opinión
“No otro Tlatlaya”, artículo de Jacobo Dayán
Caronte por Jacobo Dayán
Foto: Presidencia

Como si no fuera suficiente la violencia que vive el país, es preocupante la reacción del General Secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, ante el brutal ataque a miembros de la fuerzas de seguridad por parte del crimen organizado el pasado 1 de mayo en Jalisco. El tono de su discurso del pasado 5 de mayo debe moderarse ya que el mensaje que se manda es peligroso.

La gran mayoría de los múltiples estudios que se han realizado para tratar de identificar la escalada de violencia y descomposición que lleva a sociedades o grupos a cometer genocidios y otros crímenes masivos incluyen la deshumanización y el discurso de odio como elementos siempre presentes. 

Uno de los estudios más serios es el realizado por Gregory Stanton, que identifica, a grandes rasgos, en las primeras etapas lo siguiente:

1) Clasificación, distinción de las personas en “nosotros-ellos”;

2) Simbolización, asignación de nombres o símbolos a los grupos previamente clasificados que pueden generar deshumanización;

3) Discriminación, negación de derechos;

4) Deshumanización, negación de la calidad humana de un grupo, se equiparan con animales, bichos, insectos o enfermedades. La deshumanización oprime la natural repulsión humana al asesinato.

La fórmula utilizada en múltiples ocasiones en la historia durante circunstancias críticas es simple: generar una narrativa ideológica que explique por qué la situación es peligrosa, no por las condiciones propias de la sociedad, sino como el resultado de un intruso externo, es decir que las cosas funcionaban hasta que la sociedad permitió la penetración de un grupo exógeno y la forma de restablecer la “salud” social es “eliminarlos”.

En su discurso, el General Cienfuegos se refiere al crimen organizado con términos como “apátridas”, ¿de dónde serán?

Con esto el discurso parece indicar que en México vivimos una crisis de seguridad que ha llegado de fuera por lo que debemos “desterrarlos” y “que sea la mexicanidad el eslabón que nos cohesione y fortalezca para extirpar al cáncer” y “que no se mezclen entre nosotros” (los entrecomillados son extractos del discurso). Si se trata de metáforas, son muy desafortunadas e inaceptables. No es exageración. No, ningún ser humano es un cáncer, ni los armenios eran microbios, ni los tutsis cucarachas, ni los gitanos una peste, ni los judíos parásitos, ni los bosnios perros.

Es necesario aclarar que el Estado mexicano tiene el derecho y la obligación de luchar contra el crimen, garantizar la seguridad y controlar el territorio nacional. Pero debe hacerlo en el marco de la ley, no puede existir un impulso a terminar extrajudicialmente con el crimen organizado. En ese momento el Estado se convierte en criminal.

El mensaje del General Secretario Cienfuegos debe ser claro, firme y en concordancia con sus obligaciones, no puede mandar señales confusas que inviten a resolver el problema de seguridad por otros medios que los que marca la ley. No más Tlatlayas.  

Somos un país con abundante discurso de odio que ante la menor provocación surge desde espacios, momentos inesperados y de muchas formas. Los ejemplos sobran, discurso de odio entre diferentes clases sociales, contra grupos étnicos, por color de piel, por origen, por religión, por apariencia física.

En otro orden de ideas pero siguiendo con la peligrosa utilización del lenguaje, no puedo más que sorprenderme y horrorizarme por la campaña lanzada por el Instituto Electoral del Estado de Querétaro para promover el voto. Presenta siluetas de personas, es decir las desaparece bajo el  lema “Si no votas, no existes”. En un país con más de 20 mil desaparecidos, suprimir personas es criminal y torpe.

 

Jacobo Dayán

Especialista en derechos humanos y analista internacional. Fue Director de contenidos del Museo Memoria y Tolerancia de la ciudad de México.

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