Norman Manea y las dos caras del exilio
Considerado como uno de los mayores autores europeos de la actualidad, Manea asegura que pese a todo el exilio puede llegar a ser una experiencia enriquecedora.
Norman Manea y las dos caras del exilio
(Foto: Héctor González / Aristegui Noticias)

“Cada día me siento más joven”, dice Norman Manea (Rumania, 1936). Afincado en Nueva York desde hace varios años, experiencia recogida en La guarida, su novela más reciente, encontró en la literatura una forma sino de reconciliarse, si de entender su pasado. Ganador de la Beca Guggenheim, el Premio MaCarthur, la Medalla de la Biblioteca Pública de Nueva York, el Premio Internacional de Nonino en Italia y el Médicis en Francia. En entrevista con Aristegui Noticias, el escritor habla del exilio, los totalitarismos y la posguerra, sus temas de batalla.

– Usted ha escritor mucho el exilio pero nunca desde una perspectiva victimista, ¿cómo ha conseguido despojarlo de esta noción?

– No me gustan los clichés y en este siglo la victimización se ha convertido en el cliché más obvio. Sí fui víctima del holocausto y perseguido político pero no me interesa la propaganda y menos la retórica. Simplemente busco historias que me sirven a mi mismo. Ahora el exilio es una condición más común y por distintas razones, digamos que sigue siendo una experiencia dura pero no tan traumática como antes.  Incluso podría decir que pedagógicamente es interesante porque te abre a una nueva cultura . El exilio tiene dos caras: la dureza y la posibilidad de aprender.

– Esto lo vemos en su novela La guarida, que trata el tema de los exiliados rumanos en Nueva York.

– Sí, al principio de la novela los personajes están confundidos porque desconocen lo que tienen enfrente. Llegan a un lugar donde no le importan a nadie y donde no tienen nada. Les toca buscar su guarida y la descubren en un librería porque encontraron obras que les permitieron dialogar con su memoria.

– Viene a ser una metáfora del la cultura como identidad.

– Claro, por eso digo irónicamente por supuesto, que el ataque del 11-Septiembre no tendría que haber sido al WTC, sino a las bibliotecas porque es ahí donde está el conocimiento y la memoria de la humanidad. Por algo los nazis quemaron los libros, es un chiste amargo pero cierto.

– En El regreso de huligán, habla de su estancia en el campo de concentración, ¿la literatura cambió su relación con aquella experiencia?

– Claro, la novela no es una realidad sino un proceso de transcripción; y durante este proceso, el lenguaje y el tono de la narrativa depende del autor, es ahí donde atribuyes tu personalidad a la historia.

– Aun así su novela como los libros de Primo Levi o  Imre Kertész, dejan ver un poco de luz, incluso en los campos de concentración.

– Para la literatura es muy difícil lidiar con el horror porque es una expresión de libertad.  No puedes describir al horror como una historia maravillosa pero sí puedes hacer un acercamiento lúcido para mostrar que aun en el sufrimiento, pervive la humanidad y la esperanza. En lo personal me interesa despojar la historia de revancha o venganza, en Auschwitz murieron miles de personas y aun Primo Levi encontró la capacidad para hablar de la solidaridad. Mi periodo en el campo de concentración de Transnistria ha sido una de las épocas donde más cerca me sentí a otros seres humanos. Digamos que este fue un regalo extraordinario para contactarme con la condición humana.

– En su momento usted fue muy criticado en su país por cuestionar la figura intelectual de Mircea Eliade a partir de sus simpatías con el fascismo. No obstante se ha mostrado benevolente con Cioran, un arrepentido del nazismo.

– Nunca critiqué lo que hacía Mircea Eliade, su problema es que nunca reconoció nada. Pudo haberlo dicho, sobre todo a los jóvenes. En cambio, Cioran tuvo la capacidad autocrítica como para decir: “fui un estúpido”.

– Cioran llegó a decir que Hitler fue el mejor hombre del mundo.

– Sin duda Cioran dijo cosas terribles pero lo al final reconoció su error; Eliade dijo cosas menos duras pero nunca se disculpó.

Siguiendo en esta línea, cuando vemos casos como Günther Grass o Milan Kundera envueltos en polémicas similares, ¿qué pensar?

– Ninguno de los dos hizo cosas particularmente graves. Pudieron haberlo reconocido sin problema. Grass era joven y no tuvo tiempo de hacer cosas terribles porque ya era el final de la guerra. Imagino que no lo reconoció porque quería seguir siendo la gran autoridad moral alemana contra el nazismo. Kundera era un joven comunista y no conocía las caras terribles de esos regímenes, de modo que cuando se entera de las atrocidades se confunde. No está claro si denuncia espías o no, pero también tendría que haber reconocido que se convirtió en un disidente del comunismo. Ambos tendrían que haber discutido punto. No queremos santos, simplemente hombres inteligentes.

– Se de su amistad son Philip Roth, ¿qué piensa de su retiro?, ¿qué pasa por la mente de un escritor para decidir dejar de escribir?

– Un escritor no se puede retirar. Philip dice que ya no escribe más y que es el más feliz del mundo. Le pregunté si este era el tema de la siguiente novela y respondió que no, que quizá. Ahora está en contacto con su biógrafo porque él tiene los diarios de sus últimos cincuenta años. Actualmente se que revisa esos materiales así que todavía hace algo de trabajo literario.



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