“Por el puro morbo”: una evocación de Eusebio Ruvalcaba
“Amo la música por encima de todo”, solía decir el narrador, ensayista y melómano jalisciense, recién fallecido, y autor de una cincuentena de libros de diversos géneros y temas. Aquí lo recordamos.
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Foto: Arturo Talavera

Por José David Cano

La noticia me llegó por varios frentes y cayó como agua helada: “Murió Eusebio”, decía un escueto mensaje de texto. Segundos después, la voz de un colega retumbó por el celular: “Oye, me acaban de avisar: se nos fue el maestro Eusebio”. Luego, fue por el feis: “¿Ya te enteraste de que falleció Eusebio?”, me preguntaba otro compañero…

Entonces todo pasó al mismo tiempo: las piernas se me adormecieron; una opresión —entre el pecho y la espalda— me empezó a aumentar; y, de golpe —como una ráfaga de flashes, como una ráfaga de destellos—, un puñado de recuerdos comenzaron a desfilar por mi cabeza…

A mi memoria llegó, desde luego, mis primeros días en El Financiero —me refiero al viejo diario, cuando todo se cocinaba en la calle Lago Bolsena.

Tú, Eusebio —concentrado y detrás de aquel enorme escritorio café, el más visible cuando uno entraba al cubículo de la sección de cultura—, fungiendo como corrector de estilo, ese oficio tan ausente ahora en las redacciones todas.

Por supuesto, me vino a la mente tu inmensa alegría: ya haciendo un comentario irónico o mordaz, ya tratando de “alburearnos” —porque contigo, ¡oh sí!, había que estar siempre a la vivaz, en ese sentido.

Nítidamente, como si hubiera sido la semana pasada, pasaron por mi cabeza nuestros días etílicos en casa del querido maestro Víctor Roura —amigo mutuo y, en ese entonces, editor de la ya desaparecida sección cultural—, cuando aún residía en la avenida Felix Cuevas. Legendarias tardes y noches, me gustaría agregar.

O nuestras borracheras de cantinas, hermosos “templos del saber y del beber”, como las llamabas: en el desaparecido El Zirahuén; en La Flor de Valencia; en La Providencia (en la buena época de esta cantina, que la tuvo); en La Jalisciense (tu segundo hogar); en la Dos Naciones; en la Buenos Aires; en la Río de la Plata; en La Invencible; en La India; en una que otra cantina rascuache; en el Sanborns (de a 2×1); en el mítico Fogonazo (lugar ya desaparecido en el que solíamos pasar a nutrirnos —a veces antes, o a veces después, de estar en la redacción—, siempre acompañados del maestro Roura), y en tantas otras que ahora mismo se me escapan de la memoria.

Cuántos tragos, cuánta vida, cuántas tardes y noches. Y, entonces, con varios tragos encima ya, devenía la conversación en un desfile no sólo de nombres sino de risas, albures, lágrimas, evocaciones, música… En ese sentido, tú eras un conversador excelso, infinito, humilde.

Y recordé, cómo no, nuestras charlas y tus palabras siempre precisas. De aliento: para enfrentar esta asfixiante existencia. De crudeza: para aliviar el abandono de una mujer. De humor: para dejar en claro que, en esta vida, no había que tomarse nada en serio. En aquella bohemia, tu pensamiento, tus observaciones y reflexiones —en torno a la vida, la música y la mujer—, solían agudizarse. La conversación transmutaba, entonces, casi-casi a género literario: porque la palabra fluía. (Eso sí: nunca, nunca pedías tú el protagonismo.)

Y llegó a mi mente —recordé casi con agua en los ojos— tu paciencia y enseñanzas en la redacción. Porque siempre fuiste un ser generoso, un Maestro generoso —así, con mayúscula—, que abría puertas, ampliaba horizontes, que señalaba caminos.

Y, sobre todo, me vino a la mente cómo fue creciendo nuestra amistad. Testimonio de esa larga camaradería está registrado en los cambios de nuestro paladar espirituoso, los cuales se fueron dando por obligación, necesidad o gusto: el ron (pintadito, con su caballito de jugo de limón), el vodka (con sus gotas de menta verde), la ginebra (para espolvorearte la cara y oler bonito para las mujeres), el whisky (o, como lo pedías: tu Johannes Brahms, por aquello de las iniciales JB), o el vino (la bebida de tu preferencia, acompañante perfecto —me decías una y otra vez— con la música de los dioses).

Y entonces recordé tu última llamada, apenas unos meses atrás —tú que tanto cuidabas y procurabas a tus amigos—, pidiendo, exigiendo, que nos viéramos para finiquitar los tragos pendientes que teníamos…

Y ahora te has ido. Y una profunda aflicción se ha aposentado no sólo en tus amigos, sino en todos tus lectores. Dejando claro que era un ser querido, un escritor amado, un melómano admirado. Y uno no deja de maldecir: ¡Carajo! Y preguntar: ¿Por qué tú, querido Eusebio?… ¿Por qué tú?

§§§

Escritor. Periodista. Dramaturgo. Poeta. Ensayista. Corrector de estilo. Editor. Tallerista solicitado…

Todo eso fue Eusebio Ruvalcaba.

Pero, especialmente, fue un declarado Melómano. Así, con mayúscula. Y lo subrayo porque amaba la música por sobre todas las cosas. (O por sobre casi todas.)

Y no podía ser de otra manera: fue hijo de la pianista Carmen Castillo Betancourt, y de Higinio Ruvalcaba, uno de los más grandes y excelsos violinista mexicanos. Así que la música, decía él, estuvo presente en su vida desde antes de que llegara a este mundo.

Él mismo lo apuntaba en su blog: “Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.”

Una vez le pregunté: ¿para qué nos ha sido dada la música, Eusebio?

Él ni lo pensó: “Para ser felices, o un poco menos desdichados —dijo—. Al menos en mi caso, lo único que eleva mi espíritu es la música. Es lo que ocupa el primer lugar en mi corazón… Amo la música por encima de todo. La oigo casi todo el día porque cuando no la pongo yo, la pone mi memoria: hay siempre ahí pasajes de obras que me gustan.”

Lo cierto, sin embargo, es que lo de Eusebio era la universalidad.

Él le habló a todo tipo de lectores, que es decir a todo tipo de personas: al intelectual, al académico, a profesores, a estudiantes, a oficinistas, a trabajadores, a amas de casa, a taxistas, a taqueros, a cocineras…

Y lo hizo, desde todos los frentes posibles: su vasta obra no se limitaba a un solo género: fue de la novela al ensayo, pasando por la poesía, los cuentos, los aforismos, los textos periodísticos, la dramaturgia, incluso un género ya poco frecuentado: las cartas.

Y, desde la honestidad, habló de todo: la condición humana, la belleza, las bondades y deslealtades del amor, la dureza del padre, el erotismo, la amistad, la marginación, su corazón hecho pedazos, su alma con tufo de alcantarilla… todo le servía para hilvanar un poema o para inventar una historia.

Sin embargo, había tres constantes que se filtraban en su obra toda: la mujer, el alcohol, y, lo ya dicho, la música.

Para corroborarlo, ahí están títulos como Por el puro morbo; El frágil latido del corazón de un hombre; Homenaje a la mentira; En la dulce lejanía del cuerpo; Nina; Un hilito de sangre; Las cuarentonas; Elogio del demonio; Clint Eastwood, hazme el amor; Amaranta o el corazón de la noche; Músico de cortesanas; Desgajar la belleza; Las memorias de un liguero; Pocos son los elegidos perros del mal; Una cerveza de nombre Derrota, o ¿Nunca te amarraron las manos de chiquito?, por sólo mencionar algunos de la cincuentena que dejó publicados.

Eso sí: aunque no toda su obra tiene la misma calidad —por otra parte algo muy común en alguien tan prolífico como él—, no cabe duda que hemos perdido a un excelso escritor. Enorme. Pero, sobre todo, hemos perdido a un ser humano generoso y sensible. Sumamente generoso y sensible.

Siempre afable y liviano y con humor, recibía a cualquier interlocutor para charlar y platicar de la vida, la música, la literatura, que, al menos en él, era la misma cosa. Y lo hacía con bondad y sencillez.

En una de nuestras primeras charlas, digamos, “formales”, justamente le pregunté por la figura femenina en su obra.

Eusebio sonrió: Yo únicamente me atrevería a decir que, en mis textos, está la carne viva de la mujer, la presencia de la mujer en sus múltiples manifestaciones —me dijo—. A través de los sentidos, en mi obra trato de incursionar en la naturaleza femenina.

Aquí, quise ir un poco más lejos: ¿dirías que en la mujer se encierra un mundo?, le pregunté.

Eusebio se tomó unos segundos: Sí —respondió—, aunque no en todos los casos. Pero, en la percepción de la mujer, uno puede encontrar toda la relevancia que la vida te ofrece. Mira… Uno, como varón, está en un aprendizaje continuo para desentrañar la verdadera condición femenina. Ésta es una tarea inacabable porque nacemos de una mujer. Por lo tanto, traemos con nosotros la percepción de un cuerpo femenino…

Entonces, hice una pausa. Y leí lo que él mismo había escrito para uno de sus propios libros: “La mujer ha representado para mí una dualidad contradictoria e insondable, algo eternamente prohibido y sin embargo siempre a la mano. Como una fruta que pudiera tomar en el momento que yo quisiera y saciar así mi sed y mi hambre, aun a sabiendas de que habría de producirme un daño atroz.”

Él se quedó pensativo. Le interrumpí: ¿estarás de acuerdo que no hay nada más inhumano que el hecho de que la mujer le declare la guerra a un hombre?

Eusebio se echó a reír. Luego, todavía con una sonrisa, me dijo: Entre las muchas facultades de la mujer está hacernos pedazos a través de su crueldad. Una crueldad que ejercita con singular sabiduría y maestría. Me parece que hay periodos en la vida de un hombre en el que se está en guerra, y, ¿sabes?, sale uno perdiendo. Aunque en general siempre salimos perdiendo. Mira, uno canta victoria pero el día de mañana esa victoria se evapora y no queda más que la crueldad femenina.

§§§

Eusebio tenía claro que la vida carecía de razón si no estabas listo para rendirte ante la belleza. En su obra, una y otra vez ésta se filtraba —no sólo como concepto, también como llegada.

En otra de nuestras conversaciones hablamos de ella. ¿Es cierto que la verdadera belleza termina donde comienza una expresión intelectual?, le cuestioné.

Eusebio suspiró. Luego, dijo: Para mí, la belleza es un estado ideal que no existe, sino que se persigue… Es como la cima de una montaña que nadie ha logrado escalar. Creo que en el momento en el que finalmente se descubre, uno se da cuenta que no ha sido a través de un trabajo intelectual sino de una emoción. Por ejemplo, ahí donde termina la literatura y principia un estallido, en ese momento existe una manifestación completa de la belleza.

Pero habría que aclarar una cosa —me dijo Eusebio mientras miraba la copa que tenía en su mano y la lleva a su boca, lentamente, para sorber unos cuantos tragos más—: Se llega más rápido a la belleza vía alcohol, que vía escritura… La literatura estorba para tener acceso al templo de la belleza, al cual uno debe entrar de rodillas… La literatura te enseña a ser arrogante; la humildad, entonces, se convierte en una piedra, en un estorbo. De tal manera que —Eusebio sentenció— le estás negando a la belleza su más alto punto…

Aquí le interrumpí: ¿cómo convivir, entonces, con ella?

Eusebio se quedó pensativo; tras unos segundos, dijo: Para poder vivir con la belleza se requiere, primero, de su dosis de locura… Se requiere, además, quitarse varias telarañas de la cabeza y dejarse sorprender por las manifestaciones que encarnan la belleza, y que lo mismo puede ser una misa de Bach que una novela de Dostoyevsky. Uno debe aprender a convivir con la belleza y hacerla el pan de todos los días. La belleza no es privilegio de unos cuantos. Lo único que se requiere para advertirla es disposición, voluntad y tiempo, todo el tiempo del mundo… Claro, más cierta ociosidad…

§§§

Vamos a dejarlo claro: Eusebio jamás cejó en su intento de escribir más y mejor cada día. Por hilvanar una línea con la siguiente, como decía de manera frecuente. Siempre.

Eso sí: no creía en los géneros literarios. “Para mí —decía una y otra y otra vez— hay un sólo tronco común: la palabra escrita.”

En varias de nuestras charlas “formales” —todas ellas, ahora me doy cuenta, realizadas en cantinas— abordamos y bordeamos sobre todo este asunto.

Cuando escribo, me dijo Eusebio una tarde cualquiera, mi objetivo es volcar lo que siento y lo que pienso. Y una consecuencia de esto es que el alma se revele. Pero eso —enfatizó— ya no está en las manos de uno. Mi única intención es llevarle palabras a un momento de mi vida. Asomarme un poco dentro de mí. No sé si esto justifique el acto literario… Es cierto: me da verdadero terror asomarme dentro de mí mismo, pero me encanta. El escritor es finalmente el traductor de sí mismo, es un filtro, porque a través de sí mimo pasa todo el mundo.

Hizo una pausa, así que insistí: ¿pero qué buscas detrás de la palabra?

Eusebio, con suma paciencia, también insistió: No trato de decir nada, yo no tengo conciencia del trabajo escritural desde el punto de vista de ser conductor de un precepto determinado… En efecto, sí tengo una preocupación por el lenguaje. Por eso trato de estorbarme lo menos posible a mí mismo como narrador. Trato de que el texto fluya y fluya, y eso sólo se logra con trabajo de carpintería, de oficio. Yo soy sujeto de las palabras cuando escribo, y, cuando someto al texto a corrección, trato de sujetar yo las palabras…

Así que, en el fondo —agregó— a la hora de escribir realmente nunca he querido decir nada. Escribo cuando el mundo me pone frente a la pared. Esto puede devenir en forma ensayística, epistolar o poética; lo trascendente es que la palabra llega imbuida, inoculada de pasión. Por supuesto, deseo que alguna cosa que escribo abra un pequeño espacio para alguien más, para un lector. Si alguna línea se salva, uno ya está salvado.

Que Eusebio hablara de las formas que adopta lo escrito, me sirvió para hurgar más en el tema: ¿en qué faceta te siente más a gusto?, le pregunté.

Se tomó unos segundos: Hablar de los géneros es un poco arbitrario, porque para mí —dijo Eusebio— están imbricados unos con otros. En realidad la palabra escrita es una sola, y los límites entre los géneros literarios los ponen, los dictan, más los estudiosos que los propios escritores. Pensar en la escritura como lo hacen los académicos (esa división de poesía, narrativa, ensayo), me remite cada vez más a las apreciaciones de mi abuelita sobre los sexos: que un hombre no puede tener elementos de una mujer y una mujer no puede tener elementos masculinos, siendo que a través de la experiencia los géneros se imbrican, se traslapan. Hoy, por ejemplo, nadie ve con malos ojos que un hombre use cola de caballo. Así que de la misma manera en que los elementos de la poesía están dentro de los componentes de la novela o el ensayo, los elementos del ensayo y de la novela pueden estar dentro del poema. A mi modo de ver, la literatura está en todas partes y el oficio de escritor es descubrir dónde está oculto lo que para la mayoría de la gente pasa inadvertido.

El alcohol, que era una tema frecuente en su trabajo literario, también fue frecuente en nuestras conversaciones —como tema y como verbo.

—Vamos a derrumbar mitos —le dije un día—. ¿De verdad uno puede escribir borracho?

Eusebio soltó una risita.

—En lo absoluto —respondió, al cabo de unos segundos—. Se requiere cierta lucidez para sentarse a escribir. Borracho puedes trazar algunas ideas y escribirlas, como relámpago, como aforismo, como puntos de partida. Pero no creo que nadie, y yo en lo personal, no creo que nadie pueda escribir un cuento absolutamente borracho. Necesitas la lucidez que da la sobriedad para poder hurgar y expurgar tu texto, y sacarle todo lo que sobra. Los borrachos, cuando escribimos, somos muy dados a escribir en demasía; adjetivamos por naturaleza etílica, y lo hacemos en un modo francamente imbécil. Ahí es donde entra la lucidez: porque viene el sobrio y quita los adjetivos que no sirven. El sobrio es la censura personal del ebrio. El sobrio es la Secretaria de Gobernación del ebrio. Hablo, sobre todo, en cuestión de técnica. Porque el sobrio que se corrige a sí mismo, al ebrio que es él, sabe lo que no debe borrar que haya escrito el ebrio. Alguna neta. Así que lo que quita son los errores de construcción.

—Hay quien dice que es una bendición el alcohol…

—Lo creo… Pero, ojo: las virtudes del alcohol son sutiles y delicadas, o brutales y despiadadas, dependiendo de quien beba. El trago te obliga a tomarte menos en serio y a aceptar lo que la vida te da a manos llenas y que pasa de largo para los amantes de la estética. Para los pusilánimes. Por otra parte, gracias al alcohol he descubierto la miseria que significa estar vivo. Gracias al alcohol he tocado mi propia miseria y descubierto la belleza donde estaba oculta. Así que sí, el alcohol es una bendición. Te abre los ojos. Y los oídos.

—¿Crees, entonces, en los milagros del alcohol?

—Por supuesto. El alcohol es un dios. Creo que el alcohol hace ver a los ciegos; oír a los sordos; caminar a los tullidos, entender a los zafios; y comprender a los cerrados de corazón y de espíritu… El alcohol es un milagro.

Epílogo

De las invaluables cosas que me dejó El Financiero, una de las que más atesoré y agradecí fue la camaradería y la amistad de Eusebio Ruvalcaba. Para mi consuelo, él lo sabía. Se lo decía con frecuencia.

Por eso, ahora que la muerte le ha vencido —tras algunas semanas de lucha—, recordé lo que alguna vez escribió a fines de 1999, principios de 2000:

«Yo nunca podría anteponer la literatura a la vida. No se diga a mi vida. En cambio, siempre preferiré que al momento de mi muerte —si es que Dios me lo permitiera escoger— esté conmigo, al lado de mí, una persona, un ser humano, alguien a quien pueda tenderle la mano, alguien que me pueda tender la mano para que yo deje en sus manos mi vida, siempre preferiré eso antes que ninguna otra cosa, y en segundo lugar, si puedo escoger, si no hay nadie junto a mí, que haya música, que a mis espaldas se escuchen algunas páginas de Mozart, de Bach, de Schubert, de Beethoven, de Schumann, de Brahms, de estos hombre que han estado conmigo en los momentos más dulces o aciagos. Estoy seguro de que la música te arrulla hasta que la muerte se adueña de tu espíritu. Como lo hacía la madre hasta dormirte en su regazo. En tercer instancia, y sólo en tercera, y perdón por pedir tanto, optaría porque alguien me leyera un poema, como “Los justos” de Borges, “Para pedir el olvido de nosotros mismos” de Stevenson, o, el más alto, El sermón de la montaña de autor conocido.»

Por eso ahora mismo, querido Eusebio, con agua en mis ojos y alcohol en mi sangre (con Brahms en el sistema de audio), me pondré a leerte, desde la intimidad de mi casa, lo que pedías.

Adiós, querido maestro. Buen viaje, amigo querido. Y, claro, salud.

Nota bene: Eusebio Ruvalcaba Castillo falleció el pasado martes 7 de febrero de 2017. Tenía 65 años.
Aquí puede consultar su blog, que aparece bajo el título de “Eusebio Ruvalcaba | Nadie se baña dos veces en el mismo Eusebio”: https://eusebioruvalcaba.wordpress.com/



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