La búsqueda de la memoria, la verdad y la justicia (reportaje)
Estela de Carlotto es la figura más reconocida de las Abuelas de la Plaza de Mayo, un movimiento que desde hace más de 30 años, lucha por encontrar a hijos y nietos secuestrados por la dictadura argentina. Este reportaje de la revista Magis , que se reproduce íntegro, cuenta su historia.
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(Foto: Daniel Jayo)

Por Édgar Velasco, publicada originalmente por la revista Magis

Si algo aprendimos de la canción Pedro Navajas, del músico panameño Rubén Blades, es que “la vida te da sorpresas”. Y que éstas no son necesariamente agradables en todos los casos. Eso lo vivió en carne propia Estela de Carlotto, una maestra argentina que un día se vio sorprendida por la vida: acostumbrada a una cotidianidad en la que era docente, esposa y madre en La Plata, Argentina, de pronto se vio convertida en una incansable activista política y a la cabeza de un movimiento que buscaba revertir el daño causado por la dictadura que, a finales de los años setenta y principios de los ochenta, sembró el terror en el sur del continente.

Arrancada de una vida que ella misma ha calificado como burguesa, De Carlotto se convirtió, sin quererlo, sin buscarlo, en la figura más reconocida de las Abuelas de Plaza de Mayo, una asociación surgida en la sociedad argentina para plantar cara al régimen que, de buenas a primeras, les arrebató lo más valioso: sus hijos. Y, en muchos casos, a los hijos de sus hijos.

Ésta es apenas una parte de su historia.

La señorita Estela

Enriqueta Estela Barnes de Carlotto nació el 22 de octubre de 1930, en Buenos Aires. Hija de un jefe de la Oficina de Correos y de un ama de casa, siempre quiso ser maestra. Sus primeros pasos como docente los dio como suplente en una escuela de la comunidad de Brandsen, ubicada cerca de La Plata, donde ella residía. “Viajaba casi dos horas desde La Plata en un trencito color naranja que llamábamos La Chanchita y que tenía un vagón para las maestras. Salía a las 10:30 para dar clase a la una y regresaba en el tren de las 18:30, para llegar a las 20:30 de la noche a casa”, cuenta.

A pesar de los años, la huella que dejó en sus alumnos es profunda. “El recuerdo que tengo [de ella] es el de la maestra de antes, la que era mitad mamá, mitad maestra. Siempre la veo por la televisión, por los diarios, por las revistas, pero no veo ese afecto, esa mano calentita que nos recibía cuando era invierno”, recuerda Lidia Vegan en el documental Estela, dirigido por Silvia di Florio y donde también se da voz a José Echeverri: “No fue una maestra más. Es la señorita Estela: la persona que me formó como chico, como hombre. Era un modelo de maestra”.

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(Foto: Archivo Estela de Carlotto)

Así transcurrieron 17 años, tiempo en el que pasó de ser suplente a interna, luego titular y, finalmente, directora de la escuela.

Era lo que ella llama su “primera vida”: se casó con Guido Carlotto, tuvo cuatro hijos —Laura, Claudia, Guido y Remo—. Vivía sus días tranquila en La Plata, alejada de cualquier tipo de actividad política. Su plan en ese entonces era simple: estar con su familia, ver crecer a sus hijos, disfrutar a sus nietos.

Pero la vida te da sorpresas.

El 24 de marzo de 1976, una Junta Militar destituyó a la presidenta María Estela Martínez de Perón y, con Jorge Rafael Videla al frente, echó a andar un plan conocido como Proceso de Reorganización Nacional, que sembró el terror en el país por sus constantes violaciones a los derechos humanos, la desaparición y el asesinato de sus detractores y el robo sistemático de los hijos —en muchos casos, recién nacidos— de sus opositores. Se calcula que durante los más de siete años que duró la dictadura (de marzo de 1976 a diciembre de 1983), desaparecieron 30 mil personas.

En ese entonces, Laura, la hija mayor de la familia Carlotto, cursaba el profesorado en Historia en la Universidad Nacional de La Plata y había comenzado a participar en la política, aun sin el consentimiento de sus padres. “Nosotros habíamos crecido en hogares que nunca habíamos hecho nada, criados en ciudades burguesas antiperonistas. Que viniera una hija a decirnos que estaba participando en la Juventud Universitaria Peronista nos paraba los pelos. No nos gustaba mucho”, relata De Carlotto y recuerda cómo, poco a poco, se fueron dando cuenta de que las cosas se ponían peor en su entorno: cada vez desaparecían más jóvenes, que eran levantados en autos Ford Falcon sin placas, conducidos por personas armadas.

Al ver la situación, intentaron sacar a Laura del país. La respuesta fue tajante: “Me dijo: ‘Mamá, nadie quiere morir, todos tenemos un proyecto de vida. Pero sabemos que miles van a morir y nuestra muerte no va a ser en vano. Queremos que las cosas cambien de raíz, queremos un cambio total para conseguir la justicia social: que todos vivamos bien con las garantías de educación, vivienda, trabajo, familia, libertad’. Era un sueño, un sueño fuerte”. Por eso, a pesar de no estar del todo de acuerdo, comenzó a apoyar a Laura. Y a protegerla.

Entonces empezó la segunda vida de Estela.

Se llamará Guido, como su abuelo

Las cosas seguían poniéndose mal en La Plata. Tanto, que la pregunta que comenzaron a hacerse todos era: “¿Cuándo nos va a tocar?”.

Una primera advertencia le llegó a la familia Carlotto en agosto de 1977. Laura se iba a mudar de vivienda y le pidió una camioneta a su papá, que estuvo esperando el regreso de la camioneta hasta las ocho de la noche. No regresó. “Voy a ver qué pasó”, le dijo Guido a su esposa. Y entonces fue él quien no regresó. “Lo esperé hasta las tres de la mañana y Guido no volvió. Cuando Laura se enteró del secuestro de su papá, se dio cuenta de que fue porque la estaban buscando a ella. Fue la primera vez que tuve que aprender a buscar a un desaparecido”, cuenta Estela.

Guido Carlotto fue liberado 25 días después. Había perdido quince kilos. Cuando regresó, narra su esposa, pasó ocho horas seguidas contando las torturas y vejaciones de las que fue objeto.

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 (Foto: Abuelas de Plaza de Mayo/Archivo)

Durante los días que estuvo desaparecido su marido, Estela vivió como si nada pasara. “Había una autocensura por el qué dirán. En la prensa decían que los que desaparecían eran terroristas, asesinos. Cuando esto pasaba, la sociedad decía: ‘Por algo fue’. Entonces, para todos yo seguía siendo la maestra normal; para los vecinos, yo estaba con mis hijos, iba y venía. Hasta que las cosas se fueron sabiendo”.

El golpe definitivo para la familia Carlotto Barnes llegó el 26 de noviembre de 1977. Ese día, en Buenos Aires, secuestraron a Laura. Tenía aproximadamente dos meses y medio de embarazo. El padre del feto que crecía en su vientre era Walmir Montoya, uno de sus compañeros activistas.

Y entonces Estela de Carlotto comenzó a andar un camino que sigue recorriendo hasta la fecha. “Comenzamos a buscar sin saber a dónde ir, qué puerta golpear. En todos lados encontramos puertas cerradas, ninguna respuesta”, cuenta la activista.

Gracias a unas amistades, Estela pudo encontrarse con el general Reynaldo Bignone, entonces secretario de la Junta Militar. Le pidió que le regresaran a su hija. Le rogó que no la mataran. La respuesta que le dio el militar sintentiza el trabajo que estaban realizando desde la dictadura: “Me explicó que había estado en Uruguay y que pudo ver cómo los presos tupamaros [como eran conocidos los integrantes del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros] fortalecían sus convicciones en la cárcel y terminaban convenciendo a los guardias. Me dijo: ‘Acá en la Argentina no queremos que eso se repita. Por lo tanto, señora, hay que hacerlo’. En esa respuesta estaba implícita la muerte”, narra De Carlotto.

En abril de 1978 apareció por la fábrica de pintura de Guido Carlotto una mujer que había sido liberada. Tenía noticias de Rita, nombre con el que era conocida Laura entre sus compañeros de lucha. Les dijo que ella estaba bien, que el embarazo iba bien y que el niño iba a nacer en junio. Que si era varón, el niño se llamaría Guido, como su abuelo. Los secuestradores le habían dicho a Laura que iban a entregar al bebé a la Casa Cuna de La Plata para que ahí lo recogieran sus abuelos. Era mentira: por otros testimonios, Estela de Carlotto se enteró de que el bebé, efectivamente, había nacido varón, que estuvo con su hija cinco horas, que luego se la llevaron a ella mientras dormía y que un civil recogió al niño.

Y nada más.

El 25 de agosto de 1978 Estela volvió a recibir noticias: la hicieron ir a una comisaría para notificarle que su hija había muerto en un enfrentamiento y entregarle su cadáver.

De Carlotto no creyó la versión: sabía que Laura había sido asesinada.

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(Foto: Archivo Abuelas de Plaza de Mayo)

La Plaza de Mayo

El 30 de abril de 1977, un grupo de madres de desaparecidos se había reunido en la Plaza de Mayo, ubicada en el centro de Buenos Aires y flanqueada por las sedes de gobierno de la capital y del país. La intención era pedir una audiencia con el presidente de facto, Rafael Videla, y exigirle la aparición de sus hijos. Sobra decir que no las recibieron, pero ellas regresaron el siguiente jueves —y el siguiente y el siguiente—, a caminar en la plaza con la misma exigencia. Empezaron a hacerse visibles. Había nacido el movimiento conocido como Madres de Plaza de Mayo.

Con las reuniones semanales, las mujeres detectaron un patrón: muchas estaban ahí para reclamar la aparición de sus hijas o sus nueras, que habían sido secuestradas con embarazos en progreso. Cayeron en cuenta de una cosa: no sólo había que buscar a las hijas: también había que buscar a los nietos.

Eran, además de madres, abuelas.

Jorgelina Coqui Pereyra establece el nacimiento de las Abuelas de Plaza de Mayo el 22 de octubre de 1977. “No teníamos ninguna puerta abierta. No sabíamos a dónde ir, no obteníamos respuestas. Nos empezamos a conocer en los lugares más insólitos: la comisaría, en el comando, en un ministerio. Nos fuimos conociendo y agrupando. Éramos como hormigas buscando información”, recuerda.

Al grupo se unió Estela de Carlotto, que hasta entonces pensaba que tendría que emprender sola la búsqueda de su nieto. Comenzaron a hacer reuniones clandestinas y a presentarse en las rondas de los jueves en la Plaza de Mayo. Al principio, relata Estela, eran muy inocentes, ingenuas. Y es que, para ellas, la pregunta era simple: ¿con quién se iban a criar esos bebés, si no era con sus abuelos? En cambio, los secuestradores veían las cosas de diferente manera: si regresaban a los niños con sus familias sanguíneas, era reconocer que tenían secuestradas a las madres. Por otra parte, según ellos, reintegrarlos con sus familiares era arriesgarse a que los niños crecieran en el mismo ambiente y se hicieran opositores, como sus padres. ¿La solución? Se apropiaron de los niños: fueron acomodados en familias de militares o de sus amigos. En el caso de los niños que ya estaban registrados, se les cambió la identidad; si eran recién nacidos, les pusieron el nombre y el apellido de sus apropiadores. Se calcula que con ese modus operandi fueron apropiados más de 400 niños.

Mientras todo esto pasaba, las Abuelas de Plaza de Mayo iban de aquí para allá buscando a sus nietos, rastreándolos. “Realizamos búsquedas en casas cuna, en juzgados de menores, en todos lados. Nunca imaginamos que hubiera un plan sistemático. Estábamos tratando con gente completamente inhumana. El proyecto era que jamás vinieran con nosotros”, recuerda Estela.

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 (Foto: Reuters)

La búsqueda de la identidad: ciencia al servicio de la justicia

Dice la sabiduría popular que no hay mal que dure cien años. El de la dictadura cívico-militar argentina duró más de siete. Hasta que el 10 de diciembre de 1983 ocupó la presidencia Raúl Alfonsín y arrancó un largo proceso de búsqueda de la justicia, que comenzó con la creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) y la apertura de juicios penales contra los integrantes de la Junta Militar.

En ese entonces llegó a Argentina el antropólogo forense Clyde Snow, que fundó en 1984 el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), pieza clave en el proceso de búsqueda e identificación de los restos de los desaparecidos. “Él planteó que el análisis de los huesos podía servir para trabajar en el tema de los desaparecidos y destruyó lo que, hasta entonces, todos pensábamos que había sido un crimen perfecto”, declaró Carlos Somigliana, integrante del eaaf, el año pasado con motivo de la muerte de Snow.

Por su parte, las Abuelas de Plaza de Mayo vieron en la ciencia la herramienta que necesitaban para continuar con la búsqueda de sus nietos. Y decidieron tocar esa puerta. Estela de Carlotto cuenta que en 1982 viajaron a Nueva York y fueron recibidas por la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia. Querían encontrar una manera de probar que los niños eran, efectivamente, sus nietos. “Dejamos nuestra inquietud y prometieron darnos respuesta”. La encontraron en 1983: se determinó que, haciendo estudios de histocompatibilidad (a partir de ciertas proteínas de la sangre), era posible establecer la filiación entre los familiares y el presunto nieto.

Encabezado por la genetista Mary Claire King, un grupo de científicos comenzó a hacer las pruebas y en 1984 tuvo su primer triunfo: Paula Eva Logares, nieta de Elsa Pavón, se convirtió en la primera niña restituida gracias a la Genética. Había sido apropiada cuando tenía dos años. “El mío fue el primer caso vía judicial. La denuncia la presentan el primer día hábil de la democracia y, al año exacto, diciembre de 1984, vuelvo a vivir con mi abuela”, contó Logares el año pasado a Télam, la Agencia Nacional de Noticias de Argentina.

Sin embargo, aunque fiable, el examen de histocompatibilidad no era tan preciso. Pero la ciencia no se detiene: la aparición de las pruebas de ADN mitocondrial (que permiten establecer filiaciones en línea materna) y de ADN cromosómico (que hacen lo propio en línea paterna) permitió establecer lo que es conocido como “Índice de Abuelidad”, es decir, la filiación de los abuelos con los presuntos nietos con porcentaje de 99.99 por ciento de certeza.

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(Foto: Archivo 1983)

“Tenemos que sacarnos el sombrero, no sólo por la búsqueda social y de derechos humanos que han realizado las Abuelas de Plaza de Mayo, sino también por su actitud científica”, señala el doctor Diego Golombek, profesor de la Universidad Nacional de Quilmes, quien destaca la creación, en 1987, del Banco Nacional de Datos Genéticos, que resguarda las muestras de los familiares que buscan a sus nietos y que aporta las pruebas necesarias para los juicios de restitución de identidad.

Y si las Abuelas de Plaza de Mayo han sido mencionadas varias veces para el Premio Nobel de la Paz, Golombek no duda en señalar que bien podrían ser también candidatas al de Medicina. “Pocos como ellas han hecho avanzar la ciencia con su insistencia, su curiosidad, su espíritu insaciable”, sentencia.

“La ciencia genética ha sido muy importante para las Abuelas de la Plaza de Mayo. Nosotras necesitábamos tener certezas, porque, ¿qué pasaba si nos daban a cualquier nieto? ¿Y si no era el que buscábamos? Nosotras queríamos recuperar a nuestros nietos”, relata Estela de Carlotto.

114: el número de la felicidad

Después de Eva Logares comenzaron a aparecer más nietos. Muchos ya no eran niños, sino jóvenes y adultos. El número de personas recuperadas y reincorporadas a sus familias de sangre, aumentó. Y si bien cada nieto recuperado era motivo de alegría para las Abuelas de Plaza de Mayo, la felicidad no era completa para Estela de Carlotto: su nieto, Guido, no aparecía. La alegría de saber que había nacido un nieto y la necesidad de encontrarlo rápidamente, se iban diluyendo con el tiempo. Eso sí: jamás desaparecieron.

Con el correr de los años, De Carlotto se convirtió en la cabeza más visible de las Abuelas. Su caso empezó a volverse paradigmático: seguía buscando a su nieto mientras veía cómo el número de muchachos recuperados se acercaba a los cien.

En octubre de 2011 murió su esposo sin conocer al nieto que debía llevar su nombre.

No obstante, la presidenta de las Abuelas de la Plaza de Mayo no cejaba en su búsqueda. Cada año le escribía una carta a Guido, por su cumpleaños. Escribió una carta especial cuando él cumplió 18 años. Recopiló fotos para que su nieto conociera a su familia y, sobre todo, a su madre. Pero no aparecía.

Hasta que llegó 2014 y la vida decidió darle otra sorpresa.

A mediados de año, Ignacio Hurban, músico de profesión y aficionado del equipo de futbol River Plate, se enteró por un tercero de que era adoptado. Confrontó a los que hasta ese entonces llamaba padres y le dijeron que, efectivamente, no eran sus padres biológicos. Se acercó entonces a las Abuelas de Plaza de Mayo para que lo ayudaran a encontrar su identidad. Y lo hicieron pronto: el 5 de agosto le informaron que él era Guido Montoya Carlotto, el nieto de Estela, el nieto recuperado número 114.

Tras conocer su identidad, decidió conservar el nombre de Ignacio, ya que, dijo en una entrevista, “esta historia me encuentra con mi historia ya bastante desarrollada. Por esa razón me siento Ignacio, pero sentía que también era Guido. Entonces, en el futuro, cuando se haga el cambio [de identidad] figurará como Ignacio Guido Montoya Carlotto, por los apellidos de mi padre y de mi madre”.

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(Foto: Archivo Daniel Jayo)

La reacción por el hallazgo del nieto de Estela no se hizo esperar. La noticia ocupó los titulares de la prensa e inundó las redes sociales. El futbolista Lionel Messi, quien ya antes había colaborado con Abuelas de Plaza de Mayo en campañas para motivar la búsqueda y la restitución de identidad, publicó en sus redes sociales: “Feliz e ilusionado por la aparición del nieto de Estela de Carlotto. ¡Hay que continuar la lucha, quedan muchos más! Cuentan con todo nuestro apoyo. #TodosSomosFamiliares”. Diego Armando Maradona hizo lo propio: “No sólo el futbol puede unirnos. Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, anunció ayer la recuperación del nieto número 114, que es su propio nieto, hijo de Laura Carlotto y Walmir Óscar Montoya, asesinados durante la última dictadura militar”. El caricaturista y dibujante Ricardo Siri Liniers, uno de los artistas gráficos contemporáneos más importantes de Argentina, realizó un dibujo en el que aparece una abuela abrazando a un hombre con la leyenda: “No pudieron robarle abrazar a su nieto”.

La identificación derivó en lo que Estela de Carlotto llama “El efecto Guido”: desde la aparición de su nieto, comenzaron a acudir cada vez más personas, hombres y mujeres, con dudas sobre su identidad. “Fue como una sacudida para que se animaran a venir los que todavía tienen ese resquemor”.

Después de 36 años de búsqueda, Estela de Carlotto cosechaba el fruto de su trabajo: Guido estaba al fin con ella.

“La abuela falsa”

A pesar de que el trabajo de las Abuelas de Plaza de Mayo es reconocido en todo el mundo, Estela de Carlotto también tiene detractores. Para empezar, y por obvias razones, nunca fue bien vista por los apropiadores que tenían a los niños sustraídos. Juan Cabandié, el nieto recuperado número 77, cuenta que “cada vez que ella aparecía en la televisión, el hombre que me robó [su apropiador] iniciaba un insulto o un desprestigio. Yo me crié pensando que Estela le hacía mal a los chicos a los que quería restituirles la identidad”. Como para abonar a esta teoría, Argentina recibió el pasado 13 de abril una noticia que causó conmoción: el nieto recuperado 109, Pablo Athanasiu, se quitó la vida. Había conocido su verdadera identidad en 2013. Pero suponer que ésa fue la razón de su suicidio es mera especulación: no hay pruebas que vinculen el hecho con algún posible conflicto emocional por su historia de vida.

Por otra parte, también están aquellos que señalan que la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo se ha politizado y se ha acercado demasiado al gobierno de los Kirchner, primero con Néstor, de 2003 a 2007, y ahora con Cristina, presidenta desde 2007. “Carlotto ya ha perdido su condición de defensora de los derechos humanos para ser una aplaudidora oficial de la presidenta”, declaró alguna vez Julio César Strassera, exfiscal en el juicio a las juntas militares. Hay incluso quienes afirman que el Banco Nacional de Datos Genéticos ha sido apropiado [el término que se usa para referirse a los niños sustraídos] por el gobierno para manipular juicios de restauración de identidad. Otros ven en el anuncio de un nuevo nieto recuperado, una cortina de humo para ocultar algún mal momento para el gobierno.

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(Foto: Archivo Abuelas de Plaza de Mayo)

Y también están los que dicen que la búsqueda de justicia ha sido parcial: que además de juzgar a los militares y a sus cómplices, también es necesario juzgar a los opositores, que también mataron y realizaron, dicen, actos terroristas. “Mis padres también mataron. Si se va a juzgar la violencia de los años setenta, tienen que estar en el banquillo todos. Esto sería memoria, verdad y justicia de verdad. Si no, es sólo venganza y revancha”, ha dicho Eva Donda, hermana de la legisladora Victoria Donda y que fue separada de su familia de sangre cuando tenía dos años. Su hermana, Victoria, nació en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), uno de los sitios emblemáticos en esta historia —porque ahí nacieron y fueron apropiados muchos de los niños— y que hoy está dedicado a la memoria.

Y los hay más radicales: una búsqueda simple en Google, con el criterio “Estela de Carlotto abuela falsa”, arroja cientos de entradas en las que es posible conocer la teoría que sostiene que la historia de Laura y su hijo es mentira. Que la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo nunca pudo ser abuela porque, según dichos de la misma Estela de Carlotto, su hija era estéril y, por tanto, ella no podía tener un nieto.

Sin embargo, a pesar de todas estas voces contrarias, Estela y las Abuelas siguen sus búsquedas.

De la Plaza de Mayo para el mundo

Abuelas de Plaza de Mayo se ha convertido en un referente de la defensa de los derechos humanos, no sólo en Argentina, sino en todo el orbe, sobre todo en América Latina. Memoria, verdad y justicia son los tres pilares sobre los que fundan su causa y la llevan a todas partes.

Su legado se replica en diversas partes del mundo: por ejemplo, en Perú ya cuentan con su equipo de antropólogos forenses, que incluso ha colaborado con investigaciones en México. Lo mismo ocurre con sus pares argentinos, que participaron activamente en las investigaciones de los desaparecidos en Ayotzinapa. Por otra parte, también existe el proyecto  Gobernanza Forense Ciudadana, que busca crear una base de datos similar a la del Banco Nacional de Datos Genéticos de Argentina.

Y aunque Estela de Carlotto ya encontró a su nieto, no deja de trabajar: anuncia sonriente cada nuevo hallazgo y se manifiesta a favor de cualquier lucha que busque reivindicar los derechos humanos.

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(Foto: Pablo E. Piovano)

Para muestra, un botón: durante la presencia de Argentina como país invitado de honor en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2014, Estela de Carlotto declaró su apoyo a los padres de los normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, a quienes invitó a no bajar los brazos. “Queremos que sepan que estamos con ellos para ayudarlos. El Estado tiene que dar respuestas. Pierdan el miedo, salgan y exijan en paz, sin violencia, con propuestas concretas”, dijo en una de sus apariciones.

Durante su estancia en Guadalajara también sostuvo un encuentro privado con normalistas de Atequiza y representantes de Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos en Jalisco (Fundej). Les recomendó tener paciencia. Les hizo caer en la cuenta de que estas luchas son de largo aliento —la suya, por ejemplo, llevó más de 35 años—. Les dijo que se anduvieran con cuidado, ya que las Abuelas habían podido realizar plenamente su búsqueda y exigir justicia cuando ya había unas mínimas condiciones de seguridad de parte del Estado, situación que no existe en México: acá puede desaparecer una persona lo mismo a manos de las autoridades, que del crimen organizado.

Para Rossana Reguillo, académica del ITESO, la historia de vida de Estela de Carlotto y de las Abuelas de Plaza de Mayo “no sólo es admirable, sino también aprendible”. La investigadora identifica tres aspectos que pueden ser retomados en el contexto actual de México: la incorporación de la ciencia en el proceso de búsqueda de justicia, la lucha por hacer visible la situación fuera del país para conseguir presión internacional y, finalmente, la lección de dignidad. “Leo y releo lo que han hecho y no puedo sino maravillarme ante su negativa a ser revictimizadas para, por el contrario, enfrentar a los poderes con la estatura moral de los que saben que la razón y la historia los asisten”.

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(Foto: Daniel Jayo)

Así pues, la labor de las Abuelas de Plaza de Mayo no se detiene. Hasta el momento, la lista suma ya 116 nietos, pero faltan cerca de 300. Por eso siguen buscando, sin rendirse, con campañas que invitan a que todo aquel que tenga dudas sobre su identidad, se acerque; poniendo a disposición el equipo de abogados, científicos y psicólogos que acompañan el proceso. Y al frente de ese equipo, con su gran sonrisa y su cabellera blanca, sabedora de que su lucha valió la pena, la maestra que sólo quería ver crecer a sus nietos y que ahora, más de tres decenios después y luego de sortear todas y cada una de las sorpresas que le ha dado la vida, puede presumir que ya los tiene a todos: Estela de Carlotto.

Para saber más: 

:: El sitio web de Abuelas de Plaza de Mayo.

:: Documental Estela, dirigido por Silvia di Florio.

:: Serie de televisión 99.99% La ciencia de las abuelas.

:: “Resolvé tu identidad ahora”: campaña con la Selección Argentina de futbol.





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