“Mentiras y verdades sobre Trump”, artículo de Carlos Herrera de la Fuente
"El neoliberal es un hipócrita; Trump, un cínico. Lo que enfurece a los neoliberales es que él dice con cinismo lo que ellos tratan de ocultar a toda costa con su discurso de valores vacíos".

Por Carlos Herrera de la Fuente

Ahora que se acerca la toma de posesión de Donald Trump como 45° presidente de EUA el próximo 20 de enero, y que la conformación de su gabinete, y las decisiones de algunas empresas, han comenzado a mandar algunas señales de lo que podrá ser su futuro gobierno, ha llegado tal vez el momento de pensar con serenidad lo que significará ese mandato.

Lo primero que valdría la pena destacar de todo este maremágnum de opiniones y expresiones en contra de la victoria de Donald Trump es que gran parte de ellas proviene de un sector que, hasta el momento, había simpatizado, sin reserva alguna, con las políticas estadounidense en todos sus niveles.

¿No es de llamar la atención que algunas de las críticas más acérrimas contra Trump provengan de personajes como Jorge Castañeda, Enrique Krauze, Andrés Oppenheimer, Mario Vargas Llosa, etc., esto es, de figuras públicas comprometidas plenamente con el proyecto neoliberal, para quienes Estados Unidos representa algo así como la más grande encarnación histórica de todos los valores universales habidos y por haber? ¿No contrasta esto con el hecho de que Donald Trump, un empresario multimillonario, haya hecho su fortuna precisamente al amparo de gobiernos ultraconservadores y neoliberales (no hay contradicción) como el de Ronald Reagan, presidente al cual, por cierto, admira por sobre todos los demás (al igual que los personajes anteriormente citados)? ¿No es Donald Trump el producto más puro del neoliberalismo estadounidense? ¿Cómo, entonces, podría oponerse, justamente él, al régimen que protegió y promovió su enriquecimiento privado (así como el de los grandes empresarios que hoy lo apoyan abiertamente)?

Donald Trump, se entiende, no es ningún socialista ni ningún personaje interesado en crear un Estado de bienestar que proteja a los más pobres y desfavorecidos del sistema. No. De hecho, desde el comienzo de su campaña como precandidato, anunció que, de llegar al poder, su primera acción sería eliminar el Obamacare, el “programa de protección al paciente” aprobado por la administración del presidente Barack Obama con la finalidad de asegurar médicamente a todos aquellos individuos que carecieran de una cobertura de salud por razones de desempleo o de bajos ingresos. O sea, de ser consecuente con su discurso, su primera acción será antiproteccionista y antipopulista. Y, sin embargo, los adalides del neoliberalismo lo tildan precisamente de populista. ¿Cómo es esto posible?

Aún más. Por poner dos ejemplos, Trump eligió como su secretario de Estado (el hombre más fuerte de su gabinete) a Rex W. Tillerson, uno de los principales directores ejecutivos de la compañía petrolera Exxon Mobil, y como secretaria de educación a Betsy Devos, una defensora radical de la educación privada y la “libertad de elegir escuelas” sin la presión del Estado. ¿Populismo?

La dificultad del asunto estriba en identificar el nivel del discurso en el que se maneja Trump, el cual rompe las reglas de la típica hipocresía neoliberal que no dice nunca lo que en verdad quiere decir, y se escuda siempre detrás de una serie de valores que, en la práctica, desmiente cotidianamente. Trump es, en realidad, al igual que gran parte de sus críticos, un neoliberal intransigente, un defensor radical de la propiedad privada y de los negocios, sólo que, en su primitivismo, no se preocupa (o se preocupa poco) de las formas. Un neoliberal promete que va a luchar por los derechos y las libertades de los migrantes, aunque en los hechos los expulse; Trump sólo promete su expulsión. El neoliberal es un hipócrita; Trump, un cínico. Lo que enfurece a los neoliberales es que él dice con cinismo lo que ellos tratan de ocultar a toda costa con su discurso de valores vacíos. Analicemos algunas falacias.

1. El discurso neoliberal y Trump. La principal tesis del neoliberalismo, que todos sus seguidores repiten como si se tratara de una verdad absoluta, es que para que una economía funcione “sanamente” es necesario promover la total libertad de comercio y mercado, sin restricción alguna. Este credo (de tintes cuasirreligiosos) nació en el Reino Unido en la segunda mitad del siglo XVIII, con la finalidad de combatir los monopolios estatales y dar impulso a la empresa privada. Por supuesto, la intención política de su vocero principal (Adam Smith) no era fortalecer las empresas privadas y la economía de todo el mundo, sino del Reino Unido, esto es, de su propia nación. Su defensa del libre mercado estaba vinculada a sus intereses nacionales. Para lograr dicho propósito (como lo ha demostrado en varias ocasiones el historiador Immanuel Wallerstein), los Estados naciones de las distintas potencias económicas jugaron un rol fundamental. Ellos fueron los que promovieron internamente las condiciones de “competencia” y, externamente, establecieron las reglas del comercio internacional, con la finalidad de sacar la mejor tajada posible para sus connacionales. Sin la intervención del Estado moderno y las revoluciones políticas que lo fundaron, la economía liberal no existiría. Y esto se ratifica en la actualidad, cuando vemos a los Estados neoliberales (como el mexicano) condonar impuestos a las grandes empresas, o asumir sus gigantescas deudas u ofrecerle gratuitamente la infraestructura de la nación con tal de que sigan operando sin obstáculos.

En el mundo contemporáneo, cuando la competencia a nivel internacional está controlada por empresas cuasimonopólicas, la defensa del libre comercio no significa, en ninguna circunstancia, la defensa de la “libre competencia” y de la pequeña empresa, sino de esos grupos monopólicos que buscan dominar la totalidad del mercado mundial. Y, de nuevo, el Estado juega un papel fundamental. Cada negociación de un acuerdo de libre comercio se realiza con el único objetivo de beneficiar a los monopolios nacionales, no para ayudar a la humanidad en su conjunto. El TLCAN (gran destructor de la industria y del campo mexicano, causa de la enorme dependencia económica de México) fue, desde hace más de 20 años, la punta de lanza con la que EUA se dispuso controlar absolutamente el mercado de América del Norte. Y, por cierto, ello nunca derivó en el abandono de políticas abiertamente proteccionistas. Simplemente, recuérdese la forma en la que EUA ha llegado a bloquear varias veces la importación de diversos productos mexicanos (el jitomate, el aguacate, el atún, etc.) para proteger a sus propios productores.

Ahora que EUA ha perdido la hegemonía económica internacional por el fortalecimiento de China y por su extremo endeudamiento interno y externo, le resulta necesario renegociar los antiguos tratados comerciales para sacar aún más ventajas de las que ya obtenía. Y para eso surge un personaje como Trump. Donald Trump no quiere acabar con el TLCAN (¿por qué lo querría?), sino renegociarlo para someter aún más la economía de México y proteger las empresas monopólicas estadounidenses. Y como buen y leal siervo, el gobierno mexicano de Peña Nieto ya anunció que está dispuesto a renegociar el tratado (ah, claro, aunque en “condiciones de igualdad”). Con su retórica agresiva y ultranacionalista, Trump le hace el juego sucio a los neoliberales (por cuya hipócrita boca sólo se asoman las palabras de libertad de comercio, igualdad ante la ley, etc., pero nunca sus intenciones reales).

Lo único que se puede esperar de Trump es la continuación exacerbada del neoliberalismo estadounidense: un proteccionismo hacia afuera y una política ultraliberal hacia el interior de su país (lo que ya anuncia él mismo, por ejemplo, con la promesa de eliminación de restricciones ecológicas para la promoción de la inversión en EUA).

2. La expulsión de inmigrantes ilegales y el muro fronterizo. Desde hace más de treinta años, los gobiernos neoliberales estadounidenses no dejan de expulsar millones de inmigrantes indocumentados (no sólo mexicanos) y de construir un muro en la frontera entre Estados Unidos y México. El número de expulsiones ha sido muy elevado, por lo menos desde el gobierno de George Bush padre. Veamos las cifras.

Según el reporte de Liliana Meza González, “Mexicanos deportados desde EUA: análisis de cifras” (revista Migración Internacional, vol. 7, no. 4, Tijuana, jul./dic. 2014), si se suman los rubros de remociones y retornos que presenta el Departamento de Seguridad Doméstica de EU en su página web, durante el gobierno de George Bush padre (1989-1993) se deportaron alrededor de 4.1 millones de migrantes indocumentados, lo que dio un promedio de 1 millón de deportaciones al año. La cifra creció exponencialmente durante la administración de William Clinton (1993-2001), supuestamente un demócrata “liberal”, protector de los derechos humanos. En ese periodo, fueron deportados 12.3 millones de extranjeros, lo que promedió 1.5 millones de personas al año. La cifra disminuyó un poco con George W. Bush (2001-2009), bajo cuya administración se expulsaron 10.3 millones de extranjeros indocumentados, lo que promedió 1.3 millones anualmente. Finalmente, el promedio disminuyó un poco más en el primer periodo de Obama (2009-2012), llegando a 800 mil deportados por año, lo que suma un total de 3.2 millones de deportados durante su primer cuatrienio. Como se ve, la política de migración estadounidense no ha sido muy amable durante estas últimas décadas. La expulsión de migrantes indocumentados (especialmente mexicanos) es casi una tradición de la política estadounidense que se incrementa en los periodos de crisis económica.

Finalmente, con respecto al muro fronterizo. Éste se comenzó a construir en 1994, durante la administración de Bill Clinton (la administración más antiinmigrante de los últimos 30 años), en el contexto de la llamada “Operación Guardián” implementada por la Fiscal General Janet Reno. Hasta el año 2016 se habían construido alrededor de 1050 kilómetros de muro, lo que representa el 33.3 % de la frontera de 3 mil 145 kilómetros entre México y EUA (Excélsior, “Muro fronterizo EU-México, espinoso asunto desde hace 25 años”, 26/02/2016). Lo único que hará Trump, si cumple su promesa de campaña, es terminar el trabajo que iniciaron sus predecesores.

3. Relación con Rusia y política internacional. Los neoliberales ponen el grito en el cielo porque Trump admira al presidente de Rusia Vladimir Putin. ¡Válgame Dios! Esto significaría, dicen ellos, la alianza entre dos conservadores populistas que pondrían en riesgo la estabilidad política del mundo entero (¿cuál estabilidad política? Ésa sería la primera pregunta a responder). Pero, ¿qué importa que un político conservador admire a otro? ¿Significa eso que someterá la planeación política y económica de su país a los intereses de otra nación? ¿Saben, los que se espantan, que Winston Churchill fue admirador de Mussolini y que, sin embargo, encabezó la lucha contra el fascismo y el nacionalsocialismo? ¿O que Hitler fue un admirador de Stalin e incluso promovió la firma del pacto nazi-soviético que después quebrantó al invadir la URSS? ¿Qué le impide a un político admirar a otro y, sin embargo, realizar lo que más convenga a sus intereses nacionales? Henry Kissinger: America has no permanent friends or enemies, only interests (Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos permanentes, sólo intereses).

Trump puede admirar a quien quiera, puede incluso nombrar a Rex W. Tillerson (personaje cercano a Vladimir Putin) como secretario de Estado, pero, al final, lo que prevalecerá serán los intereses económicos de EUA, más allá de las simpatías personales. Cierto, Donald Trump ha hecho muchos guiños a Vladimir Putin, y el actual gobierno estadounidense ha acusado a éste último de haber hackeado las elecciones de su país para hacer ganar al candidato republicano, pero lo importante es entender por qué Trump se ha acercado tanto a Putin, el presidente de un país que ha puesto en jaque el expansionismo estadounidense en la era de Obama. ¿Por simpatía personal? ¡Por favor!

Para entender la “simpatía” de Trump por Putin hay que recordar primero la gran cercanía de Rusia con el que Trump considera el peor de todos sus enemigos: China. Donald Trump no se ha cansado de señalar que China ha logrado tener un enorme crecimiento económico durante las últimas décadas gracias a una serie de tergiversaciones en el mercado internacional y a una política blanda de EUA hacia el gigante asiático (por lo menos desde la época de Nixon). Si en la administración de Richard Nixon (quien se reunión en China con el mismísimo Mao Tse Tung) se trataba de profundizar la separación entre la República Popular y la Unión Soviética para acorralar aún más a la segunda, en la actualidad el objetivo es romper el estrecho vínculo político y económico entre Rusia y China, con la finalidad de aislar al segundo país. Divide et vinces (divide y vencerás). Es por eso que Donald Trump simpatiza con Putin.

El problema real es que, si bien eso puede funcionar a corto plazo, a mediano plazo Rusia y EUA están destinados a confrontarse (no necesariamente en términos militares). Pensemos en dos casos. Primero, en Turquía. Se sabe que, en el contexto de la guerra civil de Siria y del fallido golpe de Estado contra el presidente turco Erdogan, Putin se ha acercado a éste último. Es en este contexto que debe analizarse el reciente asesinato del embajador ruso (Putin: “el asesinato de nuestro embajador tiene como intención minar las relaciones ruso-turcas”). Turquía es un miembro fundamental de la OTAN (tiene el segundo ejército más grande de la organización) y es aliado estratégico de EUA. Históricamente, una de las causas desencadenantes de la crisis de los misiles en Cuba en los años sesenta, fue que Estados Unidos colocó anteriormente ojivas nucleares en Turquía que apuntaban a la Unión Soviética. EUA no puede dejar ir a un aliado tan importante que, por si fuera poco, geográficamente, es el enlace estratégico entre Europa y Asia.

Finalmente, Irán. Trump es aliado de los políticos israelíes de ultraderecha y enemigo declarado de Irán (a quien acusa de seguir intentando desarrollar armas nucleares). Rusia, por su lado, tiene decenas de miles de millones de dólares invertidos en proyectos energéticos en la República Islámica (RT, 13/12/2016), y apoya igualmente el proyecto de gasoducto entre Irán y Europa que pasará por Irak, Siria y Turquía (y que explica el origen de la guerra civil en Siria. No hay que olvidar que este proyecto fue resultado del rechazo del presidente sirio, Bashar Al-Asad, de otro gasoducto, impulsado por EUA, que habría de ir de Qatar a Europa, pasando por Arabia Saudita, Jordania, Siria y Turquía). En resumen: tarde o temprano estallarán las diferencias entre las dos potencias, por más simpatías que sus líderes se tengan entre sí.

Hay muchas mentiras y medias verdades en la histeria desatada por elección de Donald Trump como presidente de la Unión Americana. Con el paso del tiempo, se verá que un solo individuo no puede estar por encima de los intereses de la nación más poderosa del mundo y de las instituciones que rigen sus destinos (el Congreso, el Pentágono, la CIA, el ejército, etc.). Éstas le permitirán actuar a sus anchas, siempre y cuando beneficie los intereses económicos de EUA. Si, por el contrario, pone en riesgo proyectos y alianzas estratégicas de la potencia, le pondrán un límite… Es muy probable que los neoliberales que hoy tanto critican y atacan a Trump, sean mañana, en varios rubros, sus más fervientes admiradores.

*Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es un filósofo, poeta y ensayista. Licenciado en economía por la UNAM y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Ha publicado dos poemarios (Vislumbres de un sueño, 2011 y Presencia en fuga, 2013) y un ensayo de filosofía (Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger, 2015). Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales: El Financiero, De largo aliento, El Presente de Querétaro, etc. Actualmente escribe la columna Excursos en el periódico cultural La Digna Metáfora, donde aborda temas relacionados con la estética y la literatura.



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