia del derecho de autor a través de las diferentes mutaciones de la obra en los más diversos cuerpos, sino a las imprevistas, acaso imprevisibles, riquezas que esconden los soportes.

Me temo que, cargando a nuestras espaldas tantos siglos desde que el libro se enfrentó a su última gran modificación física, la imprenta, hemos olvidado los efectos de la materia sobre el espíritu. Detengámonos, pues, a recordar algunos: la voz y la memoria humana, infancia de la obra, determinaron la primacía histórica del verso sobre la prosa; la extensión de un rollo de papiro, en apariencia todavía más accidental y desligada de la creación que nuestra constitución mental, cimentó la noción del libro o capítulo entre los griegos y, en consecuencia, la manera en que estructuramos nuestras novelas y tratados; la exótica escasez de pergamino y tinta elevaron la palabra escrita a la solemnidad e insinuación de eternidad (“más perenne que el bronce”) que nos hace diferenciar la mera promesa verbal del contrato escrito; la serialización transformó la ambiciosa vastedad del tratado en la puntualidad del artículo y dio a luz a la ya tan difundida técnica del “continuará…”. Y así podríamos seguir, sin tocar siquiera nuestro siglo y sus obras de construcción en línea, los hipervínculos y el libro abierto con que soñaban Eco y Mallarmé, o la posibilidad de incluir textos cambiantes, videos, sonidos y otras creaciones del diseño digital como elementos básicos del texto, con lo que trazamos caminos hacia nuevas maneras de escribir y leer, acaso de pensar. Ante nosotros, está la invitación a crear historia y arte de maneras incontables y la diversidad de nuestros logros sólo se podrá medir con la variedad de retos que estemos dispuestos a aceptar.

Con esto, llego al segundo punto de este mensaje, el de la dedicación del Día Internacional del Libro 2013 a la bibliodiversidad. En términos algo prosaicos, podríamos decir que la bibliodiversidad no es más que la oferta variada de libros, con lo que, en apariencia, habríamos reducido un fenómeno cultural a una medición económica. Pero esta conclusión depende de una lectura inadmisiblemente débil de lo que es la variedad. Cuando de libros se trata, en ese sentido amplio del que hemos venido hablando, la variedad implica la multiplicidad lingüística, que va desde el idioma que tan extraño nos resulta hasta el dialecto cotidiano, la libertad ideológica y la ventana que ofrece al mar inquieto de las verdades, que no es una sola, y a la posibilidad de vivir lo que otros sufrieron y amaron ayer o sufren y aman en tierras lejanas, Es, pues, para aludir a una ya clásica descripción de la economía, la capacidad de elegir entre cuantos mundos nos ofrezcan los ojos de los demás y, con ellos o frente a ellos, aprender del nuestro.

Ya desde el Medioevo y hasta la más beligerante Posmodernidad se ha afirmado, una y otra vez, que un individuo sólo se define y conoce en relación con lo que no es: mientras más pobre sea la realidad que nos rodea, más pobres seremos nosotros mismos. Es por esto que el llamado a la bibliodiversidad, centrado cuan pueda estar en un problema de producción y oferta, es, más bien, un reconocimiento y una petición para que ampliemos nuestra vida con la mirada ajena y, comprendiendo a los demás, nos entendamos y crezcamos. Como director del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), tengo la esperanza de que este llamado sea atendido y que, en Iberoamérica, aprendamos a valorar la unicidad de cada nación de cara a la invaluable riqueza cultural que compartimos.

Fuente: Unesco.org

Fernando Zapata López

Director



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