opinión
La victoria de Trump
por Araceli Damián
(Foto: Reuters)

Por Araceli Damián

El triunfo de Donald Trump es resultado de las contradicciones sociales del sistema capitalista, en su etapa neoliberal, que han llevado a que, con el voto de castigo contra el estatus quo, se ponga al frente de Estados Unidos a un empresario rapaz y xenófobo, que representa los intereses de ese 1% que mantiene el estado de cosas contra las que supuestamente el electorado norteamericano blanco empobrecido votó. Su victoria nos recuerda la de Hitler, quien llegó al poder mediante el voto de la clase trabajadora pauperizada.

El discurso de Trump fue eficaz, despertó toda esa rabia y furia de la clase trabajadora que ha sido explotada y vejada desde el inicio de la gran crisis del capitalismo de los años setenta. En aquel entonces, los ultraconservadores, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se hicieron del poder en Gran Bretaña y Estados Unidos, iniciando una transformación de las bases económicas que sustentaron el crecimiento en la “Era Dorada” del Capitalismo, en la que, después de la Segunda Guerra Mundial, se fortalecieron los derechos laborales y el Estado de Bienestar. Quienes apoyan a Trump son los grandes perdedores de la ilusión de un sistema capitalista justo.

El discurso de Trump fue eficaz porque el racismo, el imperialismo y el sexismo están en el corazón mismo del capitalismo. Todo ello se combina con una sociedad norteamericana despolitizada, consumidora del reality show, que en esta ocasión protagonizaron Trump y Clinton.

Trump tuvo el apoyo de los pobres y de los blancos de clase media que están decepcionados y enojados por la falta de resultados favorables de la política económica neoliberal, de “libre” mercado, pero es evidente que él no tiene un plan económico que vaya a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores norteamericanos. Su propuesta de cerrar fronteras y expulsar a inmigrantes no resultará en la bonanza anhelada, por el contrario, pondrá en aprietos a la economía norteamericana, que depende de mano de obra barata (en términos relativos, frente a la europea) y del intercambio comercial desigual.

El lenguaje de odio utilizado por Trump en su campaña ha hecho que la clase trabajadora se vuelque contra sí misma. Esos trabajadores que se sienten pertenecientes a la raza aria atacan a sus pares, y por desgracia ven en la otredad, es decir en el negro, el musulmán, el latino, el origen de sus problemas, cuando son los señores del dinero, como Trump, quienes tienen a la sociedad al borde del colapso.

Trump sacó a flote la enorme división que hay entre los norteamericanos, su lenguaje contra las minorías étnicas ha provocado desde que se conoció su triunfo una serie de ataques xenófobos en la calle, en las escuelas y en los lugares de trabajo. Esas minorías étnicas, que contribuyen con su trabajo al crecimiento económico de esa nación viven ahora llenas de angustia. Derechos sociales como el de las mujeres a interrumpir el embarazo o de las personas de la comunidad LGBTI se ponen en entredicho. Se han reportado suicidios de personas trans-género, mientras que han sido atacadas las propiedades de negros, musulmanes y latinos.

El triunfo de Trump representa el fracaso de Obama-Clinton, del Partido Demócrata que no tiene política económica y social alternativa, que se conformó con apoyar al 1%, dejando que las condiciones de vida de la clase trabajadora y de la clase media, se volvieran insoportables e inciertas. Por ello, estados tradicionalmente demócratas votaron a favor de Trump, no hay diferencia entre partidos, y por ello, esta elección fue una victoria del ala racista norteamericana.
Como varios analistas han comentado, Hillary Clinton era una mala candidata, una tecnócrata que ofrecía lo mismo de lo que la gente estaba harta. Su discurso del “todo va bien” chocaba contra la realidad decadente norteamericana, pero no podía tener otro discurso; estaba financiada por grandes empresas, además de ser una mujer con una tendencia bélica y una reputación puesta en entredicho por el propio FBI.

La victoria de Trump coloca al capitalismo en una encrucijada. La mayoría de los empresarios y de los representantes en el Congreso norteamericano, incluyendo a los republicanos, están a favor de la globalización y el libre mercado, mientras que Trump habla de cerrar fronteras y restringir el comercio internacional, es decir, está por un capitalismo nacionalista e imperialista. ¿Quién será más fuerte, los defensores del libre mercado o Trump?, ¿Cumplirá el presidente electo de Estados Unidos las promesas realizadas durante su campaña?, ¿Cerrará fronteras al comercio y deportará en masa a los inmigrantes? o le sucederá lo que, a Obama, quien no pudo siquiera cerrar Guantánamo, menos aún cumplir las expectativas de una sociedad más justa, como la prometida en su momento.

El triunfo de Trump me hace pensar en lo que hace algunos años el filósofo André Gorz planteó con respecto a esta era global-neoliberal. De acuerdo con el autor, la reproducción material y cultural de las sociedades entra en crisis a raíz de este sistema basado en un mercado sin reglas; la anomia, la barbarie, las guerras civiles, el miedo a un desfondamiento de la civilización responde a la implosión de la economía globalizada, cuyas reglas favorecen el capital financiero, que se ha convertido en un parásito que devora la economía y a la sociedad.

Es difícil saber cuál será el resultado, ya que el triunfo de Trump forma parte de la ola de movimiento hacia la ultra derecha en el mundo. Lo que sabemos es que para enfrentar el fascismo se necesita una izquierda verdadera, no al estilo Obama-Clinton, o al de Felipe González en España, tampoco una izquierda al estilo PRD que sólo transa con la derecha. El reto no es fácil, tenemos que soñar en una Utopía en la que no puedan llegar al poder personajes nefastos como Peña o Trump.

Araceli Damián

Es Diputada Federal por Morena y preside la Comisión de Seguridad en la Cámara de Diputados. Es Profesora-Investigadora con licencia del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Es Doctora en economía urbana por la Universidad de Londres, Inglaterra.

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