GRANADOS CHAPA, EL MAESTRO. A un año de su muerte (1941-2011)
“Se ve muy cercano que el Estado falle”: Granados Chapa en 2009
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En 2009, Miguel Ángel Granados Chapa habló con Carmen Aristegui en entrevista para el libro “Transición”. Vislumbró que el Estado mexicano se debilitaba, y crecía su incapacidad de "ofrecer la mínima seguridad". Presentamos esa conversación.
(Foto: Ricardo Trabulsi / Cuartoscuro)

Entre los acontecimientos políticos e históricos por los que ha atravesado el país, y sobre los cuáles escribió Miguel Ángel Granados Chapa, resaltan eventos recientes en México: las sucesión presidencial en 2000 y 2006, telecomunicaciones y la narcopolítica.

Granados Chapa afirma en el libro Transición: Conversaciones y retratos de lo que se hizo y se dejó de hacer por la democracia en México, de Carmen Aristegui y Ricardo Trabulsi,  que la transición a la democracia aún no ha terminado, “nos hemos quedado a medio camino”… “México tiene una democracia arreglada, escenográfica, que asigna papeles, como una puesta en escena”, opina el periodista

Agrega que el país atraviesa por una situación muy frágil, ya que se han juntado varias crisis: “No se han superpuesto, sino que se han entrelazado, y la estructura institucional podría ser insuficiente para encarar particularmente dos de ellas: la de seguridad y la económica.”

Del narcotráfico y el crimen organizado, tema relacionado con su nuevo libro después de su muerte, que se presenta este martes, Granados Chapa explicó que el problema está peor que nunca, “no sólo porque se le dejó crecer, sino porque su propia dinámica convirtió a México en un país de consumo y no sólo de paso. La guerra entre narcotraficantes y las miles de muertes no derivan sólo de la incompetencia de la autoridad para impedirlo. Se trata de situaciones propias del narconegocio”.

El periodista mexicano,  relata y explica, desde su experiencia, los pros y los contras, los daños y beneficios y los actores principales de la transición política.

Se reproduce el texto completo de la entrevista:

MÉXICO VIVE HOY en una situación muy frágil porque se han juntado varias crisis. No se han superpuesto, sino que se han entrelazado, y la estructura institucional podría ser insuficiente para encarar particularmente dos de ellas: la de seguridad y la económica. Hasta la primera mitad de 2008 el riesgo era la conjunción de la crisis política, la polarización y la crisis de seguridad.

Ahora más velozmente la crisis económica se puede convertir en el centro de la situación, que potenciará las otras crisis. Sin embargo no parece haber una actitud clara del gobierno para encararla. Si no aparecen esa actitud y un programa anticrisis acorde con la magnitud del problema, podemos salir muy maltrechos. La crisis va a ser muy severa, ya se está acentuando.

A estas crisis entrelazadas, hay que agregar el narcotráfico y el crimen organizado en las estructuras políticas. Hoy efectivamente el problema es peor que nunca. No sólo porque se le dejó crecer, sino porque su propia dinámica convirtió a México en un país de consumo y no sólo de paso. La guerra entre narcotraficantes y las miles de muertes no derivan sólo de la incompetencia de la autoridad para impedirlo. Se trata de situaciones propias  del narconegocio. Ahora se disputan las rutas y el mercado, de modo que los espacios bélicos han aumentado, independientemente de la capacidad o la incapacidad de enfrentarlo. El crecimiento y la diversificación de las actividades del narcotráfico se agregan a la incompetencia y a la complicidad. Se ve muy cercano el momento en que el Estado falle, que sea incapaz de ofrecer la mínima seguridad.

¿La transición a la democracia concluyó en algún punto? No, nos hemos quedado a medio camino. Pepe Woldenberg dice que terminó en 1997como transición democrática y de régimen. No, ahí empezó. Yo diría que la transición empezó en 1997. ¿O son dos transiciones? Son dos momentos de una transición. Para aclarar el tema, ¿dónde empieza, dónde acaba, hacia dónde va? La transición implica una redistribución de poder, de un régimen de partido dominante casi único a uno de competencia de partidos. ¿Ésa es la transición? Sí.

La competencia de partidos frente a la omnipotencia de un solo partido. Eso comenzó en 1989 en Baja California, pero en términos más estructurales comenzó en 1997, con la pérdida del control del Congreso por el PRI. Eso significó un incremento de poder de los partidos y el asunto se quedó a medias, porque ahora los partidos son los que determinan la situación actual; se atoraron en el beneficio de sí mismos y no ampliaron la expectativa del horizonte para el país, para la gente. Por eso la transición se quedó a medias y contrahecha.

Pensando en lo que hoy estamos viviendo, ¿qué se ha logrado y en qué se ha fracasado? El sistema político tenía dos pilares: el presidente omnipotente y su instrumento de partido omnipotente. En 1997 entró en crisis el PRI, en 2000 el presidente. Ambos fueron sustituidos por poderes oligárquicos, no por la democracia, sino por poderes políticos y fácticos. La televisión dependía del presidente; ahora el presidente depende de la televisión. Porque no se dio el paso al pluralismo de partidos, sino a las oligarquías de los partidos.

No está representada la gente, el público, la ciudadanía la sociedad, sino los grupos que la controlan. ¿Es una transición fallida? Es una transición interrumpida, no necesariamente fallida, porque están sentadas las bases para que se pueda recuperar el paso.

¿Qué piensas del fenómeno Peña Nieto, ejemplo de cómo se está construyendo una candidatura desde la televisión? Puede no consumarse, no es un acontecimiento inexorable. Hay circunstancias institucionales y políticas que pueden impedirlo. No parece prestarse mucha atención a lo que significa la sobrexposición de Peña Nieto en la televisión. Yo creo que sí, por eso Marcelo Ebrard está haciendo homeopatía. Lo semejante se cura con lo semejante; está haciendo lo mismo que Peña Nieto porque percibe el riesgo de que se construya la candidatura desde de la televisión. Supongo que el razonamiento de Ebrard es: “Si la televisión va a construir al presidente, yo también voy”. La movilización de Andrés Manuel López Obrador tiene un sentido de mediano plazo que no alcanzamos a percibir bien, porque estamos acostumbrados a una política  de cuadros, de cúpulas, y nos parecen ingenuas e inútiles las movilizaciones, pero puede llegar un momento en el que sea más importante que haya una movilización real de la gente.

¿No necesariamente con López Obrador, o no únicamente? No únicamente con López Obrador. No quiero decir que él esté construyendo las bases para ser el presidente de la República en 2012, pero está gestando un modo de hacer política sin precedente. Entre que lo ignoramos y lo desdeñamos, porque no corresponde a nuestros cartabones de percibir a los políticos. Esa nueva manera de hacer política ya fue eficaz, porque cualquiera que sea la apreciación que se haga sobre la reforma petrolera, lo que resultó tiene el sello de la política de masas de López Obrador. El proceso legislativo, el proceso de discusión, fue distinto a cualquier otro, por ese sello.

En 1988, Cuauhtémoc Cárdenas casi no apareció ro la televisión. Y apareció para mal incluso. Veinte años después, ¿podría repetirse la historia? No, porque la televisión, Televisa particularmente, pero ahora también Salinas, aprendieron la lección. Televisa ha venido haciendo política de distintas maneras: adosada al PRI, adosada al gobierno, o por  su cuenta. Es más eficaz haciéndola por su cuenta. En 1988 dependía del gobierno del PRI, pero en los últimos 10 años ha hecho su propia política, a veces coincidiendo con el PRI o con el PAN, pero sin estar determinada por la asociación con uno u otro. Televisa tiene su propio programa; cuando coincide con los partidos poderosos, los partidos en el poder, santo y bueno, pero si no, va adelante con su propio aliento, con su propio paso. En 2012 la televisión va a determinar quién sea el presidente de la República, con el PRI o con el PAN o con el PRD. Si fuera necesario. Si fuera necesario. Creo que ése es el sentido de la actitud de Ebrard ante la televisión.

La portada de la revista Proceso en la que Bernardo Gómez besa la mano de Marta Sahagún es una estampa magnífica para describir un momento clave: por una cosa tan frívola se descarrila una reforma fundamental, por un enamoramiento –digámoslo metafóricamente o no- entre ese poderosísimo joven funcionario de la televisión y la esposa del presidente. ¿Qué dirías al respecto de este poder que está por encima de los poderes formales de la representación social? Corresponde a una conversión de Televisa. Televisa sirvió al Estado durante los dos primeros Emilio Azcárraga [Vidaurreta y Milmo]; a partir de Emilio Azcárraga Jean – no necesariamente por su personalidad, sino porque supo entender la nueva etapa- la televisión le ordena al Estado. Ahora el Estado se sujeta a la televisión. Hubo un giro copernicano a partir de la asunción del poder de Emilio Azcárraga Jean y su grupo de cuatro amigos.

¿Por qué se descarrila la reforma de medios? Porque Televisa ya es un poder en sí mismo. ¿Identificas el giro copernicano a partir del ”decretazo”[1]? No, antes, La capacidad de Televisa para presionar y hacerse cómplice de Marta Sahagún viene de un fortalecimiento político de Televisa, con Joaquín López-Dóriga en la pantalla, con Héctor Aguilar en Zona Abierta… Hay un conjunto de factores visibles y otros interiores que denotan un nuevo proyecto político de Televisa.

¿Hasta qué punto podría llegarse para reconstruir un régimen autoritario a la medida de la televisión? No habría una involución general sino en puntos determinantes. No le quitarían la autonomía al IFE, no se llegaría a ese extremo; como en otro terreno no le quitarían la autonomía al Banco de México, y hasta podría ser posible elegir aun ombudsman mejor que José Luis Soberanes. La voluntad popular seguirá vigente de manera formal, pero la construcción de esa voluntad va a estar regida por la televisión, de modo que, por ejemplo, el PRI puede ganar la Presidencia en 2012 a la buena, lo cual nunca ocurrió.

¿Qué tipo de democracia se vive en México? México tiene una democracia arreglada, escenográfica, que asigna papeles, como una puesta en escena. ¿Una democracia irreal? Es real. Pero insuficiente. No es un mero fingimiento, pero no hay una conexión suficiente entre las decisiones oligarquía y las necesidades generales. Lo puede ocurrir – por eso digo que la Presidencia de Peña Nieto no es inexorable- es que un movimiento como el de López Obrador genere la necesidad en el poder oligárquico de atenderlo, en vez de empeñarse en marginarlo. Y a partir de la porción de atención que se le preste, ese poder popular o social será capaz de impedir la consumación del propósito de convertir a Peña Nieto en presidente de la República. Si el poder decisorio comete el error de marginar enteramente a la movilización popular, ahí podría haber incluso un conflicto violento.

Ya se había construido cierta confianza ciudadana frente a las elecciones. ¿Dónde estamos ahora? Retrocedimos. El Consejo del IFE vigente entre 1996 y 2003 inició la adquisición – ni siquiera recuperación, porque nunca la había habido- de la confianza en el órgano electoral. En 2006 dimos un paso atrás y como el IFE no quiere reconocer que se perdió la confianza, no se da a la tarea de recuperarla. El dato fundamental para la transición, desde el punto de vista electoral, es la autonomía del IFE, que el gobierno ya no tenga que ver ahí. En la etapa en la que yo participé, el gobierno todavía decidía. Era absurdo. Éramos 11 miembros con derecho a voto, pero si no estaba el presidente del Consejo no había quórum. Podíamos estar 10, pero si no estaba Emilio Chuayffet, Jorge Carpizo o Esteban Moctezuma -que fueron los tres presidentes de esa época-  no había quórum. Explícitamente ésa era la regla, era la mayoría de humo.

¿Qué ha pasado con el Estado mexicano en los últimos 20 años? Es un Estado que se ha debilitado, por buenas y malas razones. El Estado se identificaba con el presidente y en la medida en que el presidente se acotó a sí mismo o lo acotaron y fue perdiendo funciones, su debilitamiento significó el debilitamiento del Estado, porque las instancias surgidas para remplazar el poder presidencial no necesariamente adquirieron poder. Lo están adquiriendo lentamente, o lo están adquiriendo de manera torcida. Pongo el ejemplo de los gobernadores, quienes no tenían poder; tenían un poder vicario, el que el presidente quería darles. Ahora tienen poder y no lo ejercen, ya no digamos atinadamente, ni siquiera legalmente.

Ése es un debilitamiento del Estado -por el debilitamiento de la Presidencia- que resulta para mal. No se tradujo automáticamente en un fortalecimiento del Congreso, donde se han creado zonas vagas en las que a veces se impone el poder presidencial y a veces el Legislativo, pero sin una regla, según la coyuntura.

¿Qué dirías sobre el poder Judicial como soporte o impulsor de la transición democrática? Ahí hay un claroscuro. El Tribunal Electoral Federal sirvió notablemente a la transición electoral entre 1996 y 2006. Centenares de conflictos electorales que de antaño se hubieran resuelto en la calle, ocasionalmente a trancazos, fueron resueltos tersamente por la justicia electoral.  Hasta que chafeó en 2006, porque, como decía don Paco Martínez de la Vega: “Los principios son como los zapatos, duran hasta que se rompen”. ¿Y se rompió irremediablemente el Tribunal? No irremediablemente, pero repararlo será difícil. Porque en la elección de los consejeros y de los magistrados están tendidas las líneas de conducta de las que difícilmente pueden escaparse.

Para ti ¿qué es Ernesto Zedillo en materia de transición? Zedillo resultó un héroe contra su voluntad. ¿No le das ningún mérito? Ninguno. ¿Y “la sana distancia” que se planteó respecto del PRI? No, “la sana distancia” era fobia a lo desconocido. Fue héroe sin proponérselo. Tan no iba a ser un héroe que le dio mil quinientos millones ele pesos al sindicato de Pemex para que una parte, o todo, se lo dieran a Labastida. Eso de que promovió la transición y respetó el resultado de las urnas no es cierto.

¿Y Carlos Salinas? Un poco como Zedillo pero más inteligentemente, convirtió la necesidad en virtud. El levantamiento zapatista modificó radicalmente el cuadro de opciones que tenía Salinas y el esquema de organización del país que el Tratado de Libre Comercio favorecía. Quedó en una situación muy frágil y la encaró con reformas más o menos cosméticas.

Ante la rebelión zapatista y el asesinato ele Luis Donaldo Colosio, la oposición hubiera podido declararse en huelga y decir: “No hay condiciones para la elección”. Salinas reaccionó rápidamente para evitarlo y propició que la oposición se sintiera, si no segura, por lo menos no marginada. La incorporó en la toma ele decisiones. Fue un demócrata por conveniencia. Emprendió una reforma electoral comenzando por la creación del IFE, pero fue una reforma cosmética porque él siguió siendo el factor determinante, y luego menos cosmética cuando los consejeros ciudadanos – a cuya etapa yo correspondo- ya no fueron propuestos por el presidente sino elegidos directamente por los diputados.

Salinas dijo que la nomenclatura asesinó a Colosio. No se sostiene la invención de la nomenclatura. Nunca hubo orgánicamente algo que mereciera ese nombre o que pudiera compararse con la nomenclatura soviética. ¿Si acaso los dinosaurios? Sí había clubes de viejos políticos, pero siempre recibían satisfacción. Nunca se arrojó fuera del paraíso a nadie. No había sustento para creer que había dos PRI o dos facciones en el gobierno. Siempre se entrelazaban, se conciliaban. A lo mejor no se hacían buenas caras, pero siempre estuvieron estrechamente vinculados.

¿Qué dices de Vicente Fox? Fue un buen candidato y un pésimo presidente. Se benefició del hartazgo de la sociedad frente al PRI. Eso lo hizo ganar. En otras condiciones, Fox no hubiera triunfado, no tenía prendas con qué hacerlo. Ganó por el fastidio. ¿Generalizado? Ni tan generalizado. El PRI todavía tuvo una votación altísima, no al grado de empatar con Fox, pero no se desmanteló y menos se desmanteló después. Quienes creyeron que al haber perdido la Presidencia el PRI había muerto, se equivocaron radicalmente. Fox era un no político, un hombre ignorante de la vida pública, que tuvo en su favor ese hartazgo y una personalidad apetecible para el mexicano medio, un ranchero franco, sin los dobleces de los políticos del altiplano, sin la retórica tradicional, que había trabajado para la Coca Cola, que se decía que había sido muy exitoso; pero no lo era, no había sido un empresario exitoso. Era un demócrata de pacotilla, porque no entendía, no era un hombre con preparación política y sin embargo fue buen candidato porque representaba algo distinto a lo usual, sobre todo enfrentado a Francisco Labastida.

Labastida era un híbrido de tecnócrata y político a la vieja usanza. Por Fox votaron los que votaron por Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, no sólo los del voto útil sino gente que ni siquiera se enteró de que había esa noción del voto útil.

¿Cuál es tu reflexión sobre el gobierno de Fox en relación con la democracia? Bueno, desde luego perdió su oportunidad de ser el constructor de esa nueva etapa. La tenía plena. ¿Qué le ocurrió a Fox? No era un hombre con capacidad de construir, con capacidad de tomar decisiones que lo excedieran en el tiempo histórico, que fueran más allá de su paso por la Presidencia. Presentó la iniciativa de reforma constitucional en materia indígena y luego contribuyó a la derrota de su propia iniciativa, por insincero o por ignorante. Si esa reforma hubiera avanzado, Fox hubiera sido el demócrata por excelencia en México; se hubiera reforzado su base social. Se hubiera convertido en el presidente de la nueva etapa mexicana, pero no supo lo que hizo. Un hombre profundamente ignorante, muy frívolo, no estaba preparado para ser presidente.

¿Cómo te ves a ti mismo en estos últimos años? Como un periodista que contribuyó al cambio político, que desde la década de 1970 percibió que era necesario el desmantelamiento del PRI o su reducción a ser un partido como los demás. Posición que coincidió con una corriente histórica que se fue ampliando con el paso de los años, y cuando fue suficientemente poderosa propició el cambio junto con otros factores. Yo estaba de parte de esa corriente; creo haber contribuido a que se fortaleciera porque tuve la fortuna de participar en los órganos periodísticos que resultaron influyentes en ese proceso: Excélsior, Unomásuno, Proceso, La Jornada. Así me percibo, y no dejo de pensar que haber puesto el énfasis en el cambio político hizo que no se empujara con fuerza semejante el cambio más profundo que es necesario, el cambio social, el cambio contra la inequidad. Es una autocrítica.

Nosotros, la clase media ilustrada que tiene acceso a la voz pública, esperábamos que con la democracia viniera lo demás: “Dadnos democracia y lo demás vendrá por añadidura”. ¿Tenía que haber sido simultáneo? Sí, y además si se nos hubiera preguntado expresamente: “¿Es cierto que vendrá la democracia?”, habríamos dicho que no, que era un fenómeno poliédrico, múltiple, pero actuamos como si hubiera sido cierto. Intento justificarme diciendo que estábamos tan atrás en eso, que era preciso remozar el aparato formal, pero convertimos -y en eso también hay autocrítica- en un espejismo a la democracia, y cuando llegó – por lo menos en la forma de relevo en la Presidencia de la República- las cosas siguieron igual a partir del 2 de diciembre de 2000. No se produjeron los cambios mágicos que esperaba buena parte de la sociedad. Sufrimos la gravedad del error.

¿Ahora qué hay que hacer? Hay que impulsar el cambio político que todavía hace falta y el cambio social que es el verdaderamente necesario. Si no se resuelve puede romper al país.


[1] Se llamó “decretazo” al decreto de Vicente Fox para eliminar 12.5 por ciento del tiempo aire al que tenía derecho el Estado en los medios electrónicos de comunicación desde tiempos del presidente Gustavo Díaz Ordaz

Ver texto:

Aristegui y Granados Chapa sobre transición y narcopolítica





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