En México la ciencia ficción es “apocalíptica”, dice Gabriel Trujillo Muñoz
El escritor publica ‘Utopías y quimeras. Guía de viaje por los territorios de la ciencia ficción’.
(Jus/Gabriel Trujillo Muñoz).

En 1516 Tomás Moro publicó Utopía, obra donde imagina un país perfecto y que de paso inaugura la llamada la literatura utópica, cuyas fronteras se encuentran en el horizonte mismo de la imaginación humana, y que ha sido cartografiada por autores tan antiguos como Platón y tan recientes como Ursula K. Le Guin, pasando por Jonathan Swift, Julio Verne, Aldous Huxley o Frank Herbert. Bajo este marco Gabriel Trujillo Muñoz (Mexicali, 1958) publica Utopías y quimeras. Guía de viaje por los territorios de la ciencia ficción (Jus).

¿Qué lo lleva a escribir este ensayo?

Tengo décadas interesado en la ciencia ficción, primero como lector y después como escritor. Es interesante exponer, exhibir y manifestar su importancia en la literatura. Quería investigar si estamos usando al género para hablar de nosotros mismos, de nuestro aquí y ahora.

Plantea que la ciencia ficción es por definición utópica.

La ciencia ficción inicia como utopía, ahí está Mary Shelley con Frankenstein: es el hombre que quiere construir para sí mismo, otro hombre mejor. De ahí en adelante tenemos a Verne, Bradbury, Asimov, etc. Es un género que analiza las posibilidades del ser humano para evolucionar y adaptarse a las nuevas circunstancias. La ciencia ficción es hija de la revolución industrial y científica de los últimos siglos, de los cambios tecnológicos. Está hecha para especular, literariamente, sobre lo que viene.

A pesar de ser un hijo adscrito a la revolución industrial, cuestiona el desarrollo de ciertas tecnologías…

Crítica a la sociedad cuando asume ciegamente a la tecnología. Sin embargo, la ciencia ficción mexicana es más humorística, toma las cosas por lo que son pero sabiendo que puede componerlas. Nuestras situaciones cotidianas son escépticas ante el poder. En Estados Unidos se mueve por rumbos opuestos, mientras que en Europa va del optimismo científico a la crítica de la ciencia.

Otro rasgo de la ciencia ficción nacional es el uso de la imaginación, incluso encima de la tecnología.

Es verdad, nuestra ciencia ficción es más literaria por eso se explota la imaginación del lector. No nos interesa la manera en que la trabajó Asimov, quien era cuidadoso de los datos. En México no hacemos divulgación de la ciencia, sino literatura que habla de los cambios sociales que tiene una comunidad frente al cambio tecnológico y científico.

Y no necesariamente es utópica…

Anteriormente lo fue pero cuando la sociedad empieza a oscurecerse con la llegada de la violencia generalizada, al descubrirse que cada vez hay más desigualdades sociales, la ciencia ficción adquiere una visión apocalíptica.

¿Por parte de la crítica aún se le trata de manera peyorativa?

Ciertos críticos a la vieja usanza la ven peyorativamente. Hay todavía escritores que se le acercan sin reconocerlo abiertamente, a pesar de que es un género al que han recurrido Martín Luis Guzmán, Francisco Urquizo, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y muchos otros. Si algunos niegan la cruz de su parroquia es porque todavía la ven en el sentido europeo de la literatura del gran canon. Hace falta crítica literaria para la ciencia ficción, la narrativa de horror y el policiaco. Bernardo Fernández, José Rojo, Blanca Martínez, son ejemplos del buen momento que atraviesa el género en México.

¿La ciencia ficción es un género que emerge de periodos de crisis? Así sucedió en Estados Unidos durante los cincuenta.

Farenheit 451 es una crítica al macarthismo. Igual pasa en nuestro tiempo, estamos en un mundo donde por un lado hay cierta libertad y por otro, un deseo de control, de vigilancia y seguridad. Quieren coartar la libertad. Vivimos momentos de definición y la ciencia ficción siempre está en el borde.

En este sentido, podríamos hablar de una crítica al mundo hipertecnologizado.

La ciencia ficción siempre está del lado humano. La tecnología ha servido para acercarnos, pero también para descubrir nuestra agresividad. Funciona en momentos de crisis porque nos hace ver los deseos de poder y control. Un ejemplo es el D.F., es un escenario postapocalíptico; está pasando lo que hace 40 años sólo sucedía en una novela de ciencia ficción. El desastre se ha convertido en una situación permanente.

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