‘Mis libros parten de la conciencia de la desgracia’: Guillermo Fadanelli
El escritor habla en entrevista de su novela ‘Al final del Periférico’.
(Secretaría de Cultura/Literatura Random House).

‘Las explicaciones siempre llegan tarde, es la historia de mi vida’, argumenta Guillermo Fadanelli (Ciudad de México, 1963). Quizá por eso el narrador dedica a su novela más reciente Al final del Periférico (Literatura Penguin Random House), a la década de los setenta, cuando Luis Echeverría presumía de llevar al país ‘arriba y adelante’; años en que los suburbios eran símbolo de progreso y de una posibilidad para las clases medias, de aspirar a una casa. El problema fue que el espejismo no tardó mucho en desaparecer y la crisis llegó para quedarse. Así, lo que en principio parece una novela sobre la infancia, termina siendo -incluso a pesar del propio Fadanelli-, una historia que dialoga con el presente. ‘En un país con tal diferencia económica como el nuestro, hasta los hombres de derecha tendrían que ser de izquierda’, desafía el espigado autor que en tiempos más atléticos fue seleccionado de basquetbol por la UNAM.

Esta no es la primera ocasión en la que evoca la infancia en uno de sus libros. ¿Qué lo lleva a mirar al pasado?

La memoria es un territorio minado. Peligroso a veces. Volver al pasado representa para mí, la construcción de un mito; es como inventarse raíces; una forma de conocimiento. La biografía no necesariamente refleja la verdad de lo sucedido. A veces sus relaciones con lo real son difusas. Por eso la literatura transforma el pasado en un mito que se comparte a través del lenguaje. Al final del periférico es mi primer intento por ser una especie de intermediario entre la memoria y lo que soy ahora. Las explicaciones siempre llegan tarde, es la historia de mi vida, así que preferí narrar de una forma sencilla, sin pretensiones canónicas ni experimentación literaria. Es un libro sencillo, me dio felicidad escribirlo.

¿Suele escribir a partir del gozo o de la incomodidad?

En mi caso hay una incomodidad primigenia. Vivo a disgusto. Tengo la sensación de habitar un mundo injusto y plagado de crueldad. Al mismo tiempo soy víctima de un continuo malestar íntimo. Lo que detona los libros que escribo es la conciencia de la desgracia. No quiero vender la idea de un nihilismo que deba ser expandido, pero sí es la raíz íntima de lo que escribo. Soy disciplinado para aniquilar el desasosiego a la hora de escribir, puedo hacerlo en un estado de depresión absoluta o de felicidad.

¿Le resulta catártico?

Sí, cuando escribo me traslado a otra realidad plagada de símbolos y misterios. Una comodidad terrena y espiritual, aunque esta palabra esté tan deteriorada hoy día. No obstante, mi escritura no tiene fines catárticos.

A bote pronto no me lo imagino una persona espiritual…

Cuando hablo de espiritualidad me refiero a una duda vital, una conciencia de la orfandad, de un mundo no descrito pero sí presentido; y no a una clase de idea divina. No soy el tipo de escritor que busca la salvación por medio de la literatura, me conformo con habitar mundos distintos.

Aunque en sus libros suele haber redención para sus personajes…

Por supuesto, Richard Rorty, el filósofo norteamericano, decía que la novela posee una virtud específica: auxiliarnos en el progreso moral de las personas, en la conversación para la persecución del bien. Y Doctorow, también norteamericano, decía que la literatura es una forma de distribución del sufrimiento. Alguien ha encontrado en mis libros un espíritu piadoso, ahora tú mencionas la palabra redención. No sé, corresponde al lector encontrar las huellas de su lectura. Sin embargo, sí creo que la literatura ahonda en el misterio del vivir y hace más agradable la estancia en el mundo. Y escribir fomenta el espíritu crítico.

La novela tiene algo de iniciático. El despertar erótico, la amistad…

El futuro siempre es incierto, pero es más certero que el pasado. En el pasado no podrías determinar cuáles fueron los detonantes que te llevaron a ser determinada persona, en cambio el futuro siempre será desgraciado, tendremos enfermedades y moriremos. Es un horizonte calculado de alguna manera.

En su novela regresa a una época en la que vivir en los suburbios representaba la posibilidad de comprar una casa y por lo tanto de cierto tipo de progreso.

Mi padre conducía un trolebús y necesitó trabajar duro para mantener a sus hermanos primero, y después a nosotros. No se arredraba y tampoco era un nihilista, era un ateo trabajador que creía en la posibilidad de progresar y justamente lo consigue cuando nos vamos al suburbio: Rinconada Coapa, un residencial con casas de dos pisos. Mi madre tomó clases de manejo para estar a la altura de sus vecinas. Al mismo tiempo entonces era el final del Periférico, lo que también significaba que el progreso tiene un final.

Una metáfora del progreso que no fue.

Sí aunque no fue intencional. Entre 1970 y 1976, Luis Echeverría fue presidente y su lema de campaña era: arriba y adelante, cuando en realidad pudo haber sido: abajo y atrás.

De hecho ha sucedido lo contrario. Hoy los suburbios en muchos casos, son cinturones de pobreza e inseguridad.

Tienes razón, tanto que el Estado de México es un suburbio gigantesco e infernal, donde la calidad de vida es detestable.

Políticamente, ¿dónde se ubica?

No me gustan los dogmas. Podría llamarme agnóstico y antidogmático, con cierta vena anarquista sin llevarla radicalmente a la política. Quebrantar el género en el arte y la literatura me estimula.

Aunque ahora abunda la literatura de coyuntura y superficial, incluso se da entre quienes que ganan premios.

Sí, tantos premios son señal de la decadencia absoluta de la literatura y de la necesidad de atrapar lectores. No son consecuencia de un talento o de un esfuerzo literario, artístico o de vida; son consecuencia de un mercado y entramado social. Pero ahí tenemos a Joseph Roth, Robert Walser, Enrique Vila-Matas, Peter Handke, u otros autores que me demuestran que la novela es un género en crisis pero en constante transformación.

Una transformación donde ahora predomina el sentido estético o estructural, sobre la idea de conmover –en el sentido más amplio de la palabra-, al lector.

Mis comienzos en la literatura son de raigambre anarquista. Me gusta la literatura que conmueve, libera y emociona. Mis libros son consecuencia de una vitalidad. Como decía Artaud, no hay que permitir que la representación y el lenguaje nos ahorquen, sino buscar sentidos inéditos y conmovedores. Si fui feliz con Al final del periférico, se debe a que experimenté la libertad.

Pero la novela tiene un sentido político, en esencia es un libro sobre el derrumbe de las utopías.

Echeverría se sentía un liberador del Tercer Mundo.  En aquella época estábamos plagados de metáforas morales, buenos deseos socialistas y políticas de redención pública. Todo ello me da oportunidad en  2017, de comprobar que mis intuiciones no eran falsas. Son los actos los que hablan y no las promesas de bienestar social o moral. Las acciones que causan el bien o el desarrollo social pueden venir de cualquier lugar y no nada más de una corriente autonombrada como liberadora. Soy un escéptico, con tendencias políticas socialistas. En un país con tal diferencia económica como el nuestro, hasta los hombres de derecha tendrían que ser de izquierda.

¿Pese a que el concepto de ‘izquierda’ es cada vez más difuso?

Porque tenemos políticos en su mayoría, de moral incompleta. Carecen de espíritu filantrópico. Descreo en lo general de la figura del político mexicano. No hace falta que proponga ejemplos porque los vivimos todos los días.

Su novela está ubicada en los setenta, curiosamente hoy vivimos un momento que nos permite vernos en el espejo de aquella.

Sí, pareciera que el tiempo no avanza y que la madurez es una especie de utopía. La crisis se ha eternizado y en época de crisis cualquier funcionario, redentor o sacerdote nos vende la idea del bien. Por eso hay un vaso comunicante. Sin embargo, mi novela no tiene intenciones sociológicas ni políticas, sino de auscultar en la personalidad del niño que seremos o que fuimos.  Me atrae la idea de describir esa Arcadia o edad de oro en que situamos nuestra felicidad, y situarla como un presente continuo donde los niños son criminales en potencia y pasan sus vidas ingeniándoselas para hacer daño a los otros.

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