‘Donald Trump es reflejo de una sociedad que no se acepta’: Alejandro Páez Varela
En su nuevo libro ‘Oriundo Laredo’, el periodista reflexiona sobre la vida en la frontera.
(Foto: Cri Rodríguez).

Alejandro Páez Varela se formó en redacciones ruidosas y escribiendo nota roja. Fronterizo, ha hecho del norte su territorio para la ficción. Si anteriormente con títulos como Corazón de Kaláshnikov, había dialogado cara a cara con el presente, ahora da un giro. Oriundo Laredo (Alfaguara), es una novela intimista sobre un hombre que se mueve entre el sur de Estados Unidos y el norte de México, un territorio en permanente conflicto y con una dinámica propia.

Vuelve al norte como escenario literario, ¿es su escape del periodismo?

El periodista tiene asignaturas, como también las tiene el escritor. Desde hace varios años quería explorar el norte desde la literatura, revisarlo con otros ojos me permite verlo de manera más exhaustiva. Cuando exploras una región a partir del periodismo te sometes a la velocidad, sin demasiado espacio para la reflexión o el retrato.

Oriundo Laredo es una novela más reflexiva…

Sí, incluso diría que es más personal. Algunos nombres los tomé de familiares, en anteriores novelas hay mayor distancia. Además es el relato de un solo personaje y eso empuja a ser más intimista.

¿Fue por lo mismo un reto mayor?

Los retos te los pones independientemente de la obra. Ahora me puse a leer de trenes: cómo llegaron al norte; y descubrí que fue de norte a sur. Son cosas que no investigarías si no tuvieras el reto de una novela donde pasa un tren. Sucedió lo mismo con el estudio de la región y su botánica.

Aquí hay nostalgia, sus novelas anteriores estaban más sujetas a la coyuntura.

Sí, es una novela que no es de estos años, como sí sucede con las anteriores. Yo no hago narconovela, aunque sí he metido violencia en algunos de mis libros. Si nací en la Melchor Ocampo, conocida también como Malechor Ocampo, a tres cuadras del Puente Lerdo en la zona más antigua y pinche de Juárez, necesariamente tiene que estar en mi literatura. Al final con todo y violencia, mis libros son historias de amor.

Aquí hay amor, en principio a Oriundo Laredo, un personaje casi entrañable.

Sí, es un buen tipo como millones que hay en esa región. Camina por encima del odio. Cuando la elección gringa estaba en proceso el libro ya estaba en imprenta, sin embargo, no había reparado en la forma en que Oriundo se movía sobre el odio que destila la región. Por supuesto que Trump está muy cabrón, pero un fronterizo vive ese odio a diario y hay millones que prefieren trascenderlo como Oriundo, quien quiere llevar una vida lo más parecido a la normal.

¿Es necesario desprenderse de la vorágine coyuntural para entender a fondo un tema como la migración?

Sí, aunque es muy difícil trascenderlo. Para acercarse a los personajes, es necesario entrar en su mundo y vida. Sin embargo, tampoco puedes abandonar la idea de que estás en un territorio que sigue en disputa. Oriundo Laredo es una novela de territorios en conflicto por sociedades que no se aceptan como son, empezando por la gringa. La llegada de Donald Trump a la presidencia es la viva imagen de una sociedad que no se acepta y no termina de asumir que tiene afroamericanos, mexicanos, chinos, coreanos, judíos. ¿Cuál es el problema? ¿Por qué no te aceptas? Para ser un país verdaderamente democrático, Estados Unidos debe tener un Congreso mixto.

Oriundo representa a un tipo de ciudadano a quien le vienen guango las banderas o fronteras.

Totalmente, por eso insisto en la idea del país de en medio. Como Oriundo hay millones de personas que celebran por igual el 4 de julio y el 16 de septiembre sin problema y sin abandonar su religión. Es algo que tendría que ser motivo de gozo, no de conflicto.

El libro dialoga con la tradición de la novela rural y la literatura del norte.

Sí, pero sin querer. Claro que la literatura se alimenta de lo que vives, haces o lees, por supuesto hay mucho de la narrativa revolucionaria. Hay presencia del romanticismo europeo, también. A final de cuentas, mientras escribes buscas palabras, no necesariamente piensas en el estilo, te concentras en resolverlo mejor. Yo escribo hablando por eso el tono puede parecer discursivo.

Que es un vicio del periodista…

Sí y específicamente en mí es una huella durísima. Hace muchos años era ‘corre ve y dile’ o ‘huesitos’, como se le llamaba en las redacciones antiguas. Mi trabajo consistía en recoger los textos de las charolas de los editores para llevarlos al taller. Luego me pegué con Polo Ochoa, un reportero policiaco, hábil para escribir. Aquellas redacciones eran más ruidosas que las de ahora y Polo, en medio de ese desmadre, escribía en voz alta. A mí me parecía mágico, por supuesto para entonces ya sabía que me dedicaría a escribir. Me han atropellado dos veces en mi vida y ambas por ir leyendo en la calle. La primera vez llevaba El Príncipe idiota, de Dostoievsky; y la segunda, La madre, de Máximo Gorki.

A diferencia de sus anteriores novelas, donde había rabia o incluso denuncia, aquí hay  gozo.

Hay millones de personas como él, no es nada azotado. Sin duda es un libro que disfruté mucho aunque hay cosas con dolor, por ejemplo Gamboa, un personaje entrañable que sabe a vecindades de El Paso. Sabemos que es muy ojete lo que sucede en Juárez, pero lo que pasa en las poblaciones afroamericanas de El Paso, está cabrón porque el gobierno las excluye y las margina del progreso inundándolas de drogas, solo un pueblo perverso como el de Estados Unidos lo permite.

¿A qué político le regalaría su novela?

Ninguno se la merece. ¿Qué van a aprender? Se le daría a un político de izquierda o derecha, da igual, pero con vocación de servicio público, tendrían que leerlo y voltear hacia allá.

Digamos que de izquierda, Andrés Manuel López Obrador; y de derecha Margarita Zavala…

Un político de izquierda, López Obrador; un político de derecha, Javier Corral, es lo más cercano que puedo estar del PAN. Si viviera Castillo Peraza, a lo mejor. ¿Crees que ‘El Jefe’  Diego tenga la sensibilidad para acercarse a este tipo de libros?

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