Jorge Castañeda y Enrique Krauze analizan la reelección de Hugo Chávez
El ex canciller Jorge Castañeda y el historiador Enrique Krauze examinaron los factores que influyeron para que el presidente venezolano se mantuviera en el poder, en dos análisis, uno antes y otro después de las elecciones
(Foto: Especialistas)

Chávez: 20 años en el poder

 

Jorge G. Castañeda,  Reforma (11 de Octubre de  2012)

Hugo Chávez fue reelecto y, a menos de que algo imprevisto suceda, se mantendrá hasta 2019, es decir, 20 años después de haber tomado posesión por primera vez. Será el mandatario electo con más tiempo en el poder en la historia moderna de América Latina (Porfirio Díaz no tuvo elecciones democráticas). Toda una hazaña.

Al menos hay tres factores que lo explican. El primero, obvio, es el petróleo: sin este recurso Chávez no habría podido financiar las políticas sociales que puso en práctica durante estos 14 años, y sobre todo a partir de mediados del 2002, favoreciendo a mucha gente castigada por años de despilfarro y corrupción en Venezuela. Es difícil saber a ciencia cierta los datos pero se estima que desde 1999, el primer año de Chávez en el poder, hasta finales del 2011 ingresaron a Venezuela 840 mil millones de dólares por exportación de crudo. Mucho dinero para un país de menos de 30 millones de habitantes.

El segundo es el factor cubano: Chávez subsidia a los hermanos Castro y estos entregan a Chávez los ingredientes indispensables de su política social y de seguridad. Sin los médicos cubanos, no habría misiones “barrios adentro”; sin los anillos de seguridad cubanos, Chávez no podría confiar en su propio aparato; y sin la inteligencia cubana no podría vigilar y neutralizar a sus propios militares. La ecuación resultante es que: sin petróleo, no hay política social ni cubanos; sin cubanos, no hay política social ni de seguridad e inteligencia; sin política social, seguridad e inteligencia, no se ganan cinco de seis elecciones.

El tercer factor es Chávez. Es un político extraordinario en campaña, una máquina de obtención de votos y un genio para conectar con lo que, se podría llamar el “alma” del pueblo venezolano. En una sociedad étnica, social, geográfica e ideológicamente fracturada por décadas de malos gobiernos, Chávez ha polarizado a la sociedad venezolana, pero ha unido a sus seguidores recurriendo a todos los estereotipos imaginables, desde el desprecio por el color de la piel, o el tamaño de la chequera de sus contrincantes, hasta sus insultos internacionales. En el mundo, Chávez se está quedando solo: ya no lo acompañan los ultimados dictadores de Irak y de Libia, y probablemente tampoco el de Siria; y en una de esas su amigo Ahmadineyad también perderá su empleo. Pero no está solo dentro de Venezuela, sus dotes de político en campaña perpetua, movilizando a las masas de sus seguidores, se mantienen intactas, a pesar de su salud.

Por su parte, la oposición encabezada por Henrique Capriles dio una gran batalla. La libró en condiciones a la vez desventajosas e inevitables. Desventajosas, porque todos sabemos cómo la totalidad de los recursos del Estado venezolano se colocaron al servicio de un candidato; sabemos que los medios de comunicación masiva se inclinaron a favor de Chávez; y sabemos que el aparato electoral estaba dispuesto a hacer lo necesario para que Chávez ganara si fuera el caso. La oposición tuvo que lidiar con el escenario inimaginable de una derrota chavista. Si los analistas apenas podíamos concebir una Venezuela sin Chávez, los votantes tampoco. Las preguntas eran muchas: ¿aceptaría Chávez una derrota? ¿Aceptaría el Ejército una derrota? ¿Aceptarían las milicias armadas una derrota? ¿Aceptarían los partidarios de Chávez en las calles una derrota?

A pesar de todo esto, la oposición no podía dejar de contender. No podía denunciar sistemáticamente la disparidad de la contienda sin desanimar a sus partidarios. No podía descalificar el proceso sin descalificarse a sí misma. No tuvieron más remedio, la oposición y Capriles, que contender, y poner la mejor cara ante una situación imposible en los hechos. Abstenerse, como en el pasado, implicaba condenarse a la marginación; participar denunciando la inequidad de las reglas y de los recursos, equivalía a un suicidio electoral. No había buenas salidas, y la menos mala fue la elegida por la oposición. Podrán cosechar en el futuro.

 

Carta a un chavista

 Enrique Krauze, Letras libres(6 de octubre de 2012)

Le parecerá extraño que me dirija a usted. Se preguntará: ¿qué tiene que decirnos un escritor mexicano a nosotros los venezolanos, y en particular a nosotros, los chavistas venezolanos?

Verá usted. Me importa y preocupa el destino de Venezuela porque creo que los países de la América hispana formamos parte de una Patria mayor a nuestras patrias y que por ello nuestros destinos están unidos. Por eso, aunque soy mexicano, dediqué un año al estudio de la historia y la vida de Venezuela, y publiqué el libro El poder y el delirio.

Yo no soy un enemigo de Hugo Chávez. Soy un crítico de Hugo Chávez, que es muy distinto. Yo le reconozco su vocación social. Para eso estableció las diversas misiones: para proveer de educación, salud, alimentos y otros bienes y servicios a los más necesitados. Pero, así como no le escatimo esa vocación, creo ver con claridad las limitaciones y vicios de su estilo personal de gobernar y los enormes problemas que ha propiciado su larga permanencia en el poder.

Esa permanencia es ya un obstáculo para el desarrollo sano de su país. Una frase sabia, acuñada por el historiador inglés Lord Acton, resume siglos de experiencia: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. La historia del siglo XX demuestra con creces hasta qué punto tenía razón: los autócratas que prometieron el cielo en la tierra terminaron por traer a sus pueblos hambre, desolación, pobreza, guerra y muerte. En consecuencia, la mayor prioridad de una auténtica democracia es poner límites al poder absoluto. Y Venezuela está ahora mismo frente a esa necesidad histórica: debe poner límites al poder absoluto.

No es necesario eternizarse en el poder para desplegar una obra social perdurable. En México, el presidente Lázaro Cárdenas es recordado aún por el pueblo con agradecimiento, pero Cárdenas gobernó seis años (1934-1940) y ni un minuto más. Una nación no puede confiar indefinidamente su destino en manos de un hombre. Y una nación no debe confiar en la palabra de un gobernante como si fuera la palabra de Dios.

Porque el hecho es que detrás de los interminables discursos del presidente, detrás de las infinitas apariciones en la televisión, se oculta una verdad que los chavistas descubrirán alguna vez, con inmenso pesar. Me refiero, por ejemplo, al increíble dispendio de los casi 700,000 millones de dólares que han entrado a las arcas de la empresa estatal de petróleo PDVSA (que llegó a ser un ejemplo de modernización). Aunque el presidente Chávez ha enmascarado con el velo de su discurso la corrupción de la élite política y militar que le es adicta, el país atraviesa por una grave crisis: los niveles de inflación son los más altos del continente; hay -usted lo sabe- una aguda carestía de alimentos básicos, electricidad, cemento y otros insumos primarios (como resultado de las masivas expropiaciones a las empresas privadas, y la ineficacia y la corrupción de los nuevos administradores públicos). Y para colmo, la criminalidad es la más alta del continente.

Venezuela tiene hoy la alternativa de votar por un proyecto distinto, el de Henrique Capriles, joven valeroso, sensible, responsable, conciliador y visionario. Sus propuestas buscan recobrar la sensatez económica y ha prometido que respetará y mejorará las conquistas sociales, y no afectará los sueldos y prestaciones de los empleados gubernamentales. Le sugiero a usted, respetuosamente, considerarlo.

Las llagas de Venezuela son inmensas pero acaso la llaga mayor no sea ni social ni económica sino moral. Me refiero a la discordia dentro de las familias venezolanas y a la discordia dentro de esa Gran Familia que es Venezuela. Es natural que las personas sostengan opiniones distintas pero esas opiniones -por más diversas y aun opuestas que sean- son solo eso, opiniones, y no tienen por qué convertir a las personas en enemigos. El presidente Chávez y sus voceros ven el mundo dividido entre “enemigos y amigos”, lo cual es sumamente injusto, degradante y peligroso, porque en la historia los enemigos no dialogan entre sí: los enemigos, finalmente, se matan.

En este sentido, los insultos racistas que Chávez ha vertido sobre Capriles han sido infames. Llamarle “nazi” a un hombre cuyos abuelos fueron exterminados por los nazis es una barbarie que va más allá de los adjetivos. Los venezolanos son muy sensibles, felizmente, a la memoria de los mayores. Por eso usted no puede apoyar semejante vileza. Capriles Radonski no tiene nada de que avergonzarse por sus ancestros.

Por lo demás, ya que Chávez se percibe a sí mismo como un redentor y ha llegado a invocar al propio Cristo en sus campañas, estoy seguro de que a usted no se le escapa la devoción de Capriles por la Virgen del Valle, patrona de la isla de Margarita, devoción compartida por millones de sus compatriotas. El fervor de Capriles no es calculado ni político. Es un fervor íntimo y sincero. Por eso conmueve a quienes lo abrazan en los pueblos.

Los hombres tenemos grabada en el alma la libertad. Ni aún queriéndolo podemos renunciar a ella. Y entre todas las libertades, la fundamental es la libertad de conciencia. Una persona no puede acallar su propia conciencia y no puede permitir que el poder intente gobernarla. Yo espero que usted ejerza su libertad el próximo 7 de octubre y vote por una Venezuela libre de odios ideológicos, una Venezuela que recobre la concordia, la tolerancia y la paz.





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