“Cuevas vs. Cuevas: el maestro del autorretrato”, perfil de ‘Gatopardo’
"Quiero seguir viviendo a través de mis dibujos", aseguraba en su niñez el artista plástico mexicano José Luis Cuevas, a quien la revista le dedica su portada de octubre, con un perfil del personaje en páginas interiores.
"Cuevas vs. Cuevas: el maestro del autorretrato", perfil de 'Gatopardo'
(Foto: Cuartoscuro y Revista Gatopardo)

La revista Gatopardo dedica, en su edición de octubre, un reportaje especial -de portada- al pintor y escultor mexicano José Luis Cuevas, quien recientemente se envolvió en la polémica debido a un conflicto entre sus hijas y su esposa.

El perfil del artista plástico es escrito por Guillermo Sánchez Cervantes; se reproduce sólo un fragmento:

En 1965, el New York Times lo llamó el Mexican boy wonder. Él, petulante y egocéntrico, la melena dorada y los pantalones metidos dentro de las botas, cargaba como jinete del apocalipsis fuertes críticas hacia el sistema artístico mexicano: desgastado, obsoleto y con las puertas cerradas a lo contemporáneo. Mientras, también arrancaba suspiros y atiborraba de chicas con minifalda que llevaban a Jean-Paul Sartre bajo el brazo las galerías de arte de la Zona Rosa en la ciudad de México, donde se mostraba su obra plástica. Era una década en que cada semana los periódicos nacionales publicaban fotografías suyas, siempre junto a intelectuales como Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, o vedettes como Yolanda Montes Tongolele o Irma Serrano La Tigresa. “Podríamos adivinar que nació un Día de Muertos, en medio de un carnaval o en la pista de un circo. Etiquetar a un artista es casi siempre destruirlo. La mejor etiqueta para Cuevas es: Cuevas”, escribió el escritor estadounidense Ray Bradbury acerca de José Luis Cuevas, el artista del autorretrato, el género en el que insistía una y otra vez frente a un espejo distorsionado y cruel como el de Dorian Gray.

Dos años después del elogioso apelativo del New York Times, la noche del 8 de junio de 1967, una multitud se congregó en la esquina de Londres y Génova, en la Zona Rosa, el barrio bohemio que reunía a artistas e intelectuales. Todos miraban con expectativa al techo de un edificio de dos pisos, esperando que retiraran el telón que cubría la obra de José Luis Cuevas que, por entonces, la prensa llamaba el niño terrible. José Luis Cuevas tuvo la idea después de ver una película de Judy Holliday, Born Yesterday, donde una chica alquilaba una valla publicitaria para anunciar allí su nombre y teléfono en busca de fama. Cuevas montó entonces su Mural efímero: un dibujo sobre papel de 24 metros que estaría sólo cuatro semanas en exhibición antes de ser prendido con fuego, una acción que se leía como una bofetada contra de las pretensiones de eternidad del implacable muralismo mexicano, surgido poco después de la Revolución. Aquella noche, Cuevas apareció con sus chispeantes ojos verdes, acompañado de guapas modelos vestidas con playeras que llevaban un autorretrato suyo, el de siempre: la frente voluminosa, los ojos separados por una grandísima nariz y el rostro inclinado casi de perfil. Cuevas quitó la cortina blanca que cubría el mural y aparecieron las figuras de un jugador de futbol americano y un dibujo con temas bélicos sobre el conflicto árabe-israelí de aquellos años. El Mural efímero terminó siendo uno de los happenings más recordados del siglo XX en México y un acto generacional. “Allí están los grandes trazos de Cuevas, desafiando, incitando. La gente aguarda algo especial, música o discurso, la diversión que se prolongue. Cuevas permanece un instante más. Desaparece”, escribió el cronista Carlos Monsiváis sobre aquella noche en su libro Días de Guardar.

En los últimos años, sin embargo, José Luis Cuevas y su protagonismo parecían haberse desvanecido. Su última hazaña publicitaria fue en 2010, cuando declaró que la calle Altavista llevaría su nombre —”porque se lo merecía”, dijo— al instalar sobre la vía pública la exposición escultórica de una serie de criaturas deformes de cobre que tituló Animales impuros. Guadalupe Marín, hija de Diego Rivera, se pronunció en contra: “Qué afronta tan tremenda”, dijo, porque en esa calle está el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, y la calle que cruza lleva el nombre de su padre, a quien Cuevas descalificó durante décadas, llamándolo “pontífice” de un arte “folklórico y ramplón”. Aun así, cientos de personas acudieron a la inauguración para atestiguar la polémica y situarse en el Paseo José Luis Cuevas esquina con Diego Rivera, aunque sólo duró lo que la exposición.

Ahora, en 2013, tres años después, su nombre y rostro reaparecieron en medio de una polémica.

—Hola todos, bienvenidos, extrañaba mucho estar aquí, pero sobre todo ver a tanto fotógrafo —dice, a los 79 años, el artista en una sala del Museo José Luis Cuevas, en la ciudad de México, una mañana de junio de 2013.

Se le ve serio, con el cabello cano, y con menos peso que en sus últimas apariciones públicas. Viste de jeans, una camisa rosa, una chamarra roja deportiva y el brazalete de cuero que usa porque le mejora el pulso, como en los viejos tiempos. Está sentado junto a su esposa, Beatriz del Carmen Bazán, de 57 años, y dice con énfasis que no quiere volver a ver a sus hijas.

Sucede que Ximena y María José Cuevas, de 52 y 40 años, el 10 de abril de 2013, levantaron una denuncia penal “contra quien resulte responsable” por abandono de persona adulta y tentativa de homicidio luego de haberlo encontrado en su casa, aseguran, con golpes y llagas en el cuerpo, sobremedicado, por lo que pidieron una ambulancia para llevarlo al hospital donde al ingresar les fue prohibida la entrada. “Una cosa de thriller terrorífica: ella [Bazán] nos niega acceso a los mejores médicos, nos prohíbe ver los diagnósticos, el acceso a mi padre y nos amenaza con gente”, declaró Ximena Cuevas a Noticias MVS el 15 de abril. La noticia impactó en periódicos, radio y televisión, y llegó incluso a espacios destinados a la farándula: el único artista vivo con un museo en la capital mexicana (fundado en 1992) y el hombre a quien el Palacio de Bellas Artes le había dedicado una exposición retrospectiva y consagratoria en 2008, estaba, aparentemente, en una situación deplorable.

—Es una calumnia vil—dice José Luis Cuevas en la conferencia de prensa en la que anunció que podría llevar a sus hijas a los tribunales—. Jamás me llevó Ximena a un hospital, como ella dice. Todo el tiempo fue mi esposa Beatriz. Veníamos de un viaje y me dio fiebre. Mis hijas se han presentado como víctimas, me ponen como una gente incapacitada y, de ninguna manera…, no estoy, en lo más mínimo, carente de la lucidez que siempre me ha caracterizado. Perdonen este rasgo de modestia.

Junto a él están su abogada, Katia Marbueño, y el doctor Alejandro Balbuena, que proporciona un cuadro clínico diferente al difundido por sus hijas.
—Neumonía grave, infección de vías urinarias, delirium mixto secundario a los procesos de infección e insuficiencia renal —dice el médico.

Entonces, inesperadamente, su hija Ximena, vestida de negro con chaqueta de mezclilla y una mascada fucsia, irrumpe como si fuera un performance. Sube a la tarima y abraza a su padre, sorprendido ante su llegada.
—¡No me beses, no me abraces! ¡Me has calumniado, es un insulto para mi integridad física e intelectual! —dice Cuevas.

(…)

Al ver mi facilidad para el dibujo, mi madre me llevó entonces a la Esmeralda (Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado), ahí comencé a dibujar unas piezas precolombinas que tenían. No estaba inscrito en ninguna carrera porque tenía sólo diez años. Pero un día Antonio Ruíz, El Corzo, me vio copiar la cabeza de una figura de yeso, ¡en sólo 20 minutos!, lo que lo asombró y me permitió asistir como alumno irregular por las tardes. Asistí hasta que me enfermé —dice Cuevas.

Tenía once años cuando una dolencia cardiaca lo tumbó en una cama e interrumpió sus estudios, en tiempos en que no había penicilina ni corticoide para el tratamiento. Para entonces, Cuevas vivía en la colonia Roma, en la calle Manzanillo, y su madre le llevaba hojas para que dibujara en la cama. Allí empezó a hacer con desesperación una infinidad de autorretratos.

—Yo una vez se lo pregunté: “¿Por qué te dibujas tanto, José Luis?” —dice su hermano, Alberto Cuevas—. “Quiero seguir viviendo a través de mis dibujos“, me dijo. Por eso era importante, una manera de trascender. Había escuchado la posibilidad de que podía morir y empezó a dibujarse con angustia. Por eso él siempre está en su obra: se dibuja bajo el riesgo de morir”.  Y fijó un esquema y una fisonomía que repetiría numerosísimas veces… (Leer el perfil completo en Gatopardo).



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