“Morir en Malasia”, fragmento del libro de Víctor Hugo Michel
Se reproduce un fragmento del libro 'Morir en Malasia', que relata la tragedia de los hermanos González Villarreal, acusados de narcotráfico en marzo de 2008 en ese país y condenados a la pena de muerte.
"Morir en Malasia", fragmento del libro de Víctor Hugo Michel
(Imagen: Océano)

“El 4 de marzo de 2008 la policía de Malasia detuvo a un grupo de trabajadores en una planta de procesamiento de metanfetamina. Tras las primeras averiguaciones, la mayoría de los capturados quedaron libres. Sólo tres hermanos de nacionalidad mexicana permanecieron presos, en espera de su juicio. La perspectiva era tremenda: en Malasia se castiga el narcotráfico con la pena de muerte”, así se presenta la edición del libro “Morir en Malasia” (editorial Océano) escrito por el periodista Víctor Hugo Michel, quien ha dado un puntual seguimiento al caso a través de Milenio Diario y su canal de televisión.

Este miércoles, un Tribunal de Apelaciones de Malasia confirmó la sentencia a morir en la horca para los hermanos mexicanos Luis Alfonso, Simón y José Regino González Villarreal. 

En el libro de Michel se hace una crónica del caso de los hermanos González Villarreal; se reproduce un fragmento retomado por Milenio:

• Kuala Lumpur, 26 de abril de 2011.

Con todo en su contra, el juicio de los hermanos González Villarreal inició, como estaba previsto, poco después de las 9 de la mañana del 27 de abril de 2011, tiempo de Malasia.

—Nos va a ir bien. Mis muchachos saben qué hacer —me dijo Kitson Foong, su abogado, en una entrevista previa al arranque del proceso—. De todas formas tenemos una gran posibilidad de que se deseche el juicio por errores constitucionales y de procedimiento. Estoy convencido de que está abierta esa opción.

Pero entre el optimismo de sus palabras le noté nervioso. Sudaba copiosamente y a veces puntuaba sus frases mirando al piso.

—¿Están listos para ir al estrado?

—Ellos sabrán qué decir. Han entrenado para este momento.

Ese entrenamiento se había estado llevando a cabo las semanas anteriores durante las visitas de Foong y su socio, Ahmad Zaidi, a la prisión en la que se encontraban detenidos los González Villarreal. Eran sesiones tortuosas, difíciles, en las que el abogado trataba de explicar a los mexicanos —en inglés y vía traductora— lo que les podía pasar en caso de cometer un error. No era un panorama halagador.

Foong me dijo que los González Villarreal podrían testificar sin problemas y resistir un interrogatorio de parte del fiscal Saiffudin. Pero una presentación estelar de José Regino, Luis y Simón no era su plan A. Su estrategia de defensa consistía en lograr una anulación fast track del juicio por errores de procedimiento y evitar el riesgo de que alguno de los sinaloenses dijera algo que no debía.

El proceso fue radicado en la Corte de Jalan Duta, al norte de Kuala Lumpur, en el distrito gubernamental. Era un edificio majestuoso, recién inaugurado, con cúpulas otomanas y pisos de mármol. (…)

El primer día de audiencia encontré la sala en la que se llevaría el juicio bajo una pantalla que anunciaba: “Corte del honorable Juez Mohamed Zawawi”. (…) Al fondo, había bancas para los asistentes y las paredes estaban recubiertas de madera. No se permitía hablar en voz alta. El protocolo era sumamente estricto: al entrar, había que hacer una reverencia sin perder contacto visual con el escudo malasio ubicado al fondo, encima de la silla del juez. (…)

Sin avisar a nadie, introduje una computadora al juzgado y equipado con una banda ancha, decidí transmitir lo que estaba sucediendo en tiempo real. Estaba convencido de que de una u otra forma, ahí se haría historia. Tuve suerte. En Malasia aún no se ha legislado sobre el uso de Twitter en procesos judiciales.

Eran poco más de las 9:15 de la mañana cuando los séquitos de los fiscales, la defensa y los acusados ingresaron a la sala. Encadenados de los pies y con esposas en las manos, los tres mexicanos, junto con Lee Boon Siah y Lim Hung Wang, fueron sentados en un banquillo especial, ubicado justo enfrente del juez Zawawi.

—¡Esta corte está en sesión! —gritó el policía encargado de la vigilancia en el juzgado.

El proceso, basado como el resto del sistema malasio en el common law británico, tenía un aire estricto y solemne. Los abogados estaban ataviados con largas túnicas negras y debían iniciar sus frases dirigiéndose al juez con un “mi lord” en señal de respeto. (…)

Como me había adelantado, Foong abrió con su propuesta de solicitar la anulación del juicio.

—Su señoría, pedimos que se mire en el espejo y que defina si no hay riesgo de que se cometa una seria injusticia debido a los errores evidentes que se han cometido en el manejo de las evidencias, —reclamó.

Zawawi no parecía muy convencido. Recibió de mala gana el expediente con los argumentos para la anulación inmediata.

Apenas hojeó la petición.

—He revisado su propuesta y he llegado a la conclusión de que no se sustenta —dijo el juez. Enterró de una sola palada el plan del abogado de los mexicanos.

—Sus clientes tendrán que testificar —advirtió el juez, que miró directamente a los González Villarreal y les habló en español— ¿Tienen algún problema?

Amedrentados, los mexicanos respondieron muy silenciosamente:

—No señor.

***

El juicio se extendió por poco más de un año. Fueron siete sesiones, espaciadas entre abril de 2011 y mayo de 2012, en las que poco a poco fueron cayendo las piezas en su lugar. Durante éstas, salieron a relucir distintos datos que permitieron esclarecer la historia del día en el que los González Villarreal fueron detenidos. Durante el año dos meses que duró, el juicio fue un ir y venir, una contienda entre Foong y la fiscalía, encabezada por Ummar Saiffudin. Era un duelo fascinante.

A lo largo de distintas audiencias, Foong insistió en lograr, por uno y varios medios, que el juicio se desechara por errores técnicos en la cadena de custodia de las evidencias. En algún momento pareció más que una táctica un esfuerzo desesperado para evitar a toda costa el interrogatorio de los hermanos mexicanos. (…)

—¿Cómo puede ser un juicio justo cuando parte de las evidencias han desaparecido, mi lord? —preguntó el abogado.

Pero el juez Zawawi nunca compró esa idea. Y eventualmente la defensa de los mexicanos se colapsó justo con lo que Foong temía: el estrado. El derrumbe vino el 9 de febrero de 2012, día en el que los sinaloenses tuvieron que rendir su versión de los hechos sobre lo sucedido en la fábrica cuando fueron detenidos.

—¿Cómo se sienten? —pregunté a los mexicanos esa mañana, poco antes de iniciar la audiencia. Estaban sentados en el banquillo de los acusados, a la espera de que Zawawi entrara. Como siempre, les unía un terrible cordón umbilical de cadenas y esposas, aunque en esta ocasión, probablemente para impactar al juez, vestían con sus mejores ropas. Pero eso es decir mucho. Se trataba de una playera blanca raída en el cuello, unos pantalones de mezclilla deslavados y un polo pirata. Y las espantosas sandalias de plástico que parecían decir: “Ustedes nunca tendrán agujetas de nuevo”.

José Regino fue quien resumió lo que los tres sentían.

—Estoy nerviosísimo —me dijo. Sentado a su derecha, Luis estaba claramente aterrado y Simón había desarrollado un salpullido en el cuello que le había generado costras en la piel. (…)

Gino, como le dice su familia, estaba justo a unos momentos del punto crítico: cuando tomaría el juramento de decir la verdad y solo la verdad. (…)

Foong me había explicado que solo tendrían que levantar la mano y, a la pregunta de un guardia de la Real Policía de Malasia, jurar decir la verdad.

—Y después, estarán solos. Serán ellos contra el fiscal —me dijo.

***

José Regino (enfermo de tuberculosis y con el rostro cubierto por una máscara quirúrgica para no contagiar) subió cansadamente al estrado a las 16:23 horas, tiempo de Malasia. En México era la noche del 10 de febrero.

Regino levantó la mano derecha. Miró hacia el hombre de lentes sentado debajo de un escudo con dos jaguares y una media luna y por medio de una intérprete, le dijo al juez Mohamed Zawawi, en español: juro decir la verdad. Solo la verdad. Nada más que la verdad. La pura verdad.

Era el momento clave. El que marcaba el principio del fin a la historia de los hermanos González Villarreal en Malasia.

—Venimos a trabajar como operadores de grúas —aseguró—. En octubre de 2006, cuando trabajé en Mazatlán operando grúas, conocí a un chino-malasio, de nombre Richard (no proporcionó su apellido), que me invitó a trabajar a Malasia (…) decidimos venir porque el salario era mejor que en México.

Por operar maquinaria en los puertos malasios, supuestamente se les ofrecían de 3 mil 500 a 4 mil ringits al mes, unos 17 mil pesos mexicanos. El primer viaje a Malasia habría ocurrido en septiembre de 2007. Lo realizó Regino junto con su hermano Simón, saliendo de Tijuana rumbo a Tokio y de ahí a Kuala Lumpur en el vuelo semanal de Aeroméxico. Pero las cosas no salieron como se les habían planteado.

—Richard no tenía el trabajo que nos había prometido —dijo.

La fase inicial del interrogatorio se extendió por casi una hora. En un momento, Regino reveló que, al descubrir que no habría empleo alguno en Malasia, se decidió a cruzar el golfo de Tailandia para buscar trabajo en otro país. Fue por eso que después viajó a Vietnam, en donde un contacto de Richard le ofreció un puesto de estibador en el puerto de Ho Chi Minh, la ex Saigón.

—Trabajamos en el puerto de Ho Chi Minh descargando contenedores por 30 dólares al día durante dos semanas —explicó. Una redada en el puerto, en busca de trabajadores irregulares, les hizo volver a Malasia y, de ahí, a México, en donde pasaron la Navidad y el Año Nuevo. A principios de 2008 fueron contactados de nuevo por el misterioso Richard.

Su contacto le ofreció un empleo en Johor Bahru y Regino viajó junto con Luis y Simón hacia Malasia nuevamente en febrero de 2008 para trabajar en un puerto cercano a la frontera con Singapur. Su detención ocurrió unas semanas después, en marzo.

Esa era su versión. El argumento con el que esperaban salir libres.

Pero el fiscal Saiffudin no desaprovechó lo dicho por José Regino. El sinaloense había cometido un error. Hasta ese momento los hermanos González Villarreal se habían presentado como personas de orígenes humildes. Ladrilleros que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Pese a la pobreza de la que venían, habían viajado varias veces a Malasia e incluso a Vietnam en busca de empleos mal remunerados. Peor aún: en su conjunto, los vuelos por la vía de Aeroméxico pueden llegar a costar hasta dos mil dólares por persona. Si se le suma la conexión de Tokio a Kuala Lumpur, es un precio que puede ascender otros 700 dólares. Sería necesario vender casi 50 mil ladrillos para financiar un viaje de ese tamaño.

Cuando Saiffudin detectó ese dato, interrogó duramente a José Regino. Le presionó hasta hacerle titubear frente al juez Zawawi. En retrospectiva, fue el momento que definió el destino de los tres mexicanos. (…)

***

Zawawi citó a las partes hasta el 17 de mayo para leer su sentencia. Las notas de las agencias internacionales del día hablaban de que había sido una mala tarde para los mexicanos. No se podía eludir un hecho: el diálogo entre Saiffudin y José Regino había sido desastroso.

Pasaron algunas semanas antes del cierre. El 17 de mayo llegó pronto. Muy pronto. Creo que a todos se nos fue rápidamente.

Zawawi había redactado durante un mes su sentencia, luego de evaluar los argumentos de ambas partes. Todos debíamos estar en la corte antes de las 10 de la mañana. Cualquier cosa que pasara no tardaría mucho.

Antes de entrar a la sala por la que sería la última vez, el fiscal Saiffudin me dijo que ese día se haría justicia.

—Esto va a servir de ejemplo para que los narcos mexicanos no vengan a nuestro país —pronosticó (…).

(Con información de Milenio)



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