¿Qué se siente tener un hijo en el Estado Islámico?
Gracias a Facebook, Karolina Dam -de Dinamarca- pudo ver una foto de su hijo, Lukas, recostado en el suelo con una AK-47 a su lado y la bandera del Estado Islámico de fondo en la pared.
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Foto: Huffingtonpost

En agosto pasado, Huffington Post documentó las historias de madres de los combatientes del Estado Islámico, el cual, tras los atentados en París el viernes 13 de noviembre, se ha colocado en el centro de la atención mundial.

Por el interés periodístico y social que despierta el tema, retomamos una de esas historias -la de Lukas, hijo de Karolina Dam– y recordamos así aquel gran reportaje:

Las madres del Estado Islámico
Sus hijos las abandonaron para unirse a la peor organización terrorista de la tierra. Ahora, sólo se tienen las unas a las otras.

Por Julia Ioffe/ video y fotos de Emily Kassie

En Copenhague, Karolina Dam vivía consumida por el miedo. Su hijo Lukas ya llevaba siete meses en Siria. Tres días antes, Dam recibió noticias de que había resultado herido a las afueras de Alepo, aunque ella estaba convencida de que había muerto. Aquella tarde, sentada sola, aspirando nerviosa su inhalador, no pudo evitar mandar un mensaje al etéreo mundo de Viber. “Lukas”, escribió, “Mi amado hijo, te quiero muchísimo. Te echo de menos y quiero abrazarte y olerte, sujetar tus manos entre las mías y mirarte sonriendo”.

No hubo respuesta. Un mes más tarde, alguien contestó. Pero no era Lukas.

“Y qué pasa con mis manos jeje”.

Dam no tenía ni idea de quién podría haber accedido al teléfono de su hijo ni a su cuenta de Viber, pero estaba desesperada por obtener alguna información. Intentando mantener la calma, respondió: “Tus manos también, querido, pero sobre todo las de Lukas”.

El desconocido preguntó: “¿Estás preparada para una noticia?”.

“Sí, corazón”, escribió Dam. Pasaron unos segundos y luego, la respuesta:

“Tu hijo está hecho pedazos”.

(…)

El pasado mayo visité a Dam en su apartamento en un barrio de clase obrera de Copenhague. Dam, con su cara redonda y su salvaje pelo cobrizo, me ofreció asiento en su soleado comedor, decorado meticulosamente con colores morados y blancos y adornado con pañuelos y flores de plástico. Preparó una cafetera y pan recién horneado por ella y me contó la historia de su hijo, Lukas, a quien se refiere casi exclusivamente como “mi chico”.

Lukas había sido un chico retraído y sus interacciones sociales solían terminar en conflicto. Cuando tenía diez años, se le diagnosticó síndrome de Asperger y trastorno de déficit de atención, pero en la adolescencia sus problemas se volvieron más serios. Fue arrestado mientras conducía una moto robada; también robó el anillo de compromiso de la madre de un amigo. Dam sospechaba que se había unido a una banda.

Pero luego se presentó un halo de luz en la oscuridad. Lukas entró como aprendiz en un garaje local donde la mayoría de los empleados eran musulmanes. Acogieron al chico y le enseñaron su religión. Dam sólo supo de su conversión algunos meses más tarde, cuando notó que su hijo no comía durante el día. Estaba cumpliendo con el Ramadán.
Al igual que Boudreau, al principio Dam percibió la conversión de su hijo como “un pequeño milagro”. Por fin, su distante hijo se estaba abriendo. Y, al igual que Boudreau, Dam no entendía por qué Lukas se irritaba tanto con ella por poner música, o por qué un día llegó a casa entre sollozos, horrorizado porque su madre no podría reunirse con él en el paraíso a menos que ella se convirtiera también al Islam.

Lukas no había completado el ciclo de su transformación. Seguía mostrando su enfado a menudo; abría agujeros a puñetazos en las paredes de su habitación. Dam, temiendo lo que su hijo fuera capaz de hacer, pidió consejo a trabajadores sociales y decidieron internarlo, pero Lukas se escapó. Empezó a vivir en unos apartamentos alrededor de Copenhague con tres compañeros islamistas, todos hombres mayores que él. Dam presentó una denuncia por persona desaparecida, pero como Lukas llamaba a casa todos los días, afirma Dam, la policía le dijo que técnicamente no estaba desaparecido. Después de regresar a casa, decidió internarlo de nuevo y, mientras recogía sus cosas, encontró un chaleco antibalas bajo su cama. Por entonces Lukas sólo tenía 15 años.

En mayo de 2014, justo después de cumplir los 18, Lukas desapareció. Días más tarde, llamó a Dam desde la frontera turca, diciendo que necesitaba unas vacaciones. “Yo tenía miedo”, recuerda Dam. “Aún es un niño, aún es vulnerable, aún es manipulable. Y el hecho de que se fuera él solo, sin despedirse ni nada, ¡es para acojonarse! Si un chico no le dice adiós a su madre, hay algo que va mal”.

En los meses que siguieron a la marcha de Lukas, mantuvo un contacto constante. “Es como si no quisiera terminar de soltarme”, comenta Dam. Lukas le dijo que estaba trabajando en campos de refugiados turcos, empaquetando ropa, transportando agua, preparando comida. No obstante, según Jakob Sheikh, un periodista danés que está escribiendo un libro sobre Lukas y otros yihadistas daneses, el chico terminó por cruzar la frontera con Siria y se unió a Ahrar al-Sham, una facción islamista con base en la provincia de Idlib. Aun con todo, en la correspondencia con su madre, Lukas suena más como un universitario novato con morriña. “Por favor, llámame otra vez”, escribía Lukas a Dam el 15 de agosto. “Te quiero muchísimo, mamá, eres única”. “Muchos besos, dondequiera que estés”, le respondió Dam, aderezando sus mensajes con emoticonos. Él le preguntaba por el gato; Dam le enviaba archivos de audio con el ronroneo de la mascota. Ella también se interesaba en si hacía falta que le ingresara más dinero en su cuenta bancaria, en parte para asegurarse de que su hijo no le había dado su tarjeta a nadie. En una fotografía de ese periodo se ve a Lukas en Siria, recién lavado para la oración, con su cara y su pelo aún húmedos; parece feliz.

A finales de septiembre, Lukas cayó en el silencio. Aunque Dam no lo sabía todavía, a esas alturas la cúpula de Ahrar al-Sham había sido aniquilada en un ataque del EI y, en el caos resultante, Lukas se unió al Estado Islámico. Cuando reapareció dos meses más tarde, Dam, chateando con él en Viber, intentó persuadirle de que volviera a casa. Le dijo que había reamueblado su habitación —había cubierto con yeso los agujeros de puños y dado una mano de pintura— y había ahorrado dinero para su billete de avión de vuelta a Dinamarca.

Dam le presiona: “Tienes que decirme cuándo vuelves a casa”.

“¡No puedo decírtelo porque no lo sé!”

Esa fue su última conversación. La noche del 28 de diciembre de 2014, recuerda Dam, Adnan Avdic, uno de los amigos musulmanes de Lukas de Copenhague, llamó al timbre de la casa. “Tardaba una eternidad en subir las escaleras, y eso que sólo hay cuatro escalones”, narra Dam. “El joven era un mar de dudas y nerviosismo, sin salir del rellano de la casa, así que tiré de él hacia adentro. Lloraba, no podía mirarme a los ojos”. Alarmada, Dam comenzó a buscar un cuchillo en caso de que necesitara defenderse. “Empecé a gritarle y lo agarré por el cuello”, cuenta Dam. Avdic balbuceó que Lukas se encontraba herido. “Justo entonces”, dice Dam, “supe que había muerto”.

La noche, después de marcharse, Avdic envió a Dam un enlace para un grupo privado de Facebook. Ella solicitó el acceso y la aceptaron de inmediato. Dam pudo ver que alguien había colgado una foto de Lukas recostado en el suelo con una AK-47 a su lado y la bandera del Estado Islámico colgada de fondo en la pared. A medida que navegaba por publicaciones más antiguas, los vídeos empezaron a reproducirse automáticamente. “Me pongo a ver vídeos con decapitaciones, violaciones, matanzas… basura de ese tipo, sólo para intentar encontrar algo de información sobre mi chico”, recuerda Dam. No pasó mucho hasta que encontró un comentario de Facebook que describía la muerte de Shaheed, que descubrió era el nombre musulmán de Lukas. Se leía: “Que Alá acepte a nuestro hermano converso danés, de nombre Shaheed, llamado de entre los Shuhadah para reunirse con Alá”.

(…)

La cabeza de Dam era una tormenta de preguntas. ¿Qué había estado haciendo realmente su hijo en Siria? ¿Cómo había llegado allí siquiera? Sobre todo, no podía entender cómo su hijo, tan torpe con las relaciones sociales, había ocultado a su madre todo aquello con tanta habilidad. Se inunda de lágrimas con sólo pensar en la ofensa de su hijo. Durante las siguientes semanas, estableció contacto con docenas de otros combatientes; con cualquiera que pudiera haber tenido contacto con Lukas, rastreando las redes sociales de los radicales hasta donde le permitían. En parte, su misión tiene un elemento pragmático: Dam no tiene ninguna prueba de la muerte de su hijo y, a no ser que logre alguna, tendrá que esperar cinco años para obtener un certificado de defunción. “¡Todo lo que tengo es un puto estado de Facebook!”, reclama Dam. “No hay nada más”.

Pero más que nada lo que quiere es aprender todo lo que pueda, porque antes no sabía nada. Dam me dijo que había desarrollado técnicas para entablar conversación con los yihadistas y sonsacarles información. “Tienes que representar el papel de madre, aunque en realidad el plan es otro”. Les recuerda que tienen que comer, les llama ‘cariño’ y les regaña cada vez que son maleducados.

Dam giró su pantalla para mostrarme una foto de otro de los amigos de Copenhague de Lukas, Aziz (no es su nombre real), que ella cree que está en Siria. A través de él, ha llegado a saber ciertas cosas de Lukas. Aziz le mandó archivos de audio que Lukas grabó, donde animaba a Aziz a que se uniera a él. (Enviar archivos de audio es un método que usan los combatientes para burlar la vigilancia ya que, a diferencia de las llamadas telefónicas, se puede evitar que los archivos sean escuchados por oídos indeseados). Dam reprodujo algunos de esos archivos para mí. Se escuchan pájaros piando de fondo, coches circulando. Lukas ríe mientras le habla del “hermoso ambiente”. En otra grabación, suena alarmado. “Nuestros hermanos y hermanas están siendo asesinados, los matan como a pollos, gallinas, animales”, le dice, y su voz tiembla de ira. En otra más, le dice a Aziz que se ha casado, algo de lo que Dam no sabía nada.

“A este tío, Aziz, le he preguntado exactamente, ¿sabes si mi chico ha decapitado a alguien?” Afirma Dam. Ahora está casi gritando. “¡Necesito saberlo!”. Los combatientes son agradables con ella. Le dicen que Lukas se quedaba al margen de la violencia y en ocasiones a Dam le agrada creerles. Sheikh, que ha contrastado este hecho con otros combatientes y con la inteligencia danesa, afirma que no es del todo cierto: en sus últimos meses en Siria, Lukas era un soldado.

Desde que su hijo se marchara a Siria, Dam ha envejecido. En su cara se nota el aumento de peso y las arrugas del dolor. Sobre la chimenea de la sala de estar tiene un pequeño santuario dedicado a Lukas, a falta de una tumba apropiada. En el centro hay un tarro de madre, un frasco de arcilla con asas que los daneses, por tradición, rellenan con comida y regalan a las madres que acaban de dar a luz. Antes de marcharse, cuando su fe se radicalizaba cada vez más, le pidió a Dam que quitara todos los logotipos de sus camisetas. Ella nunca llegó a hacerlo, pero después de la muerte de Lukas, descubrió que una de las camisetas que solía llevar seguía sin lavar. Todavía conservaba el olor de su chico. La metió en una bolsa de plástico para mantener su esencia y la guardó en el tarro de madre.

ISIS STOLE MY SON from HuffPost Highline on Vimeo.



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