‘Perdimos la distinción entre farándula y la franja intelectual’: Armando González Torres
El escritor mexicano publica ‘Es el decir el que decide’, una nueva aproximación a la escritura fragmentaria.
(Cuadrivio/Redacción AN).

Gracias a internet y a las redes sociales, la escritura fragmentaria ha tomado un nuevo aire. Desde hace varios años, Armando González Torres (1964) ha focalizado su atención en la expresión aforística “ahí está el alba de la escritura y del pensamiento”, apunta. En Es el decir el que decide (Cuadrivio), el escritor mexicano es crítico de lo que llama “los feudos del lenguaje”, entre los que se encuentran la religión, los intelectuales y los medios de comunicación.

 ¿Qué encuentra en el aforismo como vehículo de creación literaria?

Los aforismos o más bien la escritura fragmentaria es un género muy antiguo. Ahí está el alba de la escritura y del pensamiento. El aforismo como género sentencioso parecido al refrán y a la moraleja es muy antiguo. Los primeros datan de Hipócrates y eran médicos. Ahora, en la alta modernidad adquieren vigencia porque se asemeja al lenguaje de nuevas plataformas tecnológicas o redes sociales como el Twitter. Es un recurso literario que permite libertad y flexibilidad.

¿Cómo distinguir entre un tuit ingenioso y un ejercicio de escritura fragmentaria?

Las redes sociales se prestan a la trivialidad, pero al mismo tiempo ofrecen espacios para el pensamiento. Hay escritores de todas las edades que usan las redes. Margo Glantz ya publicó dos libros a partir de sus tuits. Incluso se ha trastocado la tradicional jerarquía entre la escritura publicada y la escritura en la red. De hecho, autores como Melina Acevedo han saltado de la red a la obra impresa. Sin exaltar el mero poder de una plataforma tecnológica, sí puede haber momentos virtuosos donde confluye la escritura fragmentaria con la comunicación social.

¿Cree en la ‘tuiteratura’?

No tanto como ‘tuiteratura’. No creo que se pueda hacer deliberadamente. La tecnología como motivo literario siempre será rebasada, lo que puede haber son coincidencias. Incluso la afinidad a las redes sociales podría promover la lectura de grandes aforistas como Pascal.

En su libro predomina un pensamiento crítico respecto a quienes viven o se dedican al lenguaje, por ejemplo los escritores o medios de comunicación.

Sí, es un libro misceláneo pero con una crítica especial a los distintos feudos del lenguaje. Hablo de los escritores, hago una crítica y autocrítica porque soy parte de esa fauna; hablo del acto creativo como un ejercicio genuino, pero también como un despliegue de vanidad y banalidad; hablo de la banalidad que ha adquirido cierto periodismo, sobretodo del inducido por los grandes consorcios y que no sólo manipula la información, también introduce una especie de narcótico en la sensibilidad del auditorio; por último hay una crítica al uso del lenguaje como instrumento de cierta teología y del dogma religioso.

En estas reflexiones plantea como nos inmunizado ante el drama humano.

Estamos tan acostumbrados a observar la violencia y el sufrimiento como un espectáculo que hemos perdido la capacidad de empatía con estos fenómenos.

Como trasfondo a estos círculos, sus aforismos esconden una reflexión sobre el poder.

Sí, hay una fascinación subyacente en casi todos los individuos por el poder y cada gremio demuestra la inclinación por cortejar al príncipe y convertirse en un interlocutor del poder. Antes la opinión estaba concentrada entre quienes poseían los medios, pero las redes y la tecnología han abierto posibilidad para nuevas voces, el problema es que se vuelven multitudinarias y fragmentarias.

A través de sus aforismos se lee una confirmación de principios y un cuestionamiento a la soberbia intelectual.

Anteriormente en mi libro Que se mueran los intelectuales, hablé de las propensiones a la impostación y la vanidad que dañan al medio intelectual porque lo equiparan al de la farándula. Me preocupan los fenómenos que corroen el acto creativo y que están presentes en cada uno de los que escribimos. Ninguno es inmune a estos vicios.

Pensando en el contexto de polarización que vivimos y remitiéndonos a la marcha de hace unos días, ¿los intelectuales están leyendo correctamente el tiempo?

No, la polarización demuestra que ante causas que son más importantes privan las mezquindades. El prototipo del intelectual que todavía conocemos es el del pensador profético, capaz de señalar rumbos y orientaciones morales; y con capacidad para opinar de los más diversos asuntos. Sin embargo, este molde ha muerto de manera natural. Ante el desarrollo del conocimiento nadie puede dominar tantos temas. No obstante o creo que la fragmentación de la opinión o el ascenso del encuestólogo sea sano para vida pública. El intelectual guardando un enfoque modesto, debe traer a la escena pública discursos que están enclaustrados en los feudos de los especialistas. Ampliar los temas y las herramientas de la conversación pública es una obligación del intelectual contemporáneo y no se está cumpliendo por un afán de figurar. Hemos perdido la distinción entre la farándula y franja intelectual, lo que hace falible la opinión y la conversación pública.

¿En la literatura predomina la ideologización?

Así es. Si bien los esquemas y las geometrías políticas han cambiado, en muchos sentidos la literatura y la vida intelectual sigue siendo profundamente ideologizada y en este sentido traiciona su esencia de crítica neutral.

¿Los legados de intelectuales como Fuentes o Paz siguen siendo objeto de disputa?

Sí y lo que vemos no es muy alentador en el sentido de que los principales creadores de opinión son académicos, especialistas en territorios muy determinados y que enarbolan su capacidad científica y su aparente neutralidad; esto puede ser peligroso para la vida pública porque se tecnocratiza la opinión y se la da un velo de sacralidad. La opinión de los intelectuales de antaño nacía de su parecer personal, la opinión académica nace de un saber impersonal y eso marca una ruptura importante.

Algunos de sus aforismos son profundamente pesimistas. ¿Así se considera?

Hemos perdido la capacidad de simpatía con el drama humano. La situación de los migrantes en Estados Unidos es sintomática porque es un drama desgarrador que nos toca en todos los sentidos y aún así resulta difícil tomar una posición unificada y conmoverse. Nuestra sensibilidad está narcotizada. La mejor manera de ser optimista es ser pesimista: prepararse para lo peor, esperando que pase lo mejor.

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